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Capítulo 6. El expolicía que llegó a decano. Vitalino, 1 de septiembre de 1982
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Capítulo 6. El expolicía que llegó a decano. Vitalino, 1 de septiembre de 1982

Estas muertes llevaron al exilio a la mayor parte de los camaradas de Vitalino en la Facultad. Se fue­ron Se­vero Martínez, Rafael Piedrasanta, Saúl Her­nández, Norma Cabrera, y muchos otros. Antes ya se habían re­tirado Alfredo Guerra Borges y Alfonso Bauer. La Facultad perdió a todos sus profesores vetera­nos. Los estudiantes de último año asumieron la do­cencia.
Como decano, Vitalino Girón hizo lo que los pro­fesores del Partido siempre hicieron. Mantener a los camaradas en los puestos más políticos, que eran tam­bién los mejor pagados por ser de jornada completa, y no perder los vínculos con los movimientos sociales con los que se debía seguir trabajando, como el sindicato de la Usac.
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Como una enredadera, la guerra se entrelazó con la vida. Algunos murieron asfixiados por ella. Otros supieron trepar. Esta es la historia de dos hombres, la Universidad de San Carlos y un crimen. Las vidas de Vitalino Girón, un expolicía que acabó siendo uno de los últimos intelectuales del partido comunista, y del rector Eduardo Meyer se entrecruzaron en 1984, cuando el Ejército aún decidía quién podía vivir en Guatemala y quién no. Documentos del Archivo Histórico de la Policía Nacional permiten comprender la lógica de una de las últimas campañas de “control social” contra el movimiento sindical ejecutadas por la dictadura militar.

Vitalino subió cada escalón que el Partido le marcó, pe­ro cuando llegó al final de la escalera, miró a un la­do y descubrió que ya eran muy pocos los que le acom­pañaban.

Vitalino Girón había sido electo representante de los estudiantes en la Junta Directiva de la Facultad de Económicas en 1973. Antes de graduarse en 1975 era ya profesor auxiliar. Había acudido cada sábado al círculo de estudio de El Capital que organizaba Al­fonso Figueroa para formar a los docentes que mi­litaban.

En su trabajo en el Banco Nacional de Desarrollo Agrí­cola había cumplido con las funciones clandesti­nas que la organización le había impuesto: había prestado vehículos del banco para operativos del Par­tido y había realizado trabajo ideológico con las cooperativas con las que Bandesa trabajaba. Tras la lle­gada a la rectoría de Saúl Osorio, sus responsabilida­des eran mayores. Pese a que se había graduado hacía tres años y tenía una experiencia docente muy limitada, se convirtió en coordinador de varios cursos del Área Común, los dieciséis cursos que servían de formación básica para los alumnos de primer y segundo año.

Vitalino fue siempre un hombre de bajo perfil. Ca­llado y reservado. Trabajador y coherente, pero sin un gran liderazgo personal. Algunos compañeros lo veían todavía como un chico recién llegado del pue­blo. Ha­cían chistes con su nombre. Lo consideraban uno de esos nombres anticuados que sólo los campesi­nos se­guían utilizando.

Pero ahora que había subido todos los peldaños a Vitalino Girón le tocaba ponerse en primera fila.

Los cuatro años anteriores los había visto pasar co­mo una tormenta que había acabado con todo. La rec­­toría de Saúl Osorio duró menos de dos años. Al prin­cipio, el Partido organizaba cada día un operati­vo para introducirlo y sacarlo de la Ciudad Universita­ria. El rector tenía que llegar a su oficina en el malete­ro de un carro. Después, apostaron por hacerle vivir siempre en su despacho. Jorge Conde, profesor de Eco­nómicas y enlace del Partido con la Usac, recuerda que le asignaban a camaradas armados para que dur­miesen con él. Mantener a Osorio vivo se había con­vertido en un problema ante la ola de crímenes políti­cos que se había desatado desde octubre de 1978. Ca­recía de sentido tener un rector que no pudiese par­ticipar en la vida pública. El terrorismo de Estado había vuelto inútil la estrategia del Partido. En mayo de 1980 no quedó otra opción que el exilio de Saúl Osorio.

En esos dos años, las estructuras en las que había tra­bajado el PGT fueron desmanteladas. La inteligen­cia militar, la Policía Judicial, y los escuadrones de la muerte cazaron uno a uno al círculo de militantes que rodeaban a Saúl Osorio. Fueron asesinados los prin­cipales dirigentes estudiantiles que formaron la alianza Frente: Oliverio Castañeda de León, Antonio Ciani, Ri­cardo Martínez Solórzano, Julio César Cortez, Mar­co Antonio Urízar Mota, Julio César del Valle, Iván Alfonso Bravo y Marco Tulio Pereira. También hom­bres de confianza de Osorio como Manuel Andra­de Roca, secretario general de la Usac, Hugo Rolando Mel­gar, asesor jurídico del rector, y Alfonso Figueroa, di­rector del Instituto de Investigaciones Económi­cas y Sociales. Los tres eran destacados intelectuales del Partido y fueron ametrallados en la calle.

Estas muertes llevaron al exilio a la mayor parte de los camaradas de Vitalino en la Facultad. Se fue­ron Se­vero Martínez, Rafael Piedrasanta, Saúl Her­nández, Norma Cabrera, y muchos otros. Antes ya se habían re­tirado Alfredo Guerra Borges y Alfonso Bauer.

