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Trabajar y estudiar en La Terminal para no quedar fuera del sistema
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Trabajar y estudiar en La Terminal para no quedar fuera del sistema

El incendio destruyó por completo una de las tres escuelas de La Terminal.
Los niños estudian en jornadas de dos horas diarias. Ésta es la escuela antes de que la destruyera el incendio.
La estimulación psicosocial es importante para el desarrollo de los niños. La mayoría escribió que se sentía feliz, pero dos anunciaron que se sentían mal.
En cada ciclo escolar, los alumnos cursan dos grados a la vez: primero-segundo, tercero-cuarto y quinto-sexto.
En las escuelas del Estado, los niños mayores de diez años son considerados con "sobreedad" para cursar el primer grado de primaria.
La refacción de una de las niñas que asisten a la escuelita: tortillas con salchicha.
Los más pequeños también llegan a las escuela. Los recursos educativos son mínimos, pero el entusiasmo de estudiantes y maestros, es inmenso.
Sindi Paola: “Yo trabajo. Limpio mesas. Ayudo a pagar el cuarto donde vivimos con mis papás y mis hermanos”. Y estudia: “Quiero aprender a leer”, dice.
El contenido de los libros que utilizan en el programa fue hecho con base en la cotidianidad de los pequeños.
Los libros de texto están adaptados a la realidad de los niños que trabajan en La Terminal.
Ella es la mayor. Cuida a sus dos hermanos pequeños mientras sus padres trabajan. Los pequeños le acompañan a la escuela.
Contando. Los niños trabajadores de La Terminal aprenden a contar antes de ir a la escuela.
Perseverancia y compromiso. Quizá aún no hayan aprendido el significado de esas palabras en la escuela, para ya los aplican en su realidad.
Luego de estudiar ayuda a su mamá a vender juguetes usados.
Hacer mandados y repartir las tortillas, que hace y vende su mamá, son sus otras tareas luego de salir de la escuela.
Los niños de La Terminal se convierten en adultos con rapidez. No por algún acelerado crecimiento biológico, sino por las tempranas responsabilidades. Él vende y cuida a su hermana.
No hay tiempo para el recreo. Terminada la jornada escolar, empieza la laboral.
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Una de las tres escuelas que funcionan dentro del mercado de La Terminal desapareció tras el incendio que acabó con gran parte de ese lugar durante la última semana de marzo. Ese centro educativo, que atendía a 40 niños con sobreedad escolar, formaba parte del Programa Educativo del Niño y Niña Adolescente Trabajador (PENNAT). Educarse allí siempre ha sido distinto. Forma parte de otra realidad. Lo que había detrás de esa escuela quemada, no obstante, permanece: un sistema de enseñanza que funciona al margen de la cobertura del Estado, un retrato de la niñez trabajadora del mercado más grande de Guatemala. De niños excluidos que de otra forma no podrían estudiar.

En el mercado más grande de Guatemala, hay una escena casi invisible que sucede y se repite de  mañana en mañana, de lunes a viernes. Entre lo habitual de los autobuses, las ventas, los gritos, el humo, los bultos de un lado para otro, los comedores, los puestos improvisados, el licor, los bares, la prisa, los locales que albergan ventas de carne, verdura, granos y fruta, justo allí, en medio de todo ese bullicio, casi 150 niños –algunos hijos de vendedores, otros de muy escasos recursos, pero en su mayoría trabajadores– caminan entre los pasillos hacia tres lugares diferentes en el interior del mercado de La Terminal (El Granero, La Tomatera y El Techado). Son niños que, a esa hora de la mañana, se dirigen a estudiar en escuelas sui generis que funcionan en las entrañas de La Terminal.

En ese recorrido, estos niños son como siluetas entre los puestos del mercado, algo así como uno más entre la multitud, pequeños, invisibles, hasta que cada uno entra a su salón de clase. Hasta entonces parecen decir “existimos”, “estamos aquí”, dejando atrás por un instante la oleada de más de diez mil personas que recorren el mercado cada día.

Ése era el camino de Catalina, de 15 años, la mañana del 25 de marzo de 2014. Ella recorría, como de costumbre –pequeña, invisible–, su camino a La Terminal. Todos los días hacía eso, se perdía entre la multitud para al fin llegar a su clase y estudiar, quinto y sexto primaria, los dos años a la vez, como la última fase para graduarse de primaria como parte del Programa Educativo del Niño y Niña Adolescente Trabajador (PENNAT). Luego, al terminar su jornada, compraba frutas y verduras en el mercado y regresaba por las tardes a trabajar en otro mercado de la zona 1. Pero aquella mañana, cuando llegó a La Terminal, no pudo avanzar. “Cuando llegué, vi el humo, vi los bomberos, vi el mercado incendiándose. Lo primero que pensé fue en mi escuelita”, relató un día después.

