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Panzós en la memoria
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Opinión

Panzós en la memoria

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Esta semana se cumplieron 35 años de la masacre de Panzós y me pregunto qué ha sido de las tierras, los destinos y las realidades personales de los sobrevivientes; de las mujeres, hombres y niños que escucharon los disparos ese día y luego seguramente notaron que cosas horribles habían sucedido en el pueblo.

Las crónicas nos dicen que el 29 de mayo de 1978, durante el gobierno del general Kjell Eugenio Laugerud García, campesinos de varias comunidades se reunieron en el parque de Panzós. Ese día, el alcalde Walter Overdick García los iba a recibir para responder a sus demandas, relacionadas a los desalojos de sus tierras por parte de finqueros, autoridades locales, y militares a favor de la compañía Explotaciones Mineras de Izabal –EXMIBAL−, y la explotación minera de la empresa Transmetales S.A.  Según he podido leer en varias fuentes, otra de las amenazas eran los proyectos de explotación de petróleo por Exxon, Shenandoah y los contratos de Hispanoil y Getty Oil, al igual que la necesidad de expansión territorial de dos megaproyectos de esa época: la Franja Transversal del Norte y la hidroeléctrica Chixoy.

Cuando llegaron los campesinos, ya algunos soldados se encontraban en la puerta y otros en el tejado de la Municipalidad, en el tejado de la iglesia y encima del Salón Municipal. Aproximadamente a las 9:00 horas comenzaron a disparar a las personas del parque. Además de las armas que cada soldado tenía, se registró la existencia de tres metralletas ubicadas a las orillas del parque. Después de los hechos, el Ejército cerró el paso en las principales calles. Algunos sobrevivientes llegaron al Centro de Salud, que después fue rodeado por soldados. Los cadáveres fueron colocados por los soldados en el remolque de un camión de la Municipalidad, y con la ayuda de un tractor —presumiblemente de un vecino de la comunidad—, luego hicieron un hoyo cerca del cementerio y los tiraron allí, como si ninguno de ellos hubiera tenido nunca un nombre. Murieron aproximadamente 160 personas, no se procesó a nadie y, para el beneficio de unos pocos, muchas tierras fueron expropiadas.

La masacre de Panzós acabó de abrir mis ojos de adolescente a una realidad que no terminaba de entender, que dolía profundamente y que me marcó para siempre. Recuerdo con claridad y espanto los testimonios de algunos de los sobrevivientes que llegaron a una jornada de reflexión organizada por un grupo de colegios católicos. Sus rostros siguen estando conmigo.

El despojo de las tierras de los otros sigue siendo una práctica permanente en Guatemala, ya sea de manera forzada o aparentemente lícita, dentro de una supuesta legalidad en la que la dignidad de las personas y el respeto a formas de vida comunitaria no es tomada en cuenta. Paralelamente a esto, seguimos siendo testigos de estrategias  violentas de negociación y resolución de conflictos que no pueden dar como resultado sino la frustración y el resentimiento de muchos frente a la insensibilidad y el aprovechamiento de otros.

Muchos en este país siguen insistiendo en que debemos olvidar el pasado y concentrar nuestros esfuerzos en la construcción de un mejor futuro. Esta actitud demuestra una completa insensibilidad hacia las vidas de tantos guatemaltecos y guatemaltecas que han sido víctimas de las decisiones de los portadores de poderes gubernamentales y económicos en Guatemala. ¿Cómo olvidar el pasado, si no se han saldado cuentas ni se han curado heridas profundas?

El despojo de las tierras de los otros sigue siendo una práctica permanente en Guatemala, ya sea de manera forzada o aparentemente lícita, dentro de una supuesta legalidad en la que la dignidad de las personas y el respeto a formas de vida comunitaria no es tomada en cuenta.
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