Paulina Par: la mujer que frena las motosierras | Plaza Pública

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Simone Dalmasso
Paulina Par, 66, ex presidenta de la junta directiva de la Parcialidad Baquiax, en el vivero de la organización, ubicado en el bosque de la parcialidad, Totonicapán, en junio. Simone Dalmasso

Paulina Par: la mujer que frena las motosierras

Las 18 Parcialidades ancestrales en el departamento de Totonicapán son un caso ejemplar en cuanto al manejo, cuidado y gestión comunitaria de los bosques naturales en Guatemala.
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Paulina Par: la mujer que frena las motosierras

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Paulina Par conoce los bosques de su parcialidad de palmo a palmo, sabe cuando los árboles están enfermos, cuando crecen sanos o cuando están amenazados. Ella es la guardiana y para protegerlos no le importa enfrentarse en mitad de la noche a los hombres de las motosierras.

Fue la noche del 11 de octubre de 2013. Entre pinos, pinabetes y cipreses, nueve mujeres y hombres caminaban en un rincón lejano del bosque. En una expedición de búsqueda sin luz, sin dirección y en completo silencio. A pocos momentos de encontrar, en flagrancia, justamente lo que buscaban.

«Ya aparecieron, ¿y ahora qué hacemos?», susurraron entre sí.

Durante años la tala de madera ilegal en el bosque de la Parcialidad Baquiax en el cantón Juchanep, Totonicapán, había llegado a niveles insostenibles. Cada día los guardabosques encontraban en sus recorridos, troncos cortados con motosierra por intrusos que se aprovechaban de la privacidad de la noche.

Para las y los integrantes de la Parcialidad, representaba un dolor profundo. Desde sus ancestros la comunidad ha protegido el bosque y los recursos naturales como parte del K’axk’ol, un servicio comunitario de la población maya k’iche’.


En 2013, Paulina Par, ocupaba el puesto de presidenta de la junta directiva de la parcialidad, como la primera mujer. No se iba a quedar con los brazos cruzados. Había que agarrar a los taladores en el acto.

«“Subamos”, dije yo. Aunque muchos no se animaron, no eran tan macizos, con todo respeto».

Era voluntario. Mucha gente tenía miedo a lo que pudiera pasar. Pero cuatro mujeres y cuatro hombres decidieron unirse a la lideresa. «Agarramos fuerza y nos fuimos», recuerda Paulina.

La junta fue a las siete de la noche por un tanque de agua dentro del bosque.

–Solo les voy a pedir un favor –les dijo Paulina cuando llegaron sus vecinas y vecinos, –no vayan a prender luz, para nada en absoluto.

–Pero no vamos a ver el camino –cuestionó un vecino preocupado.

–La misma noche nos va a ir aclarando los ojos. ¡Vamos! –le animó Paulina.




No podía permitir que la iluminación revelara su expedición discreta y confiaba en que el conocimiento del bosque que todo el grupo había trotado desde su infancia les ayudaría a navegar de forma segura.

Agarraron camino entre el arbolado tan denso que entre el abrazo de las coronas de los árboles, apenas se distinguía el cielo nocturno. Parte de la pristinidad y la naturaleza preservada por generaciones de prácticas ancestrales de protección.

«Usted comprenderá cómo es la noche en el bosque. Esa noche nunca se me va a olvidar», dice Paulina con un tono de mística.

Caminaron más de tres horas en la oscuridad subiendo a las partes más lejanas de la parcialidad. Susurrando cada palabra. De repente vieron una luz fuerte acercarse con el sonido de ladridos. La delegación se agachó con miedo, porque estaban a punto de ser descubiertos por el olfato de los perros. Pero los intrusos no los cacharon. Les benefició la oscuridad.


«Y pues nada, eran ellos. Gritando felices -exclama Paulina con una sonrisa- uno de ellos agarró su machete, sonó un árbol y sonó el otro. “¿Cuál vamos a tomar?”. Agarró la motosierra, una, dos, tres y arrancó».

Paulina y el resto del grupo se habían enfocado tanto en encontrar a los taladores, que se olvidaron de ponerse de acuerdo sobre qué hacer si tenían éxito. La situación requería una decisión rápida, los ocho hombres rodeaban al árbol inmenso y la motosierra ya estaba abriendo los primeros tajos en la corteza.