El mercado techado de La Terminal se había quemado, casi en su totalidad. En su interior, entre los locales del segundo nivel, estaba el aula que atendía a 40 niños trabajadores del PENNAT. Era un lugar pequeño, donde cada día, la primera tarea del día era hacer un dibujo y cada niño expresaba cómo se sentía.

Semanas antes del incendio, las paredes en el aula de Catalina, decían “estoy feliz”, “hoy me siento contento”, “me siento triste”, “no comí”.

Daniela, la única niña que asistía con uniforme a su clase en el mercado techado, aquella mañana semanas antes del incendio, había escrito en la pared: “Me siento contenta”. Decía también que, a pesar de que en la escuela de La Terminal no le pedían usar uniforme, ella lo hacía para “no perder la costumbre”. Según sus amigas, María, Heidy y Flory, Daniela había estado en un orfanato, “le pegaban”. Daniela, con 14 años, llegó a esta escuela de PENNAT para terminar el quinto grado. “Mi abuela trabaja cerca. Ella dice que debo estudiar. Fuimos a un colegio pero me dijeron que con 14 ya no podía regresar a mi grado. Nunca creímos que crecer me dejaría fuera. Pero no me recibieron. Entonces a mí tía le contaron de una escuela en La Terminal, y aquí estoy, estudiando”.

En el incendio de La Terminal del pasado 25 de marzo desapareció por completo el aula de Daniela. En realidad, una de las tres escuelas de PENNAT que funcionaba en la Terminal fue consumida por las llamas. Las pérdidas fueron calculadas por las autoridades en unos Q80 mil. Por medio de un comunicado, los maestros de ese programa pedían ayuda: “Necesitamos recuperar 40 escritorios triangulares, 40 sillas, 3 estanterías, 20 computadoras…”, ahí también se impartía la clase de computación, a 150 que todavía estudian dentro del mercado. “Nos queda levantarnos, sacudirnos la ceniza”, dice Lenina García, directora de PENNAT. “Los niños que perdieron su aula estudiarán temporalmente en nuestros otros dos salones, en El Granero y en La Tomatera, en tanto empezamos a recuperarnos”.

La escuela acá nunca ha sido igual a una escuela convencional. La primaria dentro del mercado se divide en tres fases (primero/segundo, tercero/cuarto, quinto/sexto) de un año cada una. Un niño que asiste a La Terminal, por tanto, se gradúa del ciclo primario en tres años. En las primeras dos fases cada niño asiste solamente dos horas diarias a la escuela. La última fase necesita de cuatro horas de asistencia. Pero lo más importante son sus estudiantes: niños que trabajan; niños que no han podido continuar sus estudios porque el sistema oficial de educación los han rechazado por tener más edad que la requerida en cada grado; niños con otra realidad. Estudiar en el interior de La Terminal, de nuevo, resulta distinto a lo que ocurre en cualquier otra escuela primaria de Guatemala, en cualquier establecimiento con edificio propio, con aulas, con un patio central, donde los niños portan uniformes y pasan cinco horas diarias, en promedio, dentro de un salón.

En este mercado, en este gigantesco centro de negocios, hay factores importantes que hacen que estudiar sea necesariamente diferente. “Son niños que ayudan a sus familias, la pobreza no les deja otra opción. La mayoría se levanta muy temprano, y ya desde la madrugada están vendiendo o ayudando en algún local. Trabajan. Ayudan. Por esa razón, no logran terminar los grados de la escuela primaria oficial, y por necesidad, muchos de ellos se ven obligados a abandonar por completo los estudios”, explica García, mientras camina entre los pasillos del mercado.

PENNAT es el responsable de este tipo de enseñanza que funciona no únicamente en La Terminal, sino también en otros siete mercados del departamento de Guatemala: mercado Central, zona 1; mercado San Martín, zona 6; mercado del Guarda, zona 11; Centro Educativo de San Pedro Sacatepéquez, zona 4; Centro Educativo de Mixco, zona 1; Centro Educativo de San José Pinula, zona 1; Alianza con la Organización Refugio de la Niñez (Centros educativos Lazos de amor y Amor sin fronteras), zona 1.

