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Retrato del alfil al que todos llaman rey
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Retrato del alfil al que todos llaman rey

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La Facultad de Derecho fue trascendental en la vida de López Villatoro. Ahí conoció a Evelyn Morales Vidal, su primera esposa. Fue ahí también donde se inició en política, donde conoció el sistema judicial, donde entendió que el gremio de los abogados es un gremio de amigos y lealtades, de favores.
Tras su boda con Zury Ríos, a mediados de 1999, López Villatoro se convirtió en hombre de confianza de Ríos Montt, y fue cuando se encontró “cara a cara con el poder, se percató de todo lo que se puede hacer cuando se tiene al Organismo Judicial en las manos y empezó a trabajar para controlarlo”.
"Mucha gente critica. Guatemala es el país de las descalificaciones".
Entonces todo mundo le llamaba “Robert”.
Se graduó hace 14 años, pero ejerce apenas hace siete meses.
"Le pueden decir muchas cosas, pero no le aportan pruebas".
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En el complejo tablero de ajedrez en que los poderes políticos y económicos definen el futuro de Guatemala, el abogado y empresario Roberto López Villatoro no es el rey de las cortes o del gremio de los abogados como se percibe en la discusión pública. Es más bien un alfil que opera dentro del sistema de justicia en función de sus intereses personales y los de sus socios. Este es el retrato de El Rey del Tenis, el mítico personaje que ha sido una de las piezas claves en el poder judicial del país desde el gobierno del FRG.

El futuro del sistema de justicia de Guatemala, en parte, ha quedado en manos de este alfil —“operador de operadores”, como le llama la activista Helen Mack—, tras lograr que las Comisiones de Postulación para magistrados a las cortes de Apelaciones y Corte Suprema de Justicia, sobre las cuales ejerció influencia, incluyeran en las nóminas de candidatos a los aspirantes que él y su círculo cercano bendijeron para dirigir el Poder Judicial durante los próximos cinco años.

Roberto López Villatoro y sus colaboradores reconocen que tener jueces y magistrados “amigos” les beneficiará en sus intereses particulares, en los negocios y en los casos que litigan. Y acepta que esos son algunos de los intereses que lo mueven a participar en la integración de las nuevas cortes. Pero “el más importante y genuino” de sus objetivos —me asegura durante una acalorada entrevista en la sala de juntas de su bufete— es reformar, refundar, el sistema de justicia para que recupere su independencia de todos los que han lo han vilipendiado y prostituido: los políticos, los empresarios, los abogados, el crimen organizado…

—¿Y para que recupere la independencia de usted mismo?—le pregunto—. Porque si reconoce que el sistema no es independiente y acepta que tiene intereses en él…

—Para cambiarlo —interrumpe—. Queremos cambiar el sistema de justicia de este país. Estamos llevando propuestas para reformarlo —suda, calla, respira… y luego sonríe— Yo no tengo problema con que usted no me crea. Tengo una trayectoria de más de diez años —se impone. Me mira fijamente; el tono de su voz vuelve a la normalidad.

López Villatoro no es el rey del sistema, ni de las cortes ni del gremio de los abogados. Su poder es amplio pero limitado, y hoy hay otros grupos tanto o más hábiles y poderosos que disputan los mismos espacios, las mismas influencias, y que le amenazan y acechan. Es un alfil por su capacidad de movimiento, de negociación, de generar lealtades, de diseñar estrategias, y porque “mantiene una relativa autonomía” de esos otros grupos. Por eso, dice Helen Mack, es que ha sabido salir adelante “sin despeinarse” de los embates sufridos en el pasado por adversarios velados y abiertos. Su principal fortaleza, agrega Mack, es que se ha convertido en “un maestro en el negocio de los favores”. Y los favores, que suelen confundirse —o alternarse— con corrupción, compadrazgo, amiguismo, amenazas, muerte, son el aceite que lubrica los engranajes del sistema judicial.

* * *

Los primeros años de la década de los noventa fueron efervescentes en la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC). El proceso de paz entre el Gobierno y las fuerzas insurgentes se negociaba a marcha acelerada, y la guerrilla necesitaba demostrar fuerza, presencia y apoyo para alcanzar sus objetivos en la mesa de negociación. La USAC era uno de sus últimos bastiones y las asociaciones de estudiantes de los pocos grupos sociales que aún influenciaba. El movimiento estudiantil trataba de recuperarse de la oleada represiva de 1989 en la que fuerzas del Estado secuestraron y asesinaron a diez de sus líderes. Grupos de estudiantes de derechas —reaccionarios, según la jerga de entonces— empezaron a disputar las asociaciones estudiantiles y a apoyar candidaturas de directores y decanos conservadores.

