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De fervores patrios y otros hechos sospechosos
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Opinión

De fervores patrios y otros hechos sospechosos

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Mientras escribo este texto escucho cómo la banda de algún establecimiento educativo en Quetzaltenango practica las marchas septembrinas que amenizarán algún desfile durante las llamadas “fiestas de la independencia”.

Recién acaba de empezar agosto y sé que deberé acostumbrarme a ese sonido al que durante años he intentado escapar. Preferiría saber que estos estudiantes se dedican durante el año al aprendizaje del instrumento musical de su elección, por amor a la música, no porque se quieran verse  marchando en las calles de alguna ciudad del país. Lo siento, me parece que los desfiles escolares responden demasiado a perfiles militares que asocio con otras cosas, menos con la paz y la celebración de la autonomía.

Nunca me tocó desfilar y nunca me gustó tampoco ver marchar a otros. Tampoco entiendo esos nacionalismos febriles de quien al escuchar o cantar el Himno Nacional se sienten invadidos por “patrio ardimiento”, sin que esto para nada los comprometa con la responsabilidad ciudadana que viene obligatoriamente con la pertenencia a una nación. Por otra parte, los himnos nacionales parecen hablarnos de un pasado glorioso de heroísmos sospechosos ¿acaso no recordamos que los movimientos independentistas de Guatemala respondían más a los intereses económicos de los criollos de entonces, lo cual fue en realidad lo que también movió en su momento a la fallida creación del Sexto Estado de Quetzaltenango. Hay que entrar en la historia y preguntarnos qué tipo de nación celebramos y cuáles son las dinámicas del Estado que la gobierna, para luego decidir cómo modelar nuestros fervores patrios.

¿Desfilar para qué?, ¿qué se celebra al fin de cuentas?

De alguna manera los nacionalismos de cualquier tipo glorifican un ideal, no la realidad social que se vive de manera cotidiana en un espacio geográfico definido a veces de manera impuesta y violenta como nación, y cuyo Estado no tiene un compromiso profundo con el bienestar de sus ciudadanos, tanto a presente como a futuro, y no hablo de pasados gloriosos o trágicos, sino de un presente que podemos observar desde nuestras ventanas cada día.

No soy fatalista. Lo que no entiendo es cómo las mismas personas que adoran los desfiles y se paran rectas y solemnes para cantar el Himno Nacional con la mirada perdida en el horizonte, pueden no movilizarse de alguna manera contra hechos como la minería, que hace que el país al que cantan y dicen amar se esté convirtiendo en terreno de destrucción natural y cultural; cómo aceptan que la recomendación para que las mujeres no sean víctimas de violencia sea la de quedarse en sus casas; o que no entienden que las protestas estudiantiles de estos días apunten a problemáticas más profundas.

Prefiero concentrar mi patriotismo en el proyecto de nación que se construye a diario, con los aportes reales y solidarios de una gran cantidad de personas en diferentes ámbitos del país, algunas de las cuales arriesgan sus vidas al hacerlo. Prefiero, además, un nacionalismo reflexionado que nazca del convencimiento de querer participar activamente en la construcción de la nación que queremos.

Me veo obligada a abandonar el espacio abierto en donde escribo, confiada en que algún día lo que ahora interpreto como contaminación auditiva se convierta en música que celebre la vida.

Me parece que los desfiles escolares responden demasiado a perfiles militares que asocio con otras cosas, menos con la paz y la celebración de la autonomía.
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