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“Hay que tener ego para hacer esto que hacemos”

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“El ego del editor debe de desaparecer. Es estar en todas partes, como Dios, pero no verse en ninguna. Yo busco ser un editor que trata de ayudar al autor a encontrar con su propia voz"
"En el periodismo no hay obediencia debida; no formas parte de una estructura militar en la que te puedas amparar para decir 'eran órdenes de mi jefe que eso saliera así'. Eso es cínico e inmoral. Tienes la posibilidad de tomar decisiones"
Diego Fonseca, periodista, escritor y editor argentina.
"Creo que no hay malas historias sino malos reporteos, pésimas escrituras y horribles ediciones".
"El periodismo va a seguir haciendo falta para limpiar las lecturas, para ordenar el pensamiento, para narrar mejores historias".
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“Hay que tener ego para hacer esto que hacemos”

Tiempo aproximado de lectura: 24 mins
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Diego Fonseca es un conversador de pura cepa. Si el tema es el periodismo, con la crónica, el perfil y el ensayo asomándose en la plática, tiene mucho que contar y mucho que enseñar sobre este oficio y sobre el reto de contar historias bajo una mirada nueva, así como sobre el manejo del ego, ese imprescindible que los periodistas llevamos en el ADN, y que deberíamos dejar guardado a la hora de ejercer la profesión.

Después de hablar con Diego Fonseca (Argentina, 1970) queda la sensación que hay demasiadas historias por contar y por escribir bien en América Latina. Y que para hacerlo se requiere de un ejercicio de inmersión profundo en las mismas historias, en sus personajes, en sus procesos, y todavía más adentro de quienes asuman el reto de contarlas.

Fonseca fue músico de pelos parados a fuerza de gomina, al estilo de Charly Alberti, el batero de Soda Stereo; estudió periodismo en la Universidad Nacional de Córdoba; y se especializó en Economía, con un MBA del Instituto de Empresa Business School, de Madrid, y posgrados en la Universidad de Georgetown y en el INCAE de Costa Rica. Fue editor adjunto de MercadoCórdoba, en Argentina y editor general para América Latina de AméricaEconomía.

Hoy, Fonseca sigue atado a eso. Es periodista, escritor, editor asociado de la revista Etiqueta Negra, de Perú, y, de paso, un buscador de las voces que quieran relatar la realidad de esta región. Así lo hizo en el libro “Crecer a golpes: Crónicas y ensayos a cuarenta años de Allende y Pinochet” (C.A. Press, diciembre 2013), en el que editó a plumas de la talla de Jon Lee Anderson, Martín Caparrós, Sergio Ramírez, Francisco Goldman o Enric González, y que presentó recientemente en Guatemala.

En esta entrevista, realizada una mañana de sábado en Ciudad de Guatemala, Fonseca habla sobre los pendientes que tiene como autor, sus propias deudas con escribir el perfil de algún músico o un deportista; y de la naturaleza misma del oficio del periodista y del editor. Así, por momentos, parece que está dando una clase magistral sobre periodismo y edición en un aula magna; un segundo después, muestra sus propias reflexiones sobre este oficio en el que está inmerso desde hace 25 años; y, al final, regresa a los pendientes, los propios y los que, a su juicio, podrían retomar las nuevas generaciones de periodistas, los encargados de tomar la batuta y retratar la realidad de esta región.

La realidad que quieres contar está lejos de la Latinoamérica marginal: el narcotráfico, la villa, la pandilla, la favela, la cárcel…

… A mí no me resulta sugestiva esa realidad. Hay gente que escribe muy bien sobre ella, pero a mí me costaría mucho meterme y abordarla porque no es objeto de mi interés; no tengo los ojos puestos en ella. Además, creo que hay muchas cosas para contar que no se han contado todavía.

¿Por ejemplo?

En economía, podemos decir que la gran historia del poder en América Latina recién la estamos empezando a contar. Se ha hecho muy poco, dependiendo de los países. Quizás en Argentina se ha hecho bastante disección del poder económico.

¿Y en México o en Centroamérica?

No. Lo que más hay es casi una lectura ideológica del poder. La clásica crítica, si quieres, desde el periodismo político. Pero no hay todavía una mirada desde adentro con las herramientas de la narrativa y la crónica. No hay un intento para comprender cómo opera lógica e internamente, cómo opera con sus propias estructuras, más allá de la intención, que es algo que está bien, de criticar al poder y el uso que este hace de las herramientas que tiene.

