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“Me lo pintaron todo tuanis, pero cuando llegué…”
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“Me lo pintaron todo tuanis, pero cuando llegué…”

...Que ha dormido mal y ha pasado frío. Explica que inhala disolvente para matar el frío y el hambre. Un bote cuesta Q2, es más barato que la comida. Pero añade que ha disminuido de tres a uno los botes de disolvente diarios que consume. También tiene un aspecto curtido por la calle, pero su mirada está más atenta. Relata su historia. Su padrastro le golpeaba.
―Mire usted que como en los tres últimos meses llega el pisto empiezan la cacería―. Sandy explica que las organizaciones llegan en sus camiones a cazar a los jóvenes de la calle. Aunque Julio, otro de los jóvenes le corrige, “no se dice cazar, se dice ‘reclutar’”.
Luís, Gregorio y Glenda de la organización MOJOCA llevan café y panes para la refacción de los muchachos que participarán en las actividades de la mañana.
Actividad lúdica con el grupo del Parque Central. Las dinámicas sirven para despertar a los jóvenes, muchas veces, narcotizados por el solvente.
El grupo del “Tanque”, ubicado cerca de la Avenida Bolívar, realiza la limpieza en la madrugada.
William, de 23 años, lleva 15 viviendo en la calle.
Julio Cesar, de 24 años, y José, de 23, sacan cobre de unos desechos eléctricos. Llevan 13 y 15 años, respectivamente, de vivir en la calle.
Nancy, de 22 años de edad, vive en el “Tanque” desde hace ocho años junto a su esposo.
Cristian, de 23 años de edad, y Jakelin, de 18,  viven juntos en el “Tanque” desde hace 5 años. Tienen un bebé de 1 año, que vive con la mamá de ella, ya que el juzgado se los quitó.
En la sede de MOJOCA, Felisa, de 25 años, junto con su hijo de cinco meses, está sacando su examen final de 4to. primaria.
El grupo de jóvenes de la zona del “Super 24”, a la orilla de la Calzada Roosevelt.
Antes de iniciar la actividad con los operadores de MOJOCA, los jóvenes del “Super 24” hacen una oración e invocan la protección de Dios.
Claudia, de 20 años de edad, lleva 9 viviendo en la calle. Los operadores de MOJOCA controlan que en su pelo no haya piojos.
Superado el primer chequeo contra los piojos, llega la hora del lavado del pelo.
La ventana de un pick up es utilizada como espejo.
En las actividades formativas se aborda con énfasis el tema de la autoestima.
Alejandra, de 22 años, prepara la refacción al terminar las actividades formativas.
Un menor de edad perteneciente al grupo que vive cerca del mercado de la Terminal cubre su rostro ante la presencia de la cámara..
Adolescentes y mayores de edad forman parte del grupo de la “Terminal”.
Alfonso, de 26 años, limpia la herida que Alex, de 20, causada en una pelea la noche anterior.
Las chamuscas acercan a los jóvenes de la calle con otros apasionados del futbol. Acuden cada domingo a jugar en la calle colindante al “Tanque”.
Al atardecer, algunos jóvenes de la zona 1 se reúnen en la calle frente al hospital San Juan de Dios para pasar la noche juntos.
Otro día pasa por las calles de Guatemala.
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Tiempo aproximado de lectura: 28 mins

Se conocen casi todos los hogares abrigo. Y también los llamados centros de rehabilitación. Hablan de malos tratos, comida mohosa, pero también de lugares donde les llevaban a la piscina y les daban una bicicleta a cada quien. Escaparon de todos ellos, ¿por qué? Por las drogas, por malos tratos, o simplemente porque se desesperaron. Estos son algunos testimonios de los jóvenes que viven en las calles de la capital de Guatemala.

Luis aparece en una esquina del Parque Central, entre los bancos de piedra ubicados entre  la sexta y la quinta avenida, cerca de la Concha Acústica. Su aspecto y, sobre todo, su mirada de desesperación, hacen parecer que es la primera vez que pisa el parque. Aunque en realidad es uno más de los jóvenes que diariamente deambula por la plaza, entre taxistas, funcionarios, vendedores, lustradores y los hombres que leen el periódico.