A su lado, Paulina tenía a la vicepresidenta de la junta directiva. De un brinco las dos salieron de su escondite, corrieron hacia el hombre que estaba más cerca y lo atraparon. Los taladores no se lo esperaban y huyeron mientras las y los compañeros de Paulina le amarraron las manos y lo entregaron a la Policía Nacional Civil.

«Como presidenta era mi gran responsabilidad. Yo solo pensé en el momento, no pensé en miedo, en mi familia, yo solo pensé que allí la cuestión era actuar. Hoy, hasta esa fecha ese árbol está en pie», dice con chispas en los ojos.

Asegura que después de aquella noche en el bosque, la tala ilícita en la parcialidad se detuvo durante por lo menos los siguientes seis años.

Los pueblos indígenas la clave de la adaptación al cambio climático

Con el puño firmemente plantado en la cadera donde su corte de colores morados se une a un delantal negro con lineas blancas, la señora de 65 años narra cada anécdota de lucha para cuidar al bosque con mucho orgullo. Paulina nació y creció en el Cantón Juchanep, un poblado de menos de 7000 habitantes que colinda con la entrada al bosque comunal. Siempre fue parte de ella, y ella de él.

«Todo este conocimiento, lo tuve desde pequeña. Cuando yo andaba con mi papá, que en paz descanse, él decía, “este palito es encino, este es el madrón, colorado, palo blanco, aliso, pino blanco que no es bueno para leña”. Y así sucesivamente. Desde antaño viene, de generación en generación. Cuando mis hijos eran pequeños, yo los llevaba a la montaña a hacer leña también».


En los pequeños zapatos de esa gran defensora caminan siglos de tradición ancestral. Cada paso en el bosque es un acto de reverencia hacia el pasado y de continuidad de la conexión histórica entre el pueblo y el territorio maya k’iche’. Y más que todo es un acto de irreverencia ante un Estado que aún discrimina y desconoce los derechos de la población indígena.

Las 18 Parcialidades ancestrales en el departamento de Totonicapán son un caso ejemplar en cuanto al manejo, cuidado y gestión comunitaria de los bosques naturales en Guatemala. Gracias a esa forma de organización social ancestral maya k’iche, que se basa en el parentesco como vínculo con un terreno colectivo, los bosques comunales y sus fuentes de agua se han preservado durante cientos de años y de una forma tan eficiente, que algunas comunidades se declararon exentas de la regulación municipal del agua.

“Si otras gentes vivieran aquí, le aseguro ya no tendríamos casi bosques”, asegura Paulina Par. Y probablemente tiene razón. A nivel mundial, los recursos naturales y ecosistemas bajo la gestión de los pueblos indígenas están mejor preservados y protegidos que otras áreas.

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En 2021 la deforestación produjo una reducción de 11.2% en bosques en áreas no-indígenas entre 2000 y 2016. A cambio, en los bosques gestionados por pueblos indígenas, fue solamente de 4.9%, señala la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en un informe que aborda el papel importante de los pueblos indígenas para la mitigación del cambio climático en América Latina.

De acuerdo con el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (Ipcc) el mayor potencial de mitigación ante el cambio climático está en los bosques y otros ecosistemas naturales. En sus informes más recientes el panel resalta la necesidad de reconocer el conocimiento de los pueblos indígenas, igual que la ciencia, además de fortalecer sus derechos territoriales y asegurar su inclusión en la toma de decisiones para mitigar el cambio climático.


La FAO también señala que es urgente que los países tomen medidas para colaborar y proteger a los bosques en territorios indígenas y a los pueblos que los han preservado. El 80% de la biodiversidad restante en el planeta está bajo la protección de pueblos indígenas lo cual evidencia la eficacia del conocimiento local y las prácticas históricas para la sostenibilidad de los recursos naturales.

Alrededor de un tercio de los bosques en Latinoamérica se ubican en territorios de los pueblos indígenas del continente y almacenan 14% de todo el dióxido de carbono absorbido por los bosques a nivel mundial, lo equivalente a 34,000 millones de toneladas métricas.

