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Vivimos en una sociedad que privilegia el espectáculo, la producción irresponsable de discursos desvinculados de la realidad, y una pobre —si no inexistente-- visión de futuro, entendido este de dentro de un imperativo y profundo diálogo con el pasado y el presente.

De ahí que una Bienal de Arte Paiz que apostara por el arte más allá del arte, fue un respiro de alivio y esperanza.

El pick-up de Angel Poyón en el Cine Lux, la torre de cortes de Sandra Monterroso en Correos, el bordado de Teresa Margolles y los y las tejedoras de San Juan La Laguna en el Incubador Cultural, las carretas de Edgar Calel en el Museo de Historia. Estas y otras obras incluidas en la Bienal puede que resulten en la perplejidad de muchos que no están acostumbrados a las maneras de ser del arte contemporáneo, sobre todo en países como Guatemala, que se debaten entre la modernidad y el conservadurismo —lo acabamos de ver con la obra de Eny Roland. Pero son, ante todo, obras que invitan al análisis, a la reflexión y a las indagaciones. Posiblemente no sean fáciles de descifrar, pero nos entregan la posibilidad de acercarnos a nuestro presente —en nuestro personal, diverso y conflictivo contexto social— de una manera diferente.

Cuando con el equipo curatorial planteamos una Bienal consecuente y honesta con ese Convivir/Compartir, también pensamos en la descentralización como gesto fundamental. Una manera era extender los espacios de la Bienal más allá de la Ciudad de Guatemala, cosa que se logró en alianza con instituciones en la Antigua Guatemala y Quetzaltenango.  Por otro lado, Santiago Olmo, curador general de la Bienal, se desplazó hacia diferentes lugares del país como parte del proceso de revisión de portafolios de artistas, para que la Bienal también llegara a ellos, a sus propios territorios, generalmente relegados a un segundo plano.

Además, en virtud de ese espíritu de descentralización, se trabajó con un concepto de nación que a menudo se extiende más allá de las fronteras tradicionales, de ahí la invitación a artistas guatemaltecos de Nueva York, cuya presencia en Guatemala sigue siendo fuerte. Lo mismo se puede decir de los artistas internacionales invitados, que más allá de presentar sus propias obras, fueron parte fundamental de procesos de formación, diálogo e intercambio.

Otro elemento de descentralización fue el uso de sedes en el Centro Histórico, que hoy más que nunca reivindica la importancia de los espacios públicos como lugares de encuentro, de convivencia social, de expresión de los sentires más honestos de un país en el que pocas instituciones centran su atención en la importancia que tiene la convivencia ciudadana a partir del arte y la cultura, piezas fundamentales para el avance de una sociedad pero, sobre todo, para desarrollar la capacidad de un mejor entendimiento, de una mejor convivencia.

Finalmente, no nos interesaba una Bienal que reforzara el sentido de espectáculo que tienen muchos eventos de arte —nos movía la convicción de que el arte puede ser elemento de transformación, de reflexión y diálogo—; que hablara de nuestro tiempo, de nuestra historia y de nuestras preocupaciones estéticas e históricas; preocupada por la educación y la cultura, ya que como bien ha dicho Santiago Olmo, “invertir en cultura y educación es invertir en desarrollo, en riqueza, en capacidad de la sociedad para encarar el futuro con fuerza y para permitir la mayor cohesión de una sociedad. Una sociedad sin cultura y sin educación es una sociedad dividida, conflictiva, en manos de la violencia y que se sitúa en estados de degradación y de descomposición; la cultura permite superar esas problemáticas y ofrecer soluciones de futuro”.

La importancia de los espacios públicos como lugares de encuentro, de convivencia social, de expresión de los sentires más honestos de un país en el que pocas instituciones centran su atención en la convivencia ciudadana a partir del arte y la cultura
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