Mide aproximadamente 1.40, es delgado y pálido. Su cabello castaño, con un flequillo mal cortado y desgreñado, le llega a los hombros. Lleva unos pantalones de lona muy grandes que le obligan a subirlos constantemente, como si el peso fuera demasiado para sus escuálidas piernas. Cada pocos minutos acerca a su nariz un pedazo de toalla impregnado en disolvente. Al preguntarle si puede ser fotografiado, su voz se quiebra: “noo”, y pone un tono lloroso, “no, no”.

Parece que quiere acercarse a un grupo de adolescentes congregados por el Movimiento de Jóvenes de la Calle (Mojoca),  una organización orientada a que los adolescentes y jóvenes que viven en las calles puedan defender sus derechos y mejorar su calidad de vida.

Mojoca nos ofrece acompañarles en el recorrido que realizan dos veces por semana: Parque Central y Parque Concordia, en zona 1; avenida Bolívar, zona 3, Súper 24 de la Roosevelt, y Terminal, en la zona 4. Además los organizadores invitan a sus instalaciones con el fin de encontrar a alguno de estos menores que hubiera permanecido en el Hogar Seguro, el hogar estatal ubicado en San José Pinula.

La situación desborda el objetivo del reportaje: conocer de primera mano la experiencia de los jóvenes que han estado en las instituciones de resguardo. Prácticamente todos los jóvenes preguntados–cerca de 30- han pasado parte de sus vidas en diferentes hogares abrigo, tanto los estatales como hogares de la beneficencia, generalmente cristianos y también en centros de rehabilitación para drogodependientes.  En Guatemala existen 126 hogares registrados en el Consejo Nacional de Adopciones (CNA), 34 autorizados y 92 en proceso de autorización. Estos hogares deben pasar por ciertos estándares de calidad, aprobados por el CNA, el cual reguló e hizo más estrictos los requisitos desde que fue aprobada la Ley de Adopciones en 2007 (decreto 77-2007).

La mayor parte de estos hogares no permite el ingreso de jóvenes que viven en las calles, en los que sí lo hacen, las experiencias narradas ilustran la falta de atención y la escasez de fondos destinados por el Estado. Al ser preguntados por los hogares por los que han transitado, la mayor parte de ellos menciona Casa Alianza, uno de los más emblemáticos, que abrió en 1981 con el fin de acoger a víctimas del conflicto armado, y cerró en 2009, ante la falta de fondos. Casa Alianza se transformó en Fundación Alianza, pero ya no aceptan a niños de la calle. Muchos de ellos también dicen haber ingresado en la Fundación Castillo de Amor para la Niñez, que se describe a sí misma como “una organización Cristo céntrica que promueve la erradicación de la situación de calle en la niñez y adolescencia en Guatemala, a través de proveer oportunidades de incorporación a un proceso de desarrollo integral”. También hablan de Remar, Camino Seguro.Y también de Regalito de Dios, Guerreros de Cristo, el Buen Samaritano, o Yireh, los cuales, se tratan en realidad de centros de rehabilitación.

La mayoría, de hecho, ha pasado su vida escapándose de un hogar y entrando en otro. “Es la generalidad de los niños de la calle. Muchos de ellos estuvieron en hogares abrigantes. Entran y salen constantemente de diferentes hogares y centros de rehabilitación”, dijo al respecto Erik Cárdenas, Procurador de la Niñez de la Procuraduría General de la Nación (PGN).

Sus estancias dentro de éstos  implican dinámicas diferentes a las de los niños que entran en ellos tras ser separados de su entorno familiar. Están acostumbrados a la violencia y están, casi siempre, enganchados a las drogas.  “Los grupos de la calle no son estructurados ni jerárquicos. No hay jefes, y tienen libertad de ir de un sitio a otro, están acostumbrados a esa libertad y llegar a un hogar les cuesta adaptarse a las normas”, explica Carlos Castillo, miembro del consejo directivo de Mojoca.

