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Enrique Noriega: pasión por la poesía
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Opinión

Enrique Noriega: pasión por la poesía

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Lo conocí hace muchos años mientras buscaba los Poemas de la izquierda erótica, de Ana María Rodas en una vieja y empolvada librería del centro.

Me escuchó preguntar por el libro y de allí surgió una conversación que dura hasta la fecha. No encontré ese maravilloso libro esa mañana, pero en cambio habría de conocer de cerca a su autora y a muchos otros escritores —vivos y muertos— gracias a Quique Noriega. A través de su amistad conocí también a otros entrañables amigos, pero sobre todo invaluables interlocutores: Aída Toledo, Luis Eduardo Rivera, Moisés Barrios, Rosina Cazali. Esto, junto con la fortuna de haberme topado con él debido a un amor compartido por la literatura, ha sido uno de los grandes regalos que la vida me ha dado.

Hace un par de semanas me enteré de que había ganado el Premio de Poesía Luis Cardoza y Aragón de este año, por un libro que seguramente será tan agudo y tan cuidado como sus anteriores obras. En ese momento pensé que este premio debía ser entendido también como un reconocimiento a muchas de sus otras virtudes. Poeta sobre todo, pero también editor comprometido. Topógrafo en algún momento, gestor cultural, tallerista de poesía, bibliófilo, melómano, cinéfilo y gran conocedor de librerías de libros antiguos y usados en la Ciudad de Guatemala. Pero ante todo, un lector de sensibilidad contagiosa e hipnótica. Creo que no podría recordar a cuántos libros, músicos y cineastas me ha presentado a lo largo de los años. Y debo decir que en gran parte a él le debo estar viviendo ahora en Quetzaltenango, a pesar que gracias a él también Aída Toledo y yo nos vimos cubiertas por una gran ola de agua una de esas noches invernales que solo se ven en Xela. En fin, muchas cosas que agradecerle al poeta amigo.

Quique nació en ciudad Guatemala en 1949, y junto con  escritores de la talla de Ana María Rodas, Luis Eduardo Rivera y Aída Toledo, forma parte de lo que podríamos nombrar como la generación de los setenta, quizás uno de los momentos de mayor renovación en el lenguaje poético de Guatemala, pero también uno de los períodos menos conocidos. Ya en el pasado había recibido otros premios, como el de Los Juegos Florales de Quetzaltenango o el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias. Su obra merece este tipo de reconocimientos, pero también habría que detenerse en su trabajo como director de la editorial de la Tipografía Nacional hasta el reciente cambio de gobierno, que vino a terminar de una manera burda y grosera con el excelente trabajo de Quique, y por supuesto, de Ana María Rodas. Durante el tiempo que estuvieron a cargo el Diario de Centro América y la Tipografía Nacional fueron recobrando poco a poco una calidad y una dignidad que bastante les hacía falta.

Cierto, los premios a veces son engañosos y vanos y no necesariamente traducen la calidad —o falta de ella— de una obra, pero debo decir que en este caso la decisión fue acertada. Si bien es verdad que a Quique me une la amistad, debo aclarar que no es en virtud de esta que le he dedicado una columna, pero ¡qué bien hace poder escribir acerca de sucesos positivos como un premio de literatura bien otorgado! aunque sé que sigue habiendo tantas otras cosas en Guatemala que en este momento merecen nuestra atención.

¡Qué bien hace poder escribir acerca de sucesos positivos como un premio de literatura bien otorgado!
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