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Enjambre de violencias urbanas

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¿Son las urbes el escenario de violencias nuevas, o sólo reproducen las mismas violencias del campo con mayor brutalidad y cantidad? Recuerdo el pueblo en el que crecí y la realidad en la que vivo ahora, en esta ciudad de Guatemala, y me asalta esa duda.

Fernando Carrión, en Violencia urbana: un asunto de ciudad, aborda la urbe como escenario de la violencia, los efectos producidos por la violencia en la ciudad y el espacio público como escenario del delito. “Las violencias del campo”, afirma, “son distintas a las de la ciudad: mientras en la primera se dirigen más contra las personas, la familia y las tradiciones; en la segunda, los delitos más comunes son contra la propiedad, la de los estadios, las pandillas, las luchas sindicales, el vandalismo y las invasiones, entre otras.”

Si comparo aquel pueblito de mi infancia con la vida de la Ciudad de Guatemala, lo veo reflejado.  Pero además, el tipo de relaciones sociales que se establecen en los dos ámbitos (rural y urbano), aparece como elemento adicional, que contribuye a explicar la diferencia entre violencia urbana y rural.

Desde inicios del siglo XXI, Guatemala entró en una fase de crecimiento acelerado de la población urbana. En el año 2000, el 57% de la población era rural; mientras que para el 2032 se proyecta que más del 75% de la población será urbana.  Esta transición de lo rural a lo urbano es una realidad que no se puede obviar, y que debe ser asumida con responsabilidad para asegurarnos de que el proceso se haga de manera ordenada y planificada. 

Con esas perspectivas, entender la violencia urbana y aprender a enfrentarla es de vital importancia.  Como país, tenemos la ventaja de ser uno de los últimos en llegar a este proceso de urbanización.  Lo cual nos permite aprender del camino andado por los demás, de sus errores y de sus aciertos.

La violencia en el pueblito de los dos santos

San Juan de Santa Bárbara de Heredia, así se llama el pueblo donde nací. Dos santos juntos, que la verdad, no hacían falta, porque, en ese pueblito de mi infancia, no pasaba nada. Mi casa quedaba a la orilla de la carretera pavimentada. Era una morada sencilla con paredes de madera y techo de zinc. Se mantenía abierta incluso cuando no estábamos. Otras veces, la llave de la casa la dejábamos arriba en el marco de la puerta de entrada, así nadie tenía miedo de perder la llave.

En Costa Rica se construyeron estrechas carreteras entre los pueblos como parte de una estrategia para transportar el café del centro de producción hacia los puntos de comercialización. Mi pueblo era parte de este circuito cafetero, por eso teníamos la carretera al frente de la casa, agua potable y electricidad. El teléfono tardó un tiempo en llegar, pero ya para la década de los ochenta, teníamos acceso a este servicio.

A pesar de este desarrollo urbanístico, la dinámica del pueblo y la lógica en que nos manejábamos era puramente rural. Mi papá tenía una plantación de café, y esto nos permitía tener acceso a ciertos lujos, como un carro y televisor. Era tan privilegiada nuestra posición con respecto al resto de los vecinos, que nuestro carro funcionaba como ambulancia comunitaria, cuando había alguna emergencia. También recuerdo el salón de mi casa lleno de vecinos, que miraban  hipnotizados, los Comedy Capers en el único televisor del barrio.

En ese mundo rural, todos los vecinos nos conocíamos. Sabíamos de nuestras enfermedades, de nuestras alegrías. Sabíamos cuando nacía un niño, o cuando moría algún anciano. Sabíamos que el carnicero se emborrachaba los domingos temprano y después llegaba a pegarle a su esposa en las tardes. La señora gritaba, llamando a mi madre porque era la única con carácter y fuerza para detener a aquel borracho.

Estaba también el sátiro del pueblo, Arrecho, le llamábamos. Era un viejo pervertido, que aprovechaba cuando el bus iba muy lleno para rozar su mercancía contra el hombro o el trasero de alguna dama. Como era nuestro vecino, las mujeres sabíamos controlarlo. Las jóvenes le pinchábamos con un alfiler y las más grandes le mentaban la madre a todo galillo, y lo hacían bajar al instante. El viejo no era ningún santo, pero nunca supimos que hubiera violado a alguien.

