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Opinión
23 03 13

Durante estos días, he estado escuchando los testimonios de las víctimas del conflicto armado interno en Guatemala, como parte del juicio por genocidio a Efraín Ríos Montt.

Paralelamente a esto, veo cómo la realidad del genocidio contra el pueblo ixil durante la década de los ochenta se niega una y otra vez por algunos, que con argumentos poco convincentes, intentan convertir las terribles vejaciones a los derechos humanos de niños, jóvenes y adultos de manera consistente y abierta, en hechos de importancia menor y justificados por lo que para muchos eran enfrentamientos necesarios dentro del contexto de una guerra. Se trata aquí de la dilucidación de la verdad a través del discurso de los otros: para unos el discurso de la memoria y el dolor, y para otros el del encubrimiento.

Escucho a hombres y mujeres relatar cómo vieron morir y desaparecer a sus familiares, arrasar con sus tierras y sus comunidades y escapar a los ataques del ejército guatemalteco, hechos que habrían de cambiar para siempre la dimensión de sus vidas. Escucho también referencias a las Patrullas de Autodefensa Civil y recuerdo como si fuera ayer, la manera en que mis familiares en Sacapulas y Uspantán, Quiché, relataban la presión que el ejército ejercía sobre las poblaciones para que pasaran a formar parte de las PAC.

Una mujer describe cómo dos de sus hijos murieron de hambre cuando toda la familia se vio obligada a escapar a las montañas, dejando atrás a familiares y vecinos muertos o siendo torturados. Otra se refiere a su esposo, asesinado por los soldados, junto a muchos otros en el lugar. Una más habla de las veces que tenían que correr y esconderse en cuevas para salvar sus vidas de los ataques de los helicópteros. Y mientras escucho las voces de las personas con las que comparto un país y una historia, me pongo a pensar que no importa el término que se utilice para describir tanta destrucción y tanta matanza, lo que importa es determinar quiénes fueron los verdaderos culpables de tanto dolor.

Sabemos que eran los soldados los que quemaban y asesinaban. A menudo soldados que pasaron a ser parte del ejército porque fueron secuestrados de sus comunidades y obligados a pasar por entrenamientos inhumanos.  Pero detrás de ellos había órdenes, planes y estrategias de personas que sabían muy bien cuáles eran las consecuencias de sus actos. Nada fue dejado al azar y por esto mismo nada debe quedar impune.

Quiero dejar de escuchar estos testimonios, pero me niego a hacerlo porque es lo menos que puedo hacer en respeto por la verdad y la búsqueda de justicia de tantas personas. Claro, mejor y más fácil decir que se trata de tiempos pasados, que debemos perdonar y olvidar para concentrarnos en un futuro mejor. Sabemos bien que eso no es verdad y que es la justicia y no el olvido lo que permitirá que la sociedad guatemalteca pueda hacer las paces con su pasado. 

Detrás de los soldados había órdenes, planes y estrategias de personas que sabían muy bien cuáles eran las consecuencias de sus actos. Nada fue dejado al azar y por esto mismo nada debe quedar impune.
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