La ya para entonces corrompida política universitaria se convirtió en un fiel reflejo de la política nacional. El movimiento estudiantil terminó por debilitarse y el desinterés y la antipatía se apoderaron de los alumnos. Atraídos por el poder político concedido en las reformas constitucionales de 1993 a la Rectoría y la Decanatura de la Facultad de Derecho de la USAC, para participar en la elección de las autoridades del Poder Judicial, los partidos políticos interesados en incidir en esos procesos, organizaron y financiaron grupos de estudiantes y profesores, y con facilidad obtuvieron el control de las posiciones que les interesaba. “Las mafias se apoderaron de la Facultad. La gente decente fue echada por Cipriano Soto (Decano de 1988 a 1992), que hizo ‘limpia’ de cualquiera que osara oponerse a sus negocios. Otros buenos catedráticos prefirieron quedarse al margen o se fueron de la Facultad. Pero hubo quienes tuvieron que apoyar a la mafia para no perder su trabajo”, rememora Aníbal García, entonces dirigente de “Adelante”, el grupo que dirigió la Asociación de Estudiantes El Derecho, y ahora secretario general del partido de izquierda Movimiento Nueva República.

Por esos días, un muchacho delgado, de ojos claros, “casi siempre sudoroso y con el rostro colorado”, a veces vestido de lona y camisas sucias —con pinta de camionero, recuerda García—, y otras de jugador de baloncesto, recorría los pasillos y aulas de la Facultad de Derecho sin prestar atención a las rencillas que los grupos de estudiantes protagonizaban cada vez que había una elección en juego. Formaba parte de la selección nacional de baloncesto, usaba el cabezal de un tráiler como vehículo, y su principal objetivo en la vida era hacer negocios y llevaba haciéndolos desde niño.

Entonces todo mundo le llamaba “Robert”, como aún le gusta que le digan.

La carrera de Derecho era un requisito que, sabía, debía cumplir para alcanzar el éxito, pero “despacio” —me cuenta un abogado, antiguo compañero suyo—. “Siempre fue muy ambicioso y muy inteligente, aunque un poco huevón para los estudios. Siempre tuvo olfato para sacar ventaja a su favor, por eso que ha llegado hasta donde está”.

Sergio Roberto López Villatoro ingresó a la Facultad de Derecho de la USAC en 1988 y se graduó de Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales diez años después. Su tesis, un estudio sobre los centros de arbitraje en el Derecho Mercantil Guatemalteco, fue asesorada por el abogado Luis Alberto Zeceña López, y aprobada en septiembre de 1998. Los grados de Abogado y Notario, indispensables para ejercer la carrera de Derecho los obtuvo en 2000. “Conciliar los negocios y la carrera le fue difícil, por eso tardó un poco en graduarse”, me dijo durante una larga charla en su oficina Clara López Villatoro, su hermana y mano derecha. Su promedio académico rozaba los 60 puntos.

* * *

La Facultad de Derecho fue trascendental en la vida de López Villatoro. Ahí conoció a Evelyn Morales Vidal, su primera esposa, madre de sus dos hijos varones y, según ambos, ahora su mejor amiga. Fue ahí también donde se inició en política, donde conoció el sistema judicial del país, donde entendió que el gremio de los abogados es un gremio de amigos y lealtades, de favores; donde aprendió a hacer “contactos y alianzas” con profesores —muchos de ellos jueces y magistrados— y con las autoridades universitarias.

Evelyn Morales ingresó a la Facultad de Derecho de la USAC el mismo año que López Villatoro, pero su relación empezó tres años después. “Me llamó la atención porque era guapo, grande, inteligente, y porque jugaba basquetbol”, afirma durante una cita a la que llegó con Sergio, el hijo mayor de ambos, estudiante del cuarto año de Derecho en la Universidad Francisco Marroquín. Morales recuerda que junto a otros estudiantes de la Facultad crearon un grupo académico denominado “Generación X”, formado por “la primera generación de rescate de la USAC”. Abogados como Iliana Merlos, Óscar Fernández, Óscar Cruz y Alma Hernández integraron esa agrupación que fue la génesis de la estructura gremial liderada por López Villatoro, y su primera experiencia política. En 1993, con el objetivo de “sacar las ‘vacas sagradas’ que ocupaban todos los puestos”, participaron en las elecciones de la Junta Directiva del Colegio de Abogados y Notarios de Guatemala (CANG). “No nos fue mal, pero no ganamos”, dice Morales con una sonrisa.

