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La jornada mensual de agosto fue la primera en la que ningún niño perdió peso desde que Antigua al Rescate brinda apoyo nutricional a las familias en tres caseríos de la aldea Talquezal, en Jocotán, Chiquimula. Julie López

En medio de la pandemia, subieron de peso los niños de una aldea de Jocotán

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En medio de la pandemia, subieron de peso los niños de una aldea de Jocotán

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Los planes para erradicar la desnutrición infantil solo llegan hasta los cinco años. El sistema no cubre al resto. Pero en Jocotán, Chiquimula, una ong ayuda a tres caseríos, alcanza a todos y funciona. Las balanzas dan buenas noticias en esta parte del corredor seco: los niños ganan peso.

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Las primeras mujeres con sus hijos llegan a las siete de la mañana. Están de pie al lado de la malla que rodea el puesto de salud en el caserío La Palmilla, aldea Talquezal, en Jocotán, Chiquimula. Es sábado, el día de la jornada mensual de Antigua al rescate, la ong a cargo de llevar el control de estatura y peso de niños y adolescentes, y entrega bolsas con alimentos, ropa y medicinas a las madres, además de nutrientes y vitaminas a embarazadas, lactantes y adultos mayores.

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Todo es donado por particulares, incluido el traslado de los miembros de Antigua al rescate hasta La Palmilla y el envío en camión de los donativos hasta Jocotán, desde donde la Sesan lo lleva al puesto de salud. Allí se almacena hasta el día de la jornada mensual. Los miembros de la ong también donan su tiempo; nadie les paga por ir. Una quinta parte del camino —a una media hora de Jocotán, cabecera— es agreste, empinado, y solo transitable en pickups de doble tracción o en motocicleta. Los residentes de Talquezal, que salen de la aldea por trabajo o para conseguir agua, recorren el tramo a pie (una hora de ida y una de regreso) si no pueden pagar los Q20 del transporte (pickups que llevan y traen gente en la palangana). Por eso muchos, aun ya de adultos, nunca han ido a la cabecera de Chiquimula.

El día de la jornada con Antigua al rescate, también acuden mujeres y niños de los caseríos La Ceiba y Cedral, en Talquezal. Entre sábado y domingo atienden al menos a un centenar de madres y a sus hijos. Ellas llegan con dos o tres niños; algunas hasta con siete. La mayoría, de origen chortí, llevan vestidos de vibrantes amarillos, fucsias, turquesa o verde. Los niños, con sus pantalones de diario, cambiaron las camisetas por camisas de manga larga.

“Se nota que se ponen su mejor ropa para venir”, observa Sofía Letona, directora de Antigua al rescate. Estas jornadas son “el evento” del mes para los tres caseríos.

Lo único que les entusiasmaría más sería la lluvia, en especial después de sembrar maíz y frijol, su dieta básica. Es la comida de los próximos meses. Talquezal está en el corazón del Corredor Seco, una de las zonas con mayor desnutrición porque el patrón irregular de lluvias hace que la agricultura de subsistencia sea insuficiente.

Hace siete años, en Jocotán, el 67 por ciento de los niños de edad escolar padecía desnutrición crónica (baja talla para la edad), un porcentaje mayor que el 55.6 por ciento del promedio departamental en Chiquimula, conforme un censo y datos del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS). Estos son los datos más recientes, según el Instituto de Nutrición de Centroamérica y Panamá (Incap).

El día de la jornada con Antigua al rescate en La Palmilla, cada madre recibe una bolsa de alimentos, y medicinas si ellas o sus hijos padecen de resfrío, alergias, o malestar estomacal. También desparasitantes (si los niños los necesitan antes de la próxima jornada de vacunación y desparasitación del MSPAS). Letona registra el peso y la estatura de cada niño. Los compara con el dato del mes anterior para enfocar la ayuda en quienes estén por debajo del promedio. Este proceso ha marcado un parteaguas en las cifras de casos de desnutrición en el lugar.

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Resultados a pesar del Estado

En octubre de 2019, cuando Antigua al rescate comenzó a llegar a La Palmilla, había en promedio cinco casos de desnutrición al mes. Para junio pasado, se redujo a un caso, según Santiago Esquivel, uno de los dos enfermeros en el puesto de salud. Esquivel dijo que la mejora ocurrió, en parte, también por los proyectos de saneamiento que la ong Acción Contra el Hambre tenía en el lugar, que inciden en la salud general.

