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Opinión

Una izquierda para nuestros tiempos

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Cuando me disponía a marchar con los progres, me di cuenta de que el progresismo guatemalteco urbano no es rupturista ni quiere saber de batallas populares. Recordé entonces que, mientras existan espacios de marginación, exclusión, abuso y apropiación, existen también espacios de resistencia y, por ende, de esperanza para una izquierda de verdad y apta para nuestros tiempos.

Para empezar, el activismo antideológico es una caricatura porque no es realista, pues una ideología no es más que una concepción de la vida y sus expresiones concretas. Segundo, tener un discurso de neutralidad, de humanismo o de izquierda, pero una práctica que se beneficia de la derecha y la nutre, es hipócrita. Tercero, aliarse a las derechas intrínsecamente corruptas te hace corrupto tonto o corrupto siniestro. Allí, las políticas de transformación profunda que cuestionen los fundamentos de la vida moderna son completamente inviables.

Como lo intentaría Meme Colom (nunca solo, claro) antes de ser acallado con fuego cobarde, es necesario configurar un gran frente unido contrahegemónico que venga desde abajo, desde esa legitimidad democrática que otorga la articulación deliberada de sabidurías y aspiraciones populares. Excluyo expresa y categóricamente las voces que representan objetivos y propuestas del Cacif y su Fundesa[1] o a la Fundación Libertad y Desarrollo de Dionisio Gutiérrez y su Escuela de Gobierno, actores todos que hoy se disfrazan con luminosos colores progresistas propueblo, pero rechazan ir a la raíz del modelo económico y del pensamiento imperante.

Vemos, pues, que las alianzas derechas-izquierdas que saturan el activismo no militante urbano resultan siendo, como diría Fidel Castro, «un vulgar instrumento del colonialismo y de la reacción» que no solo se encarga de instalar la confusión discursiva entre las desvanecientes clases medias, sino que también siembra la semilla de desunión entre los varios sectores populares y debilita así la factibilidad de sus reivindicaciones históricas.

Así es como el pensamiento occidental —único y dominante— limpia su propio camino para adaptarse a las nuevas condiciones del entorno y continuar de esa manera su vigencia cultural conservadora (pero con un toque progre). Ya advirtió el profesor David Harvey en 2014, al analizar las varias contradicciones del capitalismo tardío, que las salidas irreflexivas a una crisis «contienen en sí mismas las raíces de la siguiente crisis». Así pues, el neoliberalismo (como lógica de imperativos políticos, compás ético y matriz cultural) está aprovechando las crisis actuales para reinventarse macabramente y continuar, sin obstáculos mayores, la producción en masse de subciudadanos obedientes y serviles a las dinámicas consumistas del capital y su imposible mística de crecimiento material infinito.

Pero ya nos dimos cuenta.

Cuando Gramsci o Mariátegui escriben sobre la necesidad de ser hegemónicos, se refieren a una hegemonía contrahegemónica que desafíe a los poderes constituidos con nuevas historias humanas. A épicas que reemplacen los mitos del capitalismo y la modernidad, no a propagandas que justifiquen su resiliencia desde ángulos novedosos. Es decir, se aboga por la influencia sobre el sentido común de la sociedad cívica (tanto intelectual como moral y espiritual), pero a partir de las voces tradicionalmente silenciadas desde abajo, con la complicidad, siempre subsidiaria, de individuos y grupos más privilegiados. Pero esta complicidad se debe dar en consensus populi —participación simétrica en la legítima construcción de un discurso de reivindicación de las exigencias populares—. No será producto de un consenso que al ser impuesto desde arriba deja de ser consenso popular y se queda en pacto de élites. Y es que, si la llamada izquierda no empatiza ni comprende a los pueblos en su realidad objetiva y concreta, su discurso no puede contener una realidad objetiva y concreta que los legitime.

Menos puede movilizar al pueblo en unidad en contra de la corrupción y a favor de la humanidad.

En última instancia, toda praxis política antidemocrática resultará, invariablemente, en lo que Dussel llama «instituciones autorreferentes», que pretenden validarse a sí mismas como fuente de poder originario, y no como depositarias de poder delegado. Esto tiene su génesis en la mente del activista de turno que ve a las personas en estados de vulnerabilidad como instrumentos de su ambición política, y no la acción política como satisfactor de las necesidades de los conglomerados subalternizados.

¿Hay menos peor entre el establishment y el mesianismo progresista? No, pues se trata de un juego de tronos entre élites que se disputan la tenencia del poder delegado en términos hegemónicos mientras los pueblos que lo delegan parecen no tener voz ni voto en sus propias decisiones económicas y sociales.

¿Nueva política?

De forma muy simple podemos decir que cualquier fin que no sea expandir y democratizar el poder político, desconcentrar las oportunidades económico-sociales y velar por el bienestar humano por encima del capital y sus rentas es, ese sí, un engaño populista.

Lo que toca: desenmascarar a los financistas y a sus mentirosos profesionales, que promueven cambios para que nada cambie en realidad. Y, claro, limpiar, recordar y fortalecer las posiciones ideológicas de izquierda que nos conduzcan a un debate público de contenidos vitales, relevantes y actualizados.

 

La revolución en América Latina no debe ser calco ni copia, sino creación heroica de los pueblos.

José Carlos Mariátegui

 

***

[1] El Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras es conocido comúnmente como Cacif. Su supuesto brazo social, la Fundesa (Fundación para el Desarrollo —de qué y de quién, me pregunto— de Guatemala). Su foro propagandístico, nada discreto, se llama Enade (Encuentro Nacional de Empresarios).

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