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Las “vacas sagradas” era como se conocía a los abogados de renombre y ascendencia aristocrática y oligarca que desde hacía dos siglos controlaban el Colegio; en su mayoría vivían en la capital de Guatemala, dirigían los más influyentes bufetes del país, y eran defensores y representantes del poderoso sector empresarial. Tras las reformas constitucionales de 1993, cuando el CANG se convirtió en el más preciado botín del gremio de los abogados para influir en la designación de las autoridades del Poder Judicial, este grupo pasó a ser conocido como “Los abogados de la zona 10”, por el área donde está la mayoría de sus oficinas.

“En el Colegio de Abogados no cabíamos. Todo estaba ocupado”, cuenta Morales. ”Nosotros —dice— no éramos hijos de nadie, solo teníamos nuestro título; éramos jóvenes idealistas que queríamos cambiar el mundo”. Con el pasar de los años “todos los que formamos parte de ese grupo llegamos a tener cierto liderazgo nacional”. Morales, quien actualmente labora en la Cámara de Amparos y Antejuicios de la CSJ, fue elegida en 2009 como vicepresidenta del CANG, apoyada por “Justicia para el cambio”, el grupo liderado por su exesposo.

El excompañero de aula de Roberto López Villatoro explica que tanto él como Evelyn Morales Vidal y la mayoría de los estudiantes y abogados de la USAC que formaron “Generación X”, tenían dos razones para organizarse y tratar de revertir la exclusión que sentían de parte del sistema: su condición socioeconómica (descendían de familias de clase media, media baja; comerciantes, maestros y artesanos), y su proveniencia rural. “Estábamos excluidos por venir de la provincia”, dice Morales. Ella es originaria de Esquipulas, Chiquimula, hija de maestros de escuela pública; y él, de Cuilco, Huehuetenango, hijo de comerciantes.

En 1993 Roberto López Villatoro ya era un acaudalado empresario que “había entendido el sistema” y que se dispuso a participar de lleno en la política universitaria, dice Clara, su hermana. “Un día me pidió que le ayudara a organizar una caravana desde Mixco hasta la USAC para apoyar la candidatura de Pancho Flores. Organizamos actividades sociales y culturales”, cuenta. “Les regalamos café (del que compraba y vendía) para que obtuvieran fondos” para la campaña; “los apoyamos y ganamos”, recodaría López Villatoro horas después.

Sandra Sebastián

El abogado Francisco Flores Juárez fue elegido decano de la Facultad de Derecho en agosto de 1993, al derrotar con holgura a Vicente Roca, su único competidor. Ambos, según Aníbal García, representaban “a la derecha y a las mafias que había instaurado Cipriano Soto”. El grupo Adelante, que entonces mantenía el control de la Asociación de Estudiantes, no apoyó a ningún candidato “porque no había opciones”, explica el exdirigente estudiantil.

Durante ese proceso, dice Clara, su hermano “empezó a conocer y tener relación con muchos de sus profesores que después fueron jueces y magistrados”, y “empezó a hacer negocios con las mafias de la Facultad”, asegura García.

Evelyn Morales recuerda esos años como “los más felices” de su matrimonio con López Villatoro. Vivían y estudiaban en la capital, y todos los fines de semana viajaban a Huehuetenango donde compraban cosechas diversas a campesinos de ese departamento, las cuales después vendían en Quetzaltenango y en la capital.

“Llegaba a la universidad con camisas sucias, desgastadas, sudado de tanto trabajar. Nuestro carro era un cabezal anaranjado que estacionábamos en el parqueo de la facultad. Ese era nuestro carro, ahí íbamos de un lado a otro. Viera cómo nos costó venderlo”, rememora.

Fue por esos días en que empezó a meterse en el negocio que lo convertiría después en un acaudalado empresario: la importación, distribución y venta de calzado deportivo. “Los cuartos de su casa estaban llenos de volcanes de zapatos, de tenis, de todo”, me asegura un abogado que conoció a la pareja por esos años en la facultad. “Su mujer me contaba que pasaban noches enteras ordenando zapatos, buscando las parejas”.

* * *

Sergio Roberto López Villatoro nació en Cuilco, Huehuetenango, el sábado 7 de diciembre de 1968. Es el tercero de los siete hijos de Julio César López Méndez y de Blanca Rosalva Villatoro de López, pero todos lo consideran a él como la cabeza y base de la familia, uno de los clanes más conocidos en todo Huehuetenango por sus actividades comerciales y políticas.

“La política la tenemos en los genes, al igual que la vena de comerciantes”, asegura Clara. Julio López, su abuelo paterno, fue alcalde de Cuilco en los años 40, y sus padres se han dedicado “desde siempre” al comercio.

