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El Grupo de ahorro de las mujeres de San Juan Chamelco Alta Verapaz. Archivo Codemav

Ahorrar y prestarse entre sí, la alternativa de apoyo económico para mujeres en Alta Verapaz

Si bien la microfinanciación no resuelve por sí sola la pobreza, el sistema de ahorro comunal permite mejorar el acceso a efectivo entre quienes participan en estos grupos
Esto se percibe como falta de autonomía económica y se hace evidente la diferencia entre géneros
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Ahorrar y prestarse entre sí, la alternativa de apoyo económico para mujeres en Alta Verapaz

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• Si bien la microfinanciación no resuelve por sí sola la pobreza, el sistema de ahorro comunal permite mejorar el acceso a efectivo entre quienes participan en grupos de ahorro en Alta Verapaz. Esto se convierte en una alternativa a la banca tradicional.
• Cada semana más de 10,000 mujeres, al igual que Carmela, se movilizan en siete municipios de Alta Verapaz para reunirse en grupos de hasta 50 mujeres, para aportar dinero en concepto de ahorro dirigido a un fondo común, que puede ser usado para préstamos de efectivo entre sí.
• La estructura organizacional de los grupos de ahorro comunitario de mujeres es sencilla: una presidenta, una tesorera y una secretaria, todas electas por votación.
• El fondo del grupo se forma con los ahorros, los intereses recaudados, las multas cobradas a quienes no pagan a tiempo. Esto, con los intereses y los aportes mensuales más otros cobros, hacen que el fondo crezca.
• El Observatorio de igualdad de género de América Latina y el Caribe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), expone que el 31.8 % de las mujeres no poseen ingresos propios, más del doble de los hombres que se encuentran en esta situación (12.6 %). «Al menos tres de cada 10 latinoamericanas no participan en el mercado laboral, no tienen propiedades o activos a su nombre, y no reciben pensión alimenticia, jubilación ni ninguna transferencia del Estado o de sus familiares». Esto se percibe como falta de autonomía económica y se hace evidente la diferencia entre géneros.
• Para algunas mujeres, cumplir los requisitos que pide un banco para conseguir efectivo, pueden resultar inalcanzables. Los grupos de ahorro proveen una solución para disponer de efectivo de forma casi inmediata para resolver algunas cuestiones cotidianas.

Es miércoles por la mañana y Carmela Gualib, una mujer de origen maya poqomchi, camina hacia la casa de Claudia Max, en la aldea Chitul en Santa Cruz Verapaz. Ahí se encuentra la sede del grupo comunitario de ahorro y préstamo donde Carmela es presidenta. Este es uno de los cientos de grupos que involucran una dinámica económica alternativa, social y solidaria entre mujeres, en el departamento de Alta Verapaz.

Cada semana más de 10,000 mujeres, al igual que Carmela, se movilizan en siete municipios de Alta Verapaz para reunirse en grupos de hasta 50 mujeres, para aportar dinero en concepto de ahorro dirigido a un fondo común, que puede ser usado para préstamos de efectivo entre sí,  sin mayores requisitos. Solo es necesario pertenecer o ser conocida por la comunidad y tener ciertas cualidades personales para ingresar a estos grupos.

«Estamos fuertes porque se va identificando que somos de Codemav (Coordinadora de Organizaciones de Mujeres de Alta Verapaz)», explica Carmelina Chocooj, quien además es socia de los grupos de ahorro desde hace diez años.

La estructura organizacional de los grupos de ahorro comunitario de mujeres es sencilla: una presidenta, una tesorera y una secretaria, todas electas por votación. En algunos grupos también hay un ama de llaves. Ellas conforman la mesa directiva, administran el dinero y la caja de un máximo de 50 asociadas, dependiendo del grupo y comunidad. Cada asociada se identifica con una libreta en la que se anota la cantidad que se quiere ahorrar durante la semana o bien, la cantidad de efectivo que toman en préstamo, siempre y cuando sea proporcional al capital ahorrado (en la mayoría de grupos, deben tener ahorrada al menos la mitad de la cantidad que se desee prestar).