Como en cualquier pueblo pequeño, en el mío había una mujer pública (en el sentido bíblico del término), una trabajadora del sexo. Era una mujer entrada en años, de enorme busto y caderas anchas, chaparrita y simpática. Todos la conocíamos y sabíamos de su oficio, pero eso no quitaba que siguiera siendo una vecina más, que brindaba servicios sexuales a los viudos, a los esposos mal servidos y a los chavos que se querían iniciar en las artes del sexo.

Los robos eran torpemente ejecutados por chavos que no estudiaban ni trabajaban. Normalmente alguien de un pueblo vecino, a quien también se le conocía de nombre y apellido, llegaba a las casas por la noche y con sigilo se llevaba una gallina o alguna herramienta de trabajo. Los vecinos dejaban pasar el delito, siempre que no se hiciera costumbre, porque en tal caso, iban a poner la denuncia a la Alcaldía (que es el equivalente a un juzgado de paz).

Mi papá conocía perfectamente estos casos, porque él fue durante 50 años, secretario de la Alcaldía. A él le correspondía recibir la denuncia y casi siempre redactar la sentencia, que posteriormente tenía que revisar y firmar el juez. Los conflictos que día a día conocía mi papá eran los mismo que describo arriba. La esposa golpeada por el marido, el vecino que le robaron sus gallinas, problemas de cercas y límites de terrenos, sátiros y pervertidos que manoseaban a las mujeres, amantes cachados in fraganti, amenazas y puñetazos.

Estas violencias, sin embargo, no obligaban a los vecinos a optar por sistemas de seguridad como alarmas, rejas o guardianes. Ni siquiera era necesario que se nombrara a un policía, porque entre los mismos vecinos nos cuidábamos. Si un extraño deambulaba por el barrio, rápidamente era vigilado y controlado.

Los pueblos rurales tienen esta dinámica en sus relaciones sociales. Sus habitantes son más o menos homogéneos, económica, social y culturalmente. Comparten un territorio que les ha albergado desde hace muchos años, una historia construida en colectivo y una vida cotidiana muy similar. Los niños todos van a la misma escuela y secundaria. Los problemas se resuelven unas veces bien y otras no tanto, pero el conflicto no tiene la dimensión como para romper el sentido de comunidad .

Así era el pueblo de mi infancia. Vecinos de clase media, con una herencia cultural muy similar, sin marcadas diferencias de ingreso, todos con el mismo acceso a una casa, una calle, agua potable y electricidad. Y por supuesto, cubiertos por los mismos dos santos, San Juan y Santa Bárbara.

El pueblito perdió su virginidad

Al morir nuestros padres, las tierras se comenzaron a dividir entre los herederos y muchos de ellos vendieron sus parcelas a extraños. Allí donde antes había una casa en medio de un terreno, de repente apareció una colonia urbanizada. Empezaron a llegar desconocidos al barrio. Ya no era posible aprender sus nombres ni identificar sus rostros en las calles. Mi pueblo dejaba de ser pueblo, para transformarse en un cono urbano, que a su vez formaba parte de una gran área metropolitana.

Aparecieron como hongos nuevos barrios y colonias urbanizadas. Unas eran colonias de clase media y otras barriadas pobres, aunque todas tenían acceso a los servicios básicos. Llegaron nuevos vecinos y con ellos, se establecieron nuevas relaciones sociales. Ya no era posible que el vecino cuidara de la casa de los otros. Las dinámicas cambiaron, más gente se iba a trabajar y los barrios quedaban solos. Pero además ya no era fácil distinguir entre el habitante del barrio y el externo. Las caras nuevas iban aumentando con más frecuencia. Y lo más evidente: se perdió la homogeneidad del barrio.

Esa heterogeneidad de vecinos forma parte del proceso social de conformación de una ciudad. La ciudad, cita Carrión, debe entenderse como “un asentamiento relativamente grande, denso y permanente de individuos socialmente heterogéneos”.

Aquellos nuevos inquilinos venidos a mi pueblo natal transformaron la dinámica social pueblerina y también las violencias se transformaron. Los robos comenzaron a aumentar en número y en intensidad. Donde antes se robaban gallinas y herramientas de trabajo, ahora se robaban objetos de valor, se asaltaban las casas, se robaban partes de carros. Fue en este momento que mis padres optaron por poner verjas por todas partes. Nos encerramos, para estar a salvo. También compró un revolver que guardaba debajo del colchón, y que solía disparar de vez en cuando en las noches: dos tiros al aire, como advertencia ingrata.

