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Mazinger Z, o De cómo no necesitamos superhéroes en la lucha anticorrupción
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Mazinger Z, o De cómo no necesitamos superhéroes en la lucha anticorrupción

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«La mayor debilidad de la humanidad es la diversidad». Así lo dijo el primer ministro Yumi en Mazinger Z: Infinity mientras se encontraba a muy poco tiempo de enfrentar el peor ataque de Doctor Hell. La diversidad, un problema, dice Yumi. «Guatemala es diversidad», pienso yo. Ergo, ¿somos un problema?

Go Nagai, padre de Mazinger Z y de otras historietas, lo plantea así de directo y con dibujitos para que sea fácil deducir la solución. Esta es simple, pero ¿por qué a los guatemaltecos nos ha tomado tanto tiempo llegar a esa deducción? Voy a hacer una breve cronología sobre lo que ha sucedido en la lucha anticorrupción en Guatemala para intentar responder esa pregunta.

El 16 de abril de 2015 salió a la luz pública una investigación criminal del Ministerio Público y de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig): el caso La Línea. Tres años han pasado desde entonces. Rápidamente llamaron la atención de toda la ciudadanía, por la cantidad de personas involucradas, la participación de varios funcionarios de alto nivel y el modus operandi de la organización criminal para defraudar al Estado de Guatemala. La implicación del que era secretario privado de la vicepresidenta Roxana Baldetti, Juan Carlos Monzón, como un líder de la estructura criminal fue la guinda del pastel. Además, se encontraba fuera del país, justamente con su jefa.

El manejo de la crisis por el Gobierno en los días siguientes, el regreso de la vicepresidenta al país sin su asesor, ya prófugo de la justicia, y la publicación por los medios de comunicación de los resultados de los allanamientos y de los distintos medios de investigación que sustentaban el caso fueron haciendo que la población guatemalteca se indignara y manifestara de manera espontánea y pacífica por varias semanas hasta lograr la ansiada renuncia de los jefes de gobierno.

Esos frenéticos días lograron unir en la plaza central de la ciudad de Guatemala y en todos los departamentos del país a personas indignadas exigiendo justicia y que siguiera la lucha contra la corrupción hasta sus últimas consecuencias. Sumamos más de medio siglo entre los años de guerra civil y el período posguerra de joven democracia en que ha sido muy difícil, por no decir casi imposible, alcanzar consensos en temas de país. Por primera vez en muchos años nos sentimos unidos, diversidades aparte, luchando contra una injusticia de nombre propio: corrupción.

Lo que siguió a esos meses fue un país que buscaba, sin propuestas determinantes, salir adelante en medio de un período electoral que trajo sorpresas y del cual obtuvimos como resultado la elección de nuestro actual presidente, quien con un lema ad hoc llenó de esperanza, por muy breve tiempo, a una gran parte de la población, que le entregó su voto como castigo a la clase política tradicional.

Cada #JuevesDeCicig conocimos nuevos casos de corrupción. Parecía que todas las compras del Estado se hacían de forma corrupta, que no había ministerio o dependencia que se salvara de este mal y que los funcionarios, junto con empresarios de todas las áreas y de todos los gremios, habían convertido nuestros impuestos en su caja grande —porque caja chica les quedaba literalmente pequeño—, repartida para cualesquiera que fueran sus extravagantes gustos. Cualquier narrativa era posible, y entre indignación y resignación vimos cómo ingresaban a la cárcel políticos de todos los niveles y organismos, funcionarios, empresarios y ciudadanos en general que de alguna u otra forma se vieron involucrados.

Sin embargo, también presenciamos cómo han hecho colapsar el sistema de justicia, que, entorpecido por aquellos que no tienen interés en que avancen los casos, ve realizadas las maniobras constantes de litigio malicioso que alargan los juicios para convencer a la población de que lo ocurrido en los tribunales es una injusticia dirigida desde países extranjeros, a la cual se prestan algunos pocos funcionarios nacionales.

En ese momento comenzó el problema: la lucha contra la corrupción. De la misma manera en que nos unió en esas manifestaciones en la plaza por primera vez en décadas, de repente era el obstáculo de nuestro desarrollo económico, la causa de la falta de inversión y de empleo, una cruzada inquisitiva que llevaba a la cárcel a ciudadanos honestos de manera injusta. De eso intentaron convencernos personas a quienes en algún momento respetamos por sus altos puestos políticos, por su reconocimiento social o empresarial. Y en algún momento casi lo logran, hasta que el pueblo vio sus verdaderas intenciones cuando se gestó el conocido #PactoDeCorruptos e hizo de nuevo la plaza y las calles su plataforma de protesta pacífica.

La realidad es que estos tres años han sido difíciles porque han evidenciado la falta de desarrollo de nuestro país. No es responsabilidad de nadie más que de nosotros mismos. Ha demostrado que, como sociedad, perdimos muchos valores que son esenciales para convivir. Ha develado que la corrupción se había convertido en la regla, y no en la excepción, que ya se nos estaba olvidando cómo hacer negocios o cómo comprar en el Estado y para el Estado sin corrupción, cómo comportarnos como ciudadanos sin caer en los tentáculos de este cáncer que lo mismo te facilita una cola para un trámite, adquirir un bien sin pagar impuestos o comprar artículos robados porque son más baratos. Todas estas acciones son contrarias a la ley. Y al final, realizar acciones que contravienen las leyes para beneficio propio es corrupción. No se llama de otra manera: se llama corrupción.

En lo personal, la mayor lección aprendida debe ser que, así como el problema vive entre nosotros, está en nosotros también la solución. Si queremos lograr un cambio en el país, debemos comenzar por hacer un estudio personal de nuestras acciones, hablar nuestros problemas de forma pública y, si nos equivocamos, aceptarlo y asumir las consecuencias, pero sobre todo comprometernos a cambiar y asegurarnos de que la corrupción no se repita.

Hagamos patria capitalizando nuestra diversidad, esa de la que nos habla Mazinger Z. No necesitamos superhéroes en esta lucha contra la corrupción. Necesitamos retomar los valores que como personas no debimos perder nunca. Respetemos las leyes independientemente de nuestro origen, etnia, género, ideología, etc. Unámonos como sociedad. Comprendamos que quienes nos quieren dividir solo buscan impunidad para sus actos y mantener un estatus que han ganado de forma ilegal y que desean conservar a toda costa. No dejemos que nos convenzan de lo contrario, pues la lucha contra la corrupción es y será la fuerza que una a Guatemala para alcanzar el desarrollo de todas las guatemaltecas y todos los guatemaltecos.

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