La cifra incluye a niños de hasta diez años; o mayores, si su peso y estatura son bajos para su edad. En la zona, esta es la única fuente de ayuda para los mayores de cinco años y sus madres que reciben atención médica por embarazo, pero no tienen asistencia por desnutrición —e incide en las condiciones en que nacerá su bebé.

Ninguna entidad del gobierno lleva un registro nutricional de los niños al culminar la etapa de vacunación después de que cumplen 5 años. El sistema se desentiende. La asistencia alimentaria por desnutrición aguda se enfoca debajo de esa edad, y “el Ministerio de Salud, por norma” solo reporta los casos en ese rango de edad, según Celeste Bonilla, de la oficina de comunicación social de la Sesan.

No obstante, reportes de prensa de datos oficiales indican que la desnutrición aguda en niños menores de cinco años aumentó 81 por ciento en 2020. Además, en 2021, el presupuesto del Estado solo destinó el 4 por ciento de los fondos para la Gran Cruzada contra la Desnutrición. En la Sesan, Bonilla no respondió por qué no hay asistencia nutricional para los mayores de cinco años.

En la jornada de junio pasado, Antigua al rescate atendió a una niña de seis años. Letona hablaba con la mamá, y Héctor Ángeles (también de esa ong) hurgaba en una bolsa de ropa donada, buscando alguna pieza para entregarle. Sacó un chaleco y revisó la etiqueta de la talla. Era para niños de tres años. Cuando la niña se lo probó, le quedaba demasiado grande.

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El impacto de la pandemia

En marzo, cuando se declaró la presencia de COVID19 en el país, Antigua al rescate suspendió las visitas por seis meses, aunque siguió mandando alimentos cada mes: frijol, maíz, avena o Incaparina, Maseca, arroz, sal y azúcar, chocolate para hervir entre otros, nutrientes y medicamentos, con el apoyo de la Sesan y Esquivel. Reanudó las visitas en agosto de 2020.

Para junio de 2021, el día de la jornada, la mayoría de las mujeres y niños en la cola alrededor del puesto de salud no lleva cubrebocas. Antigua al rescate repartió suficientes para todos. En la cola se escucha toser y estornudar a la mayoría de los niños, pero nadie parece alarmado. Después de casi un año y medio de pandemia, la preocupación mayor aquí todavía es conseguir comida. La bolsa de alimentos que recibirán, si la racionan, les alcanzará unos diez días (depende de cuán grande sea la familia), según Letona.

Eduardo Roque, representante de las aldeas ante el Comité Comunitario de Desarrollo (Cocode), dice que algunas familias se acaban la bolsa en tres días. “La gente está acostumbrada a comer sólo frijoles y tortillas, entonces al tener algo diferente, se lo comen rápido”, sabe. Para muchos, es más comida de la que verán en el resto del mes. Por eso estas jornadas son el gran evento.

Este año, en Jocotán, la pobreza no bajará del 80 por ciento y podría alcanzar hasta el 100 por cien, según estimaciones del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi), que indicaban en 2020 que la pobreza aumentaría en todo el país por la pandemia.

Erick Yovani Sosa, de la Sesan en Chiquimula, asegura que el Estado ha entregado asistencia alimentaria en la zona desde antes de 2012, aunque aclara que esta secretaría solo coordina y gestiona asistencia alimentaria de otras entidades estatales, y la entrega a las delegaciones departamentales de la Sesan “para las comunidades más necesitadas”. Además, el Centro de Operaciones de Emergencia Municipal, presidida por el alcalde, decide cuáles serán los beneficiarios de la asistencia alimentaria por COVID19, según la sede central de la Sesan en la capital.

Sin embargo, este tipo de ayuda estatal eludió a La Palmilla, Cedral y La Ceiba. En julio pasado, en el centro de salud había un costal con un quintal de bolsas de atol en polvo, que era el primer alimento recibido del Estado desde al menos 2017, asegura Esquivel. El resto de la ayuda que llega a estos caseríos son los víveres que Antigua al rescate provee desde 2019.

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Ayuda estatal en papel y en la práctica

El Mspas debe diagnosticar desnutrición aguda en los niños menores de cinco años para que sus familias reciban asistencia alimentaria del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación (Maga). Por aparte, el Maga también asiste por hambre a las familias que los Cocodes identifican como las más necesitadas, pero sólo si las Comisiones Municipales de Seguridad Alimentaria y Nutricional aprueban el listado.

Esta es la explicación en papel.

En la práctica, la gestión es más compleja.

