Ciudad de damnificados: al borde del abismo | Plaza Pública

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Simone Dalmasso
Leonel Morales, 35, cultiva milpa en el terreno donde antes había una de las viviendas que se cayeron en el derrumbe del 28 de octubre 2019, encima del precipicio. Junio 2021. Simone Dalmasso

Ciudad de damnificados: al borde del abismo

"Estamos impermeabilizando las ciudades y eso va a tener efectos graves. Por eso vemos casos como el paso a desnivel inundado el año pasado".
No es suficiente solo plantar árboles en las calles. Cada ciudad tiene que implementar soluciones naturales que complementen las condiciones locales del suelo.
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Ciudad de damnificados: al borde del abismo

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En las ciudades y espacios urbanos con mucha desigualdad, los impactos del cambio climático son más intensos y empeorarán en el futuro. Pero la capacidad de respuesta del Estado de Guatemala está lejos de la realidad que enfrenta el país. Desde 2019, varias familias viven sobre el abismo de un deslizamiento provocado por la saturación del suelo por las fuertes lluvias. El Estado las iba a reubicar pero compró un terreno que es de alto riesgo. Mientras tanto, las lluvias se intensifican y Peronia sigue cayendo.

Su espalda curva mientras su pie derecho presiona el pedal bajo la mesa. Suelta, corrige la tela y vuelve a presionar, sin quitar la vista de la aguja. En la pared enfrente cuelgan sus herramientas más importantes, una regla y cuatro tijeras. Están rodeadas de números, las medidas de un sinfín de prendas que el costurero, Gregorio Tirado, ha apuntado con tiza en las tablas rojas de madera para recordarlas mientras trabaja.

Por más de 20 años, se ha sentado en un taburete frente a la máquina de coser cada día, atendiendo pedidos, desde pequeños arreglos a órdenes de uniformes para alguna escuela, para así construir un hogar y proveer para su familia. 

Es su casa, su taller, su sustento. No quisiera irse. Pero sabe que no puede quedarse.

El día que el suelo desapareció 

Clamores de terror y asombro, incrédulos ante lo que sus ojos ven. ”Quítense”, comienzan a gritar algunas personas tratando de alertar a sus vecinos al otro lado del barranco que el suelo bajo sus casas se está desvaneciendo.

El video fue grabado la tarde lluviosa del 28 de octubre de 2019 desde el asentamiento Regalito de Dios hacia Nueva Esperanza, en Ciudad Peronia, Villa Nueva. 

Se observa la tierra disolverse, como si fuera agua, y deja caer árboles, casas enteras y escombros. Justo arriba del deslave está la casa de Gregorio.

Por lo menos no fue en la noche, agradece el costurero de 47 años. Sus vecinos no estaban en sus casas y se salvaron. Nadie falleció.

"Esta tarde tenía ya tres días de estar lloviendo. Toda la tierra estaba floja. La gente sospechaba que algo iba a pasar porque se oía como que algo se estaba moviendo, ramas y así. Pero nadie esperaba que iba a suceder eso. De repente se oyó un gran trueno”, recuerda Gregorio.

Ciudades, cambio climático y esponjas

Ciudad Peronia queda en la zona 8 del Municipio de Villa Nueva, al suroeste de la Ciudad de Guatemala. Es, como muchas otras colonias urbanas, una isla gris de concreto que resalta un área montañosa que alguna vez estuvo cubierta de bosques.

El hogar de Gregorio queda en la parte baja del cerro donde Peronia se fue construyendo. Los mismos laberintos de calles estrechas y caminitos improvisados saturados de carros, camiones, bicicletas y peatones, que conducen hacia la comunidad donde se ubica su casa, son también los únicos canales para que las lluvias puedan buscar reposo. 

La confabulación de la deforestación para dar lugar a la urbanización improvisada y tapizada de cemento genera un problema tremendo. Sin barreras ni parches verdes para absorber, por fuerza de gravedad el agua que cae se conduce hacia el último pedazo plano de la colonia. Un campo de fútbol y una plazuela de tierra frente a la casa de Gregorio y sus vecinos. Al otro lado el barranco.

Es un ejemplo de cientos, tal vez miles, de espacios en y alrededor de la Ciudad de Guatemala que arrastran las carencias de planificación de décadas. En estos lugares vive la mayor parte de población urbana en condiciones de riesgo y es ella la que pagará por la negligencia histórica.

