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Actos heroicos

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Hace algunos días, todos los medios de comunicación social informaron sobre la muerte del astronauta Neil Armstrong, conocido a lo largo y ancho del planeta por haber sido el primer ser humano en caminar por la Luna en 1969.

Los que nacimos antes de ese año nos recordamos de manera difusa junto a nuestras familias mirando atentamente esas primeras imágenes en televisiones blanco y negro. Ciertamente, se trataba de un primer paso en la confirmación de muchas predicciones hechas desde la ciencia ficción.

Eran años en los que, cuando una quería referirse a un futuro lejano en el cual todo iba a estar automatizado, mencionaba el año 2000 como punto de referencia casi imposible. Desde entonces, siempre se habló de esos primeros pasos en la Luna como de un acto heroico que vendría a marcar un antes y después en el desarrollo de la humanidad, que además vinieron a justificar los millones y millones de dólares que la NASA en los Estados Unidos, y muchas otras instituciones en otros países invirtieron en sus obsesivas pero infructuosas búsquedas por un planeta con alguna forma de vida y, de paso, fueron haciendo muchos avances en materia de  telecomunicaciones.

Pero Neil Armstrong era mortal y lo supimos la semana pasada, cuando murió a los 82 años. Lo imagino mirando fijamente a la Luna durante las calurosas noches de verano en Ohio, en donde vivió una vida adulta tranquila, alejado del escándalo y la fama.

Y mientras muchos de nosotros observábamos este hecho heroico en Guatemala, habían cosas más importantes que tendríamos que estar recordando ahora. Las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) se habían formado a partir de 1960. A pesar de ser no más de 300 guerrilleros en ese entonces, durante los años sesenta la lucha contrarrevolucionaria llevada a cabo por grupos paramilitares autorizados por el ejército, cobró más de 10.000 vidas de campesinos. Esa primera ola de la guerrilla terminó precisamente en 1968 cuando alguien más se entrenaba como astronauta desde el país que financiaba la explotación de miles de guatemaltecos—quienes por cierto, no pudieron ver esos primeros pasos en la Luna. Sin embargo este era solo el principio, ya que la violencia aplicada por el régimen de turno sólo vino a polarizar más a la población.

Diez años más tarde comenzaría una era de lucha del pueblo en la que estudiantes, obreros, trabajadores y campesinos se unieron a nuevas guerrillas y organizaciones, con el trágico resultado que ya conocemos. Mientras tanto, no se ha visto un cabal cumplimiento de los Acuerdos de Paz, no se han resuelto las problemáticas sociales más urgentes del país y hoy en día, todas las noches miles de personas son iluminadas por la Luna sobre la que Armstrong caminó, mientras sufren de hambre y pobreza extrema.

Tal vez por esto celebro con más alegría y esperanza los pequeños pero importantes actos heroicos de personas que con valentía dedican parte de su vida a empresas más importantes que la Luna. Hace unos días, por ejemplo, la Fiscalía de Delitos contra la prensa ganó el primer juicio en su historia: 3 años 8 meses de cárcel a Juan Manuel Ralón, vicepresidente de la Comisión Municipal de Seguridad de Panajachel, declarado culpable de amenazas y discriminación en contra de la periodista Lucía Escobar. Lo siento por Neil Armstrong, pero estos son los héroes y heroínas que me parece importante celebrar.

A pesar de ser no más de 300 guerrilleros en ese entonces, durante los años sesenta la lucha contrarrevolucionaria llevada a cabo por grupos paramilitares autorizados por el ejército, cobró más de 10,000 vidas de campesinos.
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