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El ascenso de la ultraderecha y las anomalías constitucionales
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Dénnys Mejía

El ascenso de la ultraderecha y las anomalías constitucionales

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En los raquíticos Estados, en especial Guatemala y Honduras, cuyas élites corruptas se empeñan en mantener los esquemas mafiosos, se empiezan a generar éxodos masivos
La hipócrita referencia a la identidad tradicional del pueblo guatemalteco basada en los valores y una religiosidad represiva, ya no levantarán el perfil de un gobierno que pasará a la historia como una ilustración de la desvergüenza.
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El rasgo sobresaliente de la época política actual es sin duda el imparable ascenso de una ultraderecha cuya cercanía con la barbarie hace pensar en un nuevo avatar del fascismo. Este fenómeno se manifiesta en el ascenso de una nueva política que desprecia abiertamente las formas constitucionales y los derechos humano para consolidar un ultranacionalismo autoritario que promueve el capitalismo más salvaje.

En algunos lugares, y siguiendo la lógica del chivo expiatorio, esta antipolítica demoniza violentamente a la inmigración “ilegal”, a la cual se responsabiliza de los actuales descalabros económicos y sociales. Esto lo prueba el caso de Donald Trump en los EE.UU. y la ultraderecha europea. Mientras tanto, en países como Guatemala, difícilmente un país que inspire la migración, dicho retorno se materializa en la vuelta de un Estado abiertamente represivo que asegura la persistencia de las mafias que han capturado el Estado.

Recurriendo a la conocidísima caracterización, acuñada por Antonio Gramsci, según la cual una crisis se distingue porque en ella lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer y que en ella se despliegan los más extremos signos de morbilidad, este ensayo aspira a hacer comprensible el auge de la ultraderecha fascista a partir de las repercusiones de la larga agonía del capitalismo. Se realiza una breve lectura de la situación constitucional global que hace comprensible, sin embargo, la propia situación política guatemalteca. Bajo esta perspectiva, este trabajo se guía por la premisa de que las raíces de la crisis constitucional guatemalteca son una variante de una problemática que se experimenta a nivel global. De este modo, para facilitar la exposición, este ensayo salta del contexto global a la situación nacional.

Para facilitar la exposición, esta discusión se concentra en examinar la crisis del modelo constitucional, el cual constituye el paradigma fundamental de las democracias formales contemporáneas. Esta aproximación comienza por asumir la premisa de que dicha crisis apunta al resquebrajamiento de la ideología liberal-capitalista y concluye por defender la idea de que, en última instancia, los nuevos caminos se inscriben en el significado de lo comunitario. Mostramos como esta idea se encarna en los horizontes culturales de las culturas amerindias, las que, generando un nuevo constitucionalismo, pueden soslayar las crisis finales del capitalismo.

A partir de esta discusión resaltan algunos rasgos que permiten comprender las anomalías constitucionales del actual régimen. Dicha comprensión muestra que la superación de la actual coyuntura demanda procesos refundacionales que pueden hallarse en las opciones culturales que se encuentran en el mundo de la vida guatemalteco. La solución final para el colapso del capitalismo no puede encontrarse en la recuperación del orden constitucional liberal, puesto que, como se sugiere, este orden supone al capitalismo. Por lo tanto, el constitucionalismo liberal ya no asegura un orden institucional capaz de procesar las demandas fundamentales de la sociedad.

La agonía del capitalismo

Para Gramsci, una crisis surge cuando una clase pierde su papel dirigente y se convierte simplemente en dominante a partir del ejercicio de la fuerza coercitiva. “La crisis consiste justamente en que lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer, y este terreno se verifican los fenómenos morbosos más diversos”[1]. En este contexto, Gramsci hace la observación de que “las clases dominantes se han separado de las ideologías tradicionales, no creen más en lo que creían antes”[2].

