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La utopía de una vida tranquila y digna
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Opinión

La utopía de una vida tranquila y digna

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La semana pasada, una muchacha de California me contaba que había tomado un bus en Quetzaltenango junto con una amiga, luego de una alegre visita a Chichicastenango.

Luego de unos minutos, todos, excepto ellas y otra mujer, bajaron del ruletero. Uno de los tres hombres que iba allí cerró la puerta de golpe y les apuntó con una arma. Durante más de media hora recorrieron las hasta hace poco tranquilas calles de la ciudad, mientras uno de los hombres les gritaba y las insultaba. Muertas de miedo por lo que podría pasarles, se lanzaron sobre los hombres y pudieron escapar. Me cuenta que durante el trayecto trató de alertar a algunas personas, pero nadie pudo o quiso hacer nada.

Hace algunos días, el esposo de la prima de un amigo murió en el intensivo del Hospital Roosevelt. Había sido herido de bala por otro conductor en un semáforo del bulevar Los Próceres. Según leo en las noticias, algunas versiones aseguran que un hombre había chocado su carro, el mismo que más tarde sacó un arma y lo mató cuando el familiar de mi amigo iba a reclamarle por la agresión. Al parecer ni siquiera hubo un cruce de palabras. Tenía 32 años e iba con su hijastro de 16 años, quien de la noche a la mañana no sólo había presenciado un asesinato brutal y a sangre fría, sino también se había convertido en testigo presencial del hecho.

Tan sólo unos días antes, el Presidente de la República había presentado con gran satisfacción el informe de su primer año de gobierno, en el que comentaba, según datos de elPeriódico, acerca del descenso en un 10%, es decir 526 homicidios menos; una reducción de casi 5 puntos en la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes; un 33% menos de secuestros; y una reducción del 6% en el robo de vehículos. Lo siento, los porcentajes sólo son una engañosa manera para excusar la imposibilidad y la falta de voluntad del gobierno en su supuesta lucha contra la violencia. Además, el optimismo y el supuesto trabajo que se está haciendo no concuerda para nada con lo que vivimos en el día a día, con el miedo a salir a las calles, con la terrible frustración de tener que estarle explicando a nuestros hijos las razones por las que hay que tener tanto cuidado al moverse por este país.

Pero como siempre, hay que mirar hacia atrás en nuestra historia para explicarnos las razones de la violencia, lo cual no exculpa a nadie en este presente tan sombrío, claro. Hay demasiadas preguntas qué contestar: ¿por qué hay tantas armas circulando?, ¿por qué los alcaldes como el de Xela siguen tan sonrientes mientras en su ciudad se continúa robando y asaltando?, ¿por qué hay tantos obstáculos para poder tener una vida tranquila y digna? Supongo que la construcción de esta utopía —por la que algunos obstinadamente seguimos soñando y trabajando— no está necesariamente en las oficinas de gobierno.

Los porcentajes sólo son una engañosa manera para excusar la imposibilidad y la falta de voluntad del gobierno en su supuesta lucha contra la violencia.
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