Los borrachos, ya no solo eran aquellos que tomaban sábado y domingo como si el guaro se fuera a acabar. También aparecieron los drogadictos y con ellos los pequeños traficantes de droga. Que a su vez, robaban para mantener el vicio.

Apareció la prostitución como negocio. La señora prostituta quedó olvidada, porque ahora había un comando de mujeres que ejercían la prostitución bajo la tutela de “un chivo” que las extorsionaba quitándoles parte de sus ganancias a cambio de llevarles clientes y darles protección.

Nuestro Arrecho, el vecino pervertido, que nos tocaba en el bus, pasó a ser un fantasma del pasado. Pero en cambio, de las alcantarillas, comenzaron a salir otro tipo de ratas, tipos grotescos que decían obscenidades a las mujeres en la cara, que si podían, eran capaces de asaltarte en una calle solitaria, o en una parada de autobús. Violadores y agresores sexuales, que pululaban como si nada.

Aún tengo grabada en mi memoria una noche en que, de camino hacia mi casa, un carro desconocido pasó cerca de mí, y se detuvo. Los hombres que iban dentro comenzaron a gritarme obscenidades. Uno de ellos abrió la puerta del carro y se dirigió hacia mí, amenazante. Un frío intenso recorrió mi cuerpo y me puse rígida como una tabla, advirtiendo el peligro de inmediato. De repente y de la nada, un ángel salió a mi paso. Era la esposa del carnicero, viuda ya en ese tiempo, que emergió de la oscuridad portando en su mano un garrote grande. Fue ella quien se interpuso desafiante entre aquellos tipos y mi alma. Los amenazó con el palo y los hizo retomar su rumbo.

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Definitivamente, mi barrio había cambiado y aquella experiencia me lo confirmaba. La violencia se transformaba. Y la que se infligía a la mujer también cambiaba de traje, mudando hacia otra más amenazante.

De niña, los vecinos te cuidaban de posibles agresores, ahora tenías que cuidarte de los mismos vecinos a quienes ni siquiera conocías. Cuidar por donde andas, cuidar a la hora que entras a tu casa, cuidar a quien le hablas, cuidar cómo te vistes. Y cada cuidado de estos, era una libertad capturada. Así como a las casas les comenzamos a poner verjas, también las mujeres le pusimos barrotes a nuestra libertad.

El temor a la violencia sexual nos modela la relación con los demás, haciéndonos sospechar de los otros, de los extraños, de los desconocidos. Influye también en muestra movilidad o inmovilidad y en la apropiación del espacio público, confinándonos y limitando nuestros espacios a la esfera privada. El miedo se vuelve parte de nuestro equipaje cotidiano.

“La relación subjetiva de las mujeres con su entorno va modelando una concepción de la vida urbana relacionada con el miedo”, dice Paula Soto en El miedo de las Mujeres a la Violencia en Ciudad de México. Una cuestión de justicia espacial, y continúa: “De esta forma los espacios exteriores abiertos como las calles se convierten en sinónimos de peligro, hostilidad, que inclusive conviene evitar.”

Las violencias urbanas

Otras violencias que surgieron en el camino hacia la urbanización, mutaron en complejidad. Conforme se densificaron los territorios y perdieron la homogeneidad, las violencias se volvieron más brutales y crecieron en cantidad, pero también se fueron agregando a este paisaje, unas violencias nacidas de lo urbano. Según Carrión, este elemento viene de la división social del espacio y de una lógica particular de urbanismo que puede producir un tipo de violencia particular, acorde a la segregación urbana y a sus implicaciones sociales (foraneidad y temor).

Al ser las ciudades territorios de mayor densidad demográfica, continúa Carrión, “es factible pensar que se trata de una arena de relaciones donde, por un lado, se potencian los conflictos sociales –algunos de los cuales, si no se los procesa adecuadamente, pueden desembocar en hechos de violencia típicamente citadinos (violencia urbana)– y, por otro, que, debido a la densidad y al tamaño de la aglomeración, existe una tendencia hacia la concentración de los eventos violentos (geografía de la violencia).”

Las ciudades latinoamericanas se caracterizan por su crecimiento en forma expansiva u horizontal. Colonias de casas individuales en terrenos horizontales, construidas en suburbios. Su expansión va del centro a la periferia.