Siguiendo esta línea, el sociólogo alemán Wolfgang Streeck afirma que el mundo está experimentando la muerte del capitalismo sin que haya surgido todavía un sistema capaz de reemplazarlo. El fin de este orden —para algunos, más difícil de imaginar que el fin del mundo— no acontece debido a la imposición de un principio de oposición vinculado a un orden superior: el orden capitalista se está desintegrando debido a su propio éxito, vale decir, a una sobredosis de sí mismo. Siguiendo la idea del interregno, expresión usada por el mismo Gramsci en el original italiano, se hace referencia a un vacío de autoridad que había sido identificada desde el mismo tiempo del derecho romano. En la elaboración de Streeck, el orden capitalista, plagado de procesos desintegradores y crisis sistémicas, abandona a cada ser humano a sí mismo, lo que desemboca en una sociedad que es algo menos que una sociedad. El capitalismo ya no garantiza una sociedad estable y, entre sus restos que se resisten a ser removidos, solo pueden triunfar los oligarcas y los señores de la guerra[3]. Este es el tiempo de los gobernantes demenciales que se multiplican en esta época.

Desvinculado de cualquier lógica institucional y sin un horizonte de futuro, el neoliberalismo persiste debido a la supuesta ausencia de alternativas. Esta carencia de caminos alternos no es real, en la medida en que, como lo dice Boaventura de Sousa dos Santos “lo que no existe es, en verdad, activamente producido como no existente, esto es, como una alternativa no creíble a lo que existe”[4]. En este sentido debe agregarse que la naturaleza zombi del sistema neoliberal se mantiene a través de técnicas de subjetivación desintegradores que funcionan dentro de la creciente agonía del sistema. En esta línea se apunta los nuevos discursos empresariales y las consecuencias disociativas de la tecnología actual, las cuales crean patologías comunicacionales y convierten al ser humano en un empresario de sí mismo.

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De este modo, la creciente desigualdad ha terminado por socavar el humus ético que supuestamente debe sostener la democracia liberal. El incremento de la desigualdad proyecta en el sujeto actual un sentimiento de inestabilidad que desemboca en una angustia generalizada, el cual no se puede independizar de la violencia generada por el sistema. Heinz Bude considera “que estamos experimentando un cambio en el modo de integración social, pasando de la promesa de ascenso a la amenaza de la exclusión”[5]. El sujeto implosiona ante las restricciones que este proceso impone a la potencialidad humana. Incluso Franco “Bifo” Berardi, relaciona la actual ola de hechos violentos, masacres y suicidios, con la precariedad de las relaciones sociales que trae consigo el imperativo de la competitividad[6].

Ahora bien, esta reflexión no es suficiente para despejar la sospecha de que la actual ejecutoria del gobierno guatemalteco no tiene ninguna sustentación teórica y ni siquiera responde a un conjunto de ideas coherente. Más bien, esta surge de una lectura corrupta y coyuntural de la realidad global, mutante e incierta, por parte de empresarios, militares y políticos que buscan preservar el modus vivendi que los ha beneficiado y que poseen poca noción del tempo constitucional global. En este sentido, el andamiaje ideológico que sustenta el momentum ultraderechista global, en especial el nacionalismo y el abierto menosprecio de las instituciones formales, ha sido adoptado y adaptado por la derecha corrupta de Guatemala para afianzarse en la captura mafiosa del Estado. Estos grupos configuran sus estrategias de consolidación dentro de las coyunturas globales que surgen de los complejos juegos de poder de una geopolítica que se muestra capaz de internalizar los retos del futuro inmediato. Dentro de este orden, retorna el carácter de la necropolítica neoliberal propia del Estado guatemalteco.

Las regresiones de la democracia formal

El proceso de degradación política impacta con diferente intensidad en las diversas sociedades, de acuerdo con la historia peculiar de cada país y región. En los raquíticos Estados centroamericanos, en especial Guatemala y Honduras, cuyas élites corruptas se empeñan en mantener los esquemas mafiosos que permiten su enriquecimiento, se empiezan a generar éxodos masivos e inciertos hacia una sociedad que, como la estadounidense, experimenta sus propios procesos de fragmentación. Los problemas centroamericanos no pueden desvincularse de las tensiones geopolíticas que surgen de la urgencia norteamericana de asegurar su hegemonía en América Central, especialmente frente a la actual guerra económica con China, cuya hegemonía económica se consolida de manera acelerada.

En Europa, el ascenso de la ultraderecha se ha acelerado desde la crisis de 2007-2008. Partidos populistas de derecha tienen una presencia importante en Austria, Dinamarca, Finlandia Francia, Holanda, Hungría, Inglaterra, Italia, Noruega y Suecia. La crisis alcanza su cénit con la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, lo cual pone entre paréntesis los ideales de la Unión Europea. El auge de la derecha en las sociedades europeas expresa el rechazo a la tecnocracia económica que ha asegurado los poderosos intereses financieros a costa del desmantelamiento del Estado de bienestar[7].

