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La rectoría de la Universidad San Carlos de Guatemala, en una imagen de abril 2016

Voltear la Usac: Contra la reforma universitaria neoliberal

Subordinar la educación a criterios económicos tiene una larga historia
Es necesaria la universidad crítica en estos momentos de transformación
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Voltear la Usac: Contra la reforma universitaria neoliberal

Historia completa Temas clave

¿Cuál es el sentido del quehacer universitario? ¿Cuál es su sentido en medio del caos producido por las corruptas estructuras sociales y políticas que favorecen la lógica de los sectores que depredan la economía nacional?

El movimiento estudiantil contra la privatización de la Universidad de San Carlos es una iniciativa para eludir la distopía en la que desemboca el neoliberalismo como razón organizadora del mundo. Y se articula en el creciente esfuerzo global de las nuevas generaciones por recuperar el acceso a la universidad y responder a los cruciales desafíos del futuro cercano.

Este esfuerzo se opone a una serie de maniobras subrepticias destinadas a implementar la reforma neoliberal de la única universidad nacional guatemalteca, mediante reformas tecnocráticas a un entorno que nunca se cuestiona de manera crítica y la instalación de un discurso de austeridad.[1] En el caso guatemalteco, ganan espacio las tendencias corruptas del sistema político: préstamos cuestionables, alianza con sectores oscuros, control y vigilancia, aparte del peculiar autoritarismo de la cultura política nacional. Se ha desarrollado, incluso, el acoso laboral que suele acompañar a la precariedad que afecta a las organizaciones y al trabajo en el mundo neoliberal.[2]

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Todos estos aspectos deben ser tratados con profundidad para captar la compleja problemática de la universidad guatemalteca. Este trabajo, sin embargo, se concentra en los aspectos directamente vinculados a la reforma de la universidad en tanto espacio de formación cooptado por las tendencias neoliberales de la globalización.

La reforma neoliberal

La idea mercantil de la educación se inscribe dentro del enfoque neoliberal que desde hace cuatro décadas avanza una peculiar modalidad de darwinismo económico basado en la privatización, el libre comercio y la desregulación.[3] Las inmediatas consecuencias de este enfoque educativo han sido criticadas desde diversos ángulos. El sociólogo alemán Ulrich Beck —que notaba la contribución universitaria al darwinismo social— se quejaba de que el Plan Bolonia, el nuevo marco europeo de educación superior, había hecho lo que no habían logrado las dos guerras mundiales: destruir la tradicional universidad europea y sus éxitos.[4] La crisis universitaria europea forma parte del desastre social inducido en la Unión Europea por la exagerada influencia de sus sectores financieros.

Subordinar la educación a criterios económicos tiene una larga historia. Joel Spring vincula este proceso con el desarrollo del neoliberalismo en la Universidad de Chicago y las iniciales formulaciones del concepto de “capital humano”.[5] Este objetivo recibe un decisivo impulso de los gobiernos que se involucran en configurar orden neoliberal. Tan profundas eras las agendas que Margaret Thatcher consideraba que el objetivo final no era transformar la economía, sino el alma. No sorprende, por tanto, que la filósofa política Wendy Brown describa como “reconstrucción del alma” las transformaciones que han cambiado la fisonomía de las instituciones educativas superiores en Europa y los EE.UU.[6] En esta dirección, gana plausibilidad la tesis de que el neoliberalismo establece “una “razón mundo”, cuya característica es extender e imponer la lógica del capital a todas las relaciones sociales, hasta hacer de ella la forma misma de nuestras vidas”.[7]

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Desde el punto de vista institucional, la mercantilización de la universidad recibe un espaldarazo fundamental con la Ronda de Uruguay (1986) del Acuerdo General de Comercio y Servicios (GATTS), que define la educación como un servicio. Definir la educación como un servicio introduce una serie de transformaciones que apuntan hacia la desregulación de la educación, haciendo de esta un área en la que pueden participar firmas privadas, e incluso armonizar las titulaciones de modo tal que se cree el respectivo mercado internacional educativo.[8] Estos cambios reciben un impulso significativo con la idea de que la inversión en la educación incrementa el crecimiento económico, mientras reduce la desigualdad, que es defendida por la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico[9]. De esta idea se extraen las conclusiones equivocadas, puesto que el tipo de educación mercantilizada empobrece de hecho la vida ciudadana, con las consecuencias que esto implica para el incremento de la precariedad y la desigualdad.

Estas medidas, al igual que las que se implementan en el campo de la economía, han sido apoyadas por el tinglado de las estructuras de la gobernanza global, que trasladan decisiones trascendentales de la sociedad al orden internacional y funcionan al dictado de los grandes poderes transnacionales[10]. Bajo dichos patronazgos la tecnocracia educativa se ha convertido en un gestor eficaz de un discurso educativo ordenado según la razón neoliberal.

