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La academia de la política y el poder

“Hay básicamente dos características de la política que implantó Estuardo Gálvez”, relata el ingeniero agrónomo Édgar Franco: “El clientelismo y la cooptación. El primero es la compra y venta de puestos, de votos, y en general de componendas con profesores, decanos y estudiantes. La segunda se da cuando llega alguien lejano a esas redes a un puesto.
Lo que en el Consejo no se sabía es que Ponce fue fundador del Partido Patriota, según él mismo dijo, cuando “había más champurradas que personas”.
La Constitución de 1985 le otorgó poder político a la Usac.
Estuardo Gálvez, exrector de la Usac (2006-2014),
Carlos Alvarado Cerezo, actual rector de la Usac.
La Facultad de Derecho es la más codiciada por los grupos de poder
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La academia de la política y el poder

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La Universidad de San Carlos de Guatemala pasó de ser diezmada por escuadrones de la muerte a ser una institución central en la formación del Estado de Guatemala luego de la guerra. Los constituyentes en 1985, y luego los diputados en las reformas a la Constitución de 1994, le otorgaron potestades políticas que agrupaciones externas no tardaron en aprovechar. A través de la indiscutida hegemonía que el entonces exrector Estuardo Gálvez perfeccionó durante su prolongado mandato, se puede explicar el funcionamiento político interno de la única universidad pública del país.

Redes-lateral

El actual rector de la Universidad de San Carlos (Usac), el odontólogo Carlos Alvarado Cerezo, logró surfear la crisis política de 2015 al apoyar la Plataforma para la Reforma del Estado, un espacio que aglutinó a diversos actores políticos y sociales que presionaron por transformaciones en el sistema. Lo hizo a un año de ser escogido Rector Magnífico en medio de señalamientos de ser financiado por el Consejo Superior Universitario (del cual era Secretario General), y de ser el heredero del abogado Carlos Estuardo Gálvez Barrios, a quien diversos sectores universitarios identifican como el artífice de una afinada estructura de control político, administrativo y docente, con fines espurios.

Luego de cuatro años como decano de la Facultad de Derecho (2000-2004) y ocho como rector (2006-2014), Gálvez construyó una compleja y abarcadora estructura de apoyos que, aseguraron con detalle más de 20 entrevistados para este reportaje, era el trampolín para lanzarse a la política nacional. Si bien Gálvez no ha logrado su cometido, segmentos de la red que lo apoyó han triunfado en la política nacional.

En las elecciones para escoger a magistrados de la Corte de Constitucionalidad (CC) en marzo 2016, por ejemplo, la red de Gálvez logró, en una amplia alianza con otras redes, que dos exdecanos de Derecho, los abogados Francisco de Mata Vela y Bonerge Mejía Orellana, ocuparan puestos de titulares en la más alta corte de la justicia del país. Ambos tenían tachas y señalamientos de favorecer a partidos políticos. De Mata Vela fue cercano al Frente Republicano Guatemalteco (FRG) cuando fue decano, y Mejía tuvo contratos sobrevaluados durante el gobierno del Partido Patriota. Pero nada importó. ¿Cómo logró la Usac, tan criticada en los últimos años, esa posición de ventaja?

Un acercamiento a la compleja situación interna de la universidad estatal permite entender cómo autoridades, políticos y abogados han aprovechado las ventajas —y el poder— que la Constitución de 1985 le concedió de participar en los principales espacios de decisión del Estado, para ubicar en las principales instituciones del país a personajes ligados a intereses sectarios y oscuros. La última elección de la CC muestra el triunfo de una forma cuestionada de hacer política.

La lealtad, un valor fundamental

Karla Herrera es representante del Colegio de Farmacéuticos en el Consejo Superior Universitario (CSU). Es la primera vez que participa en política. Sus manos se mueven intentando dar forma a todo lo que pasa por su cabeza. Ni una palabra sale aún de su boca, pero las gesticulaciones expresan una intensa actividad cerebral.