Fredy, el mayor de sus hermanos, a quien dio participación en el negocio de calzado, falleció a los 44 años. Julio César, quien le antecede, estudió ingeniería, pero abandonó la carrera por dedicarse al comercio de electrodomésticos. Por influencia de Roberto se le designó gobernador de Huehuetenango en 2000, durante el gobierno del Frente Republicano Guatemalteco (FRG), partido con el que en 2003 y 2008 fue elegido diputado en representación de ese departamento. Su tercer período como legislador lo obtuvo bajo la bandera del partido Unidad Nacional de la Esperanza (UNE), del cual en la actualidad es Secretario Departamental. Jorge Mario y Claudia, el cuarto y séptima de sus hermanos, dirigen desde hace cinco años el Grupo D’Lovi Internacional, que Roberto fundó en 2000 y que se mantiene como líder en el negocio de la importación y distribución de calzado a nivel nacional. Clara, licenciada en Relaciones Internacionales, a quien considera “su mano derecha” en sus actividades políticas y gremiales, dirige buena parte de los negocios que regenta desde el bufete de abogados Lovi y Asociados, junto a Rosana, la sexta de sus hermanas.

Los primeros doce años de la vida de López Villatoro transcurrieron en el entonces convulsionado Cuilco, uno de los municipios más afectados durante la guerra interna de Guatemala, bajo el “fuerte carácter de su padre, que “formó a sus hijos varones con disciplina militar”. Pese a ello, cuenta Clara, “fue un niño inquieto” que “pedía siempre explicaciones por todo”, que “no se dejaba de nada” y que “cuestionaba” todas las decisiones y disposiciones de sus padres. “Siempre fue inconforme, irreverente”.

Tras terminar la educación primaria, que estudió en la escuela pública del pueblo, sus padres lo envían a donde unos tíos en la cabecera de Huehuetenango, y lo matriculan en el Colegio La Salle, el de mayor abolengo en aquel entonces, para que estudiara la educación básica. Pero no hizo buenas migas con sus compañeros de banca, y tomó sus propias decisiones: dejó la casa de sus tíos y se mudó a otra donde se sentía más cómodo; también dejó La Salle y se trasladó al instituto público de la ciudad, en donde concluyó los básicos y se graduó de Maestro de Educación Primaria.

“Siempre fue un muchacho rebelde pero mis papás respetaron sus decisiones importantes”, dice Clara. Fue por esos días que Roberto López Villatoro desarrollo su espíritu de comerciante. Los fines de semana los pasaba en Cuilco ayudando a sus padres en los negocios familiares, en vender, comprar y revender todo lo que se pudiera a quien se le pidiera. “Si llegaba alguien y le decía: ‘qué bonito tu carro’, él respondía: ‘te lo vendo’. ¡Y lo vendía! Así empezó a hacer negocios”. “Una vez vendió el equipo de sonido de la casa. Cuando mi mamá se dio cuenta, le dijo: ‘No te preocupes, con lo que me dieron vamos a comprar otro mejor, y todavía me queda ganancia’”, recuerda Clara.

Roberto López Villatoro empezó a importar calzado a principios de los 90 por medio de unos empresarios panameños. Un día llegó con su madre y le dijo: “Mamá, me están ofreciendo un negocio para vender tenis. Ya hice las cuentas y me va ir bien. Necesito que me preste el dinero para empezar, y se lo pago cuando venda el producto”. Se trataba, en principio, de tenis “de imitación” de marcas internacionales como Reebok, Adidas y Nike —“no falsificación”, matiza su hermana—, y después de todo tipo de calzado, incluyendo botas comando que vendió al Ejército y a la Policía Nacional. Resultó ser el negocio que López Villatoro esperaba para ocupar un espacio en el Olimpo de los empresarios emergentes, los que alcanzan el éxito sin contar con la bendición de la burguesía y oligarquía tradicional de Guatemala.

Poco tiempo dependió López Villatoro de los distribuidores panameños. Logró un contacto con los fabricantes chinos que le facilitaron las importaciones y le redujeron los costos de manera sustancial, lo cual le multiplicó las ganancias. (Con uno de esos negocios, le dijo a Insight Crime, ganó US$170mil en un solo día). Entonces se dedicó a crecer, a ampliar sus inversiones, a acumular fortuna, a relacionarse con otros líderes emergentes como él, no sólo del sector empresarial sino también del político. En al menos cinco ocasiones viajó a China durante los 90 para conocer las plantas de producción y para desarrollar su propia línea de calzado. Creó también las empresas Exclusividades Deportivas y Grupo D’Lovi, que se encargaban de la importación, y los almacenes Robert D’Lovi, Pipo’s Boutique y Pay Less Pague Menos donde vendía el producto más barato que en las tiendas de la competencia. Y así como crecían sus ganancias crecían sus enemigos...