La ciudad de Guatemala no es la excepción a este desarrollo urbanístico horizontal. Desde su traslado al Valle de la Ermita, con un área que abarcaba aproximadamente 10x20 manzanas, la ciudad inició su expansión. La Plaza de Armas, hoy Plaza de la Constitución se constituyó como el centro cívico y político de la ciudad desde su constitución. En torno a este centro surge la ciudad, y es ahí donde se concentran los barrios de alta renta.

Poco a poco, la ciudad se fue expandiendo, primero hacia el sur por el bulevar “30 de junio”, llamado más tarde Avenida La Reforma, que fue el primer corredor de expansión comercial y residencial. La élite económica de aquel entonces se trasladó a vivir en esta área. Posteriormente, en 1905, la ciudad se extendió hacia el norte sobre la Avenida Simeón Cañas.  Y ya a principios del siglo pasado, el ingeniero Raúl Aguilar Batres diseñó un plan urbanístico que dividió la ciudad en 25 zonas (omitiendo las 20, 22 y 23, que son parte de otros municipios).

En el artículo publicado Migración y crecimiento urbano de la ciudad de Guatemala, Margarita Ramírez Vargas argumenta que debido a “Las políticas económicas del Dr. Arévalo, la integración del país al Mercado Común Centroamericano y la política de desarrollo industrial, cuyas actividades se concentraron en la ciudad de Guatemala; así como el crecimiento gubernamental, que convirtió al gobierno en el mayor empleador del país, impulsaron a muchos guatemaltecos a migrar hacia la capital. En consecuencia, hacia 1964 un tercio de la población migrante se dirigía al departamento de Guatemala. La mayoría de los migrantes era de origen ladino, menor de 29 años, con un nivel de educación similar al de los capitalinos y se asentó, principalmente, en las zonas 5, 6 y 8, cercanas al centro de la ciudad y en las áreas de bajos ingresos de las zonas 7, 11 y 18.

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Según Ramírez Vargas, la tasa de crecimiento urbano superaba la de crecimiento económico, por lo que el aumento demográfico y el desempleo agudizaron el problema de acceso a la vivienda, que la ciudad venía arrastrando como consecuencia del terremoto de 1917. Aumentaron las invasiones a las laderas de los barrancos de las zonas 3, 5 y 6 y surgieron lotificaciones ilegales que no cumplieron con la introducción de servicios básicos.

La ciudad crecía y se fragmentaba en territorios sin fronteras físicas, pero que dividían a la urbe de acuerdo a las clases sociales. La ciudad se vestía de retazos que reflejaban la segregación social que se estaba gestando. En La segregación social del espacio en las ciudades de América Latina, Francisco Sabatini define que “la segregación residencial corresponde a la aglomeración en el espacio de familias de una misma condición social, más allá de cómo definamos las diferencias sociales. La segregación puede ser según condición étnica, origen migratorio, etaria o socioeconómica, entre otras.”

La élite económica también se desplazaba, en busca de mejores terrenos y comodidades y sobre todo tomando distancia de los barrios pobres de los recién llegados, y del bullicio de la actividad cotidiana. Expandiendo la ciudad hacia otros lados, zona 15, 14 ,16 y Carretera a El Salvador, principalmente. El modelo de expansión de esta élite urbana es la colonia cerrada. La proliferación de este tipo de viviendas se extiende a lo largo y ancho de la ciudad.

Estos condominios se supone que brindan seguridad y privacidad a sus inquilinos. Dentro de ellos están las viviendas, pero también el lugar de fiestas, el parque de los niños, y un espacio común para uso exclusivo de sus habitantes. Estos condominios suelen ser de clase media, y clase alta. Los pobres entran sólo si trabajan ahí, o llegan a prestar algún servicio. Ellos saben que no son bienvenidos a jugar en el parque, o a entrar a la piscina, o a caminar libremente por sus calles.

A tal punto se han segregado las ciudades que incluso, estos sectores económicos con mayor poder adquisitivo, han generado centros de compras para ellos. Lugares exclusivos donde ellos pueden ir a comer, comprar su ropa de marca, ir al cine, o a bailar en un lugar hecho a “su medida, para su comodidad y seguridad”. Un lugar donde las personas de bajos recursos no lleguen masivamente, porque eso los pone incómodos e inseguros.

Así como los pobres se sienten extraños en La Cañada o en Cayalá, zonas elitistas de la capital, también los grupos de ingresos altos son foráneos en La Limonada. Un citadino que vive en zona 14 no se anima a ir de visita a la zona 18, ya siente suficiente aventura ir a manifestar a la Plaza de la Constitución, o pasearse por la 6ta Avenida un sábado en la tarde.

