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Para sobrevivir en Guatemala (II)
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Opinión

Para sobrevivir en Guatemala (II)

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Hay varias opciones para sobrevivir en un país como Guatemala, eso lo sabemos muy bien. Una, tal vez la más fácil —sin duda la más cínica— es simplemente ignorar lo que la realidad nos entrega día a día.

Desde los altos y dolorosos índices de desnutrición, falta de acceso a los servicios básicos, impunidad, racismo, corrupción, exclusión y tantos otros hechos de injusticia social; hasta otros actos igualmente desgarrantes, como la manera en que los recursos naturales de este país son tratados con tanta falta de respeto por una gran parte de personas, por mencionar solamente algunas cosas de las miles que diariamente nos afectan el alma, o deberían. Y vale decir que esta invisibilización consciente y perversa se da dentro de todos los sectores de nuestra sociedad.

Otra forma de sobrevivencia, todavía más cínica y totalmente despojada de sentido de lo moral, es no solo ignorar estas problemáticas sino participar de manera velada o descarada en la perpetuación de estos males. Y aquí caben desde el narcotraficante, a quien nada le importa la vida de los demás; hasta los industriales y terratenientes que de manera histórica han causado mucho de lo que ellos mismos insisten en tratar de resolver con sus mentalidades de señores feudales medievales. ¿Y qué hay de nuestros gobernantes, cuyo papel tendría que ser clave para la resolución de todo esto? Sabemos bien que podrían caber en cualquiera de las categorías anteriores.

Yo prefiero y he elegido otras formas de convivir con este estado de injusticia e inequidad que hacen que, a pesar de todo, pueda todavía levantarme por las mañanas con ganas de seguir viviendo aquí, aun cuando cada amanecer nos traiga hechos dolorosos, frustrantes y dignos de reacciones viscerales, y cada paso por las calles nos muestre los rostros más diversos de la ignominia. Por esto continúo buscado espacios para la denuncia, el debate y el diálogo. Y por esto mismo sigo aliándome con personas de luchas valientes y admirables, que desde sus propios espacios de intervención no se dejan vencer por el desamparo. Elijo no cerrar los ojos a pesar del dolor y la furia. Y desde la cultura y la educación, que son lo mío, busco espacios de participación que me permiten dormir de manera digna por las noches, a pesar de que sé que mis aportes son mínimos.

Y no estoy sola. Cada vez que he asistido a una reunión del Consejo Editorial de la Cuerda, por mencionar algo, me he podido dar cuenta que son muchas las personas que están ahí afuera tratando de hacer cambios sustantivos. Cada vez que asisto a algún evento cultural, de los muchos a los que ahora tenemos acceso, mi compromiso con la vida —que incluye la vida de los otros— vuelve a renovarse. Hace algunos días, por ejemplo, mientras asistía a la función de la obra Irse al Norte, este proyecto teatral en torno a la migración de Arzténico Teatro Absurdo y Armadillo, en Quetzaltenango, rodeada de tantas personas que han hecho una apuesta por la participación y la reflexión, pensaba en que la opción por la verdad, por la justicia y por la paz es muchísimo más valiosa que cualquier otra.

Sí, somos muchos. Deberíamos ser más. Tenemos que ser más.

Son muchas las personas que están ahí afuera tratando de hacer cambios sustantivos.
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