La situación impacta dramáticamente al núcleo político de la democracia constitucional. Un libro editado recientemente por Mark A. Graber, Sanford Levinson y Mark Tushnet (2018) reúne un conjunto de artículos que versan sobre la tesis de que la democracia constitucional se encuentra en crisis alrededor del mundo[8]. Algunos de los autores que contribuyen en este volumen insisten en la crisis del paradigma constitucional en los Estados Unidos, especialmente después de las notorias designaciones a la Corte Suprema propuestas por Trump, se marca un deslizamiento a la ultraderecha en el terreno constitucional.

J.M. Balkin ya no se refiere a una simple crisis constitucional: habla de la “putrefacción constitucional”. La crisis constitucional se genera en ciertas coyunturas, como en aquellas en donde un gobierno no obedece las decisiones de la Corte Suprema —situación que puede ejemplificarse con los desafíos del gobierno de Jimmy Morales a la Corte de Constitucionalidad—. La putrefacción constitucional es una degradación de las normas constitucionales de forma paulatina —un declive institucional ya consolidado en el país—. La putrefacción constitucional afecta la funcionalidad de las instituciones; supone un déficit de adhesión ciudadana, así como una falta de autocontrol por parte de políticos y funcionarios, los cuales ignoran la salud constitucional cuando se trata de las conveniencias del momento[9]. Trump definitivamente sería un ejemplo de este fenómeno especialmente después de la designación de Kavanaugh a la Corte Suprema de los EE.UU. lo cual garantiza la mayoría necesaria para desmantelar los derechos conquistados durante la lucha por los derechos civiles en la segunda mitad del siglo pasado.

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Sin embargo, la conciencia del desastre constitucional es más amplia y no debe relacionarse siempre con lo que sucede en el mundo estadounidense. Por la misma estructura de la historia política norteamericana, su constitucionalismo se ha convertido en otra expresión de su autismo institucional, aun cuando es innegable un proceso de caída constitucional. Así, se puede recordar la creciente literatura sobre el tema de la desconstitucionalización. En el ámbito latinoamericano destaca la descripción del constitucionalista argentino Néstor Pedro Sagües respecto a la noción de desconstitucionalización, diagnóstico compartido por Luigi Ferrajoli, quien sostiene que la ideología neoliberal ha establecido la lex mercatoria “como verdadera, rígida norma fundamental del nuevo orden global, más que todas las cartas constitucionales”[10]. Con anterioridad, Gerardo Pisarello ya hablaba acerca de los procesos destituyentes desarrollados por el constitucionalismo neoliberal[11]. En el mundo de habla inglesa, este punto también ha sido desarrollado por el canadiense Stephen Gill, que basándose en Gramsci recalca el desarrollo de un constitucionalismo adaptado a un sentido común funcional a una civilización del mercado[12]. Estos desarrollos, sin embargo, ya habían sido anticipados en las interesantes obras de Giorgio Agamben, para quien el Estado de excepción constituye el paradigma fundamental de la moderna política occidental.

Es evidente que Guatemala enfrenta una crisis terminal constitucional para un orden político ya afectado por una putrefacción constitucional que empezó a darse desde la promulgación de la Constitución de 1985. Después de 33 años algunas disposiciones constitucionales, en particular la relativa a los pueblos indígenas y a la normativa del agua, no han sido elaboradas legislativamente. Las decisiones de la Corte de Constitucionalidad han favorecido los intereses de la oligarquía guatemalteca. Se puede concluir, sin embargo, que los presentes desafíos del gobierno hacia la Corte de Constitucionalidad constituyen un intento por romper la estructura formal del orden constitucional nacional. No puede desdeñarse, por ejemplo, el grado de incompetencia constitucional, en donde el gobierno mismo cuestiona las facultades interpretativas de la Corte de Constitucionalidad. La abierta irracionalidad de las agendas del narco estado guatemalteco no es apta para detectar su propia incoherencia discursiva.

Las raíces de la crisis constitucional

La fragilidad del constitucionalismo contemporáneo no es un fenómeno inexplicable, puesto que la desigualdad y la distorsión neoliberal de la subjetividad socavan cualquier pacto político basado en la dignidad humana. Este proceso fragmentador genera, naturalmente, un escepticismo y un descontento ciudadano que alimenta, de hecho, los procesos destituyentes señalados en la sección anterior. Las políticas de miedo y la percepción de inseguridad que fomenta el populismo punitivo hacen que incluso la clase media, como lo muestra el caso del Brasil de Bolsonaro, se alineen con el extremismo de la derecha alternativa.