Los créditos o microcréditos funcionan de dos formas; la primera desde el concepto de caja chica, donde cada socia aporta un mínimo de cinco quetzales para esta y 25 quetzales para ahorro, cantidad que permite prestar rotativamente en cantidades pequeñas, según se recaude ese día, a quienes lo necesiten en ese momento y bajo responsabilidad de devolverlo íntegramente durante las próximas dos semanas, más un porcentaje del cinco por ciento. Este porcentaje  será dividido entre las socias al final de cada ciclo. Los ciclos pueden durar de seis a nueve meses e incluso, hasta un año, según acuerden.

Otra forma de obtener un microcrédito de mayor cantidad es desde el fondo de ahorro fijo, pudiendo prestarse por turnos un monto de hasta 5,000 quetzales, si su ahorro lo permite, a una tasa de cinco por ciento de interés sobre el capital adeudado.

El fondo del grupo se forma con los ahorros, los intereses recaudados, las multas cobradas a quienes no pagan a tiempo. Esto, con los intereses y los aportes mensuales más otros cobros, hacen que el fondo crezca.

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El microcrédito es un concepto desarrollado  por el economista bangladesí Muhammad Yunnus, quien tras la hambruna que azotó a Bangladesh en 1974, decidiera ayudar mediante un proyecto de investigación a unos campesinos que vivían cerca de la zona universitaria, dándoles un préstamo sin requisito alguno, más que concentrarse en su trabajo y devolverlo cuando pudieran. Al convivir con ellos, se dio cuenta de que muchas personas no podían optar a créditos u ofrecer garantía alguna por ellos.

El éxito del proyecto le llevó en 1976 a fundar el Banco Grameen, que hacía accesibles los créditos, volviéndose sus principales accionistas las mujeres pobres de las zonas rurales de Bangladesh. Este se volvió un banco independiente, y Yunnus recibió el Premio Nobel de la Paz. El Banco Grameen se fundó en el principio de que los préstamos son mejores que la caridad, manteniendo dos premisas básicas. La primera, el crédito es un derecho humano. La segunda, los pobres son los que saben cómo mejorar su situación.

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Si bien la microfinanciación no resuelve por sí sola la pobreza, el sistema de ahorro comunal permite mejorar el acceso a efectivo entre quienes participan en estos grupos y se convierten en una alternativa a la banca tradicional.

Inequidad, ingresos y género

En Guatemala, se estima que para 2022 la proyección de habitantes sea de 17.4 millones de personas, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). En 2021 habitaban en el país un total de 8.7 millones de mujeres, siendo ellas el 51 % de la población general. Más de la mitad de la población femenina está comprendida en edades de 0 a 24 años.

Según el último Informe de Desarrollo Humano (INDH) presentado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en julio de 2022,  el país se encuentra en una desaceleración de desarrollo humano desde  2015, con índices de desigualdad por debajo de los promedios latinoamericanos. En este contexto, apunta el informe, las tareas de asistencia y cuidados, es decir el trabajo no pagado que realizan las mujeres, aumentó para más de la mitad de mujeres en el país.

Una petición del presidente Alejandro Giammattei alteró la publicación y el contenido del documento original de ese informe, según este reportaje de Plaza Pública. Esto indicaría que las condiciones de vida en Guatemala en realidad son aún más precarias. Las inequidades, detalla el informe, son «de larga data» y «afectan particularmente a las mujeres, a las poblaciones indígenas y a las personas con menores ingresos».

El Banco Mundial asegura que «con una población de 17 millones y un PIB de US$77,600 millones (2020), «Guatemala es la economía más grande de Centroamérica y un país de ingreso medio alto», medido por su PIB per cápita (US$4,603 en 2020). Pero la distribución de ingresos es asimétrica y además existen diferencias marcadas por el género. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) estima que el número de personas en situación de pobreza en Guatemala se habría incrementado en tres puntos porcentuales en 2020 a causa de la pandemia.

