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Censura e intolerancia como indicadores culturales
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Opinión

Censura e intolerancia como indicadores culturales

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En 1973, la poeta Ana María Rodas publica sus maravillosos Poemas de la izquierda erótica, un libro que marcaría un antes y un después en la poesía guatemalteca, escrita por hombres o mujeres.

Con profunda indignación, un conocido académico del momento arremetió contra el libro y se refirió públicamente a la obra como poesía de burdel, centrando su juicio —a todas luces, moral— en el atrevimiento de Ana María de haberse referido a la izquierda y al erotismo, palabras que en esos tiempos simplemente no debían haberse usado. ¿Resultados? El beneplácito de las almas más conservadoras, la curiosidad de otros y una hermosa pintura de Moisés Barrios, irónicamente titulada precisamente así, Poesía de burdel. La poeta y el libro, como sabemos, siguen teniendo la misma vigencia que entonces y han influido de muchas maneras en el desarrollo de nuestra literatura.

Hace unos días, más de 30 años más tarde y en pleno siglo XXI, la obra Anatomía 1, Brinney de la artista Andrea Mármol fue abiertamente censurada y retirada, sin consultas con la artista o la curadora, del Museo de Arte Moderno. Sospecho —aunque esto es difícil de creer a estas alturas de nuestra accidentada posmodernidad— que esto se debió al festivo, acertado e irónico juego de apropiaciones sexuales bastante explícito de la obra.

Rosina Cazali comentó este hecho en su columna ¿Museo o padre?, publicada el miércoles 15 de agosto en elPeriódico. En su texto se refiere a la “intolerancia y persecución de toda imagen que represente sexo y deseo (…) principalmente, si (…) no acatan el canon de las bellas artes o la academia (…) y cuando la obra es producto del pensamiento de una mujer, es una declaración de libertad amenazante para los hombres y para ellas mismas”. Por su parte, Regina José Galindo —cuyas obras han sido mostradas y premiadas con mucho éxito en museos y galerías alrededor del mundo, con todo el respeto al tratamiento del cuerpo que constantemente lleva a cabo— se pregunta por qué en el Museo de Arte Moderno “es posible admirar el lienzo de un reconocido artista que pinta mujeres desnudas mostrando pechos y vaginas pero NO es posible mostrar la obra transgresora de una artista, mujer, contemporánea que muestra un pene”.

Con el riesgo de ser redundante, pero también con la certeza de la importancia que tiene visibilizar hechos como estos, me uno a las reflexiones de Rosina y Regina José y a la perplejidad de muchos ante la actitud de quienes se guían por juicios que nada o poco tienen que ver con el arte para censurar una obra. ¿Porque estamos hablando de arte, no? Supongo que no se atreverían a hacer lo mismo con una obra de Gustav Klimt, Lucian Freud, Manolo Gallardo, Roberto Cabrera o ¿por qué no? con alguna de esas maravillosas figurillas eróticas precolombinas.

Quizás lo que sucede es que en realidad no estamos hablando de arte, o por lo menos no en los términos que el arte actual lo precisa. Las preguntas entonces son ¿a qué apunta este hecho?, ¿qué nos dice acerca del estado actual del arte y la cultura en Guatemala y, claro, de la manera en que las instituciones oficiales operan? y, si los museos deberían aportar a la difusión y la comprensión del arte ¿cuál está siendo la contribución del Museo de Arte Moderno en Guatemala?

Sospecho que esto se debió al festivo, acertado e irónico juego de apropiaciones sexuales bastante explícito de la obra.
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