Durante el segundo semestre de 2001, elPeriódico publicó una serie de reportajes en los que denunciaba a López Villatoro por contrabando de calzado, evasión de impuestos, falsificación y competencia desleal. Fue en esas publicaciones en las que la periodista Sylvia Gereda, que dirigía el equipo de investigación del diario, acuñó el apodo de “El Rey del Tenis”, mote con el que desde entonces se le conoce. El apodo salió, dice hoy Gereda, “al comprobar que dirigía un imperio de contrabando de zapatos. Por eso le pusimos Rey del tenis porque reinaba la impunidad en el terrible contrabando que hacía”. Para entonces López Villatoro ya se había divorciado de Evelyn Morales, y casado en segundas nupcias con Zury Ríos, la hija del general José Efraín Ríos Montt, quien presidía en Congreso, y cuyo partido, el Frente Republicano Guatemalteco (FRG) gobernaba el país, con Alfonso Portillo como mandatario.

Según Clara, los reportajes de Sylvia Gereda le ocasionaron en su hermano “un impacto emocional fuerte”. Hoy López Villatoro sostiene que Gereda fue movida por intereses políticos y empresariales. “La competencia perjudicaba a las empresas de su esposo (de Gereda), Calzado Cobán, y también de esa forma querían atacar el gobierno del FRG, que se atrevió a enfrentarse a los ricos”, explica Clara.

“Mi trabajo siempre ha sido independiente de mi familia”, responde Gereda. “No tengo ningún tipo de agenda. Lo que se hizo fue un trabajo sobre el contrabando de zapatos en Guatemala. Si quieren inventar cosas, que lo hagan. El tema es que fue una investigación seria, documentada, con datos, con pruebas. Calzado Cobán tiene cien años de trayectoria, un contrabandista no puede afectarlo”.

Entre 1998 y 2001 se iniciaron cinco procesos judiciales en contra de López Villatoro por delitos relacionados con contrabando, violación de derechos de marca y falsificación de productos registrados, pero los cinco se desestimaron por falta de pruebas. En esos días, más dedicado a los negocios que a la política, López Villatoro aún no tenía influencia sobre las Cortes.“Los estilos eran similares a marcas como Reebok y Adidas”, cuenta Clara. “Pero los técnicos de esas marcas que vinieron al país determinaron que no había falsificación. Hizo una marca Trebor, que es Robert al revés. Le hizo marcas a sus hijos, a su esposa, a su sobrina Valery”.

En 2002, el entonces procurador de los Derechos Humanos, el eferregista Julio Arango, emitió una resolución en la que declaró que quienes acusaron “sin fundamentos” a López Villatoro de delitos que “perjudicaron su buen nombre” habían violado sus derechos humanos.

Hace más de cinco años López Villatoro dejó el negocio del calzado en manos de sus hermanos. Las acusaciones en su contra se han disipado, pero el apodo de El Rey del Tenis se ha quedado con él para siempre. “Antes le enojaba mucho que le dijeran así”, me contó Sergio, su hijo mayor, “pero ahora ya se acostumbró, hasta creo que le gusta: para sus cumpleaños, sus amigos le regalan pasteles con forma de un tenis y una corona gigante”, y “en su bufete tiene un rey de ajedrez gigante”.

Sandra Sebastián

Las de contrabandista y falsificador no son las únicas acusaciones que los medios le dirigieron durante el gobierno de Alfonso Portillo. En 2001 también lo sindicaron de importar de China llantas usadas, que vendía en Guatemala pese a estar prohibido, y de defraudar al fisco por ingresar llantas nuevas haciéndolas pasar por usadas. El caso quedó en denuncia porque no hubo investigaciones ni procesos judiciales.

Durante los 14 años que pasaron desde que se graduó hasta el pasado febrero, cuando inauguró el bufete Bufete Lovi y Asociados, López Villatoro no había ejercido como abogado, pero durante la mañana que pasé en el despacho conversando con su hermana Clara y con él, observé a más de 20 trabajadores, que incluían diez abogados, cada uno de ellos especialista en una rama del Derecho. Además de los temas jurídicos, en esa oficina los hermanos López Villatoro dirigen una inmobiliaria, proyectos habitacionales, principalmente en Huehuetenango, y un negocio de microcréditos e intermediación para préstamos bancarios. “En el bufete no tiene oficina. No tiene un espacio para él, ni un escritorio. Siempre está atendiendo gente en la sala de reuniones, o en las oficinas de los abogados; hablando, discutiendo, dirigiendo, solucionando. Nunca descansa”, describió su hermana.