No alcanza a descifrar qué tanto puede hablar frente a un periodista que le consulta sobre las componendas dentro del Consejo para escoger a los nuevos representantes de la Usac ante la CC. Está segura de una cosa, y es lo que al final termina comunicando: “No puedo decir mucho, acá [en el CSU] puede que lo tomen a mal”.

Herrera representa a un grupo dentro de su facultad que en los últimos tres lustros ha tenido fuertes conflictos con la Rectoría. Son parte de un legado científico que ha chocado con lo que llama, con rubor y excusándose: “una forma diferente de hacer política”.

Hasta los farmacéuticos que se han alineado reconocen los problemas de la política que emana de Rectoría. El químico Gerardo Arroyo sabe en carne propia los límites de tolerancia de la “nueva política”. Lo llama “mandar a la refri a alguien”. Si a uno se le congelan las relaciones con el rector, los contactos ya no responden como antes, y los apoyos se desvanecen; seguramente es porque ha sido metido a “la refri.

En 2010, Arroyo, como miembro del CSU, apoyó por unos meses al economista Eduardo Velásquez como candidato a rector. El contrincante era el abogado Estuardo Gálvez, que buscaba reelegirse. En esos meses los apoyos que había recibido desde rectoría disminuyeron hasta desvanecer. 

Gálvez luego le ofreció la Dirección General de Investigación (Digi), que Arroyo aceptó. Estuvo un año, y tras las elecciones fue destituido por el Consejo.

Para las siguientes elecciones, las de 2014, Arroyo aprendió la lección. Desde su Facultad apoyó al candidato de Gálvez, el secretario de Rectoría, el odontólogo Carlos Alvarado Cerezo. “Los cambios hay que hacerlos desde dentro”, asegura Arroyo, cuya Facultad es la segunda con más presupuesto asignado por el CSU: más de Q40 millones para el actual año fiscal.

Estuardo Gálvez  intenta aclarar: “Yo no opto por una línea de represión o de enfriamiento a quienes no optan por propuestas en las que participo. Hay que buscar consensos, y si alguien no entra en los consensos, pues se está fuera. Es inevitable”.

* * *

“Hay básicamente dos características de la política que implantó Estuardo Gálvez”, relata el ingeniero agrónomo Edgar Franco: “El clientelismo y la cooptación. El primero es la compra y venta de puestos, de votos, y en general de componendas con profesores, decanos y estudiantes. La segunda se da cuando llega alguien lejano a esas redes a un puesto. Rápidamente se le acercan a darle ofrecimientos. Y la gente, aún más la que no tiene apoyo de otros grupos, cae”.

Estuardo Gálvez, según esta visión, innovó esta política. La perfeccionó, la llevó a otro nivel, y la volvió dominante, común, esperada. Es ahora la forma de hacer política que prevalece en la dinámica interna de la universidad.

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El odontólogo Manuel González comparte esta visión. Para él esa política comenzó con el rector Eduardo Meyer Maldonado (1982-1986), que llegó con el discurso de “Punto de Equilibrio” luego de la muerte y exilio de varios rectores consecutivos, conservadores unos y comunistas otros. “Con la llegada de Meyer se estabilizó la universidad, y varios personajes desconocidos y sospechosos comenzaron a tomar los puestos de los profesores asesinados o que habían salido del país”, señala González.

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Meyer luego buscó ubicar a gente cercana en puestos importantes, y así lograr una sucesión sin problemas. “Él inauguró esa nueva forma de hacer política, que Gálvez ha magnificado”, agrega. Meyer continuó su carrera política, que vio su punto más alto cuando fue Presidente del Congreso por la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), de donde salió por un caso de fraude multimillonario.

Ambos profesores, Franco y González, fueron formados en una Usac diferente a la actual: fueron estudiantes destacados y becados para estudiar en universidades de Estados Unidos, para luego ser incorporados al claustro de docentes. Interesados en la política interna y en incrementar los gastos en investigación, siempre tuvieron roces con las autoridades que vieron en la política una forma de vida.

Eso arreció, aseguran, con el cambio constitucional de 1985 y las reformas de 1994, que le dieron aún más poder a la Usac, que tendría a representantes en varias instituciones colegiadas, como la Junta Monetaria y la Junta Directiva del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS), entre las más importantes.

