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La red que salvó la caída

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Los análisis tradicionales fallaron en sus predicciones sobre la fuerza electoral de la UNE, y tras la primera vuelta tienen problemas para explicar tantos votos. Aproximaciones desde otras perspectivas atribuyen una gran importancia a la red de coordinadores de los programas de cohesión social, parecen ayudar a comprender más a fondo el momento político que vive el país, y a falta de conocer cómo funcionará esta estructura en la segunda vuelta, arrojan cierta sombra de incertidumbre sobre los resultados.

Basta acaso con tomar el mapa de Guatemala y pintarlo de muchos colores, de todas las tonalidades partidarias, con cada uno de los resultados electorales del pasado 11 de septiembre para encontrar un peculiar detalle en la decisión electoral del guatemalteco.

El naranja (PP) o el rojo (Lider) o el negro con amarillo (CREO) eran, en relación a la intención de voto en la casilla por la presidencia, los colores estadísticamente más esperables de todos los partidos participantes en el día de las votaciones.

Pero en este contexto de correlaciones de poder hay un color, un color verde (UNE) que estorba, por raro, por tener y marcar una tendencia de probabilidad en la intención de voto un poco extraña. Poco esperada: 48 escaños en el legislativo. ¡48! Casi un millón de votos a nivel nacional.

Si vamos a la historia del país, nunca un partido de Gobierno, sin haber tenido un candidato a la presidencia –un dato sumamente relevante–, había alcanzado tal fuerza a su favor en el legislativo, tanta a pesar de las críticas y adversidades.

Y ante ello no ha pasado mucho tiempo para que este detalle, en esta guía de porcentajes a modo de pantones en el panorama electoral, sea ya detectado, con ahínco, por distintos analistas de medios escritos, investigadores y algunos comentaristas de la radio.

Juan Luis Font, director de elPeriódico, incluso calificó estos resultados como “una proeza en términos de conducción electoral”. 

Pero vamos, el asunto, de modo elemental, ha sido que ocurrió exactamente lo contrario a lo que todos, aguzando su sentido común, hubieran esperado: la UNE debió, si no perder por completo su fuerza partidaria, al menos menguar drásticamente su posición. Menguar en cantidad sus votos. Disminuir su poder estratégico en el Congreso. Quedar debilitado. Chiquito. Laxo.

Quizá tan rebajado como quedará si se confirma la escisión que se ha insinuado en los últimos días dentro de la estructura central del partido: por un lado los que están con Sandra Torres y por otro los que están con los hermanos Alejos.

De cualquier manera, de momento, la UNE no ha perdido poder. Es más, su trabajo como partido oficial desde hace cuatro años, a través de una serie de programas sociales, y su más reciente alianza con el partido Lider, puede marcar una tendencia en las urnas durante la segunda vuelta electoral.

Algo de peso incluso cuando los pronósticos propios del partido parecían exentos de esperanzas. Como interpretó el propio presidente, Álvaro Colom, el éxito electoral para el congreso reflejó “la fortaleza política del partido, pues aun sin tener un candidato a la presidencia de la república se obtuvo un buen resultado”. Una fortaleza que en los círculos periodísticos y de analistas se había subestimado.

Lo cierto es que los malos augurios nunca se cumplieron.

Y algo ocurrió. O venía ocurriendo.

Poco más de 4 mil cimientos

Los rastros de la UNE en su ejercicio de gobierno dejan entrever el funcionamiento y la fuerza de toda una estructura que ha hecho una eficiente labor de hormiga en un gran número de departamentos de Guatemala. A nivel nacional existen poco más de 4 mil colaboradores, entre promotores y coordinadores, ubicados en los 307 municipios a donde llegan los programas de inversión social (Bolsas Solidarias, Comedores Solidarios, Mi Familia Progresa, Escuelas Abiertas, Salud para Todos y Mi Comunidad Produce) impulsados a partir de abril de 2008, por la ex primera dama, Sandra Torres, y el gobierno de Álvaro Colom a través de la Secretaría de Bienestar Social de la Presidencia de la República.

