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Libertad, censura y fe
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Opinión

Libertad, censura y fe

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Para decidir y actuar consecuentemente, el conocimiento y la ciencia nos sirven de poco. Éstas sin duda nos revelan lo que existe y nos informan sobre lo que ya está ahí, pero es la fe, cierta fe, la que nos mueve a actuar.

En efecto, es la fe, cierta fe, la que nos hace decidir en última instancia entre diversas opciones; entre aquello que valoramos, valoramos menos o simplemente no valoramos; entre lo que existe, no existe o debiera existir. La decisión que tomemos, nuestro accionar y la energía que le dediquemos dependerá, en última instancia, de la intensidad de nuestra fe. Es —por más conocimientos que tengamos, por más análisis científicos que llevemos a cabo, por más rumiajes filosóficos que realicemos— una decisión basada en la fe. Pero seamos claros: de cierta fe, pues la hay de al menos dos tipos.

La primera, la que Mauricio Lazzarato llama la fe-hábito, es una fe que parte de la creencia de que el mundo y la realidad forman un todo ya dado, determinado de antemano y supuestamente coherente. Ésta es la fe de las creencias religiosas, los nacionalismos y los sistemas políticos autoritarios y/o totalitarios en los que la verdad es siempre La Verdad: única, inmutable y eterna.

La otra, la fe-confianza, supone que el mundo se crea día a día, que la realidad no es un todo ya dado o determinado de antemano y que, por ende, las verdades, si es que las hay, se van construyendo y desechando. Es un mundo que existe en el presente, lo que de ninguna manera quiere decir que ignora el pasado o desprecia el futuro, que no tienen un telos definido, una meta clara y conocida a priori. En el mundo de la fe-confianza no existe, literal o metafóricamente, un cielo o un infierno que premie o castigue nuestros actos de acuerdo a una receta previamente establecida, a Una Razón. Por el contrario, en este mundo hay múltiples razones y La Razón, si es que la hay, la tenemos entre todos. Es un mundo que reconoce que la realidad es incompleta e indeterminable y es precisamente esta condición inacabada la que impulsa a actuar.

Si el resultado de actuar bajo los parámetros de la fe-hábito es determinado y conocido de antemano (y por ende no es realmente un actuar sino más bien un imitar), el mundo de la fe-confianza se abre a lo desconocido y asume la incertidumbre como principio rector. Esto, quizás, es precisamente lo que en gran parte distingue al conservador: negar la posibilidad de lo incierto, hacer lo posible para que todo siga igual, “cambiar” para que nada cambie, ya que basa sus decisiones en la fe-hábito, en el futuro como consecuencia “lógica” y esperable de las experiencias previas pues ambas, experiencias y expectativas, las imagina existiendo en una línea recta y continua. Es por ello, supongo, que el conservador es desconfiado por naturaleza pues para actuar a sabiendas de que el futuro es incierto es necesario tener confianza en uno mismo y, sobretodo, en los otros, en aquellos que nos rodean.  

Con todos los peros que tiene el sistema político/legal norteamericano, hay una idea epicúrea en su Declaración de Independencia que siempre me ha gustado: que el Estado garantiza the pursuit of happinnes (la búsqueda de la felicidad). Me gusta porque no asume que la felicidad es una y existe, que se la puede señalar y decir: “ve, ahí está la felicidad”. Por el contrario, se conceptualiza como un horizonte al que es imposible llegar pero que sin embargo motiva nuestro actuar. Es la búsqueda, el camino, lo que importa. No sé si sea cierto o no, es decir, no sé si sea la búsqueda de la felicidad lo que nos motiva a actuar pero, sea como fuere, creo que algo parecido sucede con la libertad de expresión pues ésta no es un algo ya dado, definible y determinable sino, más bien, un horizonte indefinible e inconmensurable que se construye día a día, palabra a palabra, protesta a protesta. Lo que hoy entendemos, groso modo, como libertad de expresión hubiera sido inimaginable mil, cien, 30 años atrás; pero, al mismo tiempo, nuestro actual concepto de libertad será algún día considerado exiguo, limitado y limitante (o al menos eso quiero creer).

Indudablemente, la decisión del director de Plaza Pública de cerrar el blog “La vida (parcialmente) examinada” fue una decisión originada en y justificada por la fe-hábito. El motor del proyecto de Plaza Pública en su conjunto, sin embargo, pareciera ser la fe-confianza y la libertad de expresión como horizonte de acción. Por ahora, habrá que esperar si los puntos expuestos en el pronunciamiento de columnistas de este medio serán resueltos del lado de la fe-confianza o de la fe-hábito. En un país tan dado a esta última, a Verdades absolutas, a restringir experiencias y limitar expectativas, urge profundamente que sea la confianza la que prime. Si no, ¿para qué?

La libertad de expresión no es un algo ya dado o determinable, sino un horizonte indefinido e inconmensurable que se construye día a día, palabra a palabra, protesta a protesta.
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