González asegura que a eso se debió que muchos profesionales con una trayectoria académica mediocre ocuparan altos puestos. No hay otra explicación. La política deterioró nuevamente a la universidad, lamenta.

—¿No teme quedarse sin empleo por hablar de esas cosas? —se le pregunta al ingeniero Franco, en una oficina ubicada en el sótano de su facultad.

—Las diría aunque me echaran —responde, desafiante.

—¿Ser profesor titular le da esa posibilidad?

—Claro, muchos profesores sin estos puestos tienen que comprometerse y ceder para lograr conseguir su empleo.

El odontólogo González fue uno de ellos. En 2011, luego de fuertes críticas a Gálvez, fue obligado a jubilarse de la universidad, pese a que quería continuar, aunque fuera ad honorem. Ahora da clases en su tiempo libre en la Universidad Mariano Gálvez.

El primer compromiso

“Buena parte de mis catedráticos fueron asesinados por la represión”, resalta Estuardo Gálvez al recordar sus años de estudiante. Una mesa de sala y su escritorio es todo lo que lo rodea en un cuarto demasiado blanco. Dentro del nuevo edificio de Rectoría que él gestionó, Gálvez se recuesta en su silla mientras se toma el tiempo para pensar y relatar, pausado y seguro, la forma más adecuada de responder. Calcula fríamente la reacción de sus palabras, mide al interlocutor y reacciona con naturalidad en cada interacción. 

Acaricia su abultada y cuadrada barbilla, bajo un bien recortado bigote, continúa: “De estudiante nunca me interesó la política. Me gradué muy joven, y por entonces estaba dedicado a trabajar en tribunales y estudiar”. La época estudiantil de Gálvez, de 1978 a 1982, fue tal vez la más trágica en la historia de la Usac. Eran los años de la guerra sucia y todo lo que sonaba a universidad pública era relacionado con subversión.

El comunista Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT)  tenía presencia en varias facultades, según relatan Pilar Crespo y Asier Andrés en El rector, el coronel y el último decano comunista, pero las facultades de Economía y Derecho eran su cuna. Pagaron el precio de esa presencia. La tasa de ingreso de estudiantes se desplomó en la misma medida que los catedráticos y estudiantes eran asesinados.

Gálvez se salvó, según él porque nunca le interesó la política. Algunos de sus contemporáneos tienen otra versión. El abogado Maynor Berganza, exiliado en 1989 tras el asesinato de la dirigencia estudiantil, lo recuerda de manera distinta: “A Gálvez no lo mataron porque estaba con agrupaciones políticas de derecha. Era simpatizante de Superación Integral, un grupo dentro de la Facultad que era apoyado por un miembro de la familia Herman Lembke, en esos años presidente de Anacafé”.

“No me interesaba [la política]”, prefiere recordar Gálvez, “pero cuando regresé de mi doctorado [a inicios de los 90] en Costa Rica y me volví docente titular, me hablaron unos profesores para que los representara en el Consejo Universitario”.

Berganza complementa: “El entonces decano (ahora magistrado de la CC), Francisco de Mata Vela, lo apadrina, y a su puesto de profesor titular le sumó el de Jefe del Departamento Penal. Esa es la ruta desde donde no se ha movido. Ese fue su primer compromiso”.

Sandra Sebastián

“En 1998 competí con el abogado Cipriano Soto —continúa Gálvez— para el puesto de representante de profesores en el Consejo. Él me dijo que no compitiera con él porque había sido decano: ‘yo te voy a ganar, y no sé qué’. Pero yo tenía apoyo de otros decanos, (Francisco) Pancho Flores, por ejemplo. Entonces competimos y gané. Me fui al Consejo representando por dos años a los profesores. Allí comencé a ver cómo era el movimiento político de la universidad. Y ya de representante me dijeron que por qué no me lanzaba de decano, otros decanos me dijeron que me apoyaban. Y así hasta rectoría, en 2006”.