El K’axk’ol

Un equipo de seis pies pasea pacientemente sobre el suelo forestal. Es húmedo y suave, cubierto por una alfombra de musgo y miles de hojas pinchudas de pino que dejan la superficie rojizo radiante.

Con machete en mano, Arnoldo Soch avanza en el bosque. Bambi, su perro color canela y fiel acompañante, siempre está cuatro pasos adelante. Atento, con las orejas y su cola peluda en el aire, sondeando en adelantado que el camino sea seguro. Cuando Arnoldo se detiene, en un instante Bambi regresa a su lado. Juntos recorren kilómetro tras kilómetro, desde la mañana hasta la tarde. Hacen un receso al mediodía para sentarse a almorzar donde sea que el bosque los llevó, antes de seguir su camino.

Arnoldo se pone de rodillas en un tronco cortado y quita un pedazo de la corteza. Del chaleco que viste encima de una camisa gruesa de cuadros rojos y negros, saca un marcador negro. “Paso 2o G.B.”, escribe en la madera junto con la fecha. Un grafiti forestal para dejar constancia que el segundo turno de la semana ya pasó por este rincón del bosque.


Es uno de los ocho guardabosques que patrullan los 270 hectáreas del bosque comunal de la Parcialidad Baquiax como parte del K’axk’ol, el servicio comunitario ancestral que se le asigna a las y los habitantes para la preservación y gestión del bosque.

Es voluntario y basado en el principio de colectividad y de reciprocidad entre las personas y entre la naturaleza y la comunidad. A cambio, la participación asegura acceso a todos los servicios ambientales del bosque, como la leña y las plantas medicinales. El agua, el bien más importante, se distribuye igual a todas las personas, aunque no participen.

El contacto diario de los guardabosques con los bosques es pilar en el monitoreo del bienestar del ecosistema y la gestión de los recursos.

“Nuestro trabajo es verificar que cuando suben, no le hagan daño al bosque. Que recogen lo que esté tirado, y no algo verde con vida. Por ejemplo, hace un momento estaba un vecino haciendo su leña, pero lo estaba haciendo de troncos muertos”, explica Arnoldo, quien es tejedor de telas típicas.


Como guardabosques pueden multar a las personas que incumplen con las reglas establecidas en la parcialidad. Arnoldo aclara que casi nunca pasa, y que el mayor problema es la tala ilegal que ha comenzado otra vez. Cuando solicitan asistencia de la Policía Nacional Civil no llega y la población ya desistió de presentar denuncias en el Ministerio Público (MP).

«Durante años en la parcialidad hemos presentado denuncias, pero no hay respuesta. Nos han dicho que nosotros tenemos que agarrar a los hechores para que ellos puedan continuar el proceso», resalta Arnoldo desanimado.

Desde el año 2018 hasta la fecha, el MP ha recibido 420 denuncias por delitos de tala de árboles de especies protegidas. 49 fueron presentadas en 2022. La institución no respondió cuántos de estos casos fueron resueltos.

La División de Protección a la Naturaleza (Diprona) de la PNC reporta que entre enero y junio de este año, incautó 804 metros cúbicos de producto forestal ilícito, de especies como pino, ciprés, caoba, cedro, encino y muchas otras.

La madre naturaleza se resintió

Pese a la resistencia, con los años al bosque de la Parcialidad Baquiax llegaron cambios que superan su control.

Los inviernos y los veranos ya no son como antes, asegura Paulina Par. Como en otras partes del país, las primeras lluvias que marcaban un hito en el calendario de las familias de agricultores se volvieron impredecibles. En tiempo e intensidad. Igual que la canícula.


«Yo recuerdo cuando era niña, se daban los calores pero no tan fuertes como los de ahora. Aquí no se daba el limón porque es un lugar de frío, ahora sí se cosecha. Sabíamos que entre febrero y marzo llovía una o dos veces, entonces empezábamos a sembrar. Sabíamos que teníamos un lapso de 15 días de verano y después volvía el invierno. Era un ciclo. Pero las lluvias son torrenciales, antes no mirabamos eso de las inundaciones».

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Totonicapán pertenece a la región climática de Occidente que también abarca los departamentos de Sololá, Quetzaltenango, San Marcos, El Quiché, Huehuetenango y Sololá. Es la zona más montañosa de Guatemala y presenta algunas de las temperaturas más bajas del país.

