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Con mi tarjeta de Cuenta Maestra
camino por Perisur,
los esclavos me trapean el piso,
los policías me cuidan de los nacos,
los nacos me miran asombrados,
todo un sistema social me sostiene,
yo debiera estar agradecido de estar tan cómodo,
de que debajo de mí haya tantos esclavos que trabajen
(y todo por un dinero que heredé).
*

“Hay que prohibir que este tipo de pandillas entren a lugares como este”. Ese fue el comentario de una empresaria brasileña sobre los rolezinhos, grupos de jóvenes de las favelas que llegaban a “tomar” los centros comerciales exclusivos, un fenómeno que cobró visibilidad en los medios desde 2014.

La proliferación de los centros comerciales en América Latina no pasa desapercibida, aunque siga siendo desestimada en los análisis sociales y políticos. Estos espacios, como Oakland Mall o Cayalá en Guatemala, están regulando no solamente la vida cotidiana adentro del cerco del mall sino que hacen extensivas y reformulan las relaciones de clase, raza e identidad.

Baste empezar con lo evidente: hay una visión predominante del centro comercial como espacio público. Nadie levanta la voz sobre la privatización del espacio, simplemente porque se está equiparando poner un pie en el centro comercial como un factor de ejercicio ciudadano. No está de más decir que esta ciudadanía enfocada en derechos y obligaciones está basada alrededor de la noción de consumo. Ciudadano es el que consume. Punto.

Ciudadano reconocido es también aquel al que se le permite tener acceso a ciertos centros comerciales. A otros se les permiten los propios, los de la zona 18, los del final de la Roosevelt, los de San Lucas, los de San Cristóbal, etc. Los centros comerciales se han convertido en la llave de la creación de enclaves urbanos, incluso funcionando como factor identitario, que hacen efectivo tanto el desplazamiento habitacional como la segregación de los grupos poblacionales. Los centros comerciales no son solamente la adenda de las zonas residenciales con garita, el negocio de las constructoras, los gafetes para entrar a edificios autorizados o la proliferación de empresas de seguridad; son, más bien, parte integral del enclave.

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No solamente es un fenómeno simbólico de apartheid: ¿quiénes pertenecen a estos espacios y quiénes no pertenecen a ellos? Entrevistando a guardias de seguridad en centros comerciales de Bogotá, Arlene Dávila muestra cómo estos saben perfectamente que sin el uniforme no solamente no serían admitidos en los malls exclusivos, sino que además serían considerados sospechosos. Los centro comerciales no solamente están estratificando a los consumidores por zonas sino que en estos espacios entran en juego las dinámicas racistas y clasistas de las sociedades latinoamericanas. Guatemala no es la excepción. Es, más bien, uno de los laboratorios más exitosos. Cayalá por ejemplo es un espacio supuestamente abierto, pero donde mejor funciona la estética de la intimidación y la seguridad. Podríamos decir, incluso, que Cayalá no necesita de muros físicos o garitas perimetrales porque la segregación cultural, racial y de clase en Guatemala está tan presente en el inconsciente colectivo que cualquiera es capaz de leer de primas a primeras si es ciudadano o sospechoso.

Pongamos el caso de los dependientes de las tiendas y almacenes: ¿cuáles son sus condiciones laborales? Hablemos de horarios, contratos sin beneficios, falta de acceso a medios de transporte público, etc. Aquí funciona la biopolítica en forma invertida: la inversión que los trabajadores tienen que hacer en sus cuerpos para llegar a ser aceptables. Lo interesante aquí también es ver cómo se retuerce esta lógica dentro de la amalgama racista y clasista guatemalteca en tiendas como Fetiche o Zara que, en épocas específicas, contratan personal temporal con un claro objetivo en mente: “atraer a gente como tú”. “Como tú” –entiéndase a la gente que consume y “pasea” en estos espacios. A la que es natural ver sentada en Barista Cayalá.

En las lógicas comerciales, tampoco se puede perder de vista los flujos inversionistas. ¿Por qué al mismo tiempo que decaen y cierran los centros comerciales en Estados Unidos se propaga el boom de los centros comerciales en América Latina y en otras partes de las llamadas economías emergentes? Estamos también invisibilizando las luchas económicas en torno a los espacios territoriales que no difieren en mucho a las históricas luchas por la tierra. Hay que seguir las huellas de los capitales transnacionales y locales inmersos en esta ola del mall. Los cines acaparados en Cinépolis, ese gran motor de inversión que cuenta ahora con capitales de la India, no son más que un pequeño recuadro del mapa del movimiento de capitales, legales e ilegales, que circulan alrededor de la maquinaria de los centros comerciales. Ojalá también pudiera verse con detenimiento las dinámicas establecidas, por ejemplo, con la proliferación de tarjetas de crédito en ciertas tiendas o supermercados y la extensión de la deuda crediticia. Estamos regando una planta que nos envuelve a todos, como las Flores del Mall de Mazzotti.
 

*Las Flores del Mall es un poemario del peruano José Antonio Mazzotti. 

Podríamos decir, incluso, que Cayalá no necesita de muros físicos o garitas perimetrales porque la segregación cultural, racial y de clase en Guatemala está tan presente en el inconsciente colectivo que cualquiera es capaz de leer de primas a primeras si es ciudadano o sospechoso.
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