El abogado Cirpriano Soto, “nada simpatizante de los movimientos de izquierda”, según Gálvez, había vencido en 1988 en Derecho. Ya allí, Soto dio un giro al camino de la facultad.

Era un nuevo momento político: la nueva Constitución otorgaba beneficios y vínculos entre el Estado y su facultad, lo que le daba acceso a elecciones de jueces y magistrados a través de las Comisiones de Postulación. De la cacería política se pasó al clientelismo.

Una hábil cadera

Dentro del Consejo Superior Universitario (CSU), 40 representantes de los estudiantes, profesores, egresados y decanos de las facultades de Economía, Medicina, Veterinaria, Arquitectura, Ingeniería, Agronomía, Odontología, Derecho, Farmacia y Humanidades, participan cada 15 días en todas las decisiones de la Usac. Lograr un consenso puede ser una tarea titánica. 

“Cuando yo vine por primera vez al Consejo Superior como Rector, dos maestros me dijeron: ‘Estuardo, en el Consejo se forman grupos, no se preste a estar de un lado u otro. Usted oriente, porque como abogado tiene que generar credibilidad y orientación en las decisiones’”, recuerda Gálvez.

Nadie le cuestiona eso. Opositores y fieles están en desacuerdo en todo, menos en ese punto. Estuardo Gálvez es una persona hábil, aseguran, un operador que tiene claro el gran tablero político de la universidad, y en conformidad con esa lectura hace sus movimientos. Lentos, bien pensados, y sobre todo efectivos. Consenso y poca oposición es la meta. Y una vez consolidado el espacio universitario, plantear una plataforma nacional. Que la universidad llegara a todo el país. Y que su figura también lo hiciera.

Para lograr eso se valió de diferentes mecanismos. Decanos, profesores, estudiantes, todos, sin excepción, pasaron a interactuar dentro de la estrategia del nuevo rector.

* * *

La química Hada Alvarado es la cabeza del grupo que quizá haya tenido la mejor capacidad de oponerse a la red que Gálvez armó. Era decana de la facultad de Farmacia a inicios de la década pasada, cuando Gálvez entró por primera vez al CSU,  Fue testigo de cómo escaló hasta llegar a rector. Pocas veces simpatizó con las prácticas de Gálvez.

Alvarado sabe por eso lo que es “estar en la refri”. En los ocho años en que fue representante del Colegio de Farmacéuticos y Químicos decidió tomar distancia del nuevo rector, pagando el debido precio: fueron años de marginación. Sus propuestas no eran tomadas en cuenta, y en los votos siempre era parte de la minoría.

“Fue muy hábil desde que llegó a rectoría”, recuerda en su oficina como directora del área de Química de su facultad. “Alineó sin problema a buena parte de los decanos. Cada fin de año juntó una reserva de lo no ejecutado, y de ese fondo comenzó a ofrecer viajes a profesores, proyectos de investigación, premios, y luego puestos. Así creaba consenso”.

La política de reelección de decanos también fue vital. Si se compara la primera acta en que Gálvez presidió el Consejo Superior (17-2006), la de su reelección, y su última acta como rector (11-2014) resalta una cosa: los decanos son casi los mismos, y si cambian, responden a la misma línea del anterior. Ingeniería, Humanidades, Odontología, Medicina, Economía y Arquitectura. Facultades claves alineadas con el rector. Para Gálvez la respuesta es simple: “Creo que por mi experiencia lo sano es una reelección. Solo una. A los propios decanos que se querían reelegir más de una vez, yo no los apoyaba. Todo depende”. Esa reelección coincidía, claro, con su tiempo presidiendo el Consejo.

Los decanos son fundamentales: pueden tener el control de su facultad a través de la coacción a los profesores que no son titulares, y usualmente tienen mucho peso en sus respectivos colegios profesionales. Eso les da fuerza a lo interno del Consejo. En el acto de mantener puestos, Gálvez logró crear una especie de feudo dentro de cada facultad.

El caso del ingeniero Murphy Olympo Paiz, apoyado por Gálvez en su reelección y promovido como posible candidato para rector, es el mejor ejemplo.

