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Serie «El Chapo»: mitos y realidades en las historias de los príncipes de la mafia (1)
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Opinión

Serie «El Chapo»: mitos y realidades en las historias de los príncipes de la mafia (1)

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Quizá buena parte de los lectores de esta columna identifiquen con facilidad la serie de televisión referida. Dos temporadas (con no menos de 12 episodios cada una) se han dedicado a contarles a las nuevas generaciones vida, obra y milagros de una de las figuras criminales más conocidas de nuestros tiempos.

La serie El Chapo compite en Netflix con al menos otras cinco producciones relacionadas con la temática del narcotráfico: 1) Narcos (una muy pobre producción sobre la vida de Pablo Escobar en la cual el actor principal, que es brasileño, debe fingir el acento paisa), 2) El señor de los cielos (la serie que trajo de vuelta la histórica figura del primer gran narco mexicano, Amado Carillo, y que luego de la primera temporada dejó de tener alguna coherencia), 3) La reina del sur (la serie en la cual Kate del Castillo personifica a la ficticia Teresa Mendoza, personaje que Del Castillo parece haber interiorizado demasiado al momento de escribir por Twitter), 4) El capo (no hay mucho que decir al respecto) y 5) Breaking Bad (que, se debe reconocer, introdujo al público estadounidense a una realidad poco conocida, la de los narcos gringos, y pudo retratar muy bien cómo es el tráfico de droga sintética sin la necesidad de los carteles —sobre este tema vale la pena leer el libro escrito por Jesús Esquivel titulado Los narcos gringos: una radiografía inédita del tráfico de drogas en Estados Unidos—).

¿Tiene alguna importancia que las historias del narcotráfico se transformen en películas o series de televisión? La verdad, sí, aunque, en términos generales, no por las razones correctas. Series como El Cartel de los Sapos o El señor de los cielos no generan ningún debate público inteligente. Solo popularizan las jergas narcas entre los jóvenes. La glorificación del crimen organizado en estas series pone en entredicho la libertad del consumo de este tipo de producciones. Pero en la serie El Chapo hay un elemento distinto: hay un grado de seriedad en la investigación de los hechos.

De lo anterior, algunos ejemplos.

La segunda temporada hace referencia a un evento único en la historia de la ciudad de Culiacán, Sinaloa: el día que fue enterrado el hijo de Joaquín Guzmán Loera (Édgar Guzmán) se terminaron las rosas en la ciudad de Culiacán. Los príncipes de la mafia compraron todas las rosas para hacer un presente en el funeral. El evento se conoce cómo el día que no hubo rosas en Culiacán. Un año después, en la misma fecha, se vendieron en Culiacán 50 000 rosas a un mismo comprador para celebrar el aniversario luctuoso del hijo del capo. Agrego a todo esto que la fecha del entierro de Édgar Guzmán fue el 10 de mayo, pero la gente no pudo celebrar. El cantante de corridos Lupillo Rivera tiene una canción al respecto que puede escucharse aquí. Sobre este mismo evento, los productores de la serie El Chapo se tomaron el cuidado (y el riesgo) de filmar una escena frente a la gigantesca cruz que marca el lugar donde fue abatido el hijo del Señor de la Sierra. Esta enorme cruz está en un conocido centro comercial en Culiacán.

Otro detalle que la serie coloca cuidadosamente: Arturo Beltrán Leyva, primo de Joaquín Guzmán y quien eventualmente le declarara la guerra a este, aparece personificado como un narco paranoico, portando una profunda barba y botas blancas. Quizá esto no diga mucho, pero cualquiera que ha visitado Sinaloa nota que el uso de las barbas cerradas prominentes es muy común (en razón de una población mucho menos indígena que el resto del país). Beltrán se enorgullecía de su prominente barba al punto de que uno de sus apodos era precisamente el Barbas. Y siempre que podía vestía con botas blancas hechas de cuero de pitón. En sus mejores momentos vestía traje blanco de Gucci y botas del mismo color. No por nada otro de sus apodos era el Botas Blancas. Y, sí, en razón de ser un consumidor de su propio producto, se hizo violento y paranoico.

Por último, llama la atención que los productores de la serie hicieran referencia en alguno de sus capítulos a la discoteca Frankie Oh. Este antro fue famosísimo a inicios de los años 1990 en el hermoso puerto mexicano de Mazatlán. Era propiedad de Francisco Arellano Félix, una de las cabezas del temido cartel de los Arellano Félix. Quienes lo frecuentaban me cuentan que en su interior había una exhibición de animales salvajes. Era normal bailar alrededor de leones, tigres, monos, panteras y hasta llamas. Este lugar fue derribado hace una semana, luego de 20 años de resguardo.

Detalles de este tipo son posibles solo porque la serie tiene la influencia de dos personas en concreto: Gerardo Reyes y Anabel Hernández. Por así decirlo, la serie sigue el script de estos autores. El colombiano Reyes (actual director del equipo de investigación en Univisión) es un periodista especializado en temas del narcotráfico y recibió el Pulitzer mientras fue corresponsal del Miami Herald. Fue además de los primeros periodistas contactados por Guzmán Loera para dar entrevistas y de los pocos que lo rechazó por razones éticas. Anabel Hernández es una periodista mexicana que adquirió notoriedad a raíz de la publicación del libro Los señores del narco. Esta obra fue producto de una ardua tarea de investigación que le permitió a Hernández (entre otras muchas cosas) desmentir la tesis oficial sobre el primer gran escape del Chapo Guzmán.

¿Qué es lo más interesante de esta serie? Su hilo conductor. Esta serie mediatiza la hipótesis del pacto de impunidad entre el Gobierno federal y el narco. La hipótesis del gran pacto de corrupción establece en esencia que el gobierno de Vicente Fox aceptó y facilitó la fuga del Chapo. ¿Lo aceptó a cambio de algo? Sí, a cambio de dinero para que tanto el Gobierno federal como el liderazgo del Cartel de Sinaloa construyeran un megacartel monopólico. Todo esto, por recomendación de la misma DEA. ¿La finalidad? Hacer estable y predecible el mundo del narco en México. El garante de este pacto de corrupción sería el expresidente Felipe Calderón, quien para ello accedió a transformar la extinta Agencia Federal de Investigaciones (AFI) en el ejército privado del Chapo. Cuando la AFI no fue suficiente, el despliegue militar del sexenio calderonista continuó apoyando al Cartel de Sinaloa. Este acuerdo le permitió a los sinaloenses utilizar las fuerzas del Estado para afectar a sus enemigos. En consecuencia, la disputa de plazas explicaría la violencia que hoy caracteriza tanto a México.

Sin duda alguna, esta serie abrirá un debate público muy interesante por las implicaciones.

Si el tiempo y la coyuntura lo permiten, en las siguientes entregas realizaré un análisis de detalles interesantes (o de equivocaciones graves) en los diferentes capítulos apuntando a la atingencia histórica, a las características culturales y a la veracidad de los hechos, así como a detalles importantes que a veces pasan desapercibidos para el ojo amateur.

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