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Según PNUD, Guatemala es el país con mayor desigualdad de género en la región. Esto se evidencia no solo en la cantidad de ingresos y en su participación laboral, sino además en el número de embarazos en niñas y adolescentes y en su participación política.

Alta Verapaz se sitúa como el tercer departamento más habitado de Guatemala, la mayoría de sus habitantes viven en las condiciones más severas de pobreza extrema en el país, principalmente en el área rural.  La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi)  de 2014,  mostraba que este es el departamento con mayor pobreza multidimensional en el país,  83.1 % de su población vivía en esta condición.

Ahorro y préstamos en contextos rurales

Carmelina Chocooj habla de su casa y de los cambios que ha podido hacer en ella mientras hace memoria  observando los  árboles, cielo, pájaros, plantas y flores del lugar en que se encuentra sentada sorbiendo su refresco natural.

Los ambientes de su casa han tenido cambios en los últimos años. «Como socia he podido construir un complemento de una casa, otro año la cocina, cambié de madera a block, el siguiente año un tanque de agua y una pila, año con año lo hemos implementado y hecho bastante en la salud, ya sé cuánto voy a recibir, entonces planifico», dice.

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El Observatorio de igualdad de género de América Latina y el Caribe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), expone que el 31.8 % de las mujeres no poseen ingresos propios, más del doble de los hombres que se encuentran en esta situación (12.6 %). «Al menos tres de cada 10 latinoamericanas no participan en el mercado laboral, no tienen propiedades o activos a su nombre, y no reciben pensión alimenticia, jubilación ni ninguna transferencia del Estado o de sus familiares». Esto se percibe como falta de autonomía económica y se hace evidente la diferencia entre géneros.

Existen grupos de ahorro en parte del territorio maya q'eqchi y poqomchí en siete municipios: Cobán, San Juan Chamelco, San Pedro Carchá, Lanquín, Chisec, Santa Cruz Verapaz y recientemente en San Cristóbal Verapaz, además de algunos grupos que han funcionado en Baja Verapaz, Sololá, Petén, entre otros. Los hay en las comunidades rurales y urbanas.

Carmelina cuenta que estos grupos se originaron en el departamento hace más de diez años. Recuerda que  hubo proyectos similares en Baja Verapaz y Sololá.

En 2010, después de finalizado el proyecto original, Carmelina junto a otras seis mujeres, decidieron continuar con la idea de los grupos desde el respaldo de la Codemav. Existen otros grupos organizados que no pertenecen a esta coordinadora.

«Hace dos años conformamos un grupo solo de familia. Como vimos que vino la pandemia, empezamos, porque la mayoría de las personas teníamos necesidad, ya que mi suegra estaba en uno de los grupos que se cerraron», cuenta Claudia Max, quien es secretaria de un grupo. Claudia tiene 35 años y vive en la aldea Chitul, que se encuentra a 12 kilómetros de distancia de la cabecera de Alta Verapaz.

Algunos grupos cesaron tras las restricciones por la pandemia de COVID-19 en  2020. Chitul es uno de los lugares con mayor densidad poblacional y territorial del municipio de Santa Cruz Verapaz.

«Las mujeres han sacado préstamos para comprar maíz y frijol, cosechan y se van al mercado. Lo que más genera en la economía de aquí es el cultivo», comenta Claudia mientras se apresura a marcar números en su calculadora y anotar lo correspondiente al día,  en el libro de control, sobre la mesa alrededor de la que se reúnen cada semana.  

La Secretaría Presidencial de la Mujer (Seprem) en su Agenda estratégica de empoderamiento económico de las mujeres, indicaba que de cada diez créditos otorgados por el sistema bancario, cuatro se habían destinado a atender las necesidades de las mujeres:  «lo que evidencia ciertas desigualdades respecto de los hombres, las cuales se profundizan al considerar que los montos han sido menores y otorgados a un costo mayor».