En julio pasado, Antigua al rescate comenzó a ayudar al Cocode a gestionar ayuda de un programa de acciones por alimentos del Maga. Consiste en una sola entrega de alimentos (con muchas calorías) a cambio de trabajo, como limpiar las cuencas de fuentes de agua, según Fernando Barillas, miembro de Antigua al rescate. La comunidad hizo el trabajo, pero después de tres meses, no había recibido la ayuda porque el Maga rechazó el expediente tres veces.

“Ha sido engorroso, burocrático, lento”, se queja Barillas. “Pedían la constancia de la municipalidad que acredita al Cocode. A un campesino en La Palmilla, le implica comprar un pasaje ida y vuelta, con dinero que no tiene (porque las fuentes de empleo son escasas) para ir a la municipalidad a gestionarlo. Por ese documento devolvieron la papelería la primera vez, porque debía decir Talquezal Centro y la municipalidad solo escribió Talquezal”.

La segunda vez el Maga rechazó el expediente porque las firmas no se escribieron con lapicero azul, para garantizar que era la firma original del presidente del Cocode. La recolección de firmas en La Palmilla implica un viaje de siete horas desde la capital. Era un proceso que debió durar dos semanas, y ya sumaba dos meses.

“Piden que se impriman fotografías a color, firmadas y selladas por el Cocode, que los listados vayan de determinada manera, firmados y sellados por el Cocode, que su DPI esté vigente. ¿A qué hora un campesino va a ir al Renap para una constancia de que está en trámite su DPI?”, pregunta Barillas. “La gente está desilusionada porque el Maga les ha hecho este tipo de cosas antes, como una vez que limpiaron las cuencas y les llevó dos conejos para no sé cuántas familias”.

El trámite caminó cuando Antigua al rescate buscó el apoyo del Frente Parlamentario Contra el Hambre y, según Barillas, el diputado Jairo Flores (Unidad Nacional de la Esperanza, UNE) presionó al Maga. Las bolsas de alimentos finalmente se entregaron el 1 de octubre.

En medio de la burocracia algo funciona.

En junio, Antigua al rescate atendía a Jason, un bebé de seis meses, uno de los recuperados, con un peso casi normal para su edad (14.6 libras). Letona lo conoció en diciembre de 2020, recién nacido prematuro de siete meses. “Cuando lo cargué, su cabecita era más pequeña que mi mano”, dice la directora de Antigua al rescate. “Medía 25 centímetros y pesaba cuatro libras y media”.

Pero hace cuatro meses, la cabecita de Jason ya era más grande que la mano de Letona. Había subido de peso y todos lo celebraban: Kenneth Garnaat (también de la ong) escribía el dato, y Ángeles, que buscaba, en la enorme bolsa de ropa donada, una pieza de bebé para la nueva talla de Jason. Barillas captaba el momento en una fotografía. La madre de Jason sonreía. Tenía una mirada de alivio.

En la jornada de agosto también hubo novedades: 32 niños de 2 a 5 años con desnutrición severa subieron de peso, según Letona. Todos los demás no bajaron ni una libra.

“Es la primera vez que sucede”, afirma.

Sosa coincide en que, con Antigua al rescate, mejoró la situación en las aldeas. En junio pasado, casi un tercio de los niños pesaba menos del mínimo deseable. Algunos habían adelgazado. Cuando Letona preguntaba a las madres qué había sucedido, respondían que su bebé había perdido el apetito porque tenía fiebre o diarrea, señales de parásitos o infecciones.

Según el enfermero Esquivel, algunas de ellas obedecen al desconocimiento, las condiciones de vida precarias, y falta de higiene. En parte, por la escasez de agua.

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Una guerra en varios frentes

En otras ocasiones las muertes no se evitan solo con aumentar de peso. Lo demostró el caso de Yesmin Anayeli Pérez, una niña de dos años desnutrida que murió en enero pasado por una complicación respiratoria. La niña había pesado 6 libras. Para diciembre de 2020 había subido a 16, aunque el peso normal para su edad es de 28 libras. Mientras esto sucedía, el presupuesto del Estado 2021 incluía un recorte recomendado de Q44.8 millones al fomento de salud y medicina preventiva, para atender enfermedades respiratorias y diarreicas agudas, según datos que el Icefi.