Deslaves como el que ocurrió en Peronia se deben a dos cosas, señala Gabriela Guzmán; la falta de ordenamiento territorial y el cambio climático. 

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“No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas. Mi olfato no me falla”, dice con una sonrisa de resignación la ingeniera y experta en el manejo del agua. Resalta que la situación es crítica y que los datos la respaldan. Por ejemplo los del Insivumeh que documentan la intensificación de la variabilidad del clima. 

Existe un problema de la proporción de permeabilidad e impermeabilidad en los espacios urbanos en Guatemala, explica, que concentra la vulnerabilidad más allá de la que genera la topografía de un país en los trópicos.

“Estamos impermeabilizando las ciudades y eso va a tener efectos graves. Por eso vemos casos como el paso a desnivel inundado el año pasado. Hay recurrencia en la ubicación de las inundaciones, el Periférico, la zona 11, zona 9, porque la cantidad de agua que se conduce por las calles sobrepasa su capacidad”, explica. 

Hasta diciembre de 2019, mes y medio después del desastre en Ciudad Peronia, la Municipalidad de Villa Nueva aprobó su Plan de Ordenamiento Territorial (POT), que entre otros objetivos específica la regulación del crecimiento urbano, el cambio del uso del suelo y la impermeabilización en el municipio y la prevención de desastres. 

Villa Nueva es uno de solamente seis municipios a nivel nacional con planes de ordenamiento territorial. Los otros son Guatemala, Quetzaltenango, Antigua, Poptún y Salcajá. Pero los POT se enfocan en proyectos futuros, no en reconstruir o reubicar colonias enteras que desde su fundación se ubicaron y crecieron sobre puntos de riesgo. 

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“Si las municipalidades o el Estado no empiezan a implementar mecanismos para construir de forma amigable con el ambiente, y no apostamos a la prevención, no hay nada que nos salve”, advierte Gabriela.

La impermeabilización afecta también los recursos de agua subterránea. Sin zonas verdes de absorción no se nutren los repositorios de agua subterránea. A causa de la construcción de las ciudades, sin la capacidad de absorción, el agua solo tiene dos vías; correr mientras haya inercia que la mueva, o acumularse. La mayoría termina en los ríos donde finalmente es llevada al mar, pero en su camino a menudo causa destrozos por la sobrecarga súbita de los drenajes, calles y ríos durante las lluvias torrenciales cada vez más intensas y frecuentes. Las soluciones urgen. 

“El agua va a seguir reclamando su espacio. Pero es agua que se podría aprovechar. La zona 18 tiene problemas serios de agua igual que ya varias zonas. ¿Por qué no tratar con un plan piloto de cosecha de agua de lluvias y reservorios en Guatemala?”, propone la ingeniera.

O mucho, o poco. Mientras partes del país sufren de sequías y falta de agua, otras se inundan, sin que se aproveche el agua y algunas veces las inundaciones incluso contaminan el agua potable. 

Un ejemplo exitoso de adaptación y mitigación a los cambios climáticos en los espacios urbanos son las ciudades esponja. Son urbes que están sustituyendo la infraestructura gris por “verde” y “azul”, como lagunas, parques y árboles, diseñadas alrededor de la interacción con el agua para absorber, controlar y dirigir su movimiento, y disminuir la velocidad con la que corre por los espacios.

La empresa de ingeniería sostenible, Arup, realizó un diagnóstico de algunas de las ciudades esponja en el mundo. Midió la extensión de infraestructura verde y azul, la escorrentía y el tipo de suelo para evaluar siete ciudades: Londres, Mumbai, Nueva York, Auckland, Nairobi, New York, Singapur y Shanghái. 

Pese a tener menos extensión de áreas verdes y azules que Nueva York, Singapur y Mumbai, Auckland tuvo mayor índice según el análisis debido a la infraestructura para el manejo de escorrentías que además de capacidad para absorber precipitaciones también crea resiliencia ante las tormentas. 

Es decir, no es suficiente solo plantar árboles en las calles. Cada ciudad tiene que implementar soluciones naturales que complementen las condiciones locales del suelo. 

La tierra prometida del Estado 

“Se movía. Todo se movía. En ese momento empezamos a ayudar a sacar las cosas de la gente, quitamos láminas, muebles. Nos arriesgamos porque algunas casas estaban así (señala a una casa cuya base levita en el aire sobre el barranco). La casa de mi hijo sí se fue”, dice Gregorio sobre el día del desastre.

