Cerrar

x
Menú
Facebook Facebook
Buscar
Ayuda
Lugares sagrados
Ir
Opinión

Lugares sagrados

redes sidebar

Arribar a la Laguna de Chicabal en una mañana despejada es una de las experiencias más bellas que se pueden tener en Guatemala.

Desde que se inicia la caminata en la Laguna Seca todo la va preparando a una para el placer que pronto sentirá al verse frente a la laguna. Y aún cuando no se comparta plenamente la cosmovisión maya dentro de la que este espacio se inscribe, la sensación de estar en un lugar especial es inevitable. 

El problema es poder llegar hasta allí.  Prácticamente ninguna señalización desde que se sale de Quetzaltenango, aunque esto se va resolviendo con unas cuantas indicaciones y un poco de cuidado, aunque cruzar San Juan Ostuncalco puede ser una odisea en día de mercado, en los que las vías de acceso principales se convierten en un laberinto que hay que enfrentar con mucha, mucha paciencia, y entender que los 24 kilómetros que separan a Quetzaltenango de la Laguna de Chicabal rápidamente se multiplican por obra y gracia del poco interés del Estado por mejorar la infraestructura del país. 

De San Juan Ostuncalco hay que tomar hasta San Martín Chile Verde. Hasta aquí todo bien. Pero los pocos kilómetros en una carretera de tierra en un estado deplorable hacen que una llegue a la Laguna Seca con el corazón en la mano, preguntándose además cómo podrá ser el regreso, una vez experimentados los resbalones del carro en el lodo y los malabarismos para no quedarse atrapado en uno de esos tremendos hoyos de la carretera, que reconocemos como tal solamente porque eso es lo que se dice que es. 

Al llegar a la Laguna Seca vemos que no somos los únicos, hay familias enteras dispuesta a un día de campo, extranjeros solitarios o en grupos, en fin, hay de todo. Algunos prefieren hacer este último trecho caminando, aunque veredas para tal fin no existen, claro, así que al igual que los carros tendrán que aventurarse entre lodo, piedras y hoyos gigantescos.  Otros han llegado en buses de turismo y unos más en el transporte local, un pick-up en cuya palangana han puesto tablas para los usuarios puedan sentarse. No puedo imaginarme un trayecto recorrido en condiciones tan peligrosas, y eso que la noche anterior no había llovido.

Hablo de la Laguna de Chicabal pero podría estar refiriéndome a uno de los miles de lugares en este país en donde el estado de las carreteras, y por ende, el acceso a los servicios básicos de los ciudadanos, es enteramente penoso; pero me refiero a éste porque una diría que siendo un lugar sagrado para gran parte de la población —y un importante destino turístico para otros—, las condiciones deberían ser óptimas, o por lo menos aceptables. Por supuesto, de lo que estamos hablando aquí es del desinterés, de la corrupción y de la ineficiencia que se permea desde las jerarquías más elevadas del Estado, hasta los niveles municipales locales. Nuestras carreteras enlodadas, descuidadas, peligrosas, convertidas a menudo en basureros, metáforas de una gran finca decimonónica que a veces llamamos país. 

De lo que estamos hablando aquí es del desinterés, de la corrupción y de la ineficiencia que permea desde las jerarquías más elevadas del Estado, hasta los niveles municipales locales.
Texto
Texto