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Capítulo 25. Un médico de la guerrilla. Meyer, marzo de 2011
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Capítulo 25. Un médico de la guerrilla. Meyer, marzo de 2011

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Como un enredadera de tallo nudoso, la guerra se entrelazó con la vida. Algunos murieron asfixiados por ella. Otros supieron trepar. Esta es la historia de dos hombres, la Universidad de San Carlos y un crimen. Las vidas de Vitalino Girón, un expolicía jutiapaneco que acabó siendo uno de los últimos intelectuales del partido comunista, y del rector Eduardo Meyer se entrecruzaron en 1984, cuando el Ejército aún decidía quién podía vivir en Guatemala y quién no. Documentos inéditos hallados en el Archivo Histórico de la Policía Nacional permiten comprender la lógica de una de las últimas campañas de “control social” contra el movimiento sindical ejecutadas por la dictadura militar antes del comienzo del actual periodo democrático.

En el último año en que fue diputado al Congreso de la República, Eduardo Meyer era un hombre solita­rio y atribulado. Desterrado del grupo político por el que ha­bía sido electo en dos ocasiones como legislador, Me­yer se había instalado en un pequeño despacho si­tuado al final de un largo corredor en el Edificio 7 y 10, una torre de oficinas en la que están ubicados los diputados con menor poder. Para asistir a los ple­nos, tenía que caminar dos cuadras y media. Mientras, sus compañeros parqueaban sus vehículos blindados en la puerta del Palacio Legislativo.

Meyer ya no tenía expectativas de un futuro pro­misorio. Tras haber sido embajador ante la Organiza­ción de Estados Americanos entre 1988 y 1990, candi­dato a la vicepresidencia en 1995, fundador del partido po­lítico que gobernó Guatemala entre 2008 y 2012, tras haber ganado una diputación y presidido el Con­greso en 2008, todo había terminado, precisa­mente cuando tocaba más de cerca el poder.

En su despacho, Eduardo Meyer simplemente es­peraba. Dejaba los meses pasar hasta que se agotase el periodo para el que había sido electo.

Meyer había colocado de nuevo un crucifijo en su oficina, esta vez para pedirle a Cristo no ir a la cár­cel. Mientras presidió el Congreso, en 2008, había per­mitido que su secretario privado, Byron Sánchez Corzo, y su director financiero, Benvenuto Conde, co­locaran los ahorros de la institución en una casa de bol­sa que los metió en fondos de inversión de alto ries­go. Parte del dinero, 82 millones de quetzales, se ha­bía esfumado. Otra parte había acabado en las cuentas de los funcionarios que autorizaron la inver­sión. Era la comisión que la casa de bolsa les había otor­gado. Tras el escándalo, Meyer perdió la presi­dencia del Congreso y fue expulsado de su partido. Le re­tiraron inmunidad y esperaba juicio. Sánchez Cor­zo y Conde estaban prófugos, aunque después se­rían capturados. A Eduardo Meyer lo condenarían a tres años de prisión conmutables por el pago de cien quetzales diarios, y él aseguraría que era víctima de una persecución política y que estaba pagando por al­go que no había hecho. Su rostro bonachón se había en­durecido. El tiempo le había dejado bolsas bajo los ojos y treinta libras de más. Vestía un traje impecable­mente planchado. En su escritorio ocupaba un lugar pro­minente una foto de él arrodillado frente al Papa Juan Pablo II, durante la visita que hizo a Guatemala en 1983.

Le mostramos los documentos que el coronel Bol ela­boró en los que se menciona su nombre. Negó la ve­racidad de su contenido.

El exrector se presentó como un “médico de la gue­rrilla”, “amigo de los comandantes”, que salvó la vida de La Chaparrita, la compañera del comandante Ro­lando Morán, cuando estalló el carro en el que viajaba con el comandante Turcios Lima.

Meyer aseguró que jamás temió ser asesinado por la izquierda, y que durante su gestión al frente de la Usac siempre realizó “denuncias temerarias contra el Go­bierno” cada vez que se producía el secuestro o el ase­sinato de un miembro de la universidad.

“Desafortunadamente, la extrema derecha pensaba que yo era marxista y la extrema izquierda pensaba que yo era derechista. Yo era el jamón del sandwich. Y tenía al Gobierno en contra, estaba duro, duro.”