Huyendo la mirada directa y parpadeando más de lo normal, Murphy asegura que “en la facultad no hay un grupo que domine, todo está disperso”. Pero su historial y los puestos de Ingeniería en el Consejo dicen otra cosa. Activo desde estudiante en la política, Paiz tuvo un vertiginoso ascenso. Fue vocal estudiantil, representante de profesionales en el Consejo, después representante de los profesionales, y por último decano, del 2006 al 2015. Ahora de nuevo es representante de profesores y presidente del Colegio de Ingenieros. Desde allí catapultó al actual representante de profesionales, y según él mismo, los representantes de estudiantes y el decano forman parte de su grupo. Un feudo bien amarrado.

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Con los estudiantes de la facultad de Derecho, Gálvez tenía otro plan: una relación cercana y el aumento de graduaciones. En el Colegio de Abogados, Gálvez comenzó a armar su propia agrupación, “Ética y Derecho”. Esta se alineó con otras de reciente creación, como “Justicia por el Cambio”, de Roberto López Villatoro, y compitieron contra lo que el exrector llama “vacas sagradas”, los abogados de la cúpula empresarial.

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Para derrotar a “los notables”, Gálvez recurrió a sus antiguos estudiantes. Según consta en las actas del Tribunal Electoral del Colegio de Abogados para Presidente de Junta Directiva en 2003, 2005 y 2007, buena parte de los votos de “Ética y Derecho” vinieron de las últimas mesas, las reservadas para los abogados de reciente colegiación. En números nunca antes vistos, Gálvez y López Villatoro derrotaron a la vieja cúpula empresarial. La estrategia de graduaciones masivas y cercanía con estudiantes funcionó por años. Gálvez sigue siendo fundamental en las votaciones del Colegio.

Los cabos sueltos

El economista Rodrigo Ponce Chavarría ingresó a inicios de 2014 a la Secretaría del CSU, un memorial en el que exigía una auditoría forense a Carlos Alvarado Cerezo, en ese entonces candidato oficialista a rector de la Universidad. Ese memorial le impedía a Alvarado un finiquito. Sin él, su participación en la contienda electoral peligraba. Era una medida desesperada.

Ponce Chavarría había sido expulsado por la Usac como su representante en la Junta Monetaria (JM) en 2013. El mandato del Consejo era no aprobar los bonos con los que el Partido Patriota quería financiar su año fiscal en 2014. El rector Gálvez pedía el 5% del presupuesto, como lo define la Constitución. Ponce, según el acta del día, votó en contra, hasta que el exministro de Finanzas, Pavel Centeno, —según el mismo Ponce reconoció— le ofreció algo a cambio de su voto. Ponce aceptó. Por eso fue expulsado.

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Lo que en el Consejo no se sabía es que Ponce fue fundador del Partido Patriota, según él mismo dijo, cuando “había más champurradas que personas”.

Acostumbrado a la política universitaria, fue hábil (y oscuro), como exige el sistema. Sin rubor, explicó en esa ocasión: “Eso fue parte de la negociación. Yo ahorita salgo de Junta Monetaria y me voy a la Junta Directiva del Instituto Nacional de Estadística  [...] porque Carlos Alvarado Cerezo me pidió que retirara el finiquito”.

Ponce no logró ocupar el cargo ofrecido. En julio de 2015 fue encontrado muerto en su casa.

* * *

La política de consenso de Gálvez lo llevó a lidiar con diferentes grupos dentro de la universidad, incluidos algunos señalados de tener vínculos criminales. El apoyo que dio a la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU), compuesta por adultos de más de 35 años, sin graduarse, con supuestas inversiones en los negocios que rodean la universidad y empresas de seguridad, es un ejemplo.

Otro es la Facultad de Humanidades, donde el actual representante estudiantil tiene 60 años. Todos los profesores y decanos entrevistados aseguraron que en Humanidades hay mafias, que las elecciones son amañadas y con acarreos. El exdecano Mario Calderón fue presionado varias veces para dejar el puesto, pero logró ser reelegido dos veces. En junio de 2008 fue asesinado en la zona 8 de Mixco. Su muerte no ha sido esclarecida. El representante estudiantil de esa facultad fue por años el recién graduado Jorge Mario García, dirigente de la AEU y luego catapultado a la municipalidad de Guatemala en una alianza que se remonta a la última gran huelga de estudiantes por el aumento al precio del transporte público.