Para estas mujeres, cumplir los requisitos que pide un banco para conseguir efectivo, pueden resultar inalcanzables. Muchas no tienen propiedades que puedan dejar en garantía, ni salarios que avalen su solicitud. Los grupos de ahorro proveen una solución para disponer de efectivo de forma casi inmediata para resolver cuestiones cotidianas.

«Cuando tenemos una necesidad o una emergencia solo lo pedimos y nos dan, en cambio en un banco cómo cuesta que salga», dice Claudia y continúa: «en el grupo solo se cobra cinco por ciento (mensual). Y si tardamos un día en pagar se cobran 20 quetzales, en un banco son 50 diarios».

En la banca tradicional, una de las tasas de interés para créditos más bajas es la del sistema de cooperativas. Estas rondan alrededor del 21 % anual para negocio, 19 %  para préstamos sin fiador y una opción similar a la de los grupos comunales cobra el 8.75 % anual pidiendo una base de ahorro que cubra hasta el 90 % del crédito solicitado.  

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«Yo me enteré por una señora. Me comentó que el ahorro es algo que debemos de promover. Me preguntó si yo quería y le dije que está bien porque realmente es algo que le ayuda a uno. A algunas que tienen negocio les ayuda para invertir y luego sacar ganancia. A mí me ha ayudado a cubrir algunos gastos», dice Arla Winter, quien con 24 años de edad es la tesorera de uno de los grupos en Chitul.

De acuerdo con esta dinámica, los grupos funcionan solo desde el concepto de ahorro y préstamo, sin embargo, en otros municipios las mujeres tomaron la idea y la adaptaron a su contexto, trabajando en los grupos desde cuatro ejes coordinados: ahorro y préstamo comunitario, agroecología, producción y transformación de excedentes.

Tierra y producción a partir del ahorro: integrando la agroecología

Fueron los municipios de Cobán, San Juan Chamelco y San Pedro Carchá quienes iniciaron en 2010, al proponerse comprar solo lo necesario, atendiendo a la idea de ahorrar. En lugar de comprar productos procesados que venían de fuera de la comunidad, como condimentos y sopas instantáneas, ahorraban.

«Iniciaron juntando de quetzal en quetzal, las mujeres se dieron cuenta que ya tenían dos, 15… porque dejaron de comprar sopas, condimentos y lo que viene de fuera. Ahí iniciamos la concientización en el uso de la tierra y agroecología, y la producción de alimentos necesarios para luego la transformación», explica Carmelina. «Del ahorro viene la agroecología, luego la producción y luego la transformación para vender en los mercados comunitarios», dice.

Según el Informe del Banco Mundial sobre Desarrollo en 2012, las diferencias de género en el acceso a la tierra y el crédito afectan la capacidad relativa para invertir, funcionar a escala adecuada y beneficiarse de nuevas oportunidades económicas. Es decir, si los créditos son más difíciles de conseguir para las mujeres, sus oportunidades para invertir continuarán siendo limitadas.

María Chub Chub, de 49 años de edad, vive en el Caserío Tzunutz en San Pedro Carchá, uno de los municipios más extensos y poblados del país.

Ella dirige un grupo de 20 personas en su casa y se encarga de organizar otros tres de hasta 30 y 40 personas en comunidades cercanas.  María cuenta que lleva casi once años dentro de los grupos de ahorro. «Estoy alegre en mi lugar. Una amiga de la comunidad cercana me dijo: “poné un tu grupo, te voy a enseñar cómo manejarlo”, nos llamaron para recibir capacitación y charlas, ahora soy voluntaria del ahorro y doy consejos para que se manejen bien los grupos».

En  el caserío Tzunutz hay alrededor de veinte grupos conformados.

