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Opinión

Decisión acertada del Congreso

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Las pasiones y ambiciones políticas alcanzaron esta semana un clímax poco común. Mientras las voces serenas desde fuera del hemiciclo clamaban por que la iniciativa del presupuesto de ingresos y gastos para 2018 no se aprobara, los que se han acostumbrado a piñatizar los recursos públicos se frotaban las manos imaginando disfrutar cuanto antes su jugosa tajada.

De manera poco responsable, el Ministerio de Finanzas presentó una iniciativa sin mayores controles de gasto bajo el infantil argumento de que la baja ejecución se debió a que los controles no lo dejaron gastar. Lo cierto es que los controles están claramente establecidos, por lo que es cuestión de programar con antelación.

Distintos sectores dentro y fuera del Congreso dispuestos a colaborar sugirieron distintas formas para establecer esos controles, pero el grupo gobernante y sus aliados supusieron que, si abrían la chequera y ofrecían negocios, los diputados correrían en mayoría a apoyar su aprobación. Pero la presión social y mediática y el temor a la vigilancia de los órganos de justicia hicieron su parte, y muchos diputados decidieron controlar sus ansias de enriquecimiento fácil, de modo que hicieron oídos sordos a los cantos de sirena.

Que la elección de la junta directiva esté próxima y que ningún grupo tenga ahora alianzas estables hicieron que ese tema enrareciera aún más el ambiente para la aprobación del presupuesto. Muchos quieren ser presidentes, pero no logran convencer a los distintos grupos para alcanzar la mayoría. Para terminar de complicarla, los distintos caciques del FCN se desesperan porque no han logrado los ingresos económicos esperados, lo que los hizo insistir en hacerse con la presidencia del Congreso imaginando que, con un presupuesto laxo en controles y con el dominio del Legislativo, el sueño del enriquecimiento acelerado estaba a la vuelta de la esquina.

Pero las cosas no salieron como esperaban y, para felicidad de los guatemaltecos, el Ejecutivo tendrá que trabajar con el presupuesto aprobado en 2016 y deberá cumplir con los controles que hace un año se impusieron. No tendrá el Gobierno gavetas sin llaves para meter las manos. Y, si bien se avecinan problemas, como la movilización magisterial para que se les cumpla con el incremento que por ley les corresponde, las posibilidades del enriquecimiento ilícito serán mucho menores.

Preocupante es, sin embargo, que exministros de Finanzas con expectativas políticas hayan expresado en programas de radio que era preferible un presupuesto como el presentado que tener que ejecutarse el del año anterior. Cierto, el problema de fondo es la crisis del sistema político, la pervivencia de partidos franquicias y la inexistencia de propuestas orgánicas e ideológicas claras que orienten el accionar de los partidos, pero de ahí a afirmar que el problema estriba en el poder que el Congreso de la República tiene en las cuestiones presupuestarias es no entender (o hacer como que no se entiende) el papel estratégico que tienen los Congresos en la definición del gasto público.

La democracia se cristaliza y ejerce precisamente en los Parlamentos. Mientras más activo y presente es este poder del Estado, mucho mejor funcionan los gobiernos. Es por ello que las democracias modernas, las que efectivamente funcionan, desde hace mucho tiempo han optado por el parlamentarismo en lugar del presidencialismo.

Si bien desde que somos república hemos tenido Congresos corruptos, los largos períodos de sumisión al gobierno son muestra fehaciente de que no es por ahí por donde se construye la democracia, mucho menos la eficiencia del gasto en beneficio de la ciudadanía.

Que tengamos partidos políticos construidos a partir de la corrupción y el chantaje no quiere decir que la solución sea restarle funciones y responsabilidades al Congreso. Todo lo contrario: lo que nos corresponde es movilizarnos y organizarnos para tener diputados honestos, capaces de cumplir con sus funciones fiscalizadoras. Construir organizaciones políticas ideológica y éticamente sólidas, con visión de largo plazo, es parte de las responsabilidades públicas que resultan prioritarias.

No serán los supuestos mesías que luego se convierten en caciques o fantoches los que salvarán al país del abismo. Serán las organizaciones políticas que, nutridas de ciudadanos ideológica y políticamente claros, no solo impulsen desde el Congreso los cambios legales de los que estamos urgidos, sino que además definan y orienten el gasto público en beneficio de las mayorías.

Nótese que la propuesta de presupuesto abultado y sin candados que llegó a votación no surgió del Congreso, sino del Ministerio de Finanzas. La bancada oficial lo recibió como regalo de Navidad anticipado y se dispuso a defenderlo y negociarlo. Fueron los supuestos técnicos del Ejecutivo los que ofrecieron la piñata, y fue en el Congreso, desde las distintas bancadas opositoras, donde se alertó de tal irresponsabilidad y se la cuestionó, con lo cual finalmente se logró que tal despropósito no se materializara.

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