El programa, financiado por Save the Children y la ONG alemana THD, ha contabilizado alrededor de cuatro mil niños que trabajan y sobreviven en La Terminal. En sus tres escuelas atiende a 150. Para 2014 esperan atender a 600.

 

Cuando la edad es un problema

En El Granero funciona una de las escuelas en las que, tras el incendio, Daniela y Catalina, estudiarán temporalmente. Alrededor hay cientos de puestos de banano y granos básicos, así como una carbonera. Hace calor bajo el derruido techo de cinc instalado a casi cinco metros de altura. El Granero en realidad es una especie de bodega gigante adecuada para que en su interior existan cientos de divisiones, de fragmentos, espacios que crean locales de cemento y de madera. Dentro de la estructura, en un espacio de unos 15 metros cuadrados funciona la escuela de este lugar. Es de mañana, y a esta hora unos 20 niños, de entre siete y 13 años, forman círculos con sus mesas de trabajo y se disponen a jugar con Play Doh artesanal, hecho con harina, agua, aceite y refresco en polvo. En medio de un vaho espeso y un ambiente de suciedad, se imparte el curso de primero y segundo primaria; dos grados a la vez. Es así como funciona el sistema de aprendizaje en las escuelas de La Terminal.

Semanas antes del incendio de La Terminal, en El Granero los niños están concentrados. Allí Héctor, de nueve años, explicaba que pasó más de dos años tratando de estudiar el primer grado en una escuela de la zona 18. “Entré de seis, pero no avanzaba”, dice. Su abuela, Corina de la Cruz, que se dedica a limpiar casas, dice que un día la maestra de la escuela oficial ya no quiso recibirlo, le explicaron que tenía una edad que sobrepasaba la ideal para aprender a escribir y leer, que no lograba enfocarse y mucho menos retener la información y sin más lo dieron por caso perdido. Le vaticinaron el fin de su carrera educativa. Ya no lo aceptaron. Héctor, en ese preciso momento en el que habla su abuela, lee algunos párrafos en un panfleto de publicidad. “Aquí sí está aprendiendo”, dice su abuela, con una sonrisa y con una mano dando palmaditas sobre su nieto.

Sindi Paola, de 13 años, se acerca para enseñar un dibujo. “¡Un dibujo!”, dice entusiasmada y extiende un cuaderno lleno de polvo. Allí ha construido la letra B con pequeñas bolas de papel pegadas con goma blanca, una bota ha sido dibujada para ilustrar de alguna manera, como un boceto, como un delicado garabato, la forma de esa letra. Ése es el dibujo. Con 13 años, éste es el primer año de su vida en que Sindi Paola cursa primero primaria. “Yo trabajo. Limpio mesas. Ayudo a pagar el cuarto donde vivimos con mis papás y mis hermanos”. Luego explica (suspira): “Quiero aprender a leer”.

Las escuelas de PENNAT de La Terminal empezaron hace 18 años. “Un grupo de estudiantes de pedagogía, entre ellos el profesor Jairo González, iba de puesto en puesto, enseñando a los hijos de los vendedores a leer y escribir. Era el año 1995”, explica Lenina García. El Ministerio de Educación (Mineduc), desde entonces, a través de la Dirección General de Educación Extraescolar (Digeex), acredita la primaria acelerada que se imparte en los mercados.

“La realidad de los niños de este lugar simplemente es distinta, incompatible de cierto modo con la propuesta que ofrece la educación oficial”, dice García. “Por eso inició PENNAT, como una opción cercana al contexto del mercado. Una alternativa de educación para niños, niñas y adolescentes que por sus condiciones económicas tienen que trabajar para poder sobrevivir. El factor más apremiante es que los niños no abandonen las escuelas. Pasa que cuando trabajan, no terminan los grados académicos, cumplen años y poco a poco el sistema los excluye. Se quedan sin leer ni escribir. Sin oportunidades”, agrega.

Unas semanas más tarde, en el Mineduc dirán que la edad ideal para cursar cada grado de primaria no tiene un criterio unificado. No hay quién dé una razón para decir que tal o cual niño, por su edad, no pueda ser admitido. Y sin embargo, el criterio de los maestros es que resulta difícil enseñar a leer y escribir a un niño con sobreedad, es decir, que tiene mayor edad de la que puedan tener sus compañeros. Así lo esboza Patricia Rubio, actual directora de la Digeex, esa entidad que respalda la educación en los mercados, aunque no sean parte del Estado. “Es importante aclarar que la Digeex no atiende niños”, dice de entrada. “La Digeex atiende sobreedad. Atendemos sobre todo adultos. Nuestros programas –Educación para Adultos por Correspondencia (PEAC) y Núcleos Familiares Educativos para el Desarrollo (NUFED)- están enfocados a personas que se han quedado, a causa de la pobreza, del desplazamiento, rezagadas en sus estudios. Atendemos a partir de los 13 años”, dice Rubio.