Luis va acompañado de un amigo de su misma estatura aunque más corpulento, con una mirada más despierta. Aunque parece que tiene 12 años, más tarde dice tener 16. Le cuesta expresarse. Su mirada está perdida. Ha estado en Casa Alianza, Fundación Castillo, también en un conocido entre ellos como El Cholo, “pura masacre”. Pero es difícil saber qué piensa o qué vivió. Él sólo repite lo que los demás compañeros del grupo afirman. Luis Enrique, de 20 años y representante de los jóvenes del Parque Central, elegido por sus compañeros para trasladar a Mojoca los problemas de estos adolescentes,explica que a veces pasan los camiones de los hogares en las noches y se los llevan. A veces, según cuenta Luis Enrique, también pasan hilux de sicarios y también se los llevan, ahí sí ya no regresan nunca.  Erik Cárdenas, Procurador de la Niñez de la PGN aseguro no tener ninguna información al respecto.

Todos cuentan que por ser tan pequeño, Luis no pudo oponer resistencia y se lo llevaron al “Cholo”. Allí le maltrataban.  “Nos maltrataban”, confirma él, y quiebra nuevamente la voz, poniendo un tono lloroso, aunque en sus ojos no hay lágrimas. Está en la calle desde muy pequeño, explica su amigo.  No tiene madre, agrega. Aunque después de mirarle rectifica, “sí la tiene, pero que nunca la ve”.

“Las asaltaba por el mismo rencor”

A un lado del Súper 24 de la avenida Roosevelt, unos kilómetros después del Trébol, los jóvenes de la calle obtienen el dinero para subsistir cuidando carros. No pasan de los 20 años. En el grupo hay más mujeres. Una de ellas está embarazada, espera su segundo hijo; hay una adolescente con el pelo muy corto, que parece un muchacho, con la cara muy sucia, al igual que el resto, está sentada, acercando disolvente a su nariz, con la mirada perdida. Hay otra joven corpulenta, también con el pelo muy corto y mucha confianza en su forma de expresarse y comportarse, que contrasta con la de las demás niñas, las cuales hablan con susurros. Les acompañan dos jóvenes de aspecto saludable, uno de ellos no disimula los tatuajes de sus brazos y cuello.

Los que no tienen ningún carro a su cargo se desplazan unos metros más allá, a una banqueta que bordea un restaurante, para iniciar la dinámica para subir su autoestima dirigidapor Poncho,  Alfonso Villalta, eldelegado de calle de Mojoca; mientras Alejandra Suárez, la representante del Súper 24, prepara los panes que ofrecerán a estos jóvenes al terminar la actividad.

Alejandra, de 20 años, fue nombrada la representante del grupo de la Súper 24 el día anterior. Cuenta que tras haber sido electa, una muchacha resentida porque ella también quería acceder al puesto le robó sus ponchos. Que ha dormido mal y ha pasado frío. Explica que inhala disolvente para matar el frío y el hambre. Un bote cuesta Q2, es más barato que la comida. Pero añade que ha disminuido de tres a uno los botes de disolvente diarios que consume. También tiene un aspecto curtido por la calle, pero su mirada está más atenta. Relata su historia. Su padrastro le golpeaba.

―Me metía en la cabeza que yo no servía para nada. Porque de pequeña yo fui violada. Tenía rencor hacia mí misma. Pensaba en disuadirme, me empecé a drogar con pegamento, de ahí el toner (el polvo que se utiliza como tinta en las impresoras láser), marihuana, disolvente. Sentía odio hacia mí misma, odio hacia la sociedad, miraba a las patojas con rencor, pensaba ‘¿por qué ellas tienen una corona y yo no?’. Las asaltaba por el mismo rencor.

Entre tanto, los demás jóvenes comienzan a relatar su paso por diferentes hogares, siempre de forma escueta y sin poner mucha atención, acercándose continuamente el disolvente a su nariz.

―Yo a los siete años ingresé en Camino Seguro (una organización norteamericana que trabaja con niños que trabajan en el basurero de la zona 3). De ahí, estuve en Regalito de Dios (no fue posible encontrar información sobre esta organización) y en Casa Alianza.

―Yo estuve en Casa Alianza, en el preventivo de zona 18, en la casa de Camino Seguro, allá en la casa del coreano que se llamaba Leonel, allá cerca del Cementerio General.