Mar Cabra, de Civio España, decía que una de las grandes deudas del periodismo iberoamericano es que no estamos viendo a las grandes corporaciones…

En AméricaEconomía, durante siete años, tuvimos una sección que trataba de hacer dos cosas: un análisis de los modelos de negocios, por un lado, y un análisis de la estrategia de las empresas. Cuando veíamos la estrategia no teníamos contemplación con ella, no nos interesaba ser amigos de las empresas. Nos interesaba medir si la estrategia que desarrollaban tenía dos fines objetivos y si se cumplían. Uno, si beneficiaban a los inversionistas; y dos, si no generaban factores que dañaran las posibilidades de desarrollo económico en general, si no generaban mayor concentración, exclusión, etcétera. Y esto no se hacía de manera aséptica si no entendiendo la lógica de la estrategia de negocios. Esto es casi etnográfico: tratar de conocer el modelo de negocio y, sin juzgarlo, tratar de entenderlo. Aunque sí creo que, en general en la región, no hay una mirada sobre los grandes grupos económicos todavía. Y la mirada que suele haber, en particular del periodismo económico, no es todavía una mirada desapasionada.

Veamos el poder económico de Latinoamérica. ¿De quiénes nos hace falta hacer un perfil?

Emilio Azcárraga, Carlos Slim, que fue perfilado una vez pero se le puede seguir perfilando… Aquí, en Guatemala, a los Bosch Gutiérrez y a los Herrera, del grupo Pantaleón. En Argentina, a Gregorio Pérez Companc. En Colombia, a la familia Santo Domingo, de la que se ha escrito mucho pero quisiera escribir más porque la nueva generación de la familia no le está prestando tanta atención a los negocios como lo hicieron sus padres.

Cabra iba más allá, recordando que estamos acostumbrados a contarles las costillas al poder político, a los Estados, pero no hacemos ese mismo de lectura crítica con las corporaciones.

Creo que todos hemos sido hijos de la escuela en la que el Estado es quien toma las grandes decisiones nacionales.

Pero eso, hace años, no es así.

Así es y, por ende, deberíamos de prestar más atención a los grandes grupos económicos. La capacidad de estos excede en muchas ocasiones a los propios Estados. El capital financiero transnacional, ya sin nombre y por actuación individual, ya ni siquiera por un complot o por hacerlo de forma organizada, puede provocar que los flujos de capital acaben con una nación. La mínima corrida financiera y bancaria, mínima en el tiempo, puede poner a una nación con una economía mediana en aprietos, que fue el caso de Argentina.

Y hay corporaciones que manejan más plata que el ingreso per cápita de nuestros países.

Sí, tenemos casos como las telefonías o compañías de consumo en general, como WallMart.

¿Solo del poder económico nos hace falta escribir en América Latina?

No, nos falta escribir bien sobre deportes, cultura y espectáculos, más allá de las clases de historia que se hacen en revistas de deportes y espectáculos. Todo, a nivel de género periodístico, admite una mirada transversal y admite una mirada desde otros lugares. Los temas que me gustan mucho son los que combinan muchísimo más allá de la clásica historia deportiva que pueden empezar hablando del Lazio, de Italia, y terminan hablando de los Kings, en Estados Unidos o que mezclan literatura y rock and roll. Y esos cruzamientos son muy interesantes, porque los seres humanos no somos unidimensionales, porque cuando hablamos de deportes no solo hablamos de deportes.

Es difícil ver un Real Madrid-Barcelona sin pensar en los pleitos políticos entre ambas ciudades.

Más aún, de cara a las semifinales de Champions, John Carlin escribió un texto muy breve y de lo mejor que he leído en los últimos tiempos: una analogía entre José Mourinho, Diego Simeone, Josep Guardiola y Carlos Ancelloti basándose en personajes shakesperianos. Eso me parece un muy buen intento de tratar de cruzar las barreras más allá de que cualquier lector objetivo pudiera leer. El lector de Carlin y de la sección de Deportes de El País, de España, es un lector relativamente culto. Pero este no llegó por arte de magia, llegó de otros lados y, además, fue formado por la misma gente de la sección. Y Carlin es un tipo que ha escrito historias desde Mandela hasta Mourinho.

