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De cómo ahora resulta que todos quieren a Arbenz
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Opinión

De cómo ahora resulta que todos quieren a Arbenz

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En la siempre acartonada ceremonia de premiación de los Juegos Florales de Quetzaltenango hubo un momento destinado a recordar la figura de Jacobo Arbenz Guzmán, elevado ahora al estatus de ciudadano distinguido de la ciudad en la que nació y sujeto de homenajes de todo tipo a lo largo y ancho del país.

Este año se cumplen cien años del nacimiento de uno de los únicos presidentes del país que supuso la posibilidad de la conquista de cambios sociales que siguen siendo imperativos para Guatemala.

Mientras escribo esto, escucho en Youtube el discurso de renuncia que Arbenz pronunció el 27 de junio de 1954, y rescato una serie de preguntas que el entonces presidente se hacía en el momento en que se desvanecían los sueños que todavía ahora nos guían a muchos:  “¿En nombre de qué se hacen esas barbaridades?, ¿cuál es su bandera? Todos la conocemos. Han tomado de pretexto al comunismo”. Si el comunismo era una excusa ¿qué había realmente detrás de este vergonzoso hecho?

En su discurso hacía referencia a los motivos de la invasión al país por parte de los Estados Unidos, en una Guerra Fría que pareciera extenderse hasta nuestros días. Y mientras escuchaba la cansada y desencantada voz de un presidente elegido democráticamente por los ciudadanos guatemaltecos, a punto de ser expulsado del país de la manera más vil que podía pensarse, me pregunto si todos los que ahora recuerdan, celebran y ensalzan su figura, se detienen a pensar por un instante acerca de las realidades sociales, políticas y económicas que presidentes como Juan José Arévalo o Jacobo Arbenz pretendían cambiar, y de los fundamentos ideológicos que los movían. Me temo que muchas cosas no sólo no han cambiado, sino se han exacerbado, y si no basta ver las condiciones de los campesinos y de los trabajadores de las grandes fincas del país.

Al final del discurso de renuncia, Arbenz se dirige al pueblo y dice:  “guardad lo que tanto ha costado”, refiriéndose a lo que él mismo llama como “conquistas democráticas“. No hablaba de  otra cosa que de los avances logrados en temas de educación, salud, tierra, etc., que por supuesto,  para los poderes tradicionales en el país, amenazaban el statu quo y ponían en peligro sus propios avances financieros. Olvidémonos del comunismo, más allá de los intereses políticos y económicos de los Estados Unidos, dentro del país existían fuerzas —y siguen existiendo otras—que reconocían a Arbenz como un ser peligroso.

Pero ahora resulta que todos celebran los cien años del nacimiento de Jacobo Arbenz, que se veía a sí mismo como “un combatiente de la libertad y el progreso“ de Guatemala.  ¿De qué conceptos de progreso y libertad estamos hablando? Me pregunto si esas celebraciones continuarían a la llegada de otro Juan José Arévalo, de otro Jacobo Arbenz a la presidencia del país. Más que celebraciones, lo que seguimos necesitando en este momento es una revisión de la historia del país a la luz de las preocupaciones sociales de estos presidentes, que por un momento le devolvieron la dignidad al país.

 

Más que celebraciones, lo que seguimos necesitando es una revisión de la historia del país a la luz de las preocupaciones sociales de estos presidentes, que por un momento le devolvieron la dignidad al país.
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