―Yo estuve en Remar, esos cristianos te apoyan en todo, de los 11 a los 13, de ahí salí a trabajar en una maquila.

―Estuve en Reto a la Juventud (centro de desintoxicación), ya lo cerraron. En Casa Alianza, lo cerraron, Fundación Castillo, cerraron.

―Yo estuve en los Guerreros de Cristo. Sin decirte mentira, calidad. Te sacaban a la piscina.

Jerson Daniel García Barrios tiene 20 años y aunque se le pregunta por los hogares, él explica que estuvo en el preventivo de zona 18: “Estuvo tuanis porque caí en el sector seis con unos amigos del Break”, dice refiriéndose a la mara los Breakers, “me hacían el paro, ‘mano’. Explica que estuvo un año y medio, por robo.

Claudia Morales tiene 20 años, aunque parece tener 16, o 15, o 14. Tiene la cara muy sucia al igual que su cabello. Llaman la atención sus manos resecas,  que parecen de un hombre de 60 años, con la piel levantada a retazos, quizá por el disolvente o el pegamento.  

―Yo entré en Manchén, porque a mí me violaron y me llevaron allá. -Explica Claudia, con una voz muy suave, refiriéndose al hogar estatal para niñas, ubicado en La Antigua Guatemala hasta que en 2010 pasó a formar parte del complejo de San José Pinula-. Allá es bonito. Llegaban unos cristianos, nos daban la palabra de Dios, comida, hacíamos cruces en papel de aluminio, íbamos a ayudar a las enfermitas. Salí a los 15 años. Yo quisiera regresar a un internado. Yo quiero ir a San José Pinula.

Tenía que limpiar la suciedad de una chucha

Un día antes, en las instalaciones de Mojoca, ubicadas frente a la sede del partidoLíder, en la 13 calle entre Segunda y Tercera avenida,  los jóvenes llegados de los diferentes puntos de la ciudad reciben clases de educación primaria sentados en varias mesas, bajo la supervisión de dos maestras. Se trata de una gran casa con un patio interior y diferentes habitaciones, utilizadas para recibir clases, realizar talleres o preparar la comida. Quizá por llevar un rato sin inhalar disolvente, requisito para entrar en las instalaciones del Movimiento, los jóvenes ofrecen respuestas más claras y elaboradas.

Acostumbrado a las dinámicas que realiza en los puntos que recorre el movimiento, Poncho solicita a todos los jóvenes que tomen sus sillas y formen un círculo en la habitación. La pregunta es si alguno ha estado en el hogar de San José Pinula, en el del Estado, el hogar Seguro, el hogar Solidario. “La pregunta es si han estado en algún hogar”. Y los jóvenes empiezan a hablar de hogares.

Uno de ellos es Jonathan Antonio,  cuenta que es de “Central Park”. Tiene 21 años, su aspecto es saludable. Mide cerca de 1.65, lleva pantalones cortos, con una cinta con los colores de África ajustada en una de sus piernas.  Al igual que un buen número de compañeros menciona Remar,  una organización cristiana que inició en España en 1983 y que actualmente trabaja en 64 países del mundo. En Guatemala cuenta con 24 hogares, donde albergan tanto a menores como a población adulta con diferentes problemas.

―Yo estaba en la calle, en el Central—cuenta Jonhatan― Pasaron los de Remar, en un gran camión, que dan de comer a todos de la calle. Y me metieron cabeza que vaya a Remar. Que allí iba a estar bien. Que me iban a dar de comer. Me dijeron que iba a estar tuanis ahí. Me subo al camión ya cuando estaba en Remar me metieron en un cuarto encerrado, peor que preso, con unos ponchos todo “shucos” y como no había lugar me quedé en el suelo. Al otro día me desesperé y me vine a la mierda a las 5 de la mañana.

Jaquelin, de 17 años y con un hijo de dos, tampoco tiene buenos recuerdos de esta ONG. “En Remar me pegaban, la encargada. Nos trataban mal, no nos daban de comer, nos ponían a hacer ejercicio…”.