El grupo de María es uno de los que recién han implementado la agroecología con la enseñanza de la siembra. Y mientras camina hacia su terreno para mostrarlo, cuenta: «empezamos este año con las ventas en nuestros grupos, después hicimos las hortalizas y ahora vendemos cilantro, después va a salir repollo y zanahoria»

María continúa hablando mientras acaricia las hojas de zanahoria y huele el cilantro, cuenta cómo explica a las integrantes de los grupos de ahorro que planifiquen a qué destinarán el dinero prestado. «Les explico: “busquen qué van a comprar con el dinero que están prestando, si van a construir casa o comprar pollos, o  a vender o van a hacer hortaliza para que abunde el dinero que van a prestar en el grupo”, eso platico con ellas, no solo es prestar y prestar», dice. Por su parte, lo que ahora se siembra en el terreno al lado de casa de María lo utilizan principalmente para consumo propio.

De acuerdo a las cifras recabadas sobre empoderamiento económico por ONU Mujeres en su página oficial, las mujeres agricultoras controlan menos tierra que los hombres y además tienen un acceso limitado a los insumos, las semillas, el crédito y los servicios de extensión.

Los grupos de ahorro acercan la posibilidad de disponer de efectivo y quizá emprender una siembra o un micro negocio. La dinámica comunitaria refuerza el apoyo mutuo y solidaridad, al margen de la banca tradicional.

La solidaridad en los grupos formados por mujeres

Las entrevistadas coinciden en que los grupos están formados solo por mujeres, porque ellas tienen más tiempo para ir a las reuniones, pues los hombres salen a trabajar.

«Pienso que las mujeres tienen claridad de “ah, yo quiero prestar dinero para esto” y ya saben  para qué, los hombres dicen “tal vez voy a prestar para esto” y es mejor que si no están seguros no se lleven el dinero. Es diferente cómo lo ven las mujeres», explica Carmelina.

 «El grupo de aquí en mi casa lo conforman tres o cuatro hombres conmigo, todos somos capaces de manejar la economía depende uno cómo lo va ahorrando, así como lo manejo yo,  ahorra mi esposo y también yo, entre los dos nos ayudamos. Las mujeres tenemos más tiempo y ellos trabajan más», añade Claudia.

«Esta metodología de préstamos y ahorro comunitario, tiene su origen en Malí, en África, iniciaron únicamente con mujeres y contemplaba ahorro y préstamo comunitario, mientras que ya en Alta Verapaz, tomamos la idea y la adaptamos a nuestro contexto, incluyéndose después la producción, transformación y venta de los alimentos», explica Carmelina.

Los grupos de mujeres que se dedican al ahorro y préstamo comunitario como son llamados en Guatemala, al igual que las prácticas de ahorro rotativo nombradas tontines en otras partes del mundo, además de los beneficios económicos también implican otros, como el mejoramiento de las relaciones sociales. El apoyo mutuo surge entre las integrantes cuando alguna se encuentra en problemas, sean financieros o de otra índole, ya que el grupo se convierte en un espacio seguro que también implica confianza y contacto directo entre familiares, amigas o vecinas, que refuerzan la organización comunitaria.

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«Es diferente porque cuando uno no sale es ahí un encierro y uno se desespera, en cambio cuando uno sale se despeja un poco la mente y así, dejar un poco el oficio y el estrés» dice Olga, refiriéndose a los encuentros del grupo de mujeres.

Incumplimiento de pago y otras dificultades

Según cuentan las mujeres dentro del grupo de Claudia en Chitul, hasta hoy no ha habido incumplimiento de pago, excepto por una vez.

«Una vez una señora vino, se presentó, dijo que quería estar en nuestro grupo, nosotros pensamos que era buena paga. Ella quería todo el dinero que estaba en la mesa, eran como 5,000 quetzales lo que habíamos juntado. Entonces la presidenta dijo “no, porque no tiene mucho ahorrado entonces démosle 1,000”» El grupo concedió el préstamo pero solo recibió el pago de dos meses de intereses.