El Estado no tiene ninguna opción para evitar que los niños se queden atrás al sobrepasar los 13 años, la edad normal de cada grado. De hecho, el Mineduc espera a que superen esa edad para atenderlos, para proveer programas de atención y mediante una primaria acelerada intentar recuperarlos. Asisten adultos, también algunos adolescentes. La Digeex ofrece una primaria en dos fases, toda la primaria en dos años, pero un niño muy pequeño, rezagado, sin haber cumplido los 13 años, no puede acceder a ello. “Ése es nuestro mandato legal. Es así para no reñir con la normativa escolar que cubre edades de seis a 12 años”, sostiene Rubio. Mientras tanto, cientos de niños de nueve a 12 años quedan en un limbo en dado caso el criterio de un maestro o el de una escuela es decirles que “lo sienten”, “que los perdonen”, “que disculpen”  pero que no pueden cursar primer grado si ya son “demasiado grandes”. Fue el caso de Héctor, que tras el rechazo del sistema oficial, entró a estudiar en La Terminal, en la escuela del PENNAT. En la práctica, fue la única opción que le quedaba. Fue cuando ya nadie apostaba por su futuro. Rubio agrega que a pesar de la edad, es una obligación de las escuelas dar el servicio de primaria, pero que entiende que son pocos los maestros que quieren lidiar con un niño de diez o más años en sus clases de primer año. Al parecer crean distorsiones. Distorsiones estadísticas, éticas, psicológicas.

 

Un sistema que suma y resta

¿En qué momento la pedagogía estableció los grados de aprendizaje por edad, en el sentido de que un niño con una de sobreedad de dos años, podría quedar excluido del sistema educativo de primaria? ¿Cómo entender los criterios que fueron tomados?

Félix Alvarado, especialista en educación, dice que es muy probable que los orígenes de establecer edades en cada grado de primaria, al igual que la educación escolarizada en general, está en las demandas de la producción industrial en la primera mitad del siglo XIX. “Debían aprender lo mínimo a tiempo para insertarse en la fábrica alrededor de los 10-12 años, si bien les iba”.

En la Digeex no tienen una respuesta concreta. Admiten, a pesar de que será la población que les tocará atender, que no hay un criterio para ello.

 La tasa de extraedad (porcentaje de alumnos con un atraso de dos o más años por encima de la edad correspondiente) que maneja el Mineduc habla de algunos cuantos que corrieron con suerte: a nivel primario, la cifra de niños con más edad que la de sus compañeros se ha mantenido estable: alrededor del 22 % en los últimos años. Sólo en 2009, algo extraño sucedió en las escuelas de primaria: la población de niños con sobreedad que fueron atendidos en las aulas de primaria aumentó a más de la mitad más uno, al 51,69 %. Ese pico repentino lo analiza Enrique Maldonado, economista del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi). “La cobertura a nivel primario aumentó, la atención a más niños creció, pero ése fue el año en que se implementaron las transferencias condicionadas. El error de estos programas fue que no hubo una estrategia pedagógica que diferenciara a los niños en extrema pobreza que nunca habían ingresado a la escuela de los niños que asistían normalmente a la escuela. Se distorsionaron así los indicadores de eficiencia interna y se atendió a más niños con sobreedad del nivel primario”. A partir de ese año, la deserción en primero primaria ha sido masiva. “Para 2009 en primero primaria se atendió a 624,359 niños; 567,830 en 2010; 530,976 en 2011, y 480,039 en 2012; es decir en un lapso de cuatro años se expulsó del sistema educativo nacional a casi 150 mil alumnos, sólo en primer grado de primaria”.

–¿Cuáles son las causas generales de los niños con sobreedad?

–Primero, los malos maestros en el primer grado. Cuando una escuela recibe a un maestro nuevo, sin experiencia, de entrada los otros maestros confabulan para que le toque dar el grado de primero primaria. Y segundo, la cobertura de preprimaria que brinda el Estado. En los últimos años no se ha logrado dar cobertura a más del 50 % de niños de entre cuatro y seis años. Los niños entran a estudiar primero primaria sin una preparación previa.