Otro compañero, que prefiere no identificarse, también traslada un mal recuerdo de Remar. Explica que estuvo en el hogar con el que cuenta la organización cristiana en Sanarate varios meses, donde “lo mandaban a uno a traer agua un kilómetro empinado”.

Luisa Hernández, responsable de relaciones públicas en Remar Guatemala fue preguntada sobre las acusaciones de los jóvenes. Ella dijo que muchos jóvenes se inventan cosas, que esta información también había sido trasladada por psicólogos, pero que no es cierta. “No puedo negar que sí ha habido casos, pero no es así”. Hernández agregó que el hogar de Sanarate es para drogadictos y alcohólicos y solo se permite la entrada de adultos, confirmó el problema del agua y que las personas que viven en el hogar están encargadas de ir a por el agua. Añadió que todos tienen la libertad de entrar y salir cuando quieren y que dependiendo del número de veces que estos han salido de los hogares son enviados a módulos con normas más estrictas de disciplina.

A este respecto, Erik Cárdenas, Procurador de la Niñez y Adolescencia de la Procuraduría General de la Nación, indicó que “muchas de estas denuncias son falsas”. “Los adolescentes lo que quieren es un cambio de hogar, lo que hacemos es cambiarles de hogares”, y agregó que no han recibido ninguna denuncia.

Las experiencias dentro de la sede de Mojoca continúan. Los relatos se hacen más extensos y también más escalofriantes. Uno de ellos es el de Zaida, una de las más mayores, de 25 años. Es otra de las jóvenes que pasa sus días en el Parque Central.  Es dulce, a pesar de que físicamente se ve golpeada por los años. Le faltan dientes, está muy delgada. Podría tener 40 años.

―Yo estuve con 14 años en Manchén (el hogar estatal),  y me salí por malos tratos. De ahí estuve en el lugar de Casa Alianza hasta los 15, allí me dieron un buen trato, me salí por la desesperación de la droga, la verdad―. Zaida prosigue su relato hablando de una mala experiencia, acerca de unos supuestos cristianos que llegaron a la avenida Bolívar desde un hogar llamado El Buen Samaritano (El Buen Samaritano, tal como es corroborado posteriormente, no se trata de un hogar abrigo sino de un centro de desintoxicación)―Nos ofrecieron la luna y las estrellas, y nosotros como éramos más pequeños, de tontos nos fuimos, porque lo que queríamos era superarnos. Pero cuando llegamos al hogar las personas ya cambiaron. Nos obligaban a vender droga. Nos pegaban con una manguera. A mí me encerraron en un cuarto donde había una perra que tenía sus chuchos, y yo tenía que limpiar todo lo que era su suciedad. De ahí yo me logré fugar.

Las experiencias malas se mezclan con las buenas. Luis Enrique entró con 13 años en el hogar estatal de Quetzaltenango. Se escapó de su casa por el maltrato físico que sufría por parte de su padrastro y un día, cuando vagaba por las calles de Mazatenango, la policía lo capturó y lo trasladó al hogar público ubicado en la ciudad del altiplano.

―Ahí todos los días a uno lo pasaban bañando con agua fría, en Xela. Nos ponían a hacer ejercicio, cuando planchaba uno (planchar: cometer un error), había un cuartito donde lo metían por semanas―. De allí, Luis Enrique cuenta que lo trasladaron al hogar estatal San Gabriel, en San José Pinula antes de que éste pasara a formar parte del gran complejo del Hogar Solidario. ―Ese San Gabriel si era del Gobierno. Ahí estaba por sectores, están los más pequeños, están los mareros. Una vez planché y me pusieron a hacer una pista, un como estadio.  Ese día contesté mal a un monitor y me pusieron a hacer sentadillas, y si no lo hacías te pegaban, como en la cárcel.

Luis Enrique permaneció dos años en San Gabriel. Entonces, afirma que por su buen comportamiento, lo trasladaron a Buckner, una organización, también cristiana, de apoyo a población vulnerable que comenzó con un orfanato en 1879 en Dallas, Texas y que actualmente trabaja en Guatemala y en otros siete países.

