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Las pocas pertenencia de Osiris. Los zapatos llevan todo el recorrido desde Honduras

Personajes de la caravana migrante: Osiris, indocumentado, deportado, casado y macheteado

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En ese primer viaje, Osiris y su hermana cruzaron el Suchiate en balsa, viajaron en bus y tren a través de México, acompañados por su coyote quien, también, les consiguió dos parejas de padres falsos que los ayudarían a cruzar la frontera
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Personajes de la caravana migrante: Osiris, indocumentado, deportado, casado y macheteado

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Dentro de la caravana migrante de Honduras vienen varios deportados que sirven como guías y consejeros. Saben por dónde pasar y dónde no. Conocen el camino. Muchos de ellos dejaron familia arriba, "in the States". Su español está teñido de anglicismos. Osiris es uno de ellos, tiene a su esposa e hijos en Texas, donde espera llegar pronto. De momento, avanza sobre la barriga árida de México.

Osiris tiene una familia en Houston, su esposa y tres hijos pequeños.  Vivió más de 20 años en Texas, indocumentado. Llegó cuando apenas tenía 11. Hace dos años, en el 2016, la policía lo detuvo manejando.

“Como no soy americano, no tenía licencia o aseguranzas, insurance, para el carro”, dice, sentado sobre el puente que une a Guatemala con México. Después, lo deportaron y no tuvo más remedio que regresar a su natal Colón. Su rostro es severo, su mirada firme, su carne curtida por tres días bajo el sol de Guatemala.

Durante los últimos años Osiris trabajo en lo que podía. El año pasado su esposa Susana, ciudadana estadounidense, viajó hasta Honduras para casarse con él. Fue una ceremonia pequeña. Y entonces empezó su proceso de naturalización. La primera victoria: el gobierno de Estados Unidos reconoció el matrimonio de los dos. Luego, vendría una entrevista con la embajada. Estaba, admite, very excited. Pero días antes un primo lo atacó usando un machete. Apenas sobrevivió. Y, para evitar que lo matara, decidió huir junto a la caravana, el pasado sábado 13 de octubre, diez días antes de su cita.

“Han cambiado las fronteras desde la primera vez que me fui, en el 99”, cuenta. “Pero ahora que salimos de Guatemala, me siento más cerca de mi esposa”.

Osiris nació en 1987, en Colón. Es el mayor de dos, su hermana Valeria nació 3 años después. Sus padres, campesinos, trabajaban en un campo bananero. Eran cargadores, llevaban la penca en la espalda a la empacadora. Luego a finales del 1998 pegó el Mitch. El huracán causó, en Honduras, más de 7 mil muertes y hasta US$4 billones en daños. Los hondureños calificaban entonces a obtener el Temporary protected status (TPS) un estatus migratoria que Estados Unidos otorga a personas de países afectados por conflicto armado o desastres naturales. Se estima que hasta 60,000 hondureños y hondureñas recibieron el TPS. Entre ellos los padres de Osiris, que llegaron a Estados Unidos acogidos a esta protección. Pero, por un descuido, Osiris nunca recibió este estatus.

—Te queremos, mijo—, le dijo su madre, la madrugada que se despidieron.

—Cuida mucho a tu hermana—, le dijo su padre.

Mientras sus padres estaban en Houston, él y su hermana vivieron con una tía, hermana de su mamá. En esa época, la hermana de Osiris tenía 8, “y yo la cuidaba siempre”, cuenta. Sus padres les enviaban dinero para la comida, para sus útiles escolares. Cuando Osiris cumplió 11 años recibió una nueva bicicleta, “una Bacini morada, de montaña”, recuerda riendo. Pero poco pudo Osiris jugar con su Bacini, pues al poco tiempo sus padres tenían el dinero para pagarle el coyote a él y a su hermana. “Le regalé mi bici a mi primo Sebastián, que era como mi mejor amigo”, agrega.