Lo mismo ocurrió con la Facultad de Medicina, en donde el último decano, el médico Jesús Oliva, guarda prisión por supuestos vínculos con el Caso Pisa.

* * *

“Cuando fui decano (de la facultad de Derecho), Alvarado Cerezo también era decano (de Odontología)”, recuerda Gálvez en su nueva oficina. “Luis Leal (rector saliente) se inclinaba a apoyar a Alvarado Cerezo, pero estaba yo como opción. Y Alvarado Cerezo me dijo que me apoyaba, ya después vería él si se tiraba de candidato. Participamos y ganamos”.

La fidelidad del odontólogo le valió el puesto de Secretario General durante los ocho años en que Gálvez presidió el Consejo. Pero esa fidelidad tuvo puntos frágiles.

En 2008, según confirmó Gálvez, comenzaron las pláticas sobre una posible sucesión. Valoraba buscar la reelección, pero primero quería saber quiénes podrían ser sus opositores. Reunió al economista Eduardo Velásquez, al químico Gerardo Arroyo, y a Alvarado Cerezo. Les ofreció, según confirmaron Arroyo y Alvarado Cerezo, hacer una seguidilla: que uno por uno fuera sucediéndose en la Rectoría, y así se evitaban conflictos. Todos estuvieron de acuerdo, pero Gálvez incumplió el trato. Semanas después anunció su reelección con el apoyo de Alvarado Cerezo. A Arroyo le ofreció la Dirección de Investigación. Velásquez se quedó solo; compitió en las elecciones de 2010, pero fue derrotado por Gálvez.

Velásquez asegura que Gálvez ha cometido ilegalidades para alcanzar sus objetivos: en las elecciones para representante de la Corte de Constitucionalidad en 2011 había tres decanos (Ingeniería, Medicina, Farmacia) que, según dijo en 2014, ya habían cumplido con su mandato pero no se retiraban porque eran parte de la alianza que debía votar por las apuestas de Gálvez: los abogados Mauro Chacón y José Medina Salas. Para frenar esa votación, Velásquez interpuso un amparo en la CC.

En esa votación las apuestas de Gálvez tuvieron amplia mayoría, como queda resaltado en las actas publicadas. El amparo fue denegado, y la nueva CC, que incluía el voto de Mauro Chacón, denegó la apelación. Chacón fue leal.

“A la siguiente apoyé a Alvarado Cerezo. Esa fue una decisión consensuada”, dijo Gálvez. El odontólogo y Secretario de Gálvez contó con todo el apoyo de la cabeza del CSU. Siguiendo la tradición, es el heredero.

Para 2012 y 2013, el CSU le asignó a la Secretaría General un total de Q.5.8 millones. Pero para 2014, el CSU realizó su última sesión del año en Villas del Pacífico, Chulamar, Escuintla. Allí se definió que el monto asignado a Alvarado Cerezo tendría un significativo aumento: un total de Q8.7 millones. Era año electoral.

Eso dificultó la campaña de Hada Alvarado, de Farmacia. En esas elecciones, de los siete cuerpos electorales de estudiantes, cinco votaron por ella, pero solo logró siete de los 32 cuerpos electorales activados. El resto fueron para Carlos Alvarado Cerezo.

¿Un precario trampolín?

Al menos en los últimos 25 años, los rectores de la Universidad de San Carlos, unos con más suerte que otros, se han inmiscuido en la política nacional. Luego de su salida como rector, Eduardo Meyer Maldonado fue Ministro de Educación, y diputado por la Democracia Cristiana y por la Unidad Nacional de la Esperanza (UNE). Alfonso Fuentes Soria, rector entre 1990 y 1994, fue activo durante el golpe de Serrano Elías y luego fue escogido por Alejandro Maldonado Aguirre como Vicepresidente (2015).