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Para comprender los actuales problemas de nuestra universidad, se debe situar la mirada en una perspectiva que permita contemplar las visiones ideológicas que enmarcan la vida cotidiana, distorsionándola. El neoliberalismo cotidiano constituye el libreto a partir del cual las personas organizan su vida como seres en perpetua competencia con los demás, pero solo a costa de desfigurar el mismo sentido de la existencia humana.[11] Afortunadamente, la razón neoliberal tiene una historia y un proceso que, desde luego, suelen ser omitidos por sus defensores. El mismo declive de la educación crítica ha ayudado a la configuración del sentido común neoliberal, el cual, sin embargo, es sumamente frágil para resistir la continua refutación que trae consigo la realidad de un mundo abocado al desastre.

Rasgos de la reforma

La sigilosa configuración del modelo neoliberal de la universidad se basa en organizarla según criterios empresariales enmarcados dentro de la extracción de riqueza de un capitalismo en perpetua crisis. Este proceso, llevado a cabo por administradores frente a una clase precaria de docentes, eclipsa la dimensión ético-política de la educación superior.

En primer lugar, la universidad se articula en función de la idea de competitividad. Una de las expresiones más problemáticas de este fenómeno es la ubicua referencia a los rankings y a los indicadores. El discurso del ránking, como lo hace ver el sociólogo alemán Mau, favorece un tipo de universidad: la de investigación del mundo anglosajón, también en crisis por la visión empresarial que la ha reformado.[12] Estos ránkings confieren un capital simbólico selectivo que olvida el sentido e incluso el mismo manejo de las cifras y que tiende a convertir las diferencias en desigualdades.[13] Dichas calificaciones obvian el vínculo de la universidad con la sociedad: los desafíos de la Universidad de San Carlos de Guatemala no se parecen a los de Harvard o la Universidad de Ghana.

En segundo lugar, se puede mencionar el énfasis en la innovación –que convertida en fetiche— se vincula con el espíritu de competencia. Uno de los rasgos de la cultura contemporánea es la velocidad de la innovación, especialmente en el campo digital y económico. Esta idea, sin embargo, olvida el mundo social. Un cambio tecnológico —por ejemplo, en el mundo del trabajo— transforma estructuras sociales que, al desaparecer, dejan en estado de vulnerabilidad a los seres humanos que dependían de ellas. Así, la liquidez de las estructuras sociales se refleja en niveles de precariedad que nunca alcanzarán el momento de estabilidad y que nunca serán solucionadas con el superficial discurso del “aprender a aprender”. Como mencionaba Ulrich Beck, “poner como meta el mercado laboral convierte en punto de referencia una “demanda científica” que, habida cuenta de los incesantes cambios que experimenta el mundo laboral, bien puede mañana dejar de existir”.[14] No se terminan de evaluar el impacto de las nuevas tecnologías, cuando ya se avizora un nuevo cambio. Esto lleva a una situación disruptiva en la que los horizontes de futuro cambian de manera continua.

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En tercer lugar, se impone una serie de metodologías que, bajo la idea de una aséptica tecnocracia educativa, promueven la adopción de políticas de flexibilización que no pueden responder con suficiencia al mantra de la innovación disruptiva. Estas tendencias se muestran, por ejemplo, en la consolidación del lenguaje de las competencias y la flexibilidad. Se busca un ser humano que se comercialice, un emprendedor de sí mismo, totalmente desvinculado de las preocupaciones por la vida en común. En este contexto, como lo dicen algunos de sus críticos solo se necesitan entrenadores más que científicos: “pedagogos y psicopedagogos capaces de adiestrar personal para la Olimpiada de un mercado laboral vertiginoso”.[15] Ignorando las capacidades críticas de la formación educativa, este enfoque privilegia el “saber hacer”, un enfoque empresarial que ha sido superficialmente negado por algunos de sus defensores, que menosprecian la educación tradicional bajo la acusación de que es enciclopedista y carece de orientación práctica.[16] Este enfoque tecnócrata olvida las dimensiones emancipadoras del pensamiento crítico. Incluso el discurso de la calidad educativa se tiene que cuestionar el mismo concepto de calidad, que no debe reducirse a un concepto unilateral que pueda troquelarse para darle carta de naturaleza a la desigualdad.[17]

En cuarto lugar, ya no puede considerarse como algo positivo la vinculación universitaria con las empresas. Estas reformas asumen las dinámicas de las universidades del “primer mundo” sin reparar en que estas enfrentan crisis en su mismo funcionamiento. La investigación se ha hecho servir a los intereses de las empresas.[18] Un ejemplo de este problema lo constituye la medicina psiquiátrica, el cual ha hecho que las universidades se conviertan en productores de conocimiento para las nuevas empresas, las cuales eluden los riesgos iniciales de toda inversión trasladando estos a las universidades financiadas con dinero público. La universidad no puede comercializarse puesto que esto lleva a la corrupción del conocimiento, debido a que la motivación axiológica que guía la reflexión y la investigación se difumina en función del valor individual basado en los criterios mercantiles.