“Su vivienda se encuentra en zona de alto riesgo” se leía en la notificación de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred) que recibieron las familias de Nueva Esperanza y de Regalito de Dios. 

Se habilitó un albergue y el Presidente Jimmy Morales declaró Estado de Prevención en las dos colonias para crear un fondo para la compra de un terreno donde las familias serían reubicadas. 

La emoción fue grande cuando les llegó la noticia del alcalde Edwin Escobar que se les había conseguido un subsidio de Q60 mil por familia y un terreno en el municipio que sería su nuevo hogar. 

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Le pusieron “Lotificación Tierra Prometida”. Nombre que pronto parecería una mala broma del destino. O del Estado.

El terreno está localizado en Barcenas al otro extremo de Villa Nueva y a 15 kilómetros de Nueva Esperanza, donde las y los habitantes tenían su vida, su trabajo, su rutina. Está en un rincón entre un área industrial desolada, un cementerio, las faldas de una montaña y una arenera. El acceso es difícil para las pocas familias que tienen vehículos, tenebroso y arriesgado para quienes les toca caminar más de kilómetro y medio para encontrar el transporte colectivo que es, mínimo, irregular.

“Nos fueron a dejar hasta lo último, muy feo en terrenos más baratos”, dice Gregorio molesto.

Pero eso no es todo. La tierra prometida también es zona de alto riesgo. Según una evaluación técnica de la Conred de diciembre de 2019, en el terreno “se encuentra un zanjón que únicamente en época de invierno forma caudal de escorrentía”. 

 En 2001 se aprobó el Acuerdo Gubernativo 179-2001, que especifica los lugares de riesgo en las cuencas de Amatitlán, Villalobos y Michatoya, basado en un informe técnico de la Conred. Determina que no se pueden realizar proyectos públicos ni privados dentro de 100 metros a cada lado de cada río, zanjón y quebrada existente hasta que la amenaza del desastre haya desaparecido.

En 2019, los impactos del cambio climático ya eran conocidos en Guatemala y tenían, probablemente mayor incidencia incluso que en 2001. Aún así, el Fondo Para la Vivienda (Fopavi), asignado por el Ministerio de Comunicaciones, Infraestructura y Vivienda para ejecutar el fondo, compró el terreno para las familias de Ciudad Peronia. La compra se hizo a la desarrolladora Real Estate Inc., FPA, S.A., cuyo nombre comercial es Cobisa.

Fopavi no respondió a las solicitudes de Plaza Pública de una respuesta sobre cómo se justifica la compra de este terreno y qué ha hecho posteriormente para remediar la situación.

A Gregorio no le cabía la decepción e indignación al enterarse. El Estado movería familias enteras, ancianos, niñas y niños de un lugar donde su vida corría riesgo, a otro donde estarían expuestas a otro desastre.

“Nos enojamos y pedimos que nos tuvieran que cambiar de lugar. Esperábamos que si no iba a ser allí, pues iba a ser en otro lado. Si nos van a entregar, que sea aceptable. Un terreno que sea apto para vivir".

El costurero y otras vecinas y vecinos se unieron. De 84 familias que fueron incluidas en el proyecto, 25 se opusieron a ser reubicados en Tierra Prometida e iniciaron un proceso de denuncia para exigir que se les asignara otro terreno. Uno seguro. 

Tocaron puertas. Muchas. La Municipalidad, la Oficina del Procurador de los Derechos Humanos, algunos diputados del Congreso. Mientras tanto los meses pasaban. Muchas familias seguían en el albergue. Entre el limbo y las carencias que denunciaron públicamente en varias ocasiones. 

Gregorio decidió regresar a Nueva Esperanza con su familia después de dos meses.

"Era bastante difícil estar en el albergue, por ejemplo no había agua. Y el problema era que yo tenía mis ingresos aquí. Entonces decidimos venir de regreso. A pesar del riesgo. Nosotros corrimos hacia adelante. Esto era área verde, nosotros ahora lo estamos ocupando”, explica. 

El taller de Gregorio en realidad es parte de una champa que construyó para intentar alejarse del riesgo. En la esquina un pasillo con gradas hacia abajo conecta a lo que era su casa. 

El techo también es de lámina, pero las paredes son de bloque con espacios definidos para cada miembro de la familia. Tiene dos niveles. Uno por cada década frente a la máquina de coser. La vista desde su dormitorio en el segundo nivel ya no da al bosque, sino a un escenario dantesco que reta los nervios de cualquiera. El gigantesco vacío que quedó después de ese día. Afuera, abajo de la ventana, el muro de fachada blanca es lo único que quedó de la casa de enfrente. Es lo único que separa a la propiedad de Gregorio del abismo.