–¿Por qué desertaron tantos alumnos tras las transferencias condicionadas?

–No encontraron lo que buscaban. Los niños no encontraron ni maestros que hablaran en su idioma ni libros en su idioma, tampoco útiles, escritorios, menos alimentación y escuelas. No haber fortalecido la oferta pública antes fue uno de los errores de la implementación del programa de transferencias condicionadas– responde Maldonado.

En tal sentido, el Sistema Educativo a niveles de primaria y párvulos, parece una enorme paradoja de sumas y restas. De tasas que crecen pero que pronto disminuyen. Un entramado que resta oportunidades para seguir en la escuela si los niños suman años, y repiten varias veces un grado. O suma desertores en dado caso el acceso a la educación de cada nivel educativo se reduce. En 2009, la cobertura del nivel primario en Guatemala llegó al 98,7 %; en 2012, según cifras del Mineduc, bajó a 85,1 %. En medio de las sumas y las restas, de los niños que abandonan la escuela, de otros tantos que sobrepasan la edad para estudiar, en los entresijos de la paradoja del sistema, entre los porcentajes, en los índices del trabajo infantil, PENNAT funciona en los mercados. La mayoría de los excluidos, del residuo de las sumas y las restas, representan parte de su encargo.

 

El niño trabajador    

La Tomatera, el área destinada a la venta de tomates por mayor, por antigüedad es quizás una de las secciones más emblemáticas de La Terminal. Desde este lugar, la resistencia de los vendedores a cualquier intervención de la Municipalidad ha sido férrea e incansable. Desde allí se han organizado. Es el frente más formal que tiene la informalidad. Es aguerrido. En el interior de La Tomatera, no obstante, los vendedores le han cedido un espacio a PENNAT. Es el salón de reuniones de los vendedores, pero de lunes a viernes funciona como escuela. La población de estudiantes acá asciende a 60. Fue uno de los lugares que quedó intacto tras el incendio. Allí se imparte la segunda fase, tercero y cuarto primaria.

A las diez de la mañana, los niños cantan una canción. Se escuchan sus voces desde fuera. “Cuando vienen muy cargados de energía hay que bajarles un poco las baterías. Lo hacemos cantando”, dice la maestra Jenny Chocochic. A su alrededor, hay niños que tienen tinta de zapatos en sus manos, otros que dicen vender chicles en el mercado, una niña que vende atol, y un niño que ayuda a su madre a repartir tortillas en los pasillos de La Terminal. Las edades oscilan entre los nueve y 14 años. “Si fuera más de dos horas la escuela no me daría tiempo de estudiar”, dice Mateo que ayuda a su familia en un puesto del mercado. “Yo voy a pasar a quinto pronto”, agrega.

La mayoría de ellos trabajan en los alrededores, allí también duermen y estudian. El mercado, tras hablar con los niños, es el mundo, el universo de repente. Hay historias duras, de alcoholismo, de padres separados, de familias que han tenido que viajar a la capital y alquilar un cuarto pequeño para sobrevivir hacinados. “Un día vimos un muerto”, dice Gerson (9), “le habían disparado. Era un ladrón. Le habían dado en la cabeza”. Cerca de allí, Lucía (7) y Jocelyn (8), dos niñas que fueron abandonadas por su madre en casa de María Gaspar, su abuela, hacen sus tareas de la escuela al lado de un autobús y cerca del puesto de tortillas donde ayudan a su abuela. “Yo las cuido como si fueran mis hijas, mis muchachitas”, bufa Zacarías, detrás de ellas, ebrio, asoleado, que dice dedicarse a lo que sea en el mercado. Las niñas lo ven con normalidad, no con miedo, sólo normalidad. La maestra Jenny dice: “Ya vienen con otra mentalidad. Conocen mucha de la maldad del mundo. Conocen de sexualidad, de abuso, de muerte. Entran a estudiar con un montón de conocimiento y saberes previos. Nosotros sólo adecuamos la educación a este entorno”.

“Muchos de ellos, por el trabajo, están acostumbrados a no bailar, a no pensar, a no decidir. Nosotros vemos como un logro, por ejemplo cuando pueden bailar o cantar. Nuestro primer objetivo es devolver esa magia de poder soñar. Y luego establecer una ruta básica para que ellos puedan llegar a eso”, dice Lenina García.

 

Cuestionar la realidad

Según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) del 2011, existen 850,937 niños y niñas que trabajan en Guatemala, comprendidos entre los siete y los 17 años. El 60 % de la niñez trabajadora es menor de 14 años. Y se calcula que el 20% del Producto Interno Bruto del país es producido por ellos.

