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#MeToo: Tres paradojas sobre las denuncias de acoso sexual

¿Se están generando elementos de cambio estructural desde el punto de vista de las relaciones desiguales de género?
Cómo vamos a lograr transformar las relaciones entre hombres y mujeres sin que en el camino se cuele un subtexto moralista y puritano
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#MeToo: Tres paradojas sobre las denuncias de acoso sexual

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En diciembre de 2019, se publicaron dos investigaciones periodísticas que recogen los testimonios de varias mujeres jóvenes que denuncian acoso sexual y de conductas inapropiadas por parte del exdirector del medio digital guatemalteco Nómada. Estos textos se alinean con el movimiento global #MeToo que inició en 2006 empujado por un grupo de mujeres negras en Estados Unidos que buscan transformar no solo la percepción del problema sino encontrar caminos hacia la sanación.

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Paralelamente a estas publicaciones, otro movimiento global, esta vez impulsado por un colectivo de mujeres chilenas, Las tesis, nos sacudió hasta la médula. Miles de mujeres alrededor del mundo hicieron un performance en el que ponían los puntos sobre las íes en lo que respecta a la violencia sexual contra las mujeres. Después de los performances miles de mujeres contaron sus experiencias en Twitter.

La violencia y el acoso sexual son una realidad para millones de mujeres alrededor del mundo. Todas las mujeres en mayor o menor medida lo hemos sentido en carne propia. Tanto las investigaciones periodísticas como el performance impulsado por el colectivo Las tesis nos ofrecen una excelente oportunidad para reflexionar críticamente sobre los alcances –y las limitaciones– de estos movimientos.

Para ello, es necesario, primero, definir el problema: #MeToo reproduce patrones estructurales de exclusión y privilegio, promoviendo la visibilidad de depredadores en posiciones de prestigio, pero dejando intactos los espacios cotidianos, familiares y de exclusión económica y pobreza. Para cambiar la situación generalizada de abuso y violencia sexual contra las niñas y las mujeres se requiere acciones coordinadas a varios niveles. Es un proyecto tanto cultural como político que demanda una nueva narrativa, imaginar un nuevo horizonte.

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¿Cómo empezar a confrontar el problema? Conocer los detalles de las experiencias de acoso tiene el valor de movilizar nuestra empatía y permitirnos entender la experiencia subjetiva desde quien lo vivió, algo que nos estaba vedado por el silencio tácito de la sociedad en su conjunto. En otras palabras, se ha abierto un espacio a aquellas voces que habían sido negadas, reprimidas y silenciadas. ¿Representa esto un cambio de paradigma en términos de justicia restaurativa? ¿Se están generando elementos de cambio estructural desde el punto de vista de las relaciones desiguales de género?

Me parece que existen diversas dimensiones que hay que abordar, empezando por entender qué límites entraña, por un lado, la sobreexposición del sufrimiento y la humillación de las víctimas y, por otro lado, una mirada inquisidora sobre los actos del depredador.

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También necesitamos discutir, dar espacio a una cacofonía de voces y a una diversidad de ideas, al debate y a la abstracción. Las mujeres no somos solo seres emocionales: somos criaturas intelectuales y racionales. Los estudios feministas han demostrado cómo nuestras subjetividades múltiples han sido concebidas como categoría inferior a la razón y al intelecto.

Por ello una reivindicación importante en los proyectos políticos feministas es, justamente, darle lugar a nuestra creatividad intelectual y a múltiples alianzas desde nuestros disensos.

Abajo señalo tres paradojas que pueden abrir nuevas reflexiones.

1. La visibilidad y la invisibilidad

En el mundo, #MeToo ha sacudido a ciertos hombres cuyo extraordinario poder les hace muy visibles: Harvey Weinstein, contra quien inicia un juicio por violación y abusos en estos días, el costarricense, premio Nobel de la paz, Óscar Arias, y Roger Ailes, el director de Fox News, por nombrar a algunos.

Aunque incomparable en estatura de méritos y fama, el caso expuesto por la investigación periodística mencionada tiene en común con estos que implica a un hombre muy conocido en su contexto, Guatemala.

Una de las dudas que surgen es qué tan amplio o limitado es el efecto de denuncias de los actos cometidos por hombres relativamente conocidos o figuras públicas, sobre el problema generalizado de abuso sexual, violencia sexual y acoso, un problema que afecta a todas las mujeres, de todas las clases sociales, en todo el mundo, en todas las esferas de sus vidas. ¿Cuál es el efecto de #MeToo sobre la violencia ejercida por aquellos que no son en sus contextos ni famosos, ni poderosos?