Durante el desarrollo de estos programas, un buen número de académicos han sido convocados por el partido oficial para que impartan cursos a todas estas estructuras comunitarias. Algo interesante dentro de esta dinámica formativa es que, aparte de explicar los programas y sus beneficios, también se incluye una educación más abarcadora que explica, de modo detallado, la manera en que se conforma el Estado de Guatemala. Sus poderes, sus organismos, la función política… su historia. Pero ¿qué trasfondo subyace en este tipo de didáctica?

Enrique Godoy, en su programa matutino de análisis político, Temas y debates, fue probablemente el primero, apenas días después de las elecciones y ver los resultados preliminares del TSE, en decir en público que había que prestar atención, mucha atención, a la forma en que se había construido un partido político como la UNE antes de llegar a la fecha de los comicios del 2011. “Siempre, todos los gobiernos, niegan que detrás de los proyectos sociales que implementan exista una estructura política que les pueda llevar votos. Y siempre toda la oposición se queja de la posibilidad del uso clientelar de los proyectos que impulsa el gobierno. Siempre, desde hace 25 años”.

Cuando todos interrogan sobre lo ocurrido con el voto de la UNE, ante tal incidencia como la que refleja al constituir a día de hoy para la próxima legislatura la segunda fuerza en el congreso, primero, como aconseja el comentarista, hay que despejar una incógnita: la estructura. Los pilares debajo de todo. La base. La forma en que la educan. “Y tratar de entenderla, hasta donde sea posible, para compararla con los resultados, anteriores y actuales, del Tribunal Supremo Electoral”.

Actores silenciosos

Hasta poco antes de abril de 2008 –fecha en que se dio luz verde a los programas de cohesión  social–, nadie, ni un solo ciudadano guatemalteco, hubiera imaginado que una sede de partido político, además de simple sucursal organizativa, sirviera como un lugar donde se pudiera cantar coritos las mañanas de domingo; realizar una boda allí mismo con juez, pastel, tamales y todo; o encontrar a niños sonrientes celebrando un cumpleaños y machacando una piñata. O ver por ejemplo, como sucedió el pasado 11 de octubre en la sede de la UNE de la zona 18, a las 3 de la tarde, a una treintena de señoras humildes vestidas de negro oficiando un servicio cristiano en memoria de Odilia Tobar, asesinada días antes luego de recoger la ayuda del Gobierno y firmar al lado de su nombre en el libro de actas del programa Bolsa Solidaria. Nadie lo hubiera imaginado.

Inmensa pero con un bajo perfil, existe una nueva corporación de actores políticos en toda Guatemala. Son poco más de 4 mil. Se distribuyen (como empleados) en cada proyecto de Cohesión Social que ofrece el Estado. Y en cada departamento, en cada municipio su poder de convocatoria es efectivo. Por lo regular son líderes comunitarios, tan locales, que pueden hablar de “tú a tú” con la gente, entenderlos, vivir en similares circunstancias que los habitantes de su comunidad, y ser así el enlace desde las sedes partidarias entre las necesidades de cierta población y el gobierno central. Son mediadores.

Se les ha llamado promotores o colaboradores o coordinadores –los teóricos los identifican como brokers o agentes políticos–, en todo caso, aun si actúan de modo silenciosos, son los cimientos de una nueva estructura política que se ha constituido en torno a los programas sociales. Bastará, como considera Enrique Godoy, que un día estas estructuras despierten y se den cuenta de su posición innegablemente política y empiecen a actuar inclusive de forma análoga a los círculos revolucionarios que existieron en Cuba o Bolivia. “Entonces habrá sectores tradicionales que se preocuparán”, advierte.

De momento, aunque espontáneos, ya están organizados. Y por primera vez en la historia, no es ni la policía ni el ejército, sino la estructura de un programa de transferencias condicionadas, la que mantiene al tanto y en contacto permanente al Estado con lo que sucede en regiones remotas del país. 

Pero como se puede ver, de frente a la segunda vuelta electoral del próximo 6 de noviembre, también todos estos actores son volátiles. Quizá obedientes hasta donde entran en juego sus intereses. A lo mejor los intereses de su comunidad. Y son, en efecto, como indican algunos diputados de oposición, quienes pueden colocar distintos pesos y contrapesos en la balanza política en el día de los comicios.