Alejandro García

En ese primer viaje, Osiris y su hermana cruzaron el Suchiate en balsa, viajaron en bus y tren a través de México, acompañados por su coyote quien, también, les consiguió dos parejas de padres falsos, uno para cada uno, que los ayudarían a cruzar la frontera de Matamoros-Brownsville. Del otro lado, Osiris y su hermana abordaron un bus, un Greyhound, de camino a Houston. Unas seis horas después se reunieron con sus padres.

“Me montaron en un convertible rojo, que era de un amigo de mis papás, y nos llevaron a comer a un bufete de comida china”, cuenta. De inmediato empezaron a estudiar en la Janowski Elementary School. “Fue por ratos difícil”, cuenta Osiris. “Como casi no hablábamos inglés, los niños nos miraban raro, nos tiraban miradas feas, nos hacían quedar mal con la maestra”. A pesar que en Janowski habían otros latinos, Osiris admite haber pasado un mal rato. “Miss Rodríguez, mi maestra, nos ayudó mucho”, sonríe.

Luego pasaron el Burbank Middle School donde, equipado con un buen inglés, Osiris señala que era un buen estudiante, “Straight A’s”, añade, “puros 90s y 100s”. Sobresalía en clases como matemática, español, ciencia y arte.

Durante esos años sus padres gozaron de los beneficios de tener una TPS: acceso al sistema de salud público y a permisos de trabajo; el padre de Osiris trabajaba lavando casas de ladrillo, mientras su madre laboraba en una bodega de ropa. Sin embargo, dado que ellos nunca llevaron a Osiris a las cortes, a iniciar su proceso, a admitir que había entrado de forma ilegal al país —tenían miedo de las represalias, señala el joven— él no recibió el mismo trato.

A finales de los noventa, mientras Osiris resaltaba en Burbank, la relación de sus padres empezó a tener fricciones. “Mi papá tomaba mucho y era muy violento; llegaba a casa y golpeaba a mi mamá”, dice, empuñando las manos. “A veces yo defendía a mi mamá, pero era aún muy pequeño. Llegó el momento en que ya no quería meterme con la vida de ellos”. Empezó entonces a faltar a clases.

A los 17 la policía lo aprehendió por no ir a clase. Repitió la falta varias veces. Lo empezaron a llevar a los centros de detención juvenil. Fue puesto en libertad condicional. Violó su probation. Y así, “in and out of jail”, saliendo y entrando de la cárcel, dice, resignado.

En el 2010, con 25 años, Osiris conoció a su esposa, Susana, en una fiesta. “Ella me estaba viendo desde que entré”, cuenta   

—Vamos a agarrar balsa, compañeros— pasó corriendo otro migrante frente a Osiris, meneando las manos, como para acarrear a la gente. —Esos desgraciados en México no nos van a dejar pasar. ¡Vénganse! ¡Vámonos! — Le siguieron otras cinco personas, todas con sus pertenencias.

“Me fui a sentar con ella y le dije, ‘hola, me llamo Osiris; noto que solo te me quedas viendo. Qué bonita estás. ¿Me das tu número?’” y le sonrío, cuenta, arrogante y copiando quizás la misma sonrisa que ofreció a Susana. Osiris ríe ante la atención de otros migrantes que se fueron sentando a un lado a escuchar su relato, acaso olvidando incluso el tremendo sol de San Marcos.

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Tres meses después se fueron a vivir juntos. Para ese entonces Osiris trabajaba en remodeling and junk removal, “remodelaciones y botando chatarra”, agrega, “ese primer año juntos la embaracé del primero”, y sonríe orgulloso. Luego llegaron los otros dos. “Llevábamos ocho años de vivir juntos cuando me deportaron”. Su rostro severo, como sacudido por un viento tremendo, pierde firmeza y, de repente dúctil, tiene los rasgos inconfundibles de la tristeza, puchero y todo.

En el 2016, a Osiris la policía de Houston le hizo señas de detener su auto, pero él, asustado y sin papeles, se dio a la fuga. La sentencia: evadir el arresto en un vehículo. El castigo: la deportación.