Pero es una de las regiones donde en las últimas tres décadas se ha registrado el mayor aumento en la temperatura promedio, independientemente del fenómeno de El Niño, según datos de la Sección de Cambio Climático del Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (Insivumeh).

En base a los registros de las dos estaciones meteorológicas de la región Occidente, ubicadas en Huehuetenango y Quetzaltenango, el Insivumeh documentó un incremento de temperatura promedio de 0.96 a 1.4 °C entre 1970 y 2014.


Aparte, en otro análisis del período 1981 a 2020, el Insivumeh resalta una tendencia marcada de la disminución de días fríos mientras la cantidad de días y noches calientes sigue aumentando, especialmente a partir de 1991.

“La madre naturaleza se resintió”, afirma Paulina Par y no le quedan dudas de que se debe a la conducta irresponsable del ser humano, como el uso excesivo de plásticos y desechables, la tala sin control y los incendios forestales.

Hasta ahora las fuentes de agua en la Parcialidad Baquiax no se han secado, como ha pasado en otras partes de Totonicapán. Ha habido veranos de temperaturas altas, que sí bajaron, y otros momentos donde el líquido no llega a las casas aunque fluye como siempre en el bosque. Como todo, se debe al desequilibrio, concuerdan Paulina Par y Arnoldo Soch.

«Cuando hay conflictos entre las personas, se va el agua», afirma Arnoldo. La última vez que pasó fue en 2021 y se resolvió con una ceremonia maya que varias personas de la junta directiva realizó en uno de los lugares sagrados en el bosque.

«Al día siguiente regresó el agua», dice Paulina.

Las plagas; el gorgojo y el racismo

Fueron los guardabosques quienes en 2013 alertaron a Paulina Par sobre los troncos cortados por la tala ilegal. También fueron ellos quienes descubrieron algunos pinos colorados que no se miraban como siempre.

«Lloraban trementina», dice Arnoldo. Luego se pusieron amarillentos hasta finalmente secarse completamente y morir.

Fue el inicio de una plaga de gorgojo de pino, un insecto pequeño capaz de exterminar bosques enteros. Cuando los gorgojos perforan la corteza y comienzan a cavar galerías, el árbol libera resina como mecanismo de defensa. Los árboles debilitados por factores como sequías, incendios forestales o la edad, son más propensos a las infestaciones del gorgojo y varios estudios sugieren que existe una relación entre los brotes de estos escarabajos descortezadores y el cambio climático. Por ejemplo, porque el aumento de temperatura, inviernos menos intensos y la disminución de días helados permiten que la población de gorgojo crezca. Conforme avanzan las alteraciones de la variabilidad climática, el riesgo de plagas es mayor.


En la Parcialidad Baquiax se detectó aún en una fase temprana, con solo siete árboles infectados.. Pero también sería el comienzo de años de descomunicación entre la Parcialidad y la entidad estatal a cargo de promover el manejo forestal sostenible en Guatemala.

Para frenar la plaga la Parcialidad Baquiax tenía que solicitar una licencia de saneamiento del Instituto Nacional de Bosques (Inab) para cortar los árboles infestados. Pero las solicitudes fueron rechazadas en varias ocasiones.

Según la última resolución que emitió Inab en 2017, la Parcialidad tenía que “establecer claramente sus derechos sobre la finca” para extender la licencia.

La Parcialidad Baquiax se fundó en 1889 cuando los ancestros de la comunidad maya k’iche’ obtuvieron el título de las tierras. Así lograron establecer la tenencia histórica y ancestral de su territorio dentro del marco legal occidental -el mismo sistema que se les fue impuesto con el colonialismo como instrumento de despojo- y así podían mantener sus prácticas culturales y formas de organización.  

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«Es difícil entender para una comunidad que históricamente ha trabajado el cuidado del bosque y que le digan, “ustedes no aparecen en el título, no son los dueños para obtener este tipo de permisos”. Resulta hasta ilusorio, porque lo que les está diciendo el Estado, es que tienen que ir al cementerio a resucitar a sus antepasados para que firmen la autorización», señala Marco Chávez de la Asociación de Forestería Comunitaria de Guatemala Utz Che’.