El aliado y corresponsable

Construir algo tan grande, una maquinaria tan definitiva, no es tarea fácil. No surge de la noche a la mañana. Tiene antecedentes bien marcados; también personas a las que se les podría adjudicar responsabilidad. Más todavía si se puede hablar de un aparato clientelar capaz de encauzar el voto de los beneficiados.

En noviembre de 2010, la UNE anunciaba oficialmente que se uniría con la GANA para competir por la presidencia de la República. En aquel entonces, ambos partidos argumentaban que el “diálogo fraterno” había permitido “llegar a acuerdos que fortalecen el accionar político de ambas instituciones políticas”.

Entre líneas, algunos analistas del Instituto Centroamericano de Estudios Políticos leyeron esta estrategia como “encaminada a asegurarse el voto favorable en la mayor cantidad de distritos electorales, a través de una alianza entre los más efectivos caciques locales”.

En realidad, no era sólo una estrategia para reunir a los caciques locales tradicionales. También trataba de aprovechar la estructura de personas que rodeaban a los programas sociales, una red de trabajadores estatales incipiente en el gobierno anterior, regentado por una GANA muy distinta a la que hoy se conoce, previa al cisma entre dignos e indignos, y consolidada durante el Gobierno de la UNE. Aquellos programas sociales fueron el punto de partida para que una estructura que hoy ostenta cuatro mil promotores de la UNE fuera constituida, armada y planificada. Se tomó lo bueno y se creó algo todavía mejor para sus intereses.

Basta con hacer una llamada de contextualización hasta Sololá, a una de las mujeres que al lado de Wendy de Berger (primera dama durante el gobierno de 2003-2007), coordinó y estructuró parte de aquellos programas de la administración bergeísta. Aura Hernández, ex asesora, responde al teléfono que hasta hace cuatro años solo existían tres programas de inversión social específicos: Amigos de la Escuela, Creciendo Bien y Hogares Comunitarios.

Dirigido cada uno por la Secretaría de Obras Sociales de la Esposa del Presidente –SOSEP–, la gran diferencia a los programas actuales que financia el gobierno era que no estaban respaldados únicamente con fondos del Estado. Había una alianza económica con algunas empresas y entidades internacionales. Y así pasaron sin hacer mucha bulla, con resultados modestos, o acaso sin generar chispas que fueran capaces de incendiar infinidad de fiscalizaciones. Y como Hernández indica: “Había ya un indicio de estructura, en efecto, integrada por líderes comunitarios”.

Algunos de los empleados contratados por la SOSEP, luego de las elecciones del 2007, se quedaron trabajando con el nuevo gobierno. Tras la transición, muchos de ellos “ascendieron” a formar parte de los nuevos programas que creaba la nueva primera dama, Sandra Torres.

Desde el principio, la nueva primera dama se acercó a los coordinadores. Y los coordinadores a la población. Y por ende, la población con el gobierno central.

“Cuando se aliaron ambos partidos –meses antes de las elecciones del 2011– incluso hubo reencuentros  entre varios de los actores comunitarios, los que todavía eran de la GANA y los que ahora eran parte de la UNE”, recuerda la asesora.

Hoy, tras los resultados electorales, la coalición se ha esfumado. “La alianza siempre estuvo pegada con chicle”, manifestó el jefe de bancada de la Unidad Nacional de la Esperanza, el impredecible y temperamental Mario Taracena.

Los máximos dirigentes de ambas instituciones, a pesar de todo, mientras se acusan mutuamente, explican que no pasará nada con la unión de las dos bancadas en el Organismo Legislativo, y que en el año 2012, continuarán apoyándose, en conjunto, como oposición.

De igual manera, ambos partidos resultan tener –aun si no siguen siendo los mismos de hace algunos años– algún grado de corresponsabilidad histórica, acaso una lejana complicidad, en la creación de las estructuras que manejan los programas sociales condicionados en Guatemala.

Los mapas de colores

Durante un lapso de tiempo tumultuoso, de mucha bulla, en plena campaña electoral –junio, julio y agosto–, hubo una cifra que se mencionaba casi a diario en todos los medios de comunicación guatemaltecos: un millón 137 mil. Un millón 137 mil ciudadanos pedían, tras firmar una petición, que fuera inscrita la candidata de la coalición UNE-GANA.