La desigualdad ha mostrado su carácter destructivo a lo largo de la historia. Ya Aristóteles sostenía que una sociedad desigual no es factible, puesto que como lo dice en el libro IV de La política, los ricos y los pobres no quieren ni siquiera compartir el camino. En la opinión del discípulo de Platón, una ciudad sin una clase media fuerte no está compuesta de hombres libres, sino de amos y esclavos. La idea sigue vigente, como lo prueba el hecho de quepor ejemplo, autores como Ganesh Sitaraman puedan argumentar convincentemente que la actual crisis constitucional norteamericana se relaciona con la desaparición de la clase media[13]. Los peligros globales se agudizan a medida que disminuye la cantidad de billonarios que poseen tanta riqueza como la mitad más pobre de la población mundial. Según Walter Scheidel en 2015 eran 62, en 2014 eran 85, en 2010, 388[14].

El aumento de la desigualdad ha generado un descontento con la política tradicional, el cual ha sido aprovechado por los gobiernos de derecha. Esta insatisfacción se relaciona con el presente desarrollo de movimientos de ultraderecha que, alimentándose del rechazo de la política partidaria de la globalización neoliberal, amenazan con el regreso del nacionalismo, el fascismo y el populismo. En este contexto, se ha incrementado el número de autores que reflexionan sobre el retorno de estas expresiones de la ultraderecha. Este proceso de renacimiento incluso parece consolidarse a partir de influencias geopolíticas. El historiador de Yale, Timothy Snider, por ejemplo, advierte del desarrollo del fascismo a partir de la anómala influencia de la Rusia oligárquica de Vladimir Putin en los acontecimientos políticos en Europa y los EE.UU.[15]

La ultraderecha estadounidense se consolida a través del resentimiento de la clase blanca empobrecida. Esto no puede extrañar, puesto que como lo recuerda Rob Riemen, el fascismo y la ultraderecha surgen del cultivo de los peores sentimientos y actitudes humanas[16]. Las regresiones políticas en EE.UU., tienen como trasfondo el declive de los niveles de vida de los blancos de la clase trabajadora, los cuales han visto cómo disminuye su expectativa de vida debido a enfermedades provocadas por la desesperación, como lo son el alcoholismo o la depresión[17]. En países como Brasil la gente vota por personas como Jair Bolsonaro en términos de las clásicas referencias a la mano dura.

No está de más recordar que el fascismo no mejora la vida de las mayorías, sino que en este caso somete a los sectores olvidados a la lógica de un dominio absoluto de los poderes nacionales. El caso de Trump prueba esto más allá de toda duda. Bajo la cubierta del odio a los inmigrantes, que ejemplifica la lógica del chivo expiatorio, se avanzan políticas como el desmantelamiento del Obamacare.

En todo caso, el final de la globalización, proceso que alcanza fuerza con el ascenso de Trump, está siendo provocado por el enfado de sectores con las consecuencias negativas de este proceso. Como sucedió con el nazismo, muchos gobiernos, incluso el guatemalteco, accedió al poder a través de un orden constitucional que después ha sido desmentido por sus acciones.

Así, pues, existe una inseguridad social que crea expectativas autoritarias. Estas crisis azuzan otros problemas que no puede cubrir la frenética sarta de mentiras del sistema, especialmente dedicadas a responsabilizar a cada quien de su propio éxito o fracaso. El mito del presente es el emprendedor, quien suele ejemplificarse con los genios de Silicon Valley revisar escritura, aunque como lo hace ver Pankaj Mishra, muchos de ellos apenas pueden aspirar a trabajar con los precios increíblemente bajos de Uber[18].

Estas diferentes narrativas muestran que existe una crisis enorme de sentido, que no es fácilmente atribuible a un solo factor. La reduccionista razón neoliberal, establecida en los mecanismos de subjetivación contemporánea, corre un pesado velo sobre los horizontes de vida del mundo. Esta crisis de sentido marca el retorno del nihilismo, el cual ofrece una oportunidad para que se desarrolle un sentimiento identitario que cuestiona la solidaridad.