“Para la OIT, el trabajo infantil es un flagelo que tiene que ser castigado rotundamente, atendido sin contrastes. El enfoque de UNICEF, por otro lado, o de los organismos en protección de la niñez han invertido este proceso. Han establecido que para prevenir o erradicar el trabajo infantil primero hay que invertir en educación”, explica García.

–¿Se le dice a un niño que puede dejar de trabajar?

–Nuestro modelo va más enfocado a que los niños y niñas empiecen a cuestionar su propia realidad. Que empiecen a ser sujetos de su realidad y no objetos de ella. Si trabajan, que ellos sepan que ese trabajo es digno y que no van a permitir que nadie les explote sus derechos ni los abuse. Se trata de plantar esta semilla. Este niño va seguir estudiando, va seguir formándose, y en algún punto va a romper el ciclo–, dice García.

En la Digeex, Estela Tavico, jefe del Departamento de la Modalidad de Educación a Distancia, es enfática en decir que al avalar un programa como PENNAT, el Mineduc no respalda el trabajo infantil. No en sus peores formas. “Reconocemos el valor del trabajo. No podemos negar esa realidad. Sabemos que estos niños, antes de desayunar, ya vendieron medio ciento de jocote, o una caja de chicles, o ya hicieron cinco quetzales de tortilla. Es un trabajo. Nuestra labor, sin embargo, es proveer un servicio educativo. Reconocemos el valor del trabajo. Pero sobre todo respaldamos que haya una opción en medio de todas esas dificultades”.

Por mandato legal, el Mineduc no puede avalar instituciones como PENNAT directamente. Ese tipo de educación, con esas características, no corresponde a su base legal. “Por suerte estamos nosotros, la Digeex, que al ser un subsistema de la educación desde lo extraescolar, con otras características, con otros fines, con otros objetivos, con otra naturaleza, sí podemos acercamos y decir: ‘Sí, es posible respaldarlas’. El respaldo se establece mediante un acuerdo ministerial, como solvencia legal, para atender a esta población”, señala Tavico.

Los resultados de éxito de estos programas, para el Mineduc, no son medibles. Tampoco llevan estadísticas de los programas para adultos y para los chicos de más de 13 años, de la Digeex. Wendy Rodríguez, subdirectora de educación de proyectos educativos, lo expone así: “Dentro de los dos subsistemas educativos, tanto escolar como extraescolar, existe una unidad que precisamente se encarga de la evaluación y la investigación educativa. Se ha caracterizado por evaluar matemática y lenguaje. Éste es un indicador clave para evaluar qué tan bien salen. Sin embargo, nuestros programas, que se caracterizan por atender la sobreedad de primaria acelerada, y básico acelerado, tienen otra característica: no son escolarizados desde la concepción de horario ni de calendarios. Esto tiene una implicación estadística, los ritmos se hacen durante todo el año. No hay inicio ni finalización. En el 2013 se atendieron a 72,098 personas”.

En esa cifra, entre adultos y niños con más de 13 años, también fueron incluidos los niños trabajadores de La Terminal.

En PENNAT cuentan que algunos de sus estudiantes egresados, “regresan a enseñar”. Algunos se han graduado de peritos contadores, de bachilleres, de maestros. García dice que se enseña a criticar el rol de cada individuo en la sociedad, también la equidad de género. “Hace un año -recuerda- el primero de mayo, Día del Trabajo, que celebramos con los niños trabajadores, ellos iban vestidos de lo que quieren ser de grandes. Había maestros, secretarias, abogados, contadores. Querían dedicarse a profesiones bien interesantes, ya no sólo vendedores”.

-¿El aspecto de la opción laboral, más allá del mercado, se les amplia?

-Es romper el ciclo del trabajo infantil. Es como devolverles un sueño.

Es una forma de que los niños trabajadores de La Terminal no queden fuera mientras crecen.   

Aquella mañana, cuando Catalina llegó a su escuela de La Terminal, no pudo avanzar. “Cuando llegué, vi el humo, vi los bomberos, vi el mercado incendiándose. Lo primero que pensé fue en mi escuelita”.
Daniela, de 14 años, llegó a una de las escuelas de PENNAT en La Terminal, para terminar el quinto grado. “Mi abuela trabaja cerca. Ella dice que debo estudiar. Fuimos a un colegio pero me dijeron que con 14 ya no podía regresar a mi grado. Nunca creímos que crecer me dejaría fuera".
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