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Recuento de víctimas y pérdidas
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Opinión

Recuento de víctimas y pérdidas

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Como suele suceder, en Guatemala sigue lloviendo sobre mojado. El miércoles por la mañana, un nuevo terremoto sacudió nuestras vidas y por algunos minutos todos pensamos lo peor.

Para muchos esto significó la muerte de familiares o amigos, para otros la pérdida de sus casas y para bastantes de nosotros un enorme susto que nos recordó una fría y larga madrugada de 1976. Un par de horas después empezaba el recuento de daños, cuantificado en número de muertes, personas desaparecidas y daños materiales, que con el paso de los días va creciendo y visibilizándose más.

Cierto, posiblemente la cotidianidad de la mayor parte de guatemaltecos continuará como siempre luego de algunos días, aunque en San Marcos y en otras poblaciones haya muchos velando a sus muertos y buscando un lugar para pasar la noche, después de todo las 23,000 muertes de 1976 no pueden compararse —en la opinión de muchos— al posible centenar de muertos del terremoto de esta semana. Pero nuestro luto y nuestro sentido de la solidaridad debería ser el mismo que entonces.

Por supuesto, de inmediato empezó a hablarse del apoyo que las personas y las poblaciones damnificadas recibirían y ya ayer podía verse cómo las carreteras estaban siendo habilitadas tras los derrumbes. Sin embargo, como siempre que un fenómeno de esta naturaleza sucede, una no puede más que preguntarse si, más allá de los efectos naturales de un terremoto como este, lo que tenemos no son condiciones precarias e infraestructuras débiles en nuestro país, que no soportan de manera adecuada este tipo de desastres naturales.

Lo hemos visto tantas veces, y también como tantas otras veces tengo miedo de que la ayuda se convierta en esa curita que Mafalda pretendía colocarle al planeta y que esto dure sólo lo que dura la temporalidad que la presencia de un evento en los medios de comunicación social lo permita. Es decir, tal vez lo que se necesitan son mejoras permanentes y considerables, para que un terremoto como el reciente se traduzca en menos víctimas y en una capacidad inmediata de reconstrucción, en un mejoramiento de la calidad de vida de las personas y en el fortalecimiento de una infraestructura que nos permita respirar de manera más tranquila. Pero también se necesita un fuerte trabajo de sensibilización social para no acostumbrarnos al dolor, para confrontar nuestra realidad y aportar con acciones concretas.

Claro, el apoyo inmediato es fundamental e imprescindible, pero cada vez que algo como esto sucede en las vidas de los guatemaltecos, es inevitable —o debería serlo— ir más allá de las grietas visibles de los edificios o de las pérdidas humanas, dolorosas metáforas de un país que día a día convive con tragedias cotidianas de diversa índole que a menudo nos cuesta reconocer.  

Tengo miedo de que la ayuda se convierta en esa curita que Mafalda pretendía colocarle al planeta
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