Lamentablemente, el retorno del nacionalismo implica una revaloración, siempre incoherente, de la soberanía e incluso del imperialismo —como en el caso del ataque permanente de los EE.UU., a Venezuela—. De este modo, la lucha contra la globalización muestra lo equivocado que estaba Tony Blair cuando comparaba la inevitabilidad de esta con la sucesión entre el otoño y el verano.

El eclipse de la globalización remite a una superada noción de soberanía que debilita el nunca sólido paradigma de los derechos humanos universales. La soberanía se muestra incompatible con los grandes cambios encarnados en modelos transnacionales de legitimidad basados en los derechos humanos, a través especialmente de las cortes regionales, como es el caso de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En ese contexto, Guatemala ha jugado el papel que le corresponde a un gobierno demencial, como quedó evidenciado con el lamentable discurso de Jimmy Morales frente a la ONU, texto en donde se faltó a cualquier sentido de verdad y dignidad. La hipócrita referencia a la identidad tradicional del pueblo guatemalteco basada en los valores y una religiosidad represiva ya no levantarán el perfil de un gobierno que pasará a la historia como una ilustración de la desvergüenza.

La refundación del constitucionalismo

El intento del liberalismo de constituirse como horizonte político del mundo está en crisis. Por esta razón, si se quiere plantear la recuperación del constitucionalismo como pacto político basado en valores compartidos se requiere una perspectiva más amplia que la que proporciona esta corriente. Pero para alcanzar este punto de vista, quizás es necesario reconocer que el pluralismo de esta perspectiva es más ilusorio que real. No se trata de negar perspectivas más amplias del liberalismo. Pero sin duda las visiones del mundo también ofrecen maneras de pensar una realidad que ya no puede concebirse en términos del modelo de los derechos como atributos inherentes a los seres humanos considerados de manera individual.

En realidad, las insuficiencias del liberalismo han sido reconocidas desde hace mucho tiempo, y en consecuencia, tienden a aparecer de forma actualizada en las críticas comunitarias del liberalismo. Recientemente, Patrick J Deneen, profesor en Notre Dame, renueva dicha crítica, señalando el individualismo que tiende a crear una inaceptable desigualdad. Este autor observa cómo dicho fenómeno socava la creación de compromisos hacia la sociedad; señala que un sistema que privilegia la libertad sobre cualquier otro tipo de valor tiende a generar una libertad reducida. No es necesario, desde luego, regresar al comunitarismo católico, pero sí es necesario ir encontrando perspectivas que eviten estas consecuencias del liberalismo, el cual está muy lejos de ser el intrínseco valor que debe salvarse[19]. Desde luego, no es una negación simple; se busca recuperar lo valioso en esta corriente, se trata de superarlo, pero de manera inclusiva. En este espíritu se debe buscar la renovación del constitucionalismo para hacerlo responder a los desafíos de nuestro tiempo.

En este sentido, se debe evitar la identificación de la crisis del constitucionalismo con la caída del liberalismo. La recuperación del legado constitucional no supone la aceptación de las tesis fundamentales del liberalismo, si por este se concibe una doctrina centrada en los derechos intrínsecos del individuo.

Esta tesis parece derivarse del hecho de que el constitucionalismo ha estado históricamente vinculado al liberalismo, como lo prueba el surgimiento del discurso de los derechos en la Declaración de Independencia norteamericana (1776) y la Revolución francesa (1789). Esta, sin embargo, es una presuposición que se puede cuestionar, en virtud de que el mismo concepto de derechos individuales parece quedarse corto frente a algunos de los cambios que presentan el mundo contemporáneo. Dicho cuestionamiento puede desarrollarse si se demuestra que el alcance de los conceptos morales, movilizados por el constitucionalismo liberal, trascienden las limitaciones institucionales del liberalismo. La idea de la Constitución como pacto de ciudadanía permite una transformación en las coordenadas fundamentales que asocian al constitucionalismo con el liberalismo —por ejemplo, la superación del individualismo—. Si se quiere comprender esta crisis, es necesario cuestionar presuposiciones básicas e ir incluso al ámbito en el cual se constituyen nuestras opciones interpretativas fundamentales.