Jafeth Cabrera, rector de 1994 a 1998, estuvo en la fundación de la UNE, luego ejerció cargos en el gobierno de la Gran Alianza Nacional (GANA), y ahora es Vicepresidente de Jimmy Morales. Efraín Medina, rector de 1998 a 2002, ha sido quizás el más controvertido: en 2001 promovió la candidatura del exdecano de la facultad de Derecho, Cipriano Soto, para magistrado de la CC, que luego se encargaría de aprobar la inscripción de Efraín Ríos Montt como candidato a la presidencia. Medina siguió su carrera en el partido Viva, del cual fue candidato a la Vicepresidencia en 2011, y en el Partido Patriota, de cuyo gobierno fue Ministro de Agricultura.

Pero ninguno como Gálvez construyó una plataforma tan amplia y pulida. Ninguno tuvo un plan tan abarcador que incluyó la construcción de su plataforma política a nivel nacional desde la posición de poder que tuvo en la Usac. Por eso una vez fuera comenzó la construcción de su propio partido, el Partido Institucional con Enfoque Social, de siglas Pienso.

Según consta en el Acta 176 del Departamento de Organizaciones Políticas del TSE, buena parte del entonces comité cívico trabaja en la universidad de San Carlos. Había vocales del Consejo Superior, profesores, empleados. Pero el proyecto no germinó.

“Pienso era un intento de llevar la academia a la política. Había gente muy comprometida, pero no teníamos recursos y el proyecto no logró cumplir los tiempos”, recuerda Cristians Castillo, analista del Instituto de Problemas Nacionales de la Usac (Ipnusac) y columnista de ContraPoder, quien fue secretario de Pienso.

 Roberto Alejos, del partido Todos, confirma que luego de la malograda experiencia de Pienso, invitaron a Gálvez a participar en su agrupación. Pero las pláticas no llegaron lejos. Luego llegó la UNE, pero dos diputados consultados tuvieron puntos de vista distintos: uno de menor rango en la jerarquía del partido dice, pidiendo el anonimato, que hubo “pláticas avanzadas”, y Orlando Blanco dice  que no ocurrió nada. Gálvez asegura que, de momento, no forma parte de ningún partido. “A mí me han vinculado desde siempre con grupos políticos. Con la GANA, con la UNE, con el partido Todos, pero no”, dice. Aunque,  reconoce: “No le digo que no me interesa”. 

“Ahora me he dedicado a asuntos de la universidad, a cursos libres, ciertas consultas que me pasan de Rectoría; me dedico a la actividad académica en el Colegio. Y he estado inmerso en eso. Creo que uno debe saber en qué momento levantar y en qué momento estar tranquilo, y yo me siento bien así como estoy”, asegura.

Cristians Castillo, admirador de la capacidad estratégica de Gálvez,  lo explica con miel: “Creo que Estuardo leyó muy bien la crisis (de 2015). Sabe que no es el mejor momento. Los perfiles políticos no deben quemarse, un buen político espera a que el ambiente se asiente y se prepara para su momento”.  Gálvez sabe que todavía le queda mucho de vida política. La elección a la CC del decano que lo apoyó a llegar a la Facultad (Francisco de Mata Vela) y el decano de Derecho que él dejó en su puesto al salir a Rectoría (Bonerge Mejía), le devuelven brillo a sus esperanzas.

En las elecciones para decano de Derecho en abril de 2016, el candidato de Gálvez, el exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia, Gustavo Bonilla, ganó el cuerpo electoral del Colegio de Abogados, frente a Avidán Ortiz, que busca reelegirse. Antes Bonilla perdió en las votaciones de estudiantes. Si logra ganar en las elecciones de profesores a mediados de mayo, marcará el regreso de Gálvez a la Facultad. Eso será vital para la elección a Fiscal General en 2018 y a las altas Cortes en 2019.

A menos que algo insólito ocurra, la Usac seguirá en esta dinámica ajena a la academia y más cercana a lo que en 2015 se dio en llamar  “la vieja política”.

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