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Para sobrevivir en Guatemala (I)
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Para sobrevivir en Guatemala (I)

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Irse a la cama cada noche sin sentirse totalmente frustrada, y continuar viviendo en un país como Guatemala, es a menudo una tarea difícil, a menudo frustrante.

Pero tengo la absoluta certeza de que para poder lograrlo es necesario ser parte de espacios de reflexión, diálogo y acción, que nos permitan pensar de manera crítica, soñar con cambios y participar de acciones concretas. Espacios en los que, por otro lado, es posible mirarse de frente y de manera transparente con personas que, al igual que una, no se conforman con el estado de las cosas ni negocian con la responsabilidad ciudadana. Espacios de rebeldía y resistencia.

Vivo en Quetzaltenango desde hace ya casi siete años y, durante ese tiempo, he aprendido a amar mi nuevo territorio y a enriquecer mi historia personal; pero también a detestar profundamente muchas cosas, las mismas que detestaría en cualquier lugar del planeta. Han sido siete años en los que las autoridades locales apenas han hecho algo por la contaminación ambiental, por los deslaves que causan terribles inundaciones, por aportar al mejoramiento de las condiciones de la población, por tantas cosas que podrían irse resolviendo de a poquitos, con un poco de voluntad política. La misma impunidad y corrupción que vemos en todo el país. El mismo horror frente a la violencia cotidiana, física o simbólica y, como todos en este país, podría contar muchas historias.

Y sin embargo, en estos mismos años he visto la manera en que muchas personas —sobre todo jóvenes— trabajan de manera persistente por crear y hacer sobrevivir proyectos valiosos. Algo que hace, de manera infalible, que pueda y desee respirar con alegría a pesar de todo. Hablo desde el terreno de la cultura, que es el mío.

Hace una semana, por ejemplo, dentro del marco de Foto 30, el proyecto Ciudad de la Imaginación inauguraba la exposición Interpelaciones; con un lleno completo, en una noche lluviosa en la que este evento se daba de manera paralela con la presentación de la película Distancia, de Sergio Ramírez, y radio Ati itinerante, hacía lo suyo en el centro cultural Los Chocoyos. Hacía un mes, más o menos, la ciudad se había llenado de poetas de diferentes países, gracias al Festival Internacional de Poesía, en su octava versión. Y hacía unos meses que la ciudad había sido la sede del Segundo Encuentro Latinoamericano del Teatro del Oprimido. Difícil no sentirse emocionada. Y es que tal vez el arte y la cultura no resuelvan los problemas estructurales del país —ojalá lo hicieran, pero tengo la convicción de que nos harán mejores personas, ciudadanos más conscientes, sensibles y reflexivos.

Pienso sobre todo en proyectos como el de Ciudad de la Imaginación que, entre otras cosas, busca “promover culturas emancipadoras y trascendentes política y espiritualmente, incentivando la formación de personas críticas, activas y apropiadas de saberes, a través de las manifestaciones del arte contemporáneo como forma de comunicación”. Suena bien pero no es solo discurso. Lo he comprobado en cada uno de los eventos que organiza, los cuales me hacen querer seguir tomando una parte activa en este esfuerzo que cada vez anima a más personas. Ciudad de la Imaginación lleva ya algunos años de organizar el Festival del Abzurdo, por ejemplo, que su versión más reciente trabajó alrededor del tema Violencia, soberanía y territorio.

Que no me vengan a decir entonces que la cultura y el arte no nos salvan y nos devuelven la dignidad que otros nos han quitado.

La cultura y el arte nos salvan y nos devuelven la dignidad que otros nos han quitado.
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