Es necesario, por lo tanto, pensar en la nueva naturaleza del paradigma constitucionalista alrededor del mundo. El constitucionalismo contemporáneo debe dar lugar a paradigmas menos comprometidos con el liberalismo y más con la idea de los derechos fundamentales, como estos tienden a dibujarse frente a los desafíos del presente. El paradigma liberal descansa en una serie de elementos culturales que no coinciden necesariamente con otras perspectivas acerca de la naturaleza del pacto social. En particular, de la situación actual no se puede regresar al globalismo neoliberal, el cual solo garantiza un orden plutocrático en el cual los Estados pierden su razón de ser. El mundo no hubiese estado mucho mejor si Hillary Clinton hubiese ganado la elección a Trump.

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Puede pensarse, para ubicarse en un registro argumentativo que ya no se puede ignorar, que el modelo de los derechos no funciona en un contexto en el cual las relaciones adoptan la forma de redes. Es necesario plantearse los problemas de la cuarta revolución industrial y, en este contexto, los problemas que plantean las nuevas tecnologías, así como los que estudia el bioderecho. Ya no se puede ignorar la profunda interdependencia de los seres humanos cuando se trata de pensar estrategias para no perder los bienes comunes de la humanidad. En ese sentido, se empieza a destacar la aparición de nuevos paradigmas del derecho. Estos intentan plantear nuevos modelos de comprensión constitucional que permitan pensar problemas como el cambio climático. Bajo esta perspectiva, la propiedad de los comunes se convierte en un tema fundamental.

Entre estas nuevas visiones destacan las contribuciones de Ugo Mattei y Fritjof Capra, quienes han propuesto una visión relacional de la realidad jurídica, denominada “ecología del derecho”, posición más acorde con los actuales desafíos enfrentados por la humanidad. Según la visión de estos autores, el derecho “no es una estructura objetiva, sino que emerge de ciudadanos activamente compenetrados y de comunidades legales como la expresión legal de su auto-organización”[20].

En este sentido, se debe buscar una visión que no exija regresar al modelo liberal globalizado que separó a las sociedades de los centros de decisión política. La función constituyente de las sociedades, especialmente las latinoamericanas, no puede demonizarse como populismo. No se puede etiquetar bajo el mismo término a Bernie Sanders que a Donald Trump. Nancy Fraser cuestiona que la única opción sea lo que ella denomina “neoliberalismo progresivo” (Clinton) y el populismo reaccionario (Trump). Insistir en que el liberalismo se encuentra en una situación de riesgo olvida, como lo señala Fraser, la interconexión entre ambas posiciones. El liberalismo y el fascismo son dos fases del sistema capitalista. El capitalismo provoca una desigualdad que alcanza niveles desastrosos generando de nuevo la inestabilidad que permite el retorno del fascismo[21]. Quizás esto se puede ilustrar con la constante experiencia de la incapacidad del sistema institucional del liberalismo para sujetar la profundización de la opresión y explotación capitalista. 

La solución supone prestar atención de manera simultánea a los problemas más serios que plantea el mundo actual. Un sistema social capaz de ofrecer algún sentido de futuro no puede producir tantas anomalías. Este objetivo no puede lograrse sin cambiar paradigmas y ofrecer nuevos horizontes de mundo para un capitalismo agotado. No se puede descalificar como simple populismo cualquier postura que marque una diferencia del liberalismo y que quiera integrar a los sectores que se distancian del neoliberalismo progresista del que habla Fraser. El nuevo constitucionalismo ofrece la idea de ir creando un orden justo, en el cual se genere una nueva concepción de la ciudadanía.

Nuevos caminos civilizatorios

Zygmunt Bauman subraya la sensación de que vivimos en una modernidad líquida.[22] Los cambios se han tornado tan vertiginosos que parece que la reflexión no puede alcanzar a comprenderlos sin que se hayan transformado y exijan nuevos marcos interpretativos sujetos a una obsolescencia acelerada. Hace apenas dos años, por ejemplo, la supuesta llegada al poder de Hillary Clinton anticipaba la puesta en marcha de un totalitario Transatlantic Trade and Investment Partnership cuyos mecanismos, tejidos por políticas y “expertos” al margen del conocimiento público, señalaba el cenit de la globalización neoliberal. El inesperado triunfo de Trump y el progresivo auge de la ultraderecha y el neofascismo en muchos países, consolidan la creencia de que el mundo se encuentra entre el globalismo neoliberal y el ultranacionalismo de derecha —posiciones que, sin embargo, comparten similares recetas de despojo como es la reducción de impuestos a los más ricos—. Sin embargo, como decía Hegel, el búho de la sabiduría se lanza al vuelo al atardecer y la larga agonía del capitalismo debe ser un momento para reflexionar acerca de las posibilidades que se abren en este momento.