Una gran mayoría de sectores interesados en la política se mantenía en ascuas. Y Sandra Torres, la protagonista de todo el debate, esperaba la resolución del sistema de justicia de Guatemala con respecto a su candidatura.

La respuesta al final fue “No”. Y Sandra Torres, con su candidatura tachada de inconstitucional, no logró quedar inscrita y participar en las elecciones de 2011.

Pero su tan aludida cifra de un millón 137 mil firmas es una cuestión que todavía hoy en día perdura. Se depositó suavemente como una variable más sobre las estadísticas de los resultados finales. Y tal y como presagiaban algunos, se ha vuelto fundamental para explicar algunas tendencias un poco raras a raíz de estas elecciones. Desde luego, el énfasis recae en el comportamiento del voto en atención a la UNE y su consorcio con la GANA: 48 curules en el organismo legislativo, tras obtener en suma un total de 993 mil 198 votos a favor de la coalición. De por sí, casi el 90 por ciento de la cifra que Sandra Torres tanto repetía.

“Nunca antes en la historia se ha podido medir la incidencia del voto clientelar en toda Latinoamérica. Quizá hoy –con el voto que obtuvo la UNE-GANA– exista una oportunidad”. Hace unas semanas, este era el análisis de Enrique Godoy en su programa de radio. El éxito de la medida, según él, radica hoy en establecer cuatro puntos de acción en específico.

El primero, y fundamental (detallado previamente), es la organización de toda la estructura que existe detrás del partido, desde abajo, en sus cimientos constituido por promotores y colaboradores comunitarios.

El segundo es el número de empadronados; si acaso éste creció; o si hubo más mujeres –siempre mayoritarias en las estadísticas de los programas sociales– que fuesen aptas para el voto.

El tercero, la movilización de las bases el día de las elecciones.

Y el cuarto éxito, comparar todos los resultados en relación a los votos de la casilla por la Presidencia y el número de puestos distritales obtenidos en el Congreso (de un partido sin candidato) para intuir si en verdad existió una instrucción.

Para ello hay que volver al mapa de Guatemala. Usar los datos que ofrece la página del TSE. Y pintarlo con los colores de cada partido. “El único requisito”, como explica el análisis de Godoy, “es alejarse lo más posible de los cascos urbanos”. No tocar ciudades demasiado pobladas. Y buscar los sitios del país donde se sepa que los programas sociales han estado vigentes en los últimos años.

El padrón total de toda la república creció de 2007 a 2011 en un millón 135 mil 812. De 5 millones 990 mil 031 a 7 millones 340 mil 841 en votantes potenciales. Votó el 69.38 por ciento de todo el electorado, un nuevo récord que superó por ocho centésimas la participación que había presentado la ciudadanía en las elecciones de 1985.

Y si se toma, por ejemplo, una comunidad, digamos, Santa Cruz Barillas en Huehuetenango, bajo la premisa del incremento del padrón electoral, sobre todo rural (y femenino), aunado al mayor número de familias beneficiarias por Mifapro, se obtienen las siguientes cantidades:

Al comparar el padrón de este municipio, éste aumentó, según datos del TSE, en 12 mil 665 personas (de 22 mil 174 a 34 mil 839). Y significativamente, en 2011, el número de mujeres se incrementó de 7 mil 718 a más del doble de ellas en aptitud de votar: 16 mil 813.

Tan solo en este municipio, como indica la página de Mi familia progresa, hay alrededor de 8 mil 564 familias beneficiadas con las remesas condicionadas. Y cada familia, en las actas de los programas sociales, está representada con el nombre de una mujer.

Santa Cruz Barillas emitió 22 mil 797 votos (65.44 por ciento del total). Acá la presidencia la ganó el Partido Patriota, 28.02 por ciento. Y las diputaciones, tanto la lista distrital como la nacional significaron un triunfo para la UNE, un poco menos del 30 por ciento (según Funcede, en contraste, hace cuatro años, la UNE no significaba un poder en esta región).

El mismo patrón de incidencia, en relación a mayor número de beneficiarios de Mifapro, a lo largo de toda la zona de extrema pobreza de Huhuetenango, otorga una significativa fuerza al partido oficial. Aguacatán, San Sebastián, San Juan Ixcoy, Unión Cantinil, San Pedro Necta, Cuilco… comparten una tendencia estadística similar.