Igual pasa en el periodismo de espectáculos. Tú hiciste música por más de diez años…

Sí. Mi primera banda fue a los 15 años, y en la última que toqué fue a los 24 años. Una década.

¿Por qué no te metiste a hacer eso?

¿Música?

No, a escribir sobre la música.

Porque yo tengo la sensación de que no me saldría bien. Es como una deuda que tengo, pero las voy saldando de a pocos. Por ejemplo, nunca he escrito un buen perfil sobre un deportista y es algo que en algún momento voy a hacer. En algún momento querré escribir algo cruzando la música, la cultura, la política y la economía. En algún momento lo haré.

En el periodismo en inglés encontramos perfiles y más inmersión de los periodistas en temas de música y deportes.

Ahí hay un nicho para quien se quiera meter llegado el momento. Digo, si todavía no hemos escrito buenos perfiles sobre nuestros músicos, sobre nuestros artistas, aun cuando Leila Guerriero ha escrito algunos buenos, es una oportunidad de hacerlo. Alguien puede hacerlo.

¿Vos, no?

¡Yo, sí! ¡Pero necesito tiempo, primero! Mi mayor problema es mi falta completa de tiempo. Este año no he escrito grandes cosas; hablo de reportajes largos que implican hacer mucho trabajo de campo, porque estoy en todo el proceso de promoción del libro; estoy en proceso de cierre de otro, que no sé si saldrá ahora; estoy con la relectura final de una novela, que saldrá en septiembre; y estoy dando vueltas con un libro que se publicará en España. Y, además tengo un hijo de cuatro años con el que quiero estar más tiempo. A mí me encantaría hacerlo… Tendría que pensarlo como un producto que no saldría ya. Puedo sentarme a elaborarlo y quizás en un año pueda sacarlo. Me gustaría leer un muy buen libro sobre Soda Stereo y Cerati, la banda que ha sido más determinante en el construcción del rock en español en América Latina. No sé, quizás exista y no lo conozco. Y claro que me encantaría escribirlo.

Sí, en la música tienes a Soda Stereo, entre los pendientes…

Tengo varios, como Luis Alberto Spinetta, de quien se ha escrito y se ha escrito bien, o de Charly García. Aunque siempre fui más spinetteano que charlygarciano.

¿Y en deportes?

Bueno, siempre me pareció que Diego Armando Maradona fue un bestia pop en la cancha.

Pero de él se ha escrito en demasía.

Y se sigue escribiendo en demasía. Maradona es un agujero negro: todo en su alrededor lo succiona. Es una supernova en explosión que permanentemente absorbe energía que lo rodea.

¿Escribirías de él?

¿Yo? ¿De Maradona? Me costaría encontrar un ángulo atractivo y no hacerlo torpemente.

¿Y de quién escribirías?

Así, a quemarropa, no se me ocurre ninguno específicamente. En este preciso instante, porque estuvimos hablando de música y ahora pasamos al deporte, escribiría un perfil de Fabricio Oberto, que fue pivote de la selección argentina de básquet, ganó anillo con los Spurs de San Antonio y fue pivote de los Wizards. Cuando yo vivía en Washington DC, no encontramos allá, y es del mismo pueblo de que soy, y es amigo de mi hermano, etcétera. Quizás escribiría un perfil de él, porque además es poeta.

¿Poeta?

Sí, 2.07 metros de poesía. Y tiene una banda de rock en Argentina y se ha metido en Vorterix, una radio en línea. Es un tipo que siempre pensó más allá de la carrera, un tipo que fuera de la cancha parece estar todo el tiempo adormilado. Me llama la atención que parece andar a una velocidad mucho más lenta que el resto. Es como un gran gigante cansado. Esa es la sensación que me da Fabricio. Creo que debe de costar mucho mover ese cuerpo. Él me resulta un personaje perfilable.

LOS FAVORITOS

Sos un amante del perfil y la crónica.

Y del ensayo. Me gustan los tres.

¿Cuál es la diferencia entre el ensayo y la crónica y el perfil? ¿El ensayo no es una subjetividad pura y dura?