Guatemala no está preparada para lo que viene

 La reubicación de las familias de Ciudad Peronia es el ejemplo perfecto de estrategias de reubicación fallidas.

El especialista en desarrollo urbano, Jean-Roch Lebeau, explica que el proceso de reasentar poblaciones que viven en zonas de alto riesgo debe ser un proceso integral que parte de las necesidades de las personas afectadas. Concretiza cuatro elementos que las instituciones deben tomar en cuenta: riesgo, infraestructura, certeza jurídica y gestión social.

“Significa dialogar mucho con las familias y obviamente se tiene que hacer con alternativas reales. Que sea un lugar sin riesgo y que quede cerca de donde tienen sus medios de vida, donde sus hijos van a la escuela, su vida está organizada alrededor de su localización. Y muchas veces es el único patrimonio que tienen. Si los mandamos a 20-30 kilómetros en otro espacio urbano, se vuelve más complejo”, explica Jean-Roch.

En un país como Guatemala que no ofrece opciones de transporte público eficientes ni con cobertura en todas partes, el reasentar poblaciones debe tomar en cuenta que muchos de los barrios en condiciones precarias se ubican cerca de la trama urbana, de las fuentes de empleo y de las principales rutas de transporte.

“Aunque estén en situación de altísimo riesgo las familias a veces valoran más quedarse por la ubicación, porque en otro lugar les va a costar sobrevivir”, dice.

En el lugar de reasentamiento además se debe ofrecer mejores condiciones de infraestructura urbana en las viviendas, las banquetas y las calles, y aparte ofrecer certeza jurídica a las familias a través de escrituras y procesos de reordenamiento territorial.

Además, resalta Jean-Roch, es necesario asegurar la presencia del Estado en las áreas donde se reubican a las familias a través de servicios básicos e instituciones que generan fuentes de trabajo, formación profesional, seguridad y prevención de la violencia.

“El objetivo es reducir la vulnerabilidad, no solamente ante el tema de cambio climático, pero la vulnerabilidad extrema y general que pueden tener estos espacios urbanos. Estas acciones integrales, los cuatro componentes, son fundamentales para cambiar la realidad de lugares como Ciudad Peronia, la Limonada, el Búcaro”, dice. 

La Lotificación Tierra Prometida no cumple con ninguno de los componentes.

Según Jean-Roch Lebeau el trabajo de reasentar poblaciones que sobreviven en zonas de alto riesgo en las ciudades es una acción institucional sumamente compleja que todavía no se logra implementar en Guatemala, pero es un tema que también debe ser de prioridad urgente como parte de una agenda de adaptación al cambio climático.

Aunque los impactos de la emergencia climática en las ciudades han sido poco abordados en el marco de las políticas públicas y las acciones institucionales en el país, es probable que vendrán más desastres como el de Ciudad Peronia por la exacerbación de la precariedad en la que fueron construidas cientos de colonias y asentamientos en el departamento de Guatemala. 

Y la cantidad de personas que viven en asentamientos precarios en y alrededor de las ciudades aumentará por la migración impulsada por los impactos del cambio climático en el área rural donde las condiciones de vulnerabilidad ya existentes son aún mayores. 

Jean-Roch señala que alrededor de medio millón de habitantes viven en asentamientos precarios y que por lo menos la mitad, 250 mil personas, están ubicadas en las zonas de alto riesgo en suelos muy susceptibles a la merced de lluvias fuertes, deslizamientos, o de ser enterradas si viven en la parte baja.

Solamente en el departamento de Guatemala, Conred ha identificado 373 puntos de riesgo de deslizamientos. 44 de ellos se encuentran en el municipio de Villa Nueva. A nivel nacional la cifra alcanza 5464 puntos solo de deslizamientos. Aparte están los 5306 puntos en riesgo de inundaciones. 

“Tristemente, solamente se despierta el interés en este tema cuando ocurre una tragedia como la de Cambray, muertes humanas y eventos climáticos extremos en el país. No son agendas regulares, son de coyuntura”, lamenta. 

En su informe sobre el impacto, la adaptabilidad y vulnerabilidad publicado en febrero de este año, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) alerta sobre este proceso ‘circular’ que aumenta el crecimiento y resalta justamente que en el contexto urbano las áreas con altos índices de pobreza, desempleo y falta de acceso a servicios básicos, son especialmente vulnerables ante el cambio climático.