En Alta Verapaz, Baja Verapaz, Quiché, El Progreso, Retalhuleu, Jutiapa o Suchitepéquez,  también en base a los datos de Mifapro, el ejercicio transcurre con los mismos resultados. Y esta es la tendencia, medible, que aparece inevitablemente en el altiplano.

Donde el mapa se pinta de verde (UNE), se puede tomar un municipio al azar. Luego buscar algunas cifras en relación a uno de los programas sociales del Gobierno, y el efecto se repetirá: primero, la presencia de la estructura (Mifapro). Segundo, el crecimiento del padrón electoral (aumento de mujeres empadronas). Tercero, hubo un mayor porcentaje de votantes en relación a años anteriores (movilización efectiva). Y el cuarto, un alto número de votos a favor del listado para diputados (distritales y nacionales) de la UNE-GANA.

Según Godoy, hay otro factor detectable: la distribución del voto en contra, el blanco y el nulo en la boleta de la Presidencia.

“Si los diputados de la UNE-GANA son fuertes en los resultados de un municipio, en esta boleta el porcentaje del voto en blanco, o el nulo, disminuye. Pero, en correspondencia, en el mismo distrito, la proporción del voto nulo o en blanco aumenta significativamente en la papeleta de los presidenciables”, explica.

Aunque también, en el análisis, se resalta otro dato: la distribución del voto. “Si la instrucción hubiese sido votar en blanco en todas partes, como se creía que había sido la orden al momento de quedarse sin candidata, el PP hubiese arrasado en la primera vuelta”, dice Godoy.

Lo prudente fue entonces distribuir bien el voto. ¿Entre quiénes? El color rojo (Lider) y el negro con amarillo (CREO). “Equilibrar”. Instruir.

“Donde no hubo tiempo de instrucción es evidente el auge del voto nulo o blanco”, indica Godoy.

El verde es ahora rojo

San Pedro Carchá y Senahú, en Alta Verapaz, son dos municipios colindantes. Es frecuente el conflicto por límites municipales y demarcación de los mojones. En ambos distritos la UNE-GANA cuenta desenlaces favorables para sus legiones legislativas. Pero al decidirse estos municipios por la presidencia, hubo un choque, cierta diferencia: Senahú votó Lider, y Carchá por CREO.

¿Polarización? ¿Conducción del voto? De cualquier manera, pasarán varios meses antes de que estudios políticos e investigaciones institucionales presenten, de modo serio, un informe que rinda cuentas definitivas sobre el comportamiento extraño que ha marcado la UNE-GANA en su camino hacia el organismo legislativo.

De por sí, el partido oficial ha empezado a denotar muestras graves de desequilibrio. Escisiones. Aunque a estas alturas, lo que en realidad necesite posiblemente es de un inevitable reacomodo. O esperar el mismo proceso de desgarramiento que han presentado todos los partidos después de hacer gobierno (PAN, FRG, GANA…).

Quizá su muestra de poder –estructura, empadronamiento, movilización y los casi un millón de resultados favorables– a lo largo de estos últimos cuatro años, le ha empezado a cobrar factura. Además de toparse con dificultades y encontrarse cada vez más ligeros los bolsillos para mantener toda la maquinaria afinada.

Aunque la pregunta fundamental de momento, a tan solo días de la segunda vuelta electoral, es si el éxito del partido oficial puede verse refrendado en el éxito de sus alianzas, de Lider y su candidato Manuel Baldizón. Si será capaz de transferirle su fuerza, o más bien la de su estructura de 4 mil coordinadores de programas sociales.

De ser así, la UNE puede marcar el territorio de Guatemala con un nuevo color, si no el verde, sí pintarlo todo de rojo, el color de Lider. 

Inmensa pero con un bajo perfil, existe una nueva corporación de actores políticos en toda Guatemala. Son poco más de 4 mil. Se distribuyen (como empleados) en cada proyecto de Cohesión Social que ofrece el Estado. Y en cada departamento, en cada municipio su poder de convocatoria es efectivo.
“Nunca antes en la historia se ha podido medir la incidencia del voto clientelar en toda Latinoamérica. Quizá hoy –con el voto que obtuvo la UNE-GANA– exista una oportunidad”.
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