La Facultad perdió a todos sus profesores vetera­nos. Los estudiantes de último año asumieron la do­cencia. Eduardo Velázquez, alumno en esa época y que posteriormente llegaría a ser decano de la Facultad, recuerda que, antes de graduarse, tuvo que dar clases en cinco cursos distintos.

La situación había llegado a tal punto que las aso­ciaciones de estudiantes tuvieron que convertirse en or­ganizaciones clandestinas. Ya no existía el trabajo “amplio” del Partido, todo transcurría en las sombras. En las elecciones de febrero de 1981, para designar a los estudiantes y profesores que deberían elegir al nue­vo rector tras el exilio de Saúl Osorio, la Facultad de Económicas no presentó candidatos. En los comi­cios de marzo de ese año para nombrar representantes de catedráticos en el Consejo Superior Universitario, la Facultad no presentó candidatos.

Por qué decidió el Partido llevar a Vitalino a la lu­­cha por la decanatura de la Facultad en una situación co­mo aquella es motivo de debate. Virgilio Álvarez, mi­litante en 1982, asegura que fue un error impulsa­do por simpatizantes más que por el propio PGT. Otros militantes como Jorge Conde o Edgar Pape aseguran que fue una orientación directa del Partido. Vitalino aceptó porque el PGT consideró necesario recuperar la Facultad después de que el último decano, Alfonso Velásquez, hubiese sido electo sin pertenecer a la organización.

La victoria de Vitalino Girón evidenció que, a pe­sar de todo, el discurso de los comunistas era el único capaz de movilizar a estudiantes, profesores y pro­fesionales. A pesar de que, para ese momento, las or­ganizaciones político militares de la izquierda ya ha­bían abandonado su trabajo directo en la universi­dad, y se concentraban en los frentes guerrilleros. A pe­sar de que la posición de seguir ocupando espacios legales era inviable, y el Partido comenzaba a tomarse más en serio la militarización, incluso su ingreso en la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, de la que se había resistido a formar parte. A pesar de que la mayoría de estudiantes y profesores jóvenes que militaban en el Partido, poco más de un año des­pués, formarían el PGT 6 de Enero para apostar direc­tamente por la lucha armada, y algunos de ellos ya ha­bían participado en el asesinato del rector Mario Dary. A pesar de todo ello, resultaba evidente que ha­bía sectores de la sociedad que necesitaban espa­cios públicos en los que participar y debatir.

Vitalino y los pocos profesores comunistas que aún le rodeaban (Julio Estévez, César Augusto Régil, Tris­tán Melendreras, Jorge Conde, Edgar Pape o Car­los de León) creían en ello. Pero estaban muy solos. En sentido físico, pero también intelectual. A finales de 1984, sólo uno de ellos seguiría vivo y en Guatemala.

Como decano, Vitalino Girón hizo lo que los pro­fesores del Partido siempre hicieron. Mantener a los camaradas en los puestos más políticos, que eran tam­bién los mejor pagados por ser de jornada completa, y no perder los vínculos con los movimientos sociales con los que se debía seguir trabajando, como el sindicato de la Usac. Edgar Pape fue nombrado jefe del Depar­tamento de Estudio de los Problemas Nacionales, y Tristán Melendreras director del Instituto de Inves­tigaciones Económicas y Sociales.

Vitalino se había estado preparando las últimas se­manas para asumir el cargo de decano. Renunció a su puesto directivo en Bandesa. Sus compañeros nunca en­tendieron por qué abandonó una carrera estable y con un futuro próspero, para centrarse en una institu­ción que le ponía en el punto de mira. Para ellos, Vi­talino era un hombre que acababa de mudarse de una casa humilde en la Colonia Primero de Julio a una am­plia y nueva en Monte Real, que manejaba un Mer­cedes Benz resplandeciente y que siempre sonreía a las secretarias jóvenes. No tenía ninguna necesidad de dejarlo todo por la Usac, le había dicho su esposa. Ella insistió en que no abandonase el banco, pero la de­cisión estaba ya tomada.

Vitalino salió una última noche a hacer pintas por la zona 6 con su compañero de comité de base, Jor­ge Conde. Fue su forma de despedirse de la mili­tancia. A partir de entonces, el Partido designó a un enlace para trabajar con él. Sería su única conexión con la estructura partidaria.

El 1 de septiembre de 1982, cuando acababa de cum­plir 40 años, comenzó su última misión. En su dis­curso de investidura dijo: “los autores, actores, su­jetos y objetos de la historia somos nosotros. Somos res­ponsables de la historia, de lo que ocurre en el pre­sente y de lo que ocurrirá en el futuro. Conscientes de ello, asumimos la responsabilidad que la colectivi­dad nos ha asignado”.

Vitalino Girón Collado. Primero por la derecha. Ésta es una de las pocas fotografías que su familia conserva de él. Está tomada en Costa Rica. Probablemente entre el 4 y el 9 de junio de 1984 durante el seminario Estado y Desarrollo Económico.

***

El carácter científico de la enseñanza comenzó a perderse, y el aula se convirtió en una sala de discursos. Cuando yo regreso en el año 1990, veo que los catedráticos que estaban ahí no te­nían cualidades. Yo llegué y pedí rápidamente la cabeza de ochos de ellos. Enseñaban marxismo casi con carácter religioso. Con­fundían todo. Le daban a uno la Teoría del Valor casi de manera caricaturesca. ¿Por qué? Porque la propia mística del catedrático se había perdido.

Edgar Pape, economista y militante del PGT.

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