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En conclusión, dichas reformas estructurales carecen de sentido porque no responden a los desafíos que encuentra el mundo en la actualidad. En este momento, el modelo necesariamente entra en la notable crisis del capitalismo.[19]  Aunque es imposible imaginar un mundo sin él, el capitalismo enfrenta una crisis terminal que hace imposible pensar en su futuro. Estamos en un tiempo decisivo. Para decirlo con Antonio Gramsci, lo viejo no acaba de morir ni lo nuevo de nacer. Los nubarrones de un mundo afectado por la violencia ecológica del capitalismo evidencian que no se puede seguir en el mismo camino de destrucción del delicado equilibrio ambiental del que depende nuestra vida.

La educación integral, aquella consistente con la mejor experiencia de la humanidad, no puede ser un bien comercializable: los valores no pueden reinterpretarse dentro de la dimensión mercantil, a menos que pierdan su función como guías de la acción humana con sentido. La educación no es un producto mensurable según criterios de calidad competitivos. Esto vale más para las universidades vinculadas a sociedades afectadas por graves problemas sociales de naturaleza estructural. ¿Cómo puede encontrarse un camino esperanzador si el punto de partida es una educación sujeta a los criterios de los grandes poderes económicos responsables de la crisis?

La educación emancipadora

La crisis mundial nos ha pillado en un momento en el que se han atrofiado las potencialidades críticas de la ciudadanía. Nos hemos acostumbrado a vivir bajo políticas públicas en manos de “tanques de pensamiento” que responden a las ideas de sus benefactores y proponen siempre las mismas soluciones, en el contexto de programas llevados a cabo sin ninguna libertad académica.

No se puede insistir suficiente en el signo profundo de la crisis de la educación. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el filósofo Karl Jaspers afirmaba que la universidad debe cultivar la ciencia, pero que “la investigación y la enseñanza de la ciencia están al servicio de la formación espiritual como proceso de manifestación de la verdad”.[20] Jaspers había vivido la distorsión que implicó el nazismo en la vida universitaria. Este simple recordatorio muestra que es necesario pensar las reformas de la universidad con base en una recuperación de la conciencia integral de la humanidad.

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En este sentido, no puede negarse que la crisis espiritual ya tiene repercusiones en la misma continuidad de la vida sobre la Tierra, como lo prueba la intensificación del discurso sobre el Antropoceno. Poco se puede avanzar cuando se “piensa” siguiendo el nihilismo distópico del capitalismo en crisis.

Es un fenómeno interesante que precisamente en la época del conocimiento, se quiera despojar a este del carácter crítico que le es constitutivo. Este, a través de la propiedad intelectual, se ha convertido en un bien comercializable sujeto a la lógica extractiva del capitalismo zombi. Y ha desarmado a la educación, y con ella, a la ciudadanía crítica. En consecuencia, se ha visto el advenimiento de la posverdad y la muerte del conocimiento experto, útil para negar, por ejemplo, la crisis climática. En este contexto, la idea del bien común carece de sentido.

Es necesario actuar con prontitud, los desafíos empeoran. La crisis climática pone en riesgo la vida y bienestar. Asimismo, hay que examinar las consecuencias negativas de la innovación tecnológica, debido a su carácter disruptivo, que impide a las sociedades evaluar su impacto. Es imposible vivir en un mundo en el que la riqueza mundial se concentra en pocas decenas de personas. El problema es muy grave cuando dichas amenazas se gestan en el contexto del retorno del autoritarismo. La lógica neoliberal es ciega a estas consideraciones.

Simone Dalmasso

Es imposible tratar estos problemas desde un sistema sociopolítico que descansa sobre los pilares que producen tan urgentes desafíos. Se necesita optar por modelos políticos basados en el respeto de la dignidad y el genuino lugar del ser humano en una naturaleza interconectada que se resiste a ser puro recurso.  El sentido de la vida humana ya no puede situarse en esos campos de acción que alienan al ser humano, alejándolo de la misma viabilidad de su existencia.

En nuestro contexto concreto, la universidad siempre ha tenido que ver con la construcción de las naciones.[21] La universidad latinoamericana se vincula desde el inicio con la creación de las sociedades que surgen del encontronazo entre América y Europa. Hay que recuperar una de las funciones de la universidad en el contexto latinoamericano: la creación de una fuerza espiritual que guíe a la sociedad en crisis.