No. En el microensayo trabajas una hipótesis y la rodeas hasta la extensión que puedas, y probablemente no la agotes. En ocasiones, podés desarrollar un tema tratando de dar una mirada más o menos profunda y que abarque más. En otras, no lográs hacerlo y lo que construís es una diatriba, un intento de provocación a una respuesta sobre el mismo tema probablemente desde el otro lado. Y ambos elementos ayudan a construir un diálogo alrededor de un ensayo potencialmente mayor. Pero, de por sí, todos estos géneros son subjetivos. Ninguno de nosotros puede hablar más allá de quien es. No tenemos la capacidad de autoinocularnos. No existe esa asepsia porque todos nos miramos desde el filtro de lo que somos. Martín Caparrós dice que aunque escribamos en tercera persona, escribimos desde el yo.

Y desde el ego.

Sí. Habla nuestra ideología, nuestra formación cultural, nuestros enojos y nuestros amores. Hablamos subjetivamente y escribimos subjetivamente. Escribís con todo el cuerpo: si escribís en serio, escribís con todo el cuerpo. Y eso implica que si estás mal un día, probablemente vas a trasmitirlo en tu escritura de distintos modos: escribirás desordenado, sin concentración, con frustración o con enojo.

Tú repites siempre que hay que contar las cosas sin juzgarlas.

Es que la lectura paternalista del periodismo progresista con la que crecimos me disgusta profundamente. La gente es lo suficientemente inteligente para hacer sus propias lecturas y me gusta muchísimo más tratar de entender que juzgar los procesos. Juzgar es muy fácil, lo hagas superficialmente y sin conocerlos o conociéndolos. Prefiero primero conocerlos y luego emitir mi juicio, pero hacerlo en otro tipo de historia y no en la que se trata de entender el proceso mismo. Por supuesto, en ocasiones hay historias en las que novelo o ensayo y en ella hay, al mismo tiempo, un juicio de valor. Lo que no pretendo es descalificarlo o ser burdo, si es que admito ese juicio de valor. Estoy tratando de limpiar mucho más mi discurso en la crónica y en el perfil para poder poner más elementos sobre la mesa y que sea la gente la que los vaya leyendo. Y cuando haya un juicio de valor, ser explícito en que es eso.

Somos de una generación de periodistas a los que se nos enseñó que el periodista era el que lo sabía todo, y que lo que no salía en los medios de comunicación no existía.

Lo sigue siendo, pero ahora el espacio de lo publicado es mucho más grande.

Como dice Jean-François Fogel, el monopolio de la palabra ya no lo tiene el periodista. Nos tenemos que bajar de ese pedestal donde nosotros mismos nos pusimos.

Exacto. En la reunión de la Fundación Nuevo Periodismo (FNPI), la Corporación Andina de Fomento (CAF) y la Asociación de Periodistas de Europa, que tuvimos en Lisboa, en 2009, me tocó estar en el panel con Miguel Silva, de Gatopardo; Bruno Patino, de Radio France; Mauro Cerbino, de Flacso; Jaime Abello Banfi, de la FNPI; y Enric González. Era un panel para hablar de futuro del periodismo. Yo hablé del periodismo digital y mi lectura fue exactamente esa que dice Fogel: por primera vez en la historia del periodismo, el monopolio de la producción de contenidos no nos pertenece más. No fijamos la agenda porque encontramos contenidos en todos lados. Todavía podemos institucionalizar, porque la prensa todavía tiene ese valor, pero está en seria disputa la calidad como productores de contenidos y legitimadores de los mismos.

¿La calidad?

La calidad de los medios de comunicación como actor, aunque no creo que de la prensa en general. El periodismo va a seguir haciendo falta para limpiar las lecturas, para ordenar el pensamiento, para narrar mejores historias.

¿Hablamos de la credibilidad del periodista sobre la del medio?

Sí, cada vez más es la credibilidad individual que la corporativa. O sea, no toda la prensa en general tiene el beneficio de la credibilidad. Se tiene un beneficio de la duda y cada vez menos el de la credibilidad. Pero creo que, individualmente, cada uno de los periodistas necesita hacer lo suficiente para construir credibilidad en cada cosa que dice, que hace.

Convertirte en tu propia marca. ¿Así como www.diegofonseca.com?

