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De pobres a prósperos, y de regreso

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Tal vez sea difícil encontrar muchas similitudes entre una aldea de San Andrés Itzapa, Chimaltenango, y una localidad de Iowa, Estados Unidos. Sin embargo, hasta mayo de 2008 existía un vínculo: una gran parte de la población de una se había desplazado a la otra en busca de trabajo, y después fue devuelta.

Nicolás González y su hijo no entendieron al principio que muchos otros habían llegado como ellos, al amparo de un hermano, de un vecino, de un amigo, de un conocido, de una comunidad que buscaba ayudarse, cambiar su futuro, acorazarse cada vez más en su debilidad.

No era la primera vez que Nicolás González intentaba cruzar la frontera estadounidense. Ya lo había hecho dos años atrás, a finales de 2003. La diferencia es que entonces lo había hecho solo. En esta ocasión lo acompañaba su hijo, Óscar Romeo, de 14 años. Pero cruzar la frontera no era la parte más complicada del viaje: iban en busca de trabajo. Tenían deudas por pagar en Guatemala y aventurarse en busca de nuevos horizontes les había costado Q40 mil, la cantidad que les cobraba el “coyote” por llevarlos a su destino. Pero al llegar al norte descubrieron que el trabajo era escaso, y la búsqueda continuó de un Estado a otro tras mejores oportunidades.

El hombre, originario de Huehuetenango, y su hijo se las habían arreglado inicialmente para llegar al estado de Michigan, siguieron probando suerte primero en Alabama y luego en Florida, en donde finalmente la situación mejoró. Fue Óscar Romeo el primero en encontrar trabajo, y fue en la construcción, y fue por poco tiempo. El mercado cambió y lo dejó desempleado. Y los ingresos por el trabajo del padre, quien también había encontrado uno, se volvieron insuficientes.

Atrás, en San José Calderas, una aldea de San Andrés Itzapa, en Chimaltenango, habían dejado lo que quedaba de su familia. La mujer de Nicolás González, la madre del niño, Santa. Pero además, estaba la deteriorada casa, los escasos cultivos, la miseria en que vivían. Era a eso a lo que no querían volver. Era urgente continuar la búsqueda.

Y había una esperanza todavía. En las pláticas telefónicas que Nicolás González y Santa mantenían periódicamente, él le comentó lo difícil que estaba siendo todo. Ella recordó que un primo suyo vivía en una ciudad de Iowa, y, según habían oído, en ese lugar no era tan complicado encontrar trabajo. Él, el primo, también había llegado sin permisos de trabajo o de residencia, y no le iba mal.

Después de casi un año en Estados Unidos, Nicolás González y el niño se subían a un autobús con rumbo a Postville, una población de menos de dos mil habitantes, como su lejana Calderas, fundada en 1843 y de tradición migrante –noruega y alemana–, que, sin embargo, estaba destinada a convertirse en un símbolo despreciable para la migración centroamericana: en el símbolo del abuso de los empleadores y de las autoridades.

La primera vez que Nicolás González puso un pie en Postville experimentó una gran extrañeza. Con su hijo al lado, había recorrido casi tres mil kilómetros por países que no eran el suyo hasta llegar a esta localidad en el corazón de los Estados Unidos, 26° más al norte que Calderas, y era extraño descubrir que esa aldea, que ese pueblo, que esa gente que conocían, que centenares de sus habitantes, se habían trasladado allí, como depositados de manera colectiva. Era raro saberse rodeado de rostros próximos y semejantes en una tierra extranjera. Era extraño: encontrar el propio pueblo en otra tierra.

Nicolás González y su hijo no entendieron al principio que muchos otros habían llegado como ellos, al amparo de un hermano, de un vecino, de un amigo, de un conocido, de una comunidad que buscaba ayudarse, cambiar su futuro, acorazarse cada vez más en su debilidad. No entendieron la complejidad con la que se iban tejiendo imperceptibles redes de solidaridad en el extranjero que eran capaces de ir reuniendo poco a poco fragmentos enteros de las comunidades en un lugar en el que jamás imaginaron encontrarse. Como había sucedido también con los garífunas de Livingston que ahora pueblan masivamente el Bronx neoyorkino con 6,250 migrantes de los 45 mil guatemaltecos residentes en ese barrio.

Pero Nicolás González no lo sabía y por ello no daba crédito:

-Yo me extrañé cuando llegué, porque me encontré que una buena parte de la gente de Calderas estaba allí.

Nicolás González tenía experiencia en traslados. No era sólo que ya hubiera pasado por los Estados Unidos antes. Es que, como huehueteco que se había instalado en Chimaltenango, había sido un migrante también dentro de su propio país. Pero el trasplante de una comunidad: eso le resultaba nuevo, desconocido.

En realidad, no todos provenían de Calderas, aunque sí la mayoría. En Postville había caras de aldeas vecinas, de La Soledad, Acatenango y de El Rosario, San Miguel Dueñas, en Sacatepéquez.

Grandes porciones de las comunidades guatemaltecas se habían desplazado como si fueran caravanas ambulantes, pueblos nómadas enteros. Pero no era así del todo. Había pioneros, había quienes lograron abrir el camino para los demás, quienes habían desbrozado la selva. Cada persona que se instalaba en la ciudad servía como punto de referencia y apoyo para hermanos, primos o conocidos de pueblos cercanos que intentaban mejorar su situación económica viajando de indocumentados.