Como asociación, Utz Che’ ha acompañado a varios casos similares donde el Estado choca con las prácticas culturales y ancestrales de los pueblos indígenas, y que manifiestan el racismo estructural que aún persiste en Guatemala.

Otro ejemplo fue la detención de tres guardabosques de la Parcialidad Vázquez el 7 de enero de 2022. El conflicto entre Nahualá y Santa Catarina Ixtahuacán en el departamento de Sololá, que colinda con Totonicapán, había empeorado y ambos municipios estaban bajo estado de sitio.


Como parte del K’axk’ol, los tres guardabosques patrullaban en el bosque cuya entrada se ubica en una calle de tierra que separa los departamentos de Totonicapán de Sololá, una área ajena del conflicto, cuando fueron detenidos por la PNC que los acusó de agredir a sus agentes.

«Fue una confusión que se debe a la forma de ver a las comunidades. Existe un estigma muy fuerte hacia ella y un desconocimiento, porque los guardabosques cargaban sus varas de autoridad pero estas fueron desconocidas en ese momento. Es un mensaje de racismo y de discriminación hacía las autoridades, y total ignorancia a ese sistema», explica Marco.

Para el abogado, la detención de los guardabosques y el manejo de la plaga del gorgojo del pino en Parcialidad Baquiax en 2013 son casos emblemáticos de cómo las instituciones estatales, pese al Convenio 169 que Guatemala ratificó, en la práctica no reconocen los derechos y las prácticas de los pueblos indígenas. La misma experiencia tiene Paulina Par.

«Les dimos salidas, ellos no quieren»

«Es un asunto entre ellos mismos», dice Maynor Pérez Galindo, director de la Región VI de Inab, quien firmó la resolución final en 2017. Niega que se tratara de racismo.

El director señala que existe división interna en la comunidad a la que pertenece la Parcialidad Baquiax. Surgieron grupos que se oponen al manejo del bosque de las juntas directivas y que reclamaron títulos individuales de terrenos dentro de las áreas comunales. El Inab consideró que eso generó suficiente incertidumbre sobre los derechos a la finca para otorgarle una licencia de saneamiento. Además, el Inab quería evitar que se presentaran denuncias en contra de la institución en el MP, como había pasado por otras licencias que otorgaron anteriormente.

«Las inscripciones que aparecen en la finca ahora, según la interpretación del Inab, dan la pauta de que la directiva de la Parcialidad está asumiendo una representación sobre una finca que ya no es totalmente de la Parcialidad», dice Maynor.


Agrega que la resolución se hizo en base a los documentos que presentaron las diferentes partes en el expediente, en donde se le dio el beneficio de la duda a los títulos más recientes del registro de propiedad, regidos en el Código Civil, y no a la asociación que durante décadas ha velado por el bosque bajo el modelo ancestral, protegido bajo el Convenio 169.

«Si no, lo que creamos es más inconformidades y más problemas entre ellos mismos, y ya van a denunciar al personal del Inab. Mientras se averigua se vuelve un inconveniente legal», dice Maynor.

Para evitar enfrentar un proceso legal en su contra, la institución estatal pidió una declaración jurada de la Parcialidad Baquiax en la que la Junta Directiva se hacía responsable de cualquier acción en el manejo del bosque e Inab quedaba exento de cualquier responsabilidad.

Durante cuatro años los gorgojos continuaron dispersándose en el bosque comunal.

«Por no reconocer a las comunidades indígenas como sujetos de derechos, la plaga se extendió de siete árboles en 2013 a más de 800 para el año 2018», resalta Marco Chávez de Utz Che’.


El director regional descarta que la institución tenga responsabilidad en el crecimiento de la plaga.

“Les hemos dado las salidas, solamente que ellos no han querido resolverlo de esa manera. Se les hizo ver esa opción, pero ya no se acercaron, ya no tuvieron interés en el manejo de la plaga. Se molestan y no han querido acceder a darle certeza al Inab de la responsabilidad que ellos asumirían a la hora que hubiera un reclamo de las otras personas sobre esa finca. Eso sería lo delicado”, dice.