Sí, somos nuestra propia marca, si utilizamos el discurso corporativo, o nombre, en el discurso social.

Al final, después de tantas historias, cuando alguien termina de leer una nota y bota un periódico o cierra una página de internet, lo único que tenemos es nuestro nombre, nuestra firma.

Claro. El único objetivo de los autores somos nosotros mismos: nuestro nombre, nuestra cara. Y esto va asociado al honor y a la salida de tu trabajo. En periodismo, si vos ponés en juego tu nombre, has perdido todo lo que tienes: tu credibilidad.

¿Cómo no poner en juego tu nombre en un sistema de medios de comunicación que está perdiendo su credibilidad?

Hay opciones. El caso de Enric González, por ejemplo, que estaba dentro de El País, de España, y se fue antes de que empezaran a despedir gente a mansalva. Se fue porque no coincidía con la línea del periódico, escribió un texto público dirigido a la dirección después se fue a trabajar a Jot Down y a El Mundo. Enric mantiene un enorme grupo de seguidores dentro y fuera de España que considera que es un tipo serio, creíble y que tiene convicciones firmes.

Sí, pero hablamos de una persona que estuvo más de 25 años en El País, de España, y con muchos años más de oficio a cuestas. Te hablo del periodista joven que recién llega a un medio.

La credibilidad se construye. Y todos sabemos entender que hay de trabajos a trabajos. Si no tienes la posibilidad de tomar ciertas decisiones de por dónde irá un medio de comunicación, puedes seguir en ese trabajo o no. Si tu límite moral y ético no te lo permite, no sigues. No hay obediencia debida en el periodismo, no formas parte de una estructura militar en la que te puedas amparar para decir “eran órdenes de mi jefe de que eso saliera así”. Eso es cínico e inmoral. Tienes la posibilidad de tomar decisiones, de abrirte en ese espacio o crear nuevos espacios para hacerlo. Claro, podría ser que no tendrás trabajo, pero habrá otras opciones y tendrás que reinventarte para aprovecharlas. Los periodistas debemos de reinventarnos porque nuestra profesión es un blanco móvil.

En estos días, la Secretaría de Comunicaciones de la Presidencia de Guatemala solicitó a una radioemisora que cambiara al periodista que cubría la fuente…

¿Por qué?

Quizás no les gustaban las preguntas que hacía.

¡Son unos idiotas! El trabajo del Presidente es ser Presidente, ocupar una posición de poder y quien ocupa el poder debe de estar sometido al escrutinio. Si no le gustan las preguntas, tiene la opción de no responderlas. Si el hombre que tiene el mayor poder instituido en una nación pide que se remplace a un periodista está abusando de su poder. Claro, entiendo que en un mercado laboral chico, tienes que agachar la cabeza. Pero también hay un mercado afuera. Cuando me cansé de Argentina, cuando creí que ya había alcanzado un techo, salí a buscar trabajo a fuera del país. No puedo juzgar a quienes se quieren quedar en su país. Yo traté de preservar mi deseo de seguir creciendo periodísticamente y me fui, y me seguiré yendo si encuentro que ya toqué el techo.

EL EGO

Entonces, por ejemplo, tendrías más tiempo libre como para seguir haciendo las repisas de madera en tu casa, que contabas que has hecho.

Sí, ya las hice y también cambié el piso de madera de la casa. ¡Me he convertido en handyman!

¿Eso es parte de esos momentos en los que no puedes escribir?

Sí, pero también tiene que ver con que nuestro oficio es un intento permanente de dilatar la tarea.

¡Somos unos procrastinadores!

Sí, sí, sí. Es que cuesta mucho. Por dentro estás discutiendo contigo mismo y con la capacidad de hacer las cosas bien. Al escribir estás debatiéndote con tus miedos y tus inseguridades, y al mismo tiempo, en un movimiento de autopreservación, tu propio ego te dice que “sos lo suficientemente bueno como para para escribir una tontería”, así que haces esperar al texto. Y al final, en el momento del pánico, escribes cualquier cosa en los últimos cinco o seis días para cumplir con el deadline.

El ego siempre ronda a los periodistas.

Sí, hay que tener ego para hacer esto que hacemos.

¿Tú crees?

¡Hombre!

