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Los nombres de los miembros de "los gorras rojas" apuntados en el anverso de las viseras del grupo

Personajes de la caravana migrante: Los Phillies de Honduras

Decidieron, entonces, seguir juntos, descansar en los mismos albergues, comer en grupo, contar sus sueños y aspiraciones.
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Personajes de la caravana migrante: Los Phillies de Honduras

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La caravana de migrantes de Honduras sigue su paso en México. Los más de tres mil migrantes han atravesado toda Guatemala, montaña, jungla, ciudad y desierto, y es lógico que las personas se agrupen. Los del Olimpia de un lado y los de Motagua del otro. Deportados por aquí. Mujeres con bebés por allá. En el mar de gente resaltan 18 hombres y 2 mujeres todos con la misma gorra, la de los Phillies de Filadelfia. Estos son los Phillies de Honduras, o los de la Gorra Roja, un grupo de amigos que se conocieron en el viaje y ahora quieren llegar y vivir juntos en Estados Unidos.

Redes-lateral

¿Van todos a Filadelfia?, pensé, cuando vi por primera vez, entre la multitud de migrantes de la caravana hondureña, a un grupo de personas con gorras rojas del equipo de béisbol Phillies, de Filadelfia. Pero no era por eso. Tampoco es que sean fan de los Phillies. ¿Serán miembros de una misma familia?, intuí. No estaba del todo equivocado.

Los vi por primera vez el 19 de octubre, cruzando la aduana de Guatemala, rumbo a México. Un día después me los volví a topar, sobre el puente que cruza el Suchiate.

—Eh, ¿una foto, compa?— dijo alguien detrás de mí. Era uno de los gorras rojas. A pesar de lo nublado, el sol castigaba perverso. 

Le sonreí y le pedí que posara, y lo hizo, al lado de otros Phillies. Todos jóvenes, incluyendo una madre con su nena. Un par hicieron a un lado su almuerzo: tortillas con carne. Les saqué la foto.

—¿Les puedo hacer una pregunta? — dije —¿Por qué las gorras?

Se voltearon a ver y empezaron a reír.

Cynthia Baquedano (24) y su primo, Stanley Joel Vásquez (23) salieron de Trujillo, en la costa norte de Honduras, de camino a la terminal de San Pedro Sula el viernes 12 de octubre, para unirse a la caravana migrante. Salían de su ciudad natal pues, a pesar de tener un título de maestro de educación primaria, ninguno había podido ejercer porque no hay plazas disponibles.

Por ejemplo, Cynthia se graduó en el 2014 y solo ha trabajado cubriendo a las maestras titulares. Stanley ha sido forzardo a trabajar en construcción, ganando 200 lempiras al día.

“Pero yo tengo una nena”, dice, “y el bote de leche cuesta 350”.

Ni siquiera el salario promedio de un maestro de educación primaria en Honduras, 6 mil lempiras, les habría alcanzado para cubrir el costo de una canasta básica, que ronda los 8 mil lempiras.

“Por eso salimos”, cuenta, sentada sobre las abandonas vías del tren que descansan oxidadas en el puente sobre el río Suchiate, el pasado 20 de octubre.

Simone Dalmasso

Salieron entonces el 12. Pero su aventura casi termina antes de empezar. Cuando Cynthia y Stanley iban por Ceiba, un operativo militar detuvo el bus donde viajaban. Varios muchachos subieron, encapuchados y con armas, y apuntándole a la gente. Los primos, sumidos en el temor, bajaron el rostro, temblaban. “Pero estaban buscando a otras personas”, dice Stanley, “y se bajaron”.

Al tiempo los dos llegaron a San Pedro. El sábado 13 la caravana salió de San Pedro Sula y durante el camino conocieron a otros migrantes. “Todos con cara de perdidos”, ríe Cynthia. “La peculiaridad de nosotros es que todos estamos haciendo este viaje por primera vez, entonces fácil veíamos al resto y se notaba que no sabíamos bien qué hacer y así nos fuimos juntando”.

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El lunes 15 entraron a Guatemala, pero en vez de pasar la noche en el Colegio San Benito, en Esquipulas, muchos siguieron su paso hasta Zacapa. Cynthia, Stanley y seis más llegaron al albergue Corazones Felices, en Teculután atendido por varios extranjeros.  

“Los gringos nos atendieron bien”, cuenta Oscar Cruz Pineda de 20 años, de San Pedro. “Y ahí nos dieron estas gorras”, dice Engel Solórzano de 18, que en Honduras tenía que trabajar como jornalero. “¿Había alguien de Filadelfia?” pregunto. “No,” responde Stanley, “Doña Karen era de Chicago”.