Posteriormente, la declaración jurada “que exime de responsabilidad civil, penal, administrativa o de cualquier otra índole al INAB” se incluyó en el Reglamento Para la Implementación de Planes Sanitarios que entró en vigencia en 2018.

Sin respuesta del Estado, la Parcialidad Baquiax finalmente pidió apoyo de las autoridades de 48 Cantones para realizar el saneamiento sin riesgo a ser criminalizados por no contar con la licencia del Inab. Desde 2019 las y los integrantes han reforestado más de 3000 árboles en el área afectada con la producción de su propio vivero y banco de semillas.

«Eso fue un gran logro», concluye Paulina, «no hay buena voluntad en el Estado, pero Baquiax siempre tiene un plan A y un plan B. Y siempre reforestamos. Así ha sido ancestralmente con o sin gorgojo».

Así como habla, hace

Al regresar del bosque Paulina se sienta en una banca bajita, pegada a la estufa de leña en su cocina para quitarse el frío de esa tarde de llovizna. A un día de cumplir 66 años, la tejedora ha enfrentado taladores, plagas, racismo, conflictos, e incluso puesto en riesgo su vida con tal de proteger el bosque. Como hace 10 años cuando ella y su hermano casi se asfixiaron cuando subieron al bosque para intentar apagar un incendio forestal y las llamas los rodearon.

«Hemos nacido en la naturaleza, y seguimos en ella, y morimos en ella, carcajea. Es nuestra vida, nuestra pasión», dice.

Y como mujer, madre soltera y lideresa elocuente, le ha tocado lidiar con el machismo constante.


«A mi me gusta opinar, me gusta hablar. Yo se que pertenezco por hecho y derecho a la Parcialidad, entonces yo opinaba. Y no les gustaba a algunos varones. "A ver si así como habla, si puede", dijeron».

Así fue como, en 2005, Paulina fue electa como la primera mujer para el rol de primera vocal de la Junta Directiva. En esa época la y los vocales tenían la responsabilidad de monitorear el bosque que hoy ocupan las y los guardabosques. Paulina sospecha que la querían retar y que pensaron que se iba a echar para atrás. Al contrario. Luego pasó a ser vicepresidenta en 2011 y presidenta en 2013, y tras ella, siguieron más mujeres.

Mientras Paulina narra, su hija, Celeste de 27 años, echa leña y mazorcas secas para que el fuego agarre fuerza. Como su mamá y el resto de la familia, es tejedora y hace costuras para tener más ingresos mientras termina sus estudios de derecho en la universidad. Es la mayor de dos. Su hermano, de 24 años, cuya foto adorna la pared de la sala, se fue a Estados Unidos hace dos años.

Es el único tema donde las palabras se le cortan a Paulina.

«Él migró, tristemente. Por la misma situación económica. Aquí no hay oportunidades y él me decía que quería superarse», dice con lágrimas en los ojos.


La pobreza también separó a Paulina de su familia, y del bosque, a los 14 años, cuando fue enviada a la Ciudad de Guatemala a trabajar en una casa donde estuvo por 18 años. El legado de siglos de desigualdad, despojo y discriminación, y el Estado como garante de su continuación, condena a los pueblos indígenas a repetir historias de separación y dolor.

«No hemos recibido nada del gobierno. Esto es un país de corruptos, entonces no esperamos nada. Al indígena, al que cuida el bosque para el bien común no hay. Nosotros ayudamos al mundo con oxígeno, para que no nos falte el agua. Somos complementos al mundo. Y todo es ad honorem, por amor a la naturaleza», resalta Paulina.

Los servicios en la comunidad, como el acceso al agua y la instalación de tubería, todo es el resultado de los esfuerzos colectivos de la parcialidad. Paulina comenta que si solicitan algo de la Municipalidad piden a cambio la escritura de la finca.

Paulina no duda que el sistema de vida en la Parcialidad, que vela por el bien común de la colectividad, es la solución. Más que todo para cuidar los recursos hídricos que comienzan a escasear en otras partes del país.

«Siempre lo voy a decir y lo resalto: el fuego tiene sustituto. Si no hay gas, hay estufas eléctricas. Si no hay leña, pues de alguna manera se sustituye. Pero el sagrado líquido —yo lo llamo así porque es nuestra vida— el agua no tiene sustituto».

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