¿No hay que bajar un poco el ego, ser un poco más humilde en la profesión?

Quién hace esto es porque lo tiene. No le creo a un periodista que diga que no tiene ego. Si quieres ver tu nombre impreso en letras de imprenta, tienes ego. Esta profesión, este oficio, exige que tengas ego.

¿No hay que domesticarlo un poco?

Es que lo otro es abusar de esta posición y creer que lo sabes todo y que puedes con todo. Del mismo que ser millonario le exige a esta persona tener mayores responsabilidades, la construcción de un nombre exige que uno responda a ciertas cosas y ciertas expectativas sociales que quizás uno no quisiera pero con las que hay que cumplir. Eso significa tomar tu ego, pulirlo y guardarlo en donde tiene que estar.

¿Y dónde es ese lugar?

En una hermosa cajita de vidrio transparente en la que te puedas ver todos los días. Y en la medida de lo posible, al fondo de la cajita, poner un espejo a modo de que te reflejes. Un espejo interminable al modo de los espejos borgeanos: tu ego reproducido en tu propia pared del ego dentro de tu propio cuarto del ego. Ahí mantenlo en privado. Aunque recuerda que al final somos personas comunes y corrientes.

Personas que al escribir estamos frente a un acto de creación y eso siempre tiene altas dosis de ego. Y en el periodismo tienes el ego del que escribe, del que diseña, del que toma fotografías…

Sí, pero curiosamente cada una de esas profesiones dentro de este oficio disminuye a la otra cuando la mira. Convivimos con el ego de todos.

¿Y el ego del editor dónde queda?

El ego del editor debe de desaparecer. Es estar en todas partes, como Dios, pero no verse en ninguna. Yo busco ser un editor que trata de ayudar al autor a encontrar con su propia voz, evidente que es con los autores más nuevos. Claro, con ellos tengo la autoridad de adoptar un posición a lo Gordon Lish de agarrar su texto, destrozarlo y escribirlo como yo lo quisiera. Pero creo que no es esa la manera. La experiencia que he tenido en los talleres que doy es tratar de ajustar las voces individuales de cada autor. Leo sus textos y busco material de lectura con estilos narrativos más o menos acordes al estilo de ellos. Y funciona. Del mismo modo que creo que no hay malas historias sino malos reporteos, pésimas escrituras y horribles ediciones, también creo que no puedes juzgar a la persona por sus escritos.

Para mí, uno de los pecados de los medios de comunicaciones en la región es ascender como editor a un periodista que todavía no está preparado para ello.

Yo llegué a ser editor a los 27 años y entonces creía que tenía el talento para hacerlo. Tampoco puedo oponerme a eso. Y no me opongo si es que, en la línea de mando, tienes tres o cuatro editores veteranos que hagan escuela. Sí creo que hay editores muy jóvenes en la región, porque necesitas cierto recorrido, pero también reconozco que soy mucho mejor editor ahora, inmensamente mejor, de lo que fui a los 27 años. Y todavía no paro de aprender.

Yo, como editor a los 26 años, cometí errores de tal grado que justificaban el ser linchando por mis compañeros en la redacción y, de paso, darles una medalla.

Pero al final no es tanto tu responsabilidad como la decisión del medio en el que estás. Tú no puedes rechazar una oportunidad como esa que quizás podría ser única. Y si eres inteligente, vas a aprender; si eres un idiota, no vas a hacer nada y te vas a quedar hasta ahí.

¿Incluso cuando asumes el puesto, sin experiencia alguna, y adoptas ser un editor?

Hay editores que desde el primer momento son intervencionistas. Yo lo soy cuando no hay tiempo, cuando no hay de otra. Pero siempre trato de entender el estilo que tiene el autor. Editar es un trabajo mutuo, en el que trato de encontrar un punto de arreglo intermedio que le funcione al estilo del autor y a la esencia de la nota.

¿Cómo es editar a gente del peso de Chang, Jon Lee Anderson o Leila Guerriero?

Es fácil. Son muy buenos autoeditándose, lo cual significa que los borradores que me llegan nunca son primeras versiones sino terceras, cuartas o quintas versiones, ya muy trabajadas. Pero fuera de eso, nunca he tenido grandes problemas… Me corrijo: nunca he tenido un problema con grandes autores en la región. Creo que si eres un buen autor y buen tipo, sabes entender que la oferta de tu texto no es un producto completamente terminado, que es una más de tus obras y, si tienes confianza en tu editor, sabes que él no será un carnicero total. Cuchillos hay en la carnicería, pero también en las manos de un cirujano.