La gente pobre también vive aislada, no por cuidar sus bienes y privacidad, sino porque la sociedad los ha tirado a la orilla, al margen de la opulencia, de lo civilizado. Sin derecho a vivienda digna, a agua potable, a electricidad, a calles, a educación y salud a la mano. Ellos viven aislados y excluidos de los derechos más básicos. Caminan horas para ir al trabajo, viven la violencia de las maras, comen lo que pueden, cuando pueden, arriesgan la vida en una avalancha. Son los marginados, a pesar de ser también ciudadanos.

Dice Fernando Carrión que una realidad tan heterogénea e inequitativa como la existente en el espacio urbano, esa segregación urbana, lleva a incrementar la inseguridad por desigualdad e inequidad, debido a que induce a la violencia: vandalismo, revancha social, percepción de inseguridad, estereotipos, estigmas y la búsqueda, por fuera del mercado, de lo que otros tienen, tal es el caso de las invasiones.

Ésta es la violencia propia de la ciudad, la mancha de nacimiento que llevan las ciudades latinoamericanas y por supuesto, la Ciudad Guatemala.

Una violencia que genera más violencia

La segregación residencial crea barreras de diferenciación que conducen a la desigualdad y, por tanto –también– a más violencia. La salida a esta violencia engendrada desde la fragmentación de clases sociales, ha sido aplicar mano dura con los excluidos que viven en los barrios pobres, y el encierro y la salida individual para la clase media y los más adinerados. Los condominios cerrados, las calles con talanqueras, la compra de armas, la seguridad privada y las alarmas.

Paradójicamente, son estas mismas políticas de seguridad las que tienden a acrecentar la segregación: se criminaliza la ciudad de los otros, la de los pobres, la ciudad bárbara y, con ello, se pierde el sentido de comunidad. Como aquellos mundos distópicos, se vive una guerra de clases.

Sin embargo, no es posible que nos casemos con este destino truncado, cuando existen en este mundo experiencias exitosas que combinan crecimiento urbano con desarrollo incluyente y equitativo.

Para Francisco Sabatini, “el objetivo general de una política de control de la segregación residencial debe ser el de fomentar la integración social.”  Para alcanzarlo ya se han puesto en marcha distintas respuestas del Estado. Por ejemplo, se pueden aplicar políticas que corrijan el grado de concentración espacial de los grupos sociales. Éstas pueden ser crear espacios públicos de entretenimiento (parques, plazas) que permitan el encuentro de los diferentes grupos sociales. También se pueden construir buenas carreteras con medios de transporte público de calidad, que den acceso desde los barrios pobres hacia los centros de trabajo, haciendo que éstos no se sientan orillados y abandonados.

Otras políticas que se han aplicado en distintos países latinoamericanos, tienen que ver con el acceso a vivienda de las poblaciones pobres. El municipio condiciona el otorgamiento de una licencia de construcción en un barrio de clase media o alta, a cambio de que la edificadora consigne unas casas para vivienda social.

Cambiar el estigma de los barrios de ingresos bajos, incrementando su plusvalía por la vía de una mayor inversión pública en carreteras, escuelas, parques, servicios de transporte de calidad, acceso a agua potable y electricidad, aceras y áreas de juego. Todo esto contribuye a redefinir un barrio y darle calidad de vida a sus habitantes.

El eje debe estar en romper la segregación y en buscar la integración. Transformar los enjambres de violencia en enjambres de ciudadanos que viven, trabajan y se desarrollan con las mismas oportunidades.

 

Bibliografía

Sabatini, F. (2003). La segregación social del espacio en las ciudades de América Latina. Washington , Washington DC, USA: BID. Departamento de Desarrollo Sostenible. División de Programas Sociales.

Carrión, F. (Diciembre de 2008). Violencia Urbana: Un asunto de ciudad. Revista Eure, Vol. XXXIV, Nº 103.

Soto, Paula. (agosto de 2012). El Miedo de las Mujeres a la Violencia en la Ciudad de México. Una cuestión de Justicia Espacial. Revista Invi 75, Vol Nº 27:145-169. México DF, México.

Ramírez Vargas, Margarita. “Migración y crecimiento urbano de la ciudad de Guatemala”. Plaza Pública.

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