Es necesaria la universidad crítica en estos momentos de transformación. Este es el sentido de la reforma educativa universitaria, no su optimización en el marco de la competitividad global. Si estas medidas no se practican con claras aspiraciones morales no se podrá llegar a un resultado valioso. La universidad es ineludiblemente política y, en este momento, debe luchar por la revaloración de lo público y el bien común.

Esto no significa olvidar los desafíos económicos que plantea la vida individual. Al final, los graduados universitarios ofrecen servicios profesionales. Pero siempre será preferible un ser humano crítico que domine los principios de su disciplina a una persona provista de las habilidades exigidas por un sector económico perdido en la idea del crecimiento infinito.

Es necesario, por lo tanto, ubicar las demandas estudiantiles de la Universidad de San Carlos de Guatemala como demandas ciudadanas orientadas al bien común. Son necesarias para la más estricta viabilidad de nuestras precarias sociedades. La sociedad debe apoyar a los estudiantes en este intento por situarse a la altura de los tiempos. Implica la supervivencia misma de nuestra sociedad, y de la comunidad global.


[1] La tesis del capitalismo del desastre, de Naomi Klein, argumenta que las crisis son aprovechadas por los artífices del orden capitalista. La OCDE reconoce que los momentos de crisis son propicios para imponer las famosas “reformas estructurales”.
[2] Estas tendencias se dan en la Universidad de San Carlos. Los trabajadores se ven sujetos a medidas de control, a un colapso de las diferentes esferas de vida (se trabaja en la casa). El rector actual se ha rodeado de personas que llevan a cabo tareas de acoso (fotografías a las tarjetas de horario, cámaras que controlan a los catedráticos y empleados). Afortunadamente, la Procuraduría de los Derechos Humanos ya ha tomado acciones en contra de estas políticas de acoso.
[3] Henry Giroux, Neoliberalism’s War on Higher Education, Chicago, Haymarket books, 2014, p. 1.
[4] Ulrich Beck, El regreso del darwinismo social o ¿qué universidad queremos?, en: Ulrich Beck, Crónicas desde el mundo de la política interior global, traducción de Alicia Varelo Martín, Barcelona, Paidós, 2011, p. 71.
[5] Joel Spring, Economization of Education: Human Capital, Global Corporations and Skills-Based Schooling, New York, Routledge, 2015.
[6] Margaret Thatcher afirmaba que la economía era el método, pero lo que se buscaba al final era cambiar el alma (véase David Harvey, A Brief History of Neoliberalism. Oxford: Oxford University Press, 2005, p. 23).  Las ideas de Wendy Brown se desarrollan en El pueblo sin atributos: La secreta revolución del neoliberalismo. Barcelona, Malpaso. 2016.
[7] Christian Laval y Pierre Dardot, La pesadilla que no acaba nunca: El neoliberalismo contra la democracia, traducción de Alfonso Díez, Barcelona, Gedisa, 2017, p. 11.
[8] Carlos Fernández Liria, Olga García Fernández y Enrique Galindo Fernández, Escuela o Barbarie: entre el neoliberalismo salvaje y el delirio de la izquierda, Madrid, Akal, 2017, p. 81.
[9] Joel Spring, op. cit., p. xi.
[10] Pilar Cabrera Santafé y Eduardo Luque Guerrero, Nos quieren más tontos: la escuela según la economía neoliberal, Barcelona, El Viejo Topo, p. 61.
[11] Ver Philip Mirowski, Never Let a Serious Crisis go to Waste: How Neoliberalism Survived the Financial Meltdown, Londres, Verso, 2013.
[12] Steffen Mau, The Metric Society: On the Quantification of the Social, Londres, Polity, 2019, p. 49.
[13] Las diferencias suelen apuntar a diferentes procesos históricos que muchas veces no son comparables con base en un eje compartido, como sí sucede con las desigualdades. Como señala Mau, la evaluación métrica que suponen los ránkings asume como modélica la universidad de investigación anglosajona.
[14] Ulrich Beck, Op. Cit., p. 73.
[15] Carlos Fernández Liria y Clara Serrano García, El Plan Bolonia, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2009, p. 77.
[16] Véase Las competencias en la educación: Un balance, de Denyer, Furnémont, Poulain y Vanloubbeeck,.
[17] Ver Calidad educativa: Historia de una política para la desigualdad, de Sebastian Plá.
[18] Philip Mirowski, Science-Mart, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press, 2011. Véase Tambien Colin Crouch, The Knowlede Corrupters: Hidden Consequences of the Financial Takeover of Public Life. Cambridge, Polity, 2016.
[19] Wolfgang Streeck, How Will Capitalism End? Londres, Verso, 2016.
[20] Karl Jaspers, La idea de la Universidad, trad. de Sergio Marín García, Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, 2013, p. 67.
[21] Joan Wallach Scott, Knowledge, Power, and Academic Freedom, New York, Columbia University Press, 2019, p. 96.
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