«Desapareció e incluso fuimos a su casa y no nos contestó,  ya no vino a pagar. Luego ella nos maltrató pero se fue a vivir a otro lado», cuenta Claudia.

La forma en la que actúan cuando ocurre este tipo de casos es hacer un plan de pago. «Se le da una posibilidad en el grupo y se le considera porque pudo haber enfermado ella o alguien de su familia». El acuerdo de pago puede ser mensual o quincenal. Si no se logra un acuerdo, se acude al Comité Comunitario de Desarrollo (Cocode) y se resuelve durante la asamblea de la comunidad cuándo y cómo se debe pagar.

«Si ella no acepta (la deudora) y se molesta, los Cocodes levantan acta y se envía al juzgado para resolver por la vía judicial y pese a que por deuda no hay prisión, se les hace el llamado de atención», explica Carmelina.

Si bien, los requisitos para optar a un microcrédito no son enteramente formales, se requiere de cualidades personales como la honradez, responsabilidad y puntualidad, pues los grupos funcionan desde la confianza y el valor de la palabra dada.

«Requisitos no nos piden, pero decimos que hay que ser responsables y venir puntual a los pagos. Se basa en la confianza», cuenta Olga.

 «Una persona que quiere entrar al grupo debe ser honrada, puntual y con deseo de superarse porque para ahorrar uno tiene que ver cómo y en qué va invertir su dinero,  porque hay algunas que ahorran pero no saben ahorrar, solo sacan y sacan préstamo y a la mera hora no pueden pagar», añade Claudia.

«Al aceptar a alguien en el grupo, vemos que no sea muy delicada o problemática. La secretaria tiene que saber leer y escribir, la tesorera y presidenta no necesariamente, pero muchas jóvenes ya saben», explica.

En el grupo se cobra una multa de dos quetzales por no asistir a las reuniones sin antes avisar o por no ahorrar nada durante la semana. Ese dinero va al fondo común.

Arla, la tesorera del grupo de Chitul, explica que una de las dificultades que encuentran es que ante una emergencia a veces no logran un crédito más cuantioso: «cuando se tiene una emergencia de préstamo, algunas mujeres no tienen la posibilidad de ahorrar mucho, entonces no se junta una gran cantidad y no se logran llevar el préstamo que necesitan en ese momento».

Esto determina también las ganancias y oportunidades  entre las mujeres, pues hay quienes tienen más posibilidades económicas que otras para ahorrar, lo que de alguna manera reproduce desigualdades.

También les ha preocupado la seguridad cuando hay más dinero en caja y la tesorera debe movilizarse. Prefieren prever que la tesorera no tenga que caminar lejos. Además prefieren no mantener demasiado efectivo para evitar malos manejos.

Sin embargo, algunas veces sucede que se maneja fuera de los acuerdos establecidos. «Nos ha pasado algunas veces que la presidenta se puso de acuerdo con la tesorera y la secretaria y se prestaron dinero entre ellas. Al principio se tiene que plantear ante el grupo, algunas han sido descaradas al decir, “sí nos pusimos de acuerdo y lo prestamos” como si fuera normal. Eso pasa cuando hay dinero en caja, la idea es no dejar dinero en caja para que no haya posibilidad, pero de igual manera fueron elegidas por confianza, entonces es una falta al grupo. Si cometieron esa falta estas mujeres son marcadas y no tienen que ser aceptadas en ningún grupo como castigo, aunque algunas han pedido regresar», explica Carmelina.

El empoderamiento económico de las mujeres

En el mercado laboral mundial, las oportunidades  para las mujeres siguen siendo menores que para los hombres. La ENEI de 2021 refleja que en Guatemala los hombres tienen una tasa global de participación en el mercado laboral de 85.6, mientras que para el caso de las mujeres el indicador alcanzó 43.3.  Además, en promedio, cuando las mujeres logran acceder a un empleo, en cualquier país y en promedio, siguen ganando menos que los hombres.

