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El espíritu de la época
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Opinión

El espíritu de la época

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Adoro estos meses con sus hermosos, frescos y claros días. Amo sentir ese frío que cala en tus huesos por las madrugadas y las noches, que en Xela se traducen en heladas diarias sobre campos y techos de teja.

Pero con dolor he llegado también a detestar esta época, que más que otras en el calendario parece animar a las personas a un desenfrenado consumismo cuyos signos nos envuelven a todos de una manera casi obscena. Si no, no hay más que entrar en cualquier centro comercial, cualquier tienda de electrodomésticos, cualquier almacén, para verse invadido por el “espíritu navideño” que debería tener otras maneras de experimentarse.

Pero no solo es la Navidad. Esto empezó ya con la fiesta de Halloween. Cierto que se trata de una celebración foránea que poco a poco hemos ido adoptando. No veo mal que los niños se disfracen y salgan a la calle, aunque la calle ya no es precisamente ese espacio de socialización infantil de las vacaciones escolares sino el escenario del miedo y del peligro, sobre todo en las áreas urbanas. No podemos ser tan puristas, solo recordemos que las fiestas que ahora celebran los cristianos en algún momento no tenían el signo de la cruz. En fin, igual, si no hubiera llovido a torrentes esa noche, hubiéramos ido al parque central de Xela, que dicen que se pone alegre ese día. Lo que no soporto es ver cómo cualquier celebración se convierte en la mejor manera de comercializar todo, de angustiar a las personas porque se sienten —quizás subliminalmente— obligados a gastar, a comprar, a consumir.

Luego viene el Día de Acción de Gracias, que la verdad en nuestro país no tiene ningún sentido de ser, más que para las personas de los Estados Unidos que viven aquí, pero bueno, quien quiera comer pie de calabazas ese día que lo coma, quizá sintiendo su piel un poquito más blanca. ¿Pero que ahora se empiece a hablar del Viernes Negro en Guatemala? Eso si es el colmo del aprovechamiento comercial de las épocas de fin de año, sobre todo cuando sabemos que las ofertas en realidad no existen, que el mercado es despiadado y no hace concesiones con nadie.

Y claro, la Navidad, dulce Navidad, con ese burrito sabanero que sigue sonando en la radio mientras la gente gasta y gasta, y muchos se empobrecen aún más, porque, claro, hay que celebrar. ¿Celebrar qué, disculpen? Sí, me gustan las fiestas en familia, compartir con los amigos, cocinar cosas especiales, pero tampoco exageremos con las celebraciones cuando hay tantas razones para el luto. ¿Recuerdan que hay miles de personas sin casa en San Marcos? No olvidemos Barillas, no olvidemos Totonicapán, que no se nos olvide San José el Golfo.

¿Que les estoy arruinando el espíritu navideño? ¿Que el sentido de la Navidad es otro? Lo que veo a mi alrededor prueba lo contrario, lo siento.

Lo que no soporto es ver cómo cualquier celebración se convierte en la mejor manera de comercializar todo, de angustiar a las personas porque se sienten obligados a gastar, a comprar, a consumir.
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