Tenía un editor que, con el cierre a cuestas, decía que a veces tocaba editar un texto con guadaña.

Claro, es que es la última oportunidad. Si el autor no llegó al punto, el editor tiene que intervenir porque es el responsable de todo el conjunto del texto. Si existe la chance de proveer al autor una última mirada después de haber intervenido su texto, se hace. Si no, lo que pesa es la decisión del editor. Si el autor no está conforme, firmarán conjuntamente, algo que hacíamos mucho en AméricaEconomía.

¿Para compartir la responsabilidad del texto?

Sí, porque el editor se transforma en autor al mismo tiempo. Pero ese es un acuerdo que era explicito desde antes de empezar las historias. Y te digo más, creo que ahora sería una muy buena decisión que aparezca junto con la historia quién fue el editor de la misma. Me gustaría hacerlo en el próximo medio en el que tenga función específica de editor. Es compartir la responsabilidad y un reconocimiento del trabajo del editor, porque a veces aparece sólo como un fantasma y en ocasiones es el tipo que puede llegar a salvar la nota.

¿Hay muchas voces jóvenes en la región?

Sí, y son muy buenas. Es un proceso de educación progresiva que viene desde Gabriel García Márquez, pasando por Tomás Eloy Martínez, por la generación de Caparrós, Anderson, Héctor Abad Faciolince y compañía, que son los veteranos. Y está mi generación, que somos los maduros, los que andamos en los 40. Del mismo modo cuando uno lee alimenta su capacidad para escribir mejor, los jóvenes nos han leído o han leído a los que los precedieron y hacen historias mejores. Hay una generación de los 30 años que escriben muy bien, y entre los que vienen de la generación de los 20, quiero creer que saldrá un grupo bastante grande y con una gran participación femenina en ellos.

¿Más mujeres cronistas?

Sí, la participación de las mujeres en la crónica de la región está creciendo significativamente. Y en esta generación de menores de 40 años hay muchas más chicas de las que hay hoy en la generación de 40 y pocos más años. Y esto tiene mucho que ver en cómo han cambiado las redacciones. En los tiempos de Gabo y compañía o en los de Caparrós y compañía, la presencia de las mujeres en las redacciones de periódicos y revistas no era significativa. Hoy es creciente y en algunas de ellas están en términos de igualdad en cantidad. Entonces, es evidente que la voz de la mujer tiene y debe de ser escuchada.

¿De quienes hablamos?

De periodistas como Lizzy Cantú (México), Carol Pires (Brasil), Ana Teresa Toro (Puerto Rico), María Fernanda Ampuero (Ecuador), Sol Aliverti (Argentina), Daniela Rea (México), Sabrina Duque (Ecuador) o Maye Primera (Venezuela). Y de las que vienen desde la ficción y son buenas narradoras que me gustan, hay mujeres como Valeria Luiselli, Liliana Colanzi, Selva Almada, Margarita García o Pola Oloixarac. Como a mí me gusta cruzar géneros, no veo jamás inconveniente, al contrario veo posibilidades, en encontrar a narradoras y narradores de ficción en la no ficción. Y ya sucede, y sucede bien.

Mi generación leyó y lee a Alma Guillermo Prieto, a Blanche Petrich, Elena Poniatowska o a Leila Guerriero; y, quizás más allá, a Oriana Fallaci. A pesar de esos ejemplos, nos parecía a todo el mundo que la crónica no era para la mujer.

Pues ese “todo el mundo” estaba equivocado. No, creo que en algún momento se prestó a esa interpretación. Nunca lo había pensado mucho, pero mi primera reacción intuitiva es pensar que había menos mujeres en las redacciones. Para las mismas redacciones de crónicas de viaje, con una redacción llena de hombres, el grueso de personas que querían sumarse como corresponsales eran hombres. Pero eso ha cambiado. Veo un montón de mujeres cronistas haciendo trabajo en distintos países y las redacciones de sus propios países. Y esto está enriqueciendo muchísimo las historias.

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