Él luchó para que la universidad tuviese de verdad uni­versalidad, para que no fuese solo una ideolo­gía la que dominase la academia. El PGT siempre trataba de “crear incertidumbre para que surgiese de nuevo el fermento del marxismo”. Él creía que todas las ideas debían tener cabida en la universidad y que desde lue­go no debían enfrentarse al Ejército porque esa no era su función.

Nunca contó con la protección del ejército ni la po­licía, ni colaboró con ellos. Tampoco ellos se lo pro­pusieron nunca. Eso dijo.

–¿Nunca se reunió con miembros de la Policía Na­cional?

–No, la única vez que les hablé es la que está ahí –res­pondió, señalando el documento que relata la reunión en San Lucas Sacatepéquez.

–¿Esa fue la única vez?

–Sí, y no con la policía, sino con el director de la Po­­licía y fue en San Lucas, pero ese documento no se apega a la realidad. En la universidad había un ex­pen­dio de marihuana. En la mañanita pasaba un he­licóptero y tiraba costales con marihuana cerca del Iglú, allí había un cascarón de una camionetona y allí guar­daban la marihuana y sus armas los vendedores. Yo le dije al jefe de mantenimiento de la universidad: “mi­rá, alquilá una grúa y quitás esa camioneta”. Pero al rato regresó asustado porque lo encañonaron los ven­dedores de droga. Entonces le dije: “venite, yo te voy a acompañar”. No es que yo me considerara muy fuer­te. Yo no tenía poder real, pero poder moral sí te­nía. Llegué donde estaban los vendedores y sin mi­rarlos, nos subimos a la grúa, la agarré y nos llevamos la camioneta. En una reunión me junté casualmente con el director de la Policía, que es de Alta Verapaz, y le comenté la situación.

–¿Era el coronel Bol de la Cruz?

–Sí, era él. Yo le dije: “estoy preocupado por la can­tidad de droga que se está consumiendo. Llega gen­te de afuera a comprar y hay un helicóptero que lle­ga a tirar marihuana”. Le pedí que nos ayudase en eso, pero tampoco podía decirles que entrasen en la uni­versidad porque eso no lo iban aceptar los estudian­tes ni muchos catedráticos. Lo que le dije es: “traten de localizar la fuente y contrólenme eso, por favor”. Él me contestó: “¿Sabe qué? Aquí hay mucha bulla ¿por qué no hablamos en otra oportunidad?”. Y yo le dije: “Ah, bueno, con mucho gusto”. Entonces me lla­maron y quedamos en que llegarían a mi casa a las seis de la tarde. Me mandaron una camioneta. Esas son de las cosas que Yo había veces en que no me po­nía a pensar en mi seguridad. Era una camioneta su­burban que no se veía ni de afuera ni de adentro. Iba con cuatro individuos y ahí yo sí pensé: “Estos me van a secuestrar o matar”. Y yo callado y con te­mor. Yo sentía que la camioneta caminaba y caminaba, y cuando al fin llegamos pude ver que era una casa que estaba sobre la carretera a San Lucas. Allí me es­peraba el coronel. Entré, había una mesa de pino, con cua­tro sillas, tenía una botella de trago ordinario y unos vasos. Me ofreció un trago, yo se lo acepté porque iba asustado. Entonces yo le conté lo de la droga. Y en­­tonces él me preguntó: “¿Doctor, usted quiere a su fa­­milia?” Y yo le dije: “¿Cómo no los voy a querer”. Y él me dijo: “Pues no se meta en eso”. Ahí nos despe­di­mos y me regresaron a mi casa.

–¿Y no hablaron de más cosas?

–No, solamente de eso.

–¿Entonces el contenido del documento es inventado? Porque no se menciona nada del narco­tráfico.

–Sí es inventado. Y era sólo para eso, para lo del nar­cotráfico.

–¿No le preguntaron por el asesinato de Vitalino Girón?

–¿De quién? ¡Pero sí Vitalino era como mi her­mano! A Vitalino yo lo traté de defender porque yo sa­bía que peligraba, yo a Vitalino le dije: “Tenés que irte de Guatemala, yo te consigo ahorita una beca”. Vi­talino era un persona con la que se podía platicar, con la que podía explayarse uno, y estaba convencido de que no era la universidad la que tenía que enfrentar­se al ejército.

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