Es difícil, en realidad, saber qué deparan los cambios que se están gestando en estos momentos, pero si se puede avanzar alguna idea de lo que no se debe hacer. Al final, no todo puede ser líquido, al menos si el objetivo consiste en plantear una reflexión sobre la misma precariedad de la vida contemporánea: siempre existen referentes, por ejemplo, los éticos, que supone perspectivas analíticas fructíferas. Desde estos puntos de vista se pueden examinar algunas de las preguntas que plantea nuestro tiempo: ¿Regresaremos a la globalización neoliberal para que esta complete su orden destructivo? ¿Qué repercusiones tendrá la automatización y robotización de la producción? ¿Podrá detener el desastre la oportuna implementación del ingreso básico universal?

La coyuntura internacional no impide que en este momento se puedan identificar nuevos caminos para escapar de la actual crisis global. Estos caminos, sin embargo, surgen de planteamientos que no asumen las presuposiciones de la modernidad capitalista, razón por la cual el pensamiento occidental debe ver con renovados ojos las contribuciones de otras culturas, así como los elementos alternativos que surgen de su propio seno. Las formas liberales de convivencia, al menos en su sentido clásico, no son las únicas posibles, mucho menos ahora que ya ha demostrado su agotamiento histórico, razón por la cual se debe valorar la demodiversidad —para usar la expresión acunada por Boaventura de Sousa Santos—. En España, de hecho, partidos políticos como Podemos han alimentado sus propuestas con los planteamientos que han surgido en las democracias izquierdistas sudamericanas que ahora se encuentran en crisis, en parte debido a la demonización orquestada por los sectores de poder de la globalización.

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Parece ser que los cambios están marcados por los límites que el planeta presenta para la actividad humana, en especial, la económica; no se puede crecer infinitamente cuando los “recursos” naturales son finitos. En este sentido, se debe buscar la reconceptualización de los derechos humanos, los cuales se convierten en razón de ser de nuevas luchas, precisamente para cambiar los sistemas políticos que desmenuzan la participación crítica de la ciudadanía contemporánea. Ya no es cuestión de peticiones a un Estado deconstitucionalizado, subrepticiamente comprometido con los postulados neoliberales. Los derechos fundamentales no son solo atributos normativos cuya defensa corresponde al Estado, sino también razones para la lucha social, y su genuina realización, supone cambios esenciales en todas esas áreas que han sido colonizadas por la razón neoliberal, desde la educación hasta la estructura de la participación política.

Exorcizar al capitalismo zombi de nuestro tiempo solo se puede lograr desde las opciones críticas de sentido que alberga cada sociedad en su conciencia profunda. En este contexto, el pensamiento crítico latinoamericano es importante puesto que ofrece, especialmente a través de las visiones amerindias, una nueva perspectiva del universo y de la vida humana. Destacan las contribuciones constitucionales del Buen Vivir, desarrollado en el constitucionalismo ecuatoriano y boliviano. Como lo dice Alberto Acosta, “el Buen Vivir, en tanto propuesta abierta y en construcción, abre la puerta para formular visiones alternativas de vida”[23].

Estas perspectivas ofrecen conexiones que se alejan de la ilusión acerca del infinito crecimiento que ha sido el mantra de los economistas. Recordando la profunda interdependencia del universo, estas perspectivas urgen a activar los frenos de emergencia —para recordar a Walter Benjamin— para poder desmontar los sentidos que hacen que una generación piense en el enriquecimiento como su único horizonte de vida. A pesar de sus crisis, los movimientos políticos latinoamericanos apuntan en esa dirección. No se puede hablar de un fracaso de la izquierda, cuando la opción es Macri o Bolsonaro.

Se deben evitar, además, las tendencias identitarias que, no solo aceleran la fragmentación de los esfuerzos emancipadores, sino que allanan el camino a fenómenos excluyentes como el nacionalismo. Recuperar los aspectos positivos de una cultura o una perspectiva epistémica reprimida no debe basarse en la construcción de identidades rígidas. Más allá de las diferencias, existe una comunidad de naturaleza que hace posible la comprensión y la identificación de metas comunes. En este momento de la historia, se debe buscar la racionalidad compartida para construir un mundo sin los niveles de desigualdad e insostenbilildad que continúan socavando, a un ritmo inaudito, las bases de vida de la democracia liberal. Al final, el respeto a la individualidad concreta y a la dignidad de cada ser humano no debe significar el olvido de la alteridad ética que constituye el núcleo de los derechos humanos.