* * *

Fuentes judiciales, diplomáticas y políticas aseguran que la “gran prueba de fuego” de López Villatoro como operador en el sistema de justicia fue la inscripción como candidato presidencial de su suegro, el general golpista José Efraín Ríos Montt, en 2003, y obtuvo sobresaliente. Tras su boda con Zury, a mediados de 1999, López Villatoro se convirtió en hombre de confianza del secretario general del FRG, y fue durante el Gobierno de Alfonso Portillo cuando se encontró “cara a cara con el poder, se percató de todo lo que se puede hacer cuando se tiene al Organismo Judicial en las manos y empezó a trabajar para controlarlo”, me dijo un exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia que observó de cerca los primeros movimientos del empresario. “Como tenía contactos —reconoce su hermana— empezó a gestionar la inscripción de Ríos Montt. “Ahí comenzó a involucrarse en política; participó en el proceso electoral con Zury (como diputada) y en la campaña del general”, complementa su exesposa Evelyn Morales.

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A pesar de que la Constitución le prohibía presentarse como candidato presidencial por haber liderado un golpe de Estado, Ríos Montt se empeñó en burlar la ley. El Rey del Tenis fue pieza clave en la estrategia que siguieron”, me dice una activista social. La Corte Suprema de Justicia cerró las puertas a las aspiraciones del general al declarar ilegal su candidatura, pero la Corte de Constitucionalidad (CC), máxima instancia constitucional de Guatemala revocó el fallo. Detrás estaban López Villatoro y Francisco Palomo —abogado de Ríos Montt y entonces magistrado suplente de la CC—, que habían negociado los votos de Guillermo Ruiz, Manuel de Jesús Flores, y Cipriano Soto, un antiguo aliado de López Villatoro.

La alegría le duró poco tiempo al FRG y a Ríos Montt, aplastado en las elecciones de noviembre de 2003. El gran ganador fue un López Villatoro ya divorciado de Zury Ríos, que aprovechó su fuerza para lograr, en diciembre de 2001, que el Congreso aprobara la Ley de Colegiación Profesional Obligatoria, indispensable para avanzar en su objetivo de incidir en el sistema de justicia del país. “Yo hice cabildeo en el Congreso para que aprobaran esa ley. Era necesaria para que los abogados de los departamentos pudieran votar en las elecciones del Colegio de Abogados sin necesidad de tener que venir a la capital”, me dijo el día que le entreviste en su bufete. Ello les permitiría ampliar sus posibilidades de triunfo sobre las de las “vacas sagradas”.

El siguiente paso de la estrategia fue facilitar la organización de los abogados departamentales por medio de las asociaciones gremiales. Lo logró gracias a que “es un negociador por excelencia, que tiene capacidad de juntar a contrarios en la misma mesa y lograr que se pongan de acuerdo”, explica su hermana. Por medio de cursos de especialización y seminarios, satisfizo la necesidad de profesionalización que tenían los abogados departamentales y con ello los fue acercando cada vez más a cargos en el sistema de Justicia. Lo que hizo fue “poner al alcance de todos el conocimiento”, me dice su hermana Clara. “Les ‘hizo el favor’ de llevarles conferencistas y darles un diploma para engordar el currículo, sin invertir mucho”, explica un abogado adversario suyo; “contactó gente clave en los departamentos, siempre por medio de familiares y compadrazgo, y a la hora de las elecciones en el Colegio les pedía el voto a favor de su planilla”.

Evelyn Morales reconoce que el poder de la estructura que lidera su exesposo “radica en los grupos de abogados departamentales, en las asociaciones que organizó”. Ella ve estos grupos no tanto como estructuras jerárquicas que responden a un jefe, sino como redes semiestructuradas de gente con intereses y aspiraciones semejantes que buscan a López Villatoro para que las articule y las termine de unir en momentos clave. Por eso, en ciertos momentos, dados “su carisma y liderazgo”, “todo gira a su alrededor”. En palabras de Morales, esos objetivos comunes son “promover el cambio dentro del sistema de justicia”, “proponer a los mejores para jueces y magistrados”. Pero dice asimismo que “lo buscan porque tienen intereses”, porque quieren apoyo para sus candidaturas o sus casos.