Una boda en Colón, un machetazo inesperado, una terminal en San Pedro Sula

Alejandro García

En Honduras Osiris siguió los pasos de sus padres, empezó a trabajar en fincas, como jornalero y a veces como ayudante de albañil. Así pasó un año, apenas sobreviviendo. Según un estudio realizado por el Servicio de Administración de Rentas (SAR) en Honduras, alguien trabajando en la rama de Osiris, en el 2018, debería ganar hasta 7,172 Lempiras —1,194 Lempiras menos del costo de la canasta básica hondureña— sin embargo, resalta que tenía suerte si llegaba a los 6,000. Mientras, Osiris vivía en una de las casas que sus padres compraron con el dinero obtenido en Estados Unidos.

A mediados del año pasado, Susana viajó hasta Honduras con sus tres hijos y contrajo matrimonio con Osiris. Fue una boda sencilla, admite. “Pero le compré su traje, zapatillas blancas, joyas de fantasía y pos fuimos a la municipalidad con testigos, mis hijos, nos sacamos fotos y fuimos a comer comida china”, cuenta, sonriente de nuevo. Susana se quedó en Colón por un mes y regresó.

“Tengo que regresar, man, tengo que estar con ella”, sentencia, bravo, Osiris y viendo la puerta de la aduana de México que se abría por ratos, dejando pasar apenas 300 personas al día.

Cuando Susana regresó a Houston, Texas, ella inició la papelería de naturalización de su esposo. Pronto Estados Unidos reconoció el matrimonio entre Osiris y Susana. Al poco tiempo recibió una carta de la embajada estadounidense en Honduras confirmando una primera entrevista.

“Pero no pude ir”, dice Osiris.

Un día, después de trabajar, Osiris estaba en su cuarto escuchando música cuando sintió, como el lo llama, un filazo en la nuca. Volteó a ver y era su primo Sebastián, el mismo primo al que le dejó su Bicini morada, empuñando un machete afilado, en sus ojos Sebas tenía un odio violento, brutal, primitivo. Sebastián macheteó una vez más, alcanzando a Osiris en el hombro derecho. Osiris lo empujó, lo abrazó, empezaron a forcejear, cubiertos de sangre. Sebastián movía su mano, queriendo darle otra tajada a su primo. Después de unos minutos rodando en el suelo, Osiris logró desarmar a su primo. Pasó al hospital. Los médicos cosieron las heridas. Temiendo por su vida, Osiris empacó sus cosas y agarró para la terminal de San Pedro, para unirse a la caravana.

“Ni yo sé por qué lo hizo este vato”, cuenta Osiris, enseñando la carne abultada y apenas cicatrizada de su hombro. “Nunca habíamos tenido un problema o una pelea…”

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“¿Alguna vez discutieron o…?”. “Nada, para nada. Éramos buenos amigos”. “Pero tiene haber una razón, por más mínima…”. “Te digo que no lo sé, man,” respondió, visiblemente molesto, “I don’t know, truly. Ya solo quiero ver a mis hijos”.  

El viernes a medio día Osiris dejó la aduana guatemalteca e ingresó al bardo, el limbo entre Guatemala y México, sobre el Suchiate. Permaneció ahí 36 horas, antes de tomar balsa hacia el otro lado. Antes de salir admitió estar nervioso de esa pasada, “siempre es la más larga, la más dura”, dijo, “y luego no sabemos si Estados Unidos nos va a abrir”. Luego añadió que no está del todo en contra de quedarse en México. “Los padres de Susana son de Morelos, hemos hablado de encontrarnos allá; ya veremos”. 

Osiris es apenas uno de los cientos de deportados dentro de la caravana, cientos que esperan regresar a su viejo vecindario, a su vida anterior, a hablar inglés, a ganar en dólares y mantener su familia con un solo salario. De los que recienten la escasez de Honduras y, a pesar de las políticas severas que los perjudicaron, aprecian a los Estados Unidos de América. Mientras, hace falta atravesar el último país de Mesoamérica y así regresar al rostro de Abya Yala.

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