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Los casos que se individualizaron y en los que el nombre del perpetrador se ha hecho público han abierto un debate muy necesario sobre lo que es y no es aceptable en ciertos lugares de trabajo. El debate sobre los límites de lo aceptable en lugares de trabajo ha ocurrido desde y dentro de espacios de privilegio. Quienes denuncian tienen redes de apoyo y acceso a ciertos recursos. No todas las mujeres somos iguales, nuestras historias y nuestras posibilidades están atravesadas por la intersección de clase, raza, género, orientación sexual, etc., ¿de qué manera reproducen estos rituales de escarnio público la desigualdad? ¿Cómo excluyen a unas e incluyen a otras? ¿Quiénes son incluidas en esos espacios de privilegio?

Miles de tuits que circularon después del performance de Las tesis replicada en más de una docena de países, sin embargo, fueron denuncias contra hombres sin nombre. Lo que más me estremeció de los tuits que empezaban con «y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía» fue que muchísimos de ellos se referían a abusos sexuales cometidos contra niñas, por personas de su confianza: padres, abuelos, hermanos, tíos, primos…

En otras palabras, incesto, lo que pasa dentro de la casa y que implica tanto a hombres famosos como desconocidos, de todas las clases sociales, con y sin educación, con trabajos prestigiosos o miserables, blancos, afrodescendientes, indígenas y mestizos. El incesto se ha discutido muy poco, pero es quizás un problema que, a juzgar la magnitud de las denuncias en Twitter, merecería ser sacado de la esfera privada.

2. Los límites de la sororidad y la empatía

Cuando Tarana Burke, la activista negra que lanzó #MeToo en Estados Unidos e inició el movimiento en 2006, empezó señalando la importancia del contexto. El movimiento surgió para cambiar la percepción del problema en comunidades de color, pobres. La mira estaba puesta en la comunidad, y en lo comunitario.

Cuando el movimiento cobró notoriedad en 2017, momento en que las ricas y famosas de Hollywood denunciaron a Weinstein, surgieron muchas manifestaciones de apoyo y otras mujeres se animaron a contar sus experiencias. Muchas lo hicieron de manera colectiva señalando las raíces estructurales del problema, otras optaron por ponerle nombre y apellido al agresor.

Lo que diferencia al movimiento iniciado por mujeres negras de comunidades pobres del que explotó en 2017 es el poder de las plataformas virtuales.

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Sin embargo, y esto aplica también a recientes investigaciones periodísticas, no parece que se haya generado consenso sobre que todos los abusadores, en todos los contextos sociales, deben responder por sus abusos. Más bien se ha generado consenso sobre que los perpetradores deben ser excluidos de posiciones prestigiosas.

Muchas mujeres han aludido a la noción de sororidad para apoyar los escarnios públicos. La mayoría de mujeres no tienen el poder ni los recursos para construir un nuevo consenso sobre lo que es aceptable y lo que no es. ¿Es también esa sororidad un abrazo a aquellas mujeres que no tienen cuenta de Twitter, ni saben leer? ¿Qué posibilidades tiene una mujer que trabaja como empleada doméstica de denunciar a su empleador? ¿Qué canales existen para una mujer que trabaja en una maquila, en una plantación de café o en un prostíbulo de nombrar a su agresor, o siquiera de señalar la amplia y generalizada cultura de abuso en la que viven? ¿Con cuántas aliadas pueden contar estas mujeres?

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Sin menospreciar el sufrimiento de las mujeres privilegiadas, el acoso sexual y la violencia sexual es un problema generalizado a todas las esferas y ámbitos de la vida, ¿cómo vamos a formar el espacio para que todas las mujeres sean incluidas?

3. Un territorio sin mapa

Leer algunas de las denuncias publicadas en Guatemala y en otras partes del mundo, y las reacciones subsecuentes en diversas sociedades, me aterra por tres razones. Una es, como ya he señalado, la brutalidad y la generalización de la violencia contra las mujeres, nada nuevo, por cierto.

Quizás un caso paradigmático es el de Zoila América Narváez, que ya en 1998 (antes del #MeToo y del Twitter) denunció al hombre más poderoso de su país –Nicaragua– por incesto. Las razones por las que ella retiró su caso de la Corte Interamericana de Derechos Humanos son útiles para entender por qué la conversación y el debate sobre la violencia sexual y el abuso deben ser traídos a la esfera pública.

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La segunda razón es cómo vamos a lograr transformar las relaciones entre hombres y mujeres sin que en el camino se cuele un subtexto moralista y puritano y sin perder de vista las múltiples reivindicaciones y expresiones feministas.