“Fue más bien un regalo para distinguirnos entre nosotros”, añade Elmer Josue Rivera, originario de Santa Bárbara. “Fue idea de ellos. Nos vieron que nos llevábamos muy bien y nos las regalaron”.

En el anverso de la gorra escribieron los nombres de todos: Cynthia, Stanley, David, Josué, Alex, Denis, Oscar, Cristián, Elmer, Lourdes, Ariani Beatriz y la fecha que se conocieron: 15-10-18.

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Decidieron, entonces, seguir juntos, descansar en los mismos albergues, comer en grupo, contar sus sueños y aspiraciones. Como Cynthia que, resignada, dice que una vez en Estados Unidos espera trabajar de lo que sea para enviar dinero a su familia; aunque admite que le gustaría finalmente dar clases y seguir estudiando. Elmer Josué también, “yo le hago a todo”, dice “dinero es dinero, usted sabe, ¿va?” O Stanley que su prioridad es juntar dinero para su hija, Breily Valdés, quien cumple dos años en noviembre. “Primero es darle a ella lo que yo nunca pude tener en Honduras”, afirma, “luego pues si puedo seguir con mi profesión, sería mi sueño. Quiero dar clases, me apasiona dar clases”. Edgar David Mendoza de 18, de Choloma, también tiene también una hija de dos años a la que le quiere dar una mejor vida. “Quiero comprarle sus vestidos, darle educación y que nunca le falte nada”, cuenta, sonriendo, “le quisiera sacar sus papeles y que se quede también en los Estados. Primero es ella. Después yo.”

Edgar David cuenta que haberse separado de ella le ha afectado mucho, dice que ha llorado muchas noches por no poder cargarla y abrazarla. “Pero para esto están mis amigos; ellos me han ayudado mucho”, dice.

Los Phillies de Honduras tienen también en su alineación a una pareja y su hija, Daniel Antonio Aguilar y Lourdes Pérez, ayudante de albañil y ama de casa, respectivamente; ambos de 22 años, ambos de Cofradía, Cortés y padres Ariani Beatriz, de 5 meses.

“Todos somos muy unidos”, señala Lourdes, meciendo a su hija. “Además me ayudan con mi hija; la cargan, le hacen cariño, juegan con ella, le dan agua y su comidita”.

Y así el cariño siguió creciendo, tanto que han llorado cuando les ha tocado separarse, entre ciudades y jalones. Cynthia cuenta que cuando salieron de la ciudad de Guatemala, de camino a Tecún Umán, en uno de los jalones, como de costumbre, el grupo pidió que abordaran primero mujeres y niños. Al vehículo subieron solamente Lourdes, su hija y Cynthia.

Alejandro García

“Me puse a llorar enfrente de la gente”, dice, “no me quería separar, tenía mucho miedo, ya estaba oscuro y estaba lloviendo; me puse muy desesperada. Quería estar con todos. No los quería dejar”. Pero luego, horas después, cerca de la medianoche del jueves 18 se reencontraron en el parque central de Tecún Umán. “Y nos encontramos por las gorras”, ríe Cynthia. “Imagínese, tanta gente y rápido nos vimos”.

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“Fue una gran alegría”, puntualiza Elmer. “Ahora nos identificamos como familia, todos veníamos de diferentes lugares y nos juntamos sin conocernos; fue por obra de Dios,” continúa Cynthia. “Fue por obra de Dios”, repite, seria, convencida, conmovida. “Sí,” continúa Oscar. “Aquí ya todos somos hermanos”. “Donde come uno”, inicia Cynthia. “¡Comen todos!” responde el grupo, en coro y empiezan a aplaudir. Elmer casi bota su tortilla.“Si nos dan una galleta, la repartimos entre todos”, dice Cynthia.

Todos piensan ya en Estados Unidos. Algunos tienen familia en Texas y ese podría ser el destino final de los Phillies de Honduras, de todos ellos y ellas. “La idea es llegar juntos, seguir juntos”, sonríe Cynthia y se seca el sudor. “Primero nos tienen que dar el paso”, señala Elmer, a medias con su segunda tortilla con carne.

“Y así va a ser”. Cynthia empuja juguetona a Elmer. “Somos una familia ya,” continúa serio Oscar; en su voz sincera esconde también una firme seriedad. “Ya hemos dicho que queremos hacer todo el trayecto juntos y, pues si se puede, ya estando allá, vivir cerca. O todos juntos en un edificio sería lindo”. “Cuando entremos”, advierte Elmer, “vamos a fundar nuestra comunidad catracha en Texas”.

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