Pocos de los que estuvieron en la ciudad conocen los orígenes de este movimiento, pero los que recuerdan coinciden en que los pioneros fueron tres muchachos que salieron de Calderas. Al igual que quienes les siguieron, su ciudad de destino estaba determinada por que hubiera algún conocido en ella. Quienes relatan la historia, aseguran que estos conocidos eran de San Antonio Aguas Calientes, Sacatepéquez, pero nadie lo sabe con certeza. Todo comenzó más o menos con el cambio de milenio, y ocho años después, la población de Calderas se vio diezmada como resultado de esta oleada de viajeros en busca de prosperidad.

Antes ya existía alguna otra colonia de guatemaltecos. La de Paztún, Chimaltenango, se estaba consolidando allí cuando llegaron, explica Rosana Mejía, que fue deportada de Postville y es originaria de El Rosario, y hoy algunos de sus miembros ya cuentan con la nacionalidad estadounidense.

Pero tener un conocido en la ciudad no era lo único necesario para que los guatemaltecos indocumentados se quedaran en ella: necesitaban trabajo.

Y trabajo era precisamente lo que Postville le ofrecía a los extranjeros, incluso a los que, como ellos dos, habían atravesado la frontera de manera clandestina y pretendían instalarse en el país sin permiso laboral ni de residencia.

Postville tenía desde 1987 una famosa procesadora de carne, Agriprocessors Inc., la más grande de los Estados Unidos, que surtía de sus productos kosher a muchas marcas importantes. Era, cuando llegaron Nicolás González y el niño, el motor económico no sólo de los migrantes, sino de la ciudad entera.

Nicolás ya había usado en el pasado documentos falsos para conseguir empleo y en Postville debió hacerlo de nuevo. Él y su hijo quedaron contratados.

En la procesadora de carne, el ritmo de trabajo era un matadero. Las tareas eran tan duras que después de 15 meses colocando piezas de carne en ganchos, Nicolás renunció. Adolorido de la espalda, tuvo que pasar varios días de reposo en casa. Pero ni había llegado a reposar ni se lo podía permitir. A pesar de todo, el trabajo valía la pena. Era un empleo seguro que les permitía enviar remesas a sus familiares en Guatemala. Casi un mes después de su renuncia, Nicolás González fue recontratado en la planta.

Ahora regresaba con una nueva identidad, y documentos falsos.

***

En mayo de 2008, Nicolás tenía año y medio de trabajar en Postville cuando se llevó a cabo la redada más grande en la historia estadunidense.

Para su infortunio, la operación fue en Agriprocessors Inc.

El resultado fue la captura de 389 trabajadores extranjeros. De ellos, 290 eran guatemaltecos y 127, de Calderas.

La forma en que habían obtenido sus papeles él y muchos de los migrantes indocumentadoslos llevó a pasar cinco meses en prisión antes de que los deportaran. Tuvo que firmar su deportación. “Era firmar los papeles o enfrentar el riesgo de que nos encerraran hasta ocho años”, recuerda.

Algunos regresaron poco después de la redada, otros al cumplir su condena. Nicolás González estuvo entre estos últimos. Óscar Romeo corrió con mejor suerte. Se encontraba suspendido del trabajo y se libró de la captura y de la deportación, y todavía vive en los Estados Unidos.

Arnulfo Hernández, un hombre de entre 40 y 50 años, que hoy trabaja como campesino en Calderas, añade, con su carga de leña a la espalda: “Lo peor de todo es que nos trataron como criminales”. Los capturados llegaron encadenados de pies y manos a Guatemala. “Ni siquiera pudimos comer lo que nos dieron en el avión”, agrega.

Empacados como carne, y como carne distribuidos.

***

Pero lo que había sucedido a la ida (los reencuentros, las reuniones, el volver a juntarse) acontecía, invertido, al regreso (rupturas, separaciones, cismas familiares).

Porque no todos volvieron.

Las redadas de Massachusetts partieron a muchas familias cuando los padres regresaron a sus países de origen (Guatemala, en su mayoría) y los hijos menores tuvieron que quedarse bajo el control del Gobierno estadounidense.

En el caso de Postville, las autoridades intentaron corregirlo y por ello se quedaron un total de 46 personas entre menores y sus madres. Se les dio la oportunidad de solicitar la visa tipo U, un documento que Estados Unidos extiende a víctimas de crímenes o de violencia doméstica. Con ella pueden permanecer tres años en el país y buscar la ciudadanía al vencerse ese plazo.

El principal interés del Gobierno estadounidense eran los menores que habían trabajado en la procesadora. Representaban la principal posibilidad de ganar el juicio contra los propietarios de la planta por los abusos laborales cometidos. Los Estados Unidos perseguirían a los dueños de Agripocessors Inc., pero no estaban dispuestos a procesarse a sí mismos. Luis Argueta, director del documental AbUSAdos, hace hincapié en el trato inhumano, degradante, vejatorio, que el gobierno estadounidense dio a los inmigrantes durante un operativo que