En todo caso, al menos en este momento, apenas se puede calcular las consecuencias inmediatas del deslave político provocado por una clase política que ha decidido ignorar la estructura constitucional para mantener sus privilegios ilegítimos. Por decir lo menos, este confuso proceder implica regresar a un autoritarismo cuyas heridas aún permanecen abiertas. Cada país debe resolver esa crisis en el corto plazo, basándose en sus recursos y experiencias. Los esfuerzos deben abrirse a actividades globales, como lo exige el problema del cambio climático.

De lo dicho, se adivinan los caminos que pueden tomar el mundo, la región y nuestro país en los próximos años. Para decirlo en términos gramscianos, hay que afrontarlos con el pesimismo del intelecto y el optimismo de la voluntad. Este esfuerzo, sin embargo, debe articularse en propuestas concretas que vayan más allá de la indignación. Se necesitan nuevos movimientos constituyentes y planteamientos críticos capaces de generar los textos constitucionales que precisa el mundo contemporáneo.  

 

[1] Antonio Gramsci, Pasado y presente. Cuadernos de la cárcel, traducción de Manlio Macri, Barcelona, Gedisa, 2018, edición Kindle, location 1046.
[2] Ibid.
[3] Wolfgang Streeck, How Will Capitalism End?, Londres, Verso, 2016, pp. 35-37.
[4] Boaventura de Sousa Santos, El milenio huérfano: Ensayos para una nueva cultura política. Traducción de Antonio Barreto et al. Segunda edición. Madrid: Trotta, p. 98.
[5] Heinz Bude, La sociedad del miedo, traducción de Alberto Ciria, Barcelona, Herder, 2017, p. 20.
[6] Franco “Bifo” Berardi, Heroes: Mass Murder and Suicide, Londres, Verso, 2015.
[7] Una interesante discusión al respect puede hallarse en el primer capítulo de libro de Jürgen Habermas, The Lure of Technocracy, Malden (Massachusetts), Polity Press, 2014.
[8] Mark A. Graber, Sanford Levinson y Mark Tushnet (eds.), Constitutional Democracy in Crisis, New York, Oxford University Press, 2018.
[9] J. M. Balkin, Constitutional Crisis and Constitutional Rot, en Mark A. Graber, Sanford Levinson y Mark Tushnet (eds.), Constitutional Democracy in Crisis, New York, Oxford University Press, 2018, p. 17.
[10] Luigi Ferrajoli, Constitucionalismo más allá del Estado, traducción de Perfecto Andrés Ibáñez, Madrid, Trotta, 2018, p. 17.
[13] Ganesh Sitaraman, The Crisis of the Middle-Class Constitucion: Why Economic Inequality threatens Our Republic, New York, Vintage Books, 2017.
[14] Walter Scheidel, The Great Leveller: Violence and the History of Inequality, from the Stone Age to the Twenty-First Century, Princeton, Princeton University Press, 2017, p. 1.
[15] De este autor puede consultarse The Road to Unfreedom: Russia, Europe, America, New York, Tim Duggan Books, 2018.
[16] Rob Riemen, Para combatir esta era: Consideraciones urgentes sobre fascismo y humanismo, traducción de Romeo Tello, Madrid, Taurus, 2018, p. 16.
[18] Rankaj Mishra, La edad de la ira, segunda edición, trad. de Eva Halffter y Gabriel Vázquez Rodríguez, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017, p. 279.
[20] Fritjof Capra y Ugo Mattei, The Ecology of Law: Toward a Legal System in Tune with Nature and Community, Oakland, Berrett-Kehler Publishers, 2015, p. 4.
[21] Nancy Fraser, “Progressive Neoliberalism versus Reactionary Populism”, en The Great Regression, Cambridge, Polity Press, 2017,  pp. 46-47.
[22] Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, traducción de Mirta Rosenberg en colaboración con Jaime Arrambide Squirru, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003.
[23] Alberto Acosta, Buen Vivir, Sumak Kawsay: Una oportunidad para imaginar otros mundos, Quito, Abya-Yala, 2012, p. 27.
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