En realidad, la salud de Yesmin fue complicada desde su nacimiento, una consecuencia de la precaria atención médica y alimentaria de su mamá durante el embarazo. Su familia —como otras en La Ceiba y los demás caseríos— vivía en una casa hecha de barro y zacate prensado, con techo de palma o láminas. Por eso, la lluvia y viento que ocasionaron las tormentas Eta e Iota en 2020, y que hicieron colapsar un puente de hierro entre la cabecera de Jocotán y Talquezal, causaron un daño devastador a las viviendas. El presidente del Cocode contó que una corriente de agua partió a la mitad la casa de la familia de Yesmin.

“En enero, la lluvia los obligó a salir de su casa casi a medianoche para refugiarse en un albergue”, relata Roque. Esquivel dice que Yesmin tenía neumonía y salir con ese clima complicó su cuadro. Su organismo no resistió y falleció al día siguiente.

Para entonces, su mamá tenía casi cinco meses de embarazo.  Antigua al rescate la mantuvo bajo monitoreo con el apoyo de Esquivel y un suministro constante de nutrientes, vitaminas prenatales y medicamentos para asegurar la salud del bebé. Cuatro meses después, su hijo nació con un peso normal y se mantiene saludable.

La batería de nutrientes que cada niño recibe de Antigua al rescate incluye latas de Pediasure, atoles fortificados, Incaparina y vitaminas para madres lactantes, para asegurar que su bebé reciba los beneficios de la lactancia materna. “Empezamos tratando solo a los niños, pero incluimos a las madres embarazadas para que nazcan con un peso normal—es el reto—y no con desnutrición”, explica Letona.

Además de Yesmin, el enfermero recuerda que desde 2019, en Talquezal han muerto otros dos niños por causas relacionadas con sus condiciones de vida en general, y no solo por desnutrición. En todo el país, en 2020, murieron 46 niños menores de cinco años por síntomas vinculados con la desnutrición. Entre enero y agosto pasados fueron 26, según un reporte de prensa.

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No hay soluciones totales

Los avances contra la desnutrición también dependen de la frecuencia de los embarazos.

“Algunas mujeres tienen niños todos los años”, dice Esquivel. “El más pequeño tiene once meses cuando ya viene el siguiente, y descuidan al mayor, y así sucesivamente. Se ha tratado de que esperen por lo menos dos años, pero algunos no entienden o no quieren hacerlo, [aunque] al menos están más pendientes de la salud de los hijos”.

No siempre es asunto de voluntad. Por ejemplo, Elsa es una madre que, a los 37 años, ya tiene diez hijos. En junio, Letona reparó en que su bebé recién nacido comenzaba a llorar a los 15 minutos de ser amamantado, porque la leche materna no lo sustentaba. “No se llenaba porque la mamá ya no podía producir leche por las condiciones de ansiedad (debido a la pobreza) y porque tampoco toma agua, clave para la producción de leche materna”, explica la directora de Antigua al rescate. En la zona, no acostumbran a beber agua, posiblemente debido a la escasez. De hecho, las tiendas no la venden. Las únicas bebidas disponibles son cerveza y Big Cola.

Otros factores que inciden en la salud infantil en estos caseríos son el orden de nacimiento de los niños, si es hijo único o la edad de la madre.

Las ong cubren los vacíos del Estado, que falla al no abordar la desnutrición desde una perspectiva multisectorial, según Lucrecia Hernández Mack, exministra de Salud y actual diputada de la bancada Semilla. La parlamentaria afirma, como muestran los casos en Talquezal, que el problema también abarca condiciones de vida, precariedad de cultivos, acceso a empleos, etc. Sin embargo, Hernández agrega que los avances que logran las ong corren el peligro de desvanecerse una vez terminan sus proyectos. En ese sentido, Antigua al rescate no tiene planes de parar.

Al terminar la jornada de junio, algunos niños se arremolinan frente a las ventanas y la puerta del puesto de salud para observar al equipo empacar y almacenar comida, ropa y medicinas a repartir en la próxima jornada.

Siguen el vaivén de Letona, Barillas, Ángeles y Garnaat entre el puesto de salud y un pickup, hasta el momento de salir. La directora abraza a uno de los niños que conoció desde la primera jornada. Hace alguna broma y todos ríen, hasta quienes observan el cuadro desde lejos recostados en la malla perimetral del puesto de salud. Se cierran las puertas. La llave queda en manos de Roque hasta el día siguiente cuando vuelva el enfermero de turno.

El pickup de Antigua al rescate se aleja. El caserío vuelve a quedar en silencio sólo interrumpido por alguna onda lejana de música de banda. Los niños permanecen con la vista clavada en el camino de terracería hasta que el vehículo desaparece en una nube de polvo.

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