Sería estremecedor que estas reivindicaciones resultaran en dinámicas de mujeres vigilando a otras mujeres, demandando «sororidad incondicional», principalmente si se hace con una comprensión del poder como algo naturalizado, monolítico y estático, porque no lo es.

Las relaciones entre hombre y mujeres no pueden ser comprendidas en términos de ventaja o desventaja desde una lógica aritmética de opresión/dominación. El poder es una relación social, no es un recurso que unos tienen y otras carecen. De nuevo, diversos trabajos feministas han demostrado cómo estas relaciones de poder son maleables. Entenderlas en su complejidad implica también replantearnos las nociones hegemónicas de sexualidad y corporalidad.

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Y tercero, por muy difícil que sea el tema, hay que debatir abiertamente sobre los procedimientos de justicia, empezando por retomar las múltiples discusiones sobre qué entendemos por justicia restaurativa. Por muy terrible que sea la violencia sexual contra las mujeres, el estado de derecho existe por una razón, nadie debería ser condenado sin ley y juicio y todos son inocentes hasta que lo contrario se demuestre.

Por supuesto que en contextos donde la institucionalidad jurídica es débil y donde la impunidad es alarmante, un argumento que apele únicamente a la legalidad nos limita. Sin embargo, los escarnios públicos también son problemáticos, porque, aunque apelen a una condena social (que muchas veces no ocurre), abren las puertas a prácticas que terminaran por socavar las relaciones comunitarias y sociales.

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¿Estamos en una situación en la que las pruebas y evidencias pueden ser discutidas y evaluadas racionalmente por cuerpos independientes? Ésta es una pregunta que irremediablemente deberemos hacernos. El acceso a la Justicia es un derecho humano.

En Guatemala se llevó a cabo uno de los juicios más emblemáticos a nivel mundial sobre violencia sexual. Las mujeres de Sepur Zarco lograron justicia dentro de un marco institucional y de derecho. Esto fue el resultado del trabajo colectivo y sostenido de muchas mujeres por muchísimos años. Para mí, el caso Sepur Zarco y la Alianza Rompiendo el Silencio y la Impunidad (UNAMG-MTM-ECAP) dan mucha esperanza.

Pero no son lo único que las mujeres han logrado cambiar con un esfuerzo sostenido y construyendo alianzas. Hemos cambiado leyes e instituciones. Aunque la impunidad es todavía enorme, cada día se presentan ante los tribunales casos de acoso y violencia sexual que, algunas veces, resultan en condenas.

Hay mucho camino que andar, en lo legal, en lo cultural y en lo político. «No» es no, en eso estamos todas de acuerdo, que una mujer no esté en condiciones de decir «no» no implica un “sí». Pero aparte de esto, hay una infinidad de tonalidades grises.

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Si una mujer «no sabe» que «x» o «y» conducta es acoso, ¿lo es? Y ¿quién decide? Si a una mujer le parece que «x» o “y» palabra o acto es indecente, ¿equivale eso a acoso? ¿Cuál es el límite de lo que podemos y no podemos hacer las mujeres con hombres casados con otras mujeres? y ¿quién decide? Si el tema de una conversación o las palabras de un hombre, o una invitación a desayunar, o su manera de bailar hace sentir incómoda a una mujer en particular, ¿es eso acoso? Todas estas son preguntas que incomodan pero que son ineludibles.

Acabar con la violencia sexual y el acoso contra las mujeres requiere una nueva estrategia para negociar nuestros disensos y buscar algunos consensos, lo que implica debatir y ponernos de acuerdo sobre lo que es aceptable y lo que no es, en tanto se base en un acuerdo común. No es algo que cada individuo puede decidir por sí mismo. Cambiar las relaciones de poder y las estructuras que han normalizado el abuso contra las mujeres requiere una variedad de tácticas y una estrategia de alianzas. Los hombres no son el enemigo, es el sistema, como acertadamente señalaron Las tesis. Los cambios al sistema requieren en parte cambios culturales y una movilización política en varios frentes.

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Estos cambios toman forma tanto a partir de nuestra propia percepción como por la percepción de los otros. Mover la frontera de lo que es aceptable y lo que no, es un esfuerzo coordinado y colectivo. No basta que cambie la percepción de algunos individuos sobre el problema, tiene que cambiar toda la sociedad. Se requiere consensos y disensos, y quienes disienten no deben ser satanizadas. Si quienes están en desacuerdo o quienes tienen pensamientos u opiniones diferentes no los pueden expresar por temor a ser atacadas, ridiculizadas, insultadas o ser acusadas de no ejercer sororidad, este debate ya acabó y no cambiamos nada.

No es suficiente movilizar las emociones, es necesario pensar e imaginar un sistema que todavía no existe.

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