* * *

En 2009 todo estaba a punto para que el grupo de López Villatoro lograra la ansiada mayoría en las Cortes de Apelaciones y la Corte Suprema de Justicia cuando la Comisión Internacional contra la Impunidad (Cicig) le arrebató el triunfo. Fortaleza jurídica, como se denominaba la agrupación, había ganado la junta directiva del Colegio de Abogados y López Villatoro había alcanzado mayoría en las Comisiones de Postulación. Sumaba a los representantes del Colegio elegidos en unas peleadas votaciones, magistrados afines a su causa y al menos tres decanos de Derecho de universidades privadas, empresarios, Gobierno y López Villatoro habían negociado las cuotas para integrar la CSJ, pero a última hora Gloria Torres y César Fajardo, los operadores y negociadores del gobierno de Álvaro Colom, incumplieron el acuerdo. En la elección final, el Congreso no eligió a ninguno de los bendecidos por los empresarios que, molestos, acudieron a Carlos Castresana, entonces jefe de la Cicig para que revirtiera la decisión de las Comisiones de Postulación.

“Castresana no se podía pelear con el Gobierno porque el Presidente aún no anunciaba la prórroga del mandato de la Cicig”, explica un abogado del círculo de López Villatoro. “Entonces, optaron por atacarnos a nosotros”. Castresana convocó a la prensa para acusar a López Villatoro de haber manipulado las elecciones, de tener vínculos con bufetes relacionados con narcotráfico y adopciones ilegales, de haber comprado la voluntad de jueces y magistrados pagándoles maestrías en Sevilla (España) y de pretender secuestrar el sistema de justicia con fines aviesos. También acusó a seis de los magistrados de la CSJ recién elegidos por el Congreso —los seis del grupo de López Villatoro— de toda suerte de delitos. Hubo muchas acusaciones, acusaciones serias, acusaciones impactantes y mediáticas, pero ninguna prueba contundente.

Castresana pidió al Congreso que diera marcha atrás en la elección de los magistrados y los diputados dejaron fuera a cuatro de los seis de López Villatoro. Sólo se salvaron Thelma Aldana —la actual Fiscal General— y el magistrado Mynor Franco. Ambos, según fuentes judiciales, pasaron a orbitar tiempo después alrededor de Gustavo Herrera, el operador político del gobierno de Otto Pérez Molina, y abandonaron la estela de López Villatoro.

“Más que abrupto, fue un ataque inmisericorde”, me dice López Villatoro. “Me dejaron fuera de la jugada porque no respondí a las presiones del Gobierno anterior. Sus operadores presionaron de forma indebida a nuestros comisionados. También lo hicieron directamente conmigo”, asegura. Sergio, su hijo, me lo explica con mayor claridad: “Guatemala es un país de cúpulas. Vivimos en una burbuja. Todos los grupos tienen intereses. Los nuevos liderazgos incomodan. Hay abogados buenos y malos. La Cicig vinculó a unos con otros, acusó a mi papá sin fundamento. Sin pruebas. Hay poderes empresariales, corporativos, interesados en mantener el poder y el control”.

Dado el golpe, ni la Cicig insistió en los señalamientos contra López Villatoro y contra los magistrados defenestrados, ni la Fiscalía investigó las acusaciones de Castresana.

Entre 2009 y 2014, me dice Evelyn Morales, el grupo de López Villatoro ha ganado “al hilo” las 18 elecciones en las que ha participado: desde la representación estudiantil de la Facultad de Derecho en la USAC, la junta directiva del Colegio de Abogados y las Comisiones de Postulación, hasta la Confederación Deportiva Autónoma de Guatemala, la Oficina Nacional de la Mujer, el Consejo Nacional de Adopciones. López Villatoro y su grupo están en todo. “En la última elección del Colegio, para Comisiones de Postulación, lograron movilizar a 6 mil abogados que votaron por su planilla, de los 17 mil graduados que hay. La mayoría fueron de Guatemala y Quetzaltenango”.

* * *

El día que lo entreviste en su despacho, López Villatoro reconoció que el objetivo de los abogados por influir en el sistema de justicia es “defender sus intereses”.

—¿Qué intereses? —le pregunto.

—Intereses diversos —responde sin ánimos de precisar.—El problema real —cambia de tema— es la falta de independencia. El sistema no permite llevar magistrados independientes. Hay honrosas excepciones, hay gente que aún cree. Hay una reserva moral todavía, y por esa debemos de luchar.

Le pido que me explique los intereses que lo mueven él a involucrarse en este proceso.

—El interés de país. Este es el país donde vive mi familia. Pienso en mis hijos y en las nuevas generaciones —responde.

—Ese suena a discurso de político demagogo —intervengo.

—¡Pruebas! ¡Que presenten las pruebas! —Exige. Alza la voz.

—Pregunte a un juez o a un magistrado si yo he pedido algo que sea ilegal o injusto. Mucha gente critica. Guatemala es el país de las descalificaciones —se defiende—. Pero si usted pregunta, no encontrará nada, porque eso es mi carta de presentación ese es mi respaldo.

Le menciono que los favores se pueden pedir a través de terceros, que no es necesario dar la cara.