Ante la falta de una oferta accesible de vivienda para la población con menos recursos económicos, las ciudades continuarán creciendo hacia abajo en condiciones de riesgo.

“No estamos resolviendo el problema a futuro, porque el país no está en la capacidad de ofrecer viviendas accesibles y adecuadas, entonces la gente seguirá asentándose donde puedan”, concluye Jean-Roch Lebeau. Calcula que dentro de 15 años, el 70% de la población será urbana.

La pobreza no lo justifica

“Comunidad Tierra Prometida”. Escrito a mano con marcador en un pedazo de madera pegado a un árbol sobre una calle de tierra, apenas del ancho de un carro compacto. Abajo el dibujo de una flecha hacia la izquierda. Humilde protesta ante el olvido y reivindicación de existencia. Porque ya hay personas que viven en la tierra prometida de Villa Nueva.

Algunas son familias que alquilan lotes en el terreno a la par de donde estarían ubicadas las familias de Ciudad Peronia. Llegaron poco después del derrumbe de otras partes del departamento de Guatemala y alquilan. Pese a que llevan más de dos años allí, no tienen acceso a agua potable ni electricidad.

Otras son personas de Regalito de Dios que no tenían escrituras de sus casas en Peronia y cuyas condiciones son de pobreza. Pese al riesgo que vivieron y el que posiblemente enfrentan en Tierra Prometida, es primera vez que han tenido posibilidad de tener un terreno propio.

A cambio, las familias afectadas de Nueva Esperanza, una colonia más antigua, tenían escrituras y algunas consideran que aceptar el terreno en Bárcenas no es digno, ni para Nueva Esperanza ni para Regalito de Dios. 

“Solo porque seamos pobres no significa que debemos aceptar cualquier cosa, tenemos derechos”, dijo Nery Ayala, un vecino de Gregorio. Cuando falleció el año pasado, aún vivía en la casa que se balanceaba sobre el barranco.

La diferencia de certeza jurídica entre la población hizo difícil unir fuerzas para exigir que la reubicación fuera en otro lugar sin riesgo. A más de dos años y medio todo quedó estancado. 

Lo último que supieron Gregorio y sus vecinos fue que por no aceptar el terreno se quedaron fuera del proyecto.

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Por otro lado, la construcción de las casas para las familias beneficiarias ni ha comenzado. Las personas que ya se fueron a Tierra Prometida lo hicieron por cuenta propia, ya que la desarrolladora Cobisa sigue sin obtener las licencias necesarias y sin realizar las medidas de mitigación planteadas por la Conred para minimizar el riesgo, según informa la Municipalidad de Villa Nueva.

En una visita a Tierra Prometida en febrero de 2021, el alcalde de Villa Nueva, Javier Gramajo, informó que “se tiene planificado realizar varios proyectos que beneficiarán a comunidades aledañas, así mismo solicitan al desarrollador completar los pocos procesos para otorgar la licencia de Construcción”, según una publicación de Gobernación Departamental.

Se solicitó una declaración del alcalde sobre el hecho de que a más de dos años y medio, las familias de Nueva Esperanza y Regalito de Dios siguen viviendo en la orilla de un barranco que se está cayendo. Por mensaje de texto, el encargado de comunicación respondió:



“Los vecinos se niegan a dejar la casa. Algunos que han solicitado un hogar con mejores condiciones a la que actualmente tienen, en otros casos no desean moverse fuera de ese lugar. Sin embargo, Conred y Muni han notificado a las familias sobre el riesgo”.

La Municipalidad no respondió dónde irían las familias, si la única alternativa es un terreno de alto riesgo donde la construcción ni siquiera ha comenzado.

Gregorio Tirado sigue pisando el pedal de su máquina de coser. No tiene otro lugar a donde ir. Igual que las otras familias. Cruzar los dedos cada día esperando que su casa no caiga, es su castigo por exigir una respuesta digna por parte del Estado. 

"Esta construcción me costó 20 años de trabajo. Creo que fuerzas ya no hay para trabajar otros 20 años para ir a construir lo mismo en otro lado. Está difícil. Cada año se cae otro pedazo”, dice Gregorio con preocupación. 

Es el tercer año que Nueva Esperanza y Regalito de Dios reciben las lluvias de la época desde el abismo y sin una resolución.

 
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