De acuerdo a las cifras y hechos sobre empoderamiento económico que muestra ONU Mujeres en su página oficial,  «las mujeres tienden a tener menor acceso a las instituciones financieras y mecanismos de ahorro formales». Alrededor del mundo, ellos participan en mayor porcentaje en instituciones financieras formales, 55 % tiene una cuenta, por ejemplo, mientras que de ellas solo el 47 % la posee.

En Alta Verapaz, trabajan varias organizaciones gubernamentales y no gubernamentales con proyectos similares. Según Carmelina, aunque la idea de los grupos de ahorro haya surgido de esas instituciones, la organización comunitaria tiene la ventaja de la permanencia. «Cuando son proyectos, tienen una fecha de terminación», comenta.

Carmelina cuenta que cuando estos proyectos han terminado, varias mujeres se han acercado a ellas para continuar con sus ahorros. Ellas les comentan que las condiciones son que ahí no se les va a regalar nada, que tendrán que hacerlo por sí mismas pero que al involucrarse lo que va a pasar  «es que van a crecer, otras mujeres las van a conocer y pueden hacer algún implemento en su economía, aprender a trabajar la tierra, o si no tiene ha pasado que unas siembran pero no quieren hacer la comercialización o vender el excedente de la producción, pero hay otras que a eso se dedican, entonces se complementan».

«Hay otras que no quieren transformar por ejemplo la sábila, porque quién va a comer la sábila así como está, pero transformándolos en champú, jabones de mano, de ropa u otro, la sábila ya no alcanza», dice.

Otras  trabajan en sanación, que también es parte de lo que se trabaja en los grupos. «Hay una compañera que facilita el conocimiento en masajes y terapias con medicina ancestral y enseña cómo usar la albahaca, haciendo la transformación desde lo que nos da la tierra en productos que puedan comercializarse entre las comunidades mismas, a diferencia de ir a un centro comercial en donde va a valer mucho más», añade.  

Cepal define la autonomía como «la capacidad de las personas para tomar decisiones libres e informadas sobre sus vidas, de manera de poder ser y hacer en función de sus propias aspiraciones y deseos en el contexto histórico que las hace posibles». Esta autonomía involucra básicamente un bienestar en el plano económico, físico y político (toma de decisiones), según indica el Observatorio de igualdad de género de América Latina y el Caribe.

La organización de las mujeres ha permitido también que las lideresas acudan a un un programa de radio llamado «La voz de las mujeres»  en Estéreo Gerardi, donde cuentan sus experiencias en castellano, q'eqchí y poqomchí. 

Carmelina dice que uno de los beneficios de los grupos de ahorro y crédito es  el posicionamiento político de las mujeres. «La organización comunitaria de los Cocodes  le tienen respeto a nuestras socias y nuestros grupos en la comunidad. Se les ha empoderado en cuanto a la facilidad de hablar ante una asamblea comunitaria, pues sin ninguna clase de participación nadie promueve que una mujer exprese lo que está pasando en su comunidad», explica.

Desde esta lógica, la participación de las mujeres en la toma de decisiones sobre su economía, sus hogares y su comunidad, fortalece además el liderazgo, pero también provoca que sean reclutadas por partidos políticos y otras organizaciones, lo que Carmelina cree que les debilita como organización. Ella  participó en el proceso electoral de 2007 como candidata a la alcaldía de San Pedro Carchá desde el partido Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG-MAÍZ).

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En Guatemala, aún se debate en segunda lectura, la iniciativa 5452, Ley de Desarrollo Económico de las Mujeres, propuesta en 2018 para promover la economía, autonomía y un mejor acceso y tenencia de la tierra a las mujeres.  

Mientras tanto, ONU Mujeres estima que la pandemia de COVID-19 empujará a otros 47 millones de mujeres y niñas a la extrema pobreza, y que se profundice aún más la brecha de pobreza entre los géneros.

«En el grupo somos una familia porque cuando sucede algo, ahí estamos ayudándonos», concluye Claudia Max.

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