—Mire, ésta es una lucha política. Le pueden decir muchas cosas, pero no le aportan pruebas. Muchas de las personas que hablan de mí no me conocen, no saben nada de mí; sólo repiten rumores —y remonta— Son adversarios.

—Más allá del interés genuino que dice tener por el país, ¿qué hace un exitoso empresario involucrado en un proceso que le trae tanto desgaste? —insisto.

—Qué bueno que lo reconozca, porque vaya si no es desgaste. Yo creo que el sistema no funciona, y que la ley, la aplicación correcta de la justicia, es lo único que puede sacar adelante al país. Fuera de eso, el país no tiene futuro. Esto también es un llamado a todos los empresarios a involucrarse, a interesarse en la política, nos tenemos que interesar por hacer los cambios. Dentro de nuestra comodidad no vamos a hacer nada. Criticar es fácil, pero tratar de hacer algo en un país donde uno pone en riesgo su integridad y su honra es una decisión difícil. Yo me lo he preguntado: ¿por qué? Si podría estar cómodo, tratar de quedar bien con todos los sectores —baja la voz.

Lo que busca, me asegura después, es “cambiar el sistema desde adentro”. “Lo que queremos es que los buenos magistrados promuevan una reforma constitucional desde dentro. Esa reforma es la única forma de cambiar esto.”

—Todos nos movemos por un interés —me había dicho antes su hermana Clara—. Tenemos un bufete. No queremos que los jueces nos obedezcan, pero necesitamos el acceso. Que nos tengan consideración. No que resuelvan a favor nuestro, pero sí que nos ayuden.

* * *

Hablo con Clara del poder de su hermano y ella opina que se ha “sobredimensionado”, y que “se han creado mitos a su alrededor”. López Villatoro es un empresario emergente, ella lo reconoce pero, aclara, “no es una amenaza para el capital tradicional, para los empresarios ‘de siempre’”. Con muchos de ellos, asegura, tiene relaciones de amistad. Lo respetan. Lo conocen. “Él no se quiere aprovechar del sistema, sino que quiere ayudar a cambiarlo, y eso lo saben ellos. Por eso es que lo ven como un aliado”, subraya, despacio.

Desde ninguno de los espacios en los que el grupo de López Villatoro ha tenido influencia han salido propuestas para cambiar el sistema: ni el Colegio de Abogados ni en las asociaciones departamentales de abogados ni en las universidades privadas; tampoco en la Asociación de Jueces y Magistrados o en las Comisiones de Postulación. Más bien estas instancias son instrumentalizadas para mantener el estatus quo, para afinar el sistema hacia los intereses reales: lucrar con la justicia, ganar casos, protegerse entre sí, acumular poder.

A diferencia de hace cuatro años, cuando medio mundo estaba en pie de guerra contra López Villatoro, esta vez la Cicig no criticó su poder e influencia en las Comisiones de Postulación y sectores de la sociedad civil que también buscan influir en la designación de las Cortes, empresarios tradicionales y de la comunidad internacional, le ven con simpatía. “Terry Steers, el ministro consejero de la embajada (estadounidense) habla muy bien de él”, me cuenta una fuente que se mueve en las altas esferas diplomáticas y políticas del país”; Steers “le ha pedido a varios diputados que no se refieran a él como El Rey del Tenis porque la embajada solo reconoce al Lic. López Villatoro”.

También tiene “buenas” relaciones con Sandra Torres, Roberto Alejos, Roberto González… Conoce a todos los líderes políticos del país, pero guarda distancia con los partidos. “Suele decir que es amigo de candidatos y de expresidentes”, dice Clara.

En la lista de sus amistades cercanas sobresalen diputados, periodistas, embajadores, diplomáticos y empresarios, emergentes y tradicionales. Todas las personas a las que les pregunté algo sobre él antes de entrevistarlo, incluyendo sus adversarios, coincidieron en que es un tipo “exquisito”, “encantador”, “altruista”, y que “tiene riqueza… mucha riqueza… pero no la exhibe…”. Su bufete, ubicado en el penthouse de un edificio de la zona 9, es cómodo más no ostentoso. Las reuniones de trabajo suele realizarlas en el hotel Crowne Plaza, de la zona 13, del cual es accionista.

Tras divorciarse de Zury Ríos, en 2003, no volvió a casarse. Desde hace cinco años mantiene una relación con Ana Lucía Valencia, con quien tiene una hija de cuatro años.

—Mucha gente lo anima para que participe como candidato a la Presidencia —dice Evelyn Morales, su exesposa.

—Hoy por hoy no tiene aspiraciones, pero eso puede cambiar —matiza Clara, la hermana.

Él, mientras tanto, calla.

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