―Ahí, como dice ella (Zaida), a nosotros nos ofrecieron el cielo y las estrellas, y así fue. Nos ofrecieron los estudios, una bicicleta a cada quien, nos más llegaba uno: ropa, una habitación a cada quien… Ese hogar es diferente porque es de americanos, y desde allá les mandan dinero para que nos den nuestros estudios, todo… porque nos dejaban ir a la escuela solos…”.

Luis Enrique explica que se escapó porque conoció a “una patoja”. “De ahí caí preso”.

Pura masacre

Y entonces todos comienzan a hablar de “la más masacre de todas las casas hogares”. Al que llaman El Cholo, ubicado en la tercera avenida y 14 calle, aunque su nombre real es Jireh (Yireh), según explican, aunque este nombre no se encuentra en ninguno de los listados publicados por el Consejo Nacional de Adopciones, ni en el de hogares autorizados ni el de hogares en proceso. “Ahí le encierran como en prisión y le ponen pesas, y ¡pa, pa, pa, pa, pegándole! A patadas, y uno con pesas, bajando así”, explica un joven hondureño, también llamado Luis.

Jonhatan estuvo allí. Al principio no quiere hablar, de hecho durante toda la dinámica cierra sus ojos, al igual que otros compañeros, dando muestra del cansancio de dormir en la calle en un lecho duro, pero después de que varios de los jóvenes hablan del hogar al que llaman popularmente “El cholo”, ubicado a solo dos cuadras de Mojoca, Jonhatan se anima. 

―Yo estuve en un hogar que se llama Jireh. Nosotros le decimos “Cholo” porque la persona que lo dirige está tatuado, es marero y nosotros lo llamamos así. Él es mala onda. Te levantan a las cuatro de la mañana. El desayuno es un vaso de agua fría con pan o un café, y el almuerzo es verduras, sin nada más.  Y, supuestamente, él dice que se porta bien, pero no es así. Si tú le contestas mal a él te pegan los colaboradores.

Jonhatan lleva el pelo con greñas en la parte trasera. Tiene la mirada perdida, pero una vez comienza a hablar sigue de forma prolongada su relato del paso por este hogar, como si nunca lo hubiera contado, aunque confunde los tiempos verbales y las personas.

―Tenía que estar sentado en el suelo, sin poder platicar con nadie. Si querías ir al baño tenías que pedir permiso. Te mantenían descalzo. Por ejemplo, yo voy así vestido, al llegar me quitan mis zapatos, ropa, todo te quitan y te dan ropa vieja.  Y cuando te sacan de ahí, te sacan sin tus zapatos y no te devuelven lo que tú llevaste. Y lo amenazan a uno antes de salir porque le dicen a uno que si llega a decir algo más de algo le va a pasar algo en la calle. No me dejaran mentir mis compañeros, por temor no denuncian la casa, porque sí es feo esa casa, es lo más masacre.

―Y me llevan hacia el fondo—prosigue-, me ponen castigado con un bote lleno de agua y hasta que ellos quieran te quitan de ahí y si te seguís portando mal te pegan a patines.  Hay varias personas que están enfermitas, como por ejemplo hay un enfermito, él pelaba cables, va, le pegaban porque molestaba mucho a los demás. Y para la Navidad nos metieron una comida mera fea, va unas papas todas mohosas, nos dio chorrillo, y todo con un pollo medio crudo, la comida no fue acertada. La onda es que lo tratan mal a uno.

Glenda López, asesora de Mojoca y ex joven de la calle,  dio fe sobre las afirmaciones de los jóvenes acerca de la realidad de este centro de rehabilitación. Esta indicó que existe una denuncia en el Ministerio Público, interpuesta  después de que un joven muriera cuando uno de los “colaboradores” le tiró una pesa encima, pero que hasta el momento no han hecho nada. No fue posible conseguir información al respecto del Ministerio Público. 

Tanto sobre los sucesos relatados por los jóvenes sobre el Buen Samaritano como de Yireh, Erik Cardenas informó que no son hogares abrigo sino centros de rehabilitacion privados y que por lo tanto no son responsabilidad del Estado. Este informo que solo actuarían en el caso de recibir una denuncia formal al respecto, algo que no ha sucedido.

Sandy pide ser pasada en la ronda de contar las experiencias, pero al terminar pide la palabra para agregar:

―Mire usted que como en los tres últimos meses llega el pisto empiezan la cacería―. Sandy explica que las organizaciones llegan en sus camiones a cazar a los jóvenes de la calle. Aunque Julio, otro de los jóvenes le corrige, “no se dice cazar, se dice ‘reclutar’”.  “Y también llegan esos otros policías”, prosigue Sandy,  “hace dos meses hicieron una cacería. ¿Cómo son esos otros policías?, pregunta a los demás. “Los de la PGN (Procuraduría General de la Nación)”, responde uno de los jóvenes. 

Erick Cárdenas, de la PGN, explicó que existe un programa con la municipalidad de Guatemala, la fiscalía de trata de personas del Ministerio Público y la División Especializada en Investigación Criminal (DEIC) de la Policía Nacional Civil (PNC) para “descallejizar a estos niños”, aunque según cifras ofrecidas por la PGN solo 9 menores fueron rescatados de procesos de callejización de enero de septiembre de 2013.

¿Y si ellos no quieren irse a un centro?, es cuestionado. “Si no encontramos un recurso idóneo tenemos que ingresarlos”, responde.

Existe una cifra no determinada de 2500 a 5000 adolescentes y jóvenes viviendo en las calles de Guatemala. Según información de la Secretaría de Planificación,  extraída de su  Política Pública de Protección Integral a la Niñez y la Adolescencia, el censo realizado en 1998 por la Secretaría de Obras Sociales de la Esposa del Presidente (SOSEP), estableció que para ese entonces existían en el país 5,994 niños, niñas y adolescentes viviendo en la calle, de los cuales 3,520 se encontraban en las calles la ciudad capital y 2,474 en áreas urbanas de Quetzaltenango, Escuintla, Mazatenango y otras ciudades. No se tienen cifras actualizadas.

En Guatemala la llamada “callejización” está íntimamente conectada o genera condiciones demáxima vulnerabilidad a la violencia. “La vulnerabilidadfrente a la violencia está constante en aquellos adolescentesque han sido abandonados por susfamilias, quienes viven en la calle o se encuentran en la calle”, indica un Informe de situación de la Adolescencia en Conflicto con Ley Penal en Centros de Privación de Libertad  elaborado en 2011 por el Movimiento Social por los Derechos de la Niñez Adolescencia y Juventud

Según otro informe, presentado en 2012 por la Coalición Guatemalteca a favor del cumplimiento de los derechos de la niñez y la adolescencia de Guatemala, este país invierte Q1,472 (US$1915) al año por cada niño o niña, que lo convierte en el país con menos inversión en la niñez en América Latina. Las inversionesen la niñez se aumentaron de Q9,330 millones en 2009 a Q10,435.2 millones en 2011. Sin embargo, la asignación presupuestaria para la niñez, queconstituye el 20 por ciento del desembolso nacional total, solo representado el 3.2% del PNB, según datos de este informe.

***

Ellos no saben de cifras ni de presupuestos. De hecho saben muy poco de lo que sucede en Guatemala. Sus días y sus noches pasan de la misma forma durante años. Poncho, el delegado de calle de Mojoca tiene 28 años y lleva en la calle desde los ocho. “Mi abuela me golpeaba y ella ponía a mi madre en mi contra, por eso decidí huir de mi casa. En la calle estoy medio bien, estoy con los amigos, mi juventud la pasé drogándome, intenté la manera de salir, pero cuesta”, explica. “A mí me gusta iniciar las dinámicas con una oración”, agrega.  Y todos los jóvenes que se encuentran a un lado del Súper 24 inician la oración. Cierran los ojos y miran hacia el suelo. “Señor, bendice a todas las personas que están en las cárceles”, comienza Poncho. “Para que todos nosotros salgamos de la calle”, continúa Claudia, la niña de las manos resecas. Y Hellen, la joven de 19 años que es confundida con un muchacho, la finaliza:

―Pase lo que pase, tengamos nuestros problemas, sigamos adelante, porque Dios tiene algo positivo para nosotros y nosotros tenemos una mano para salir de la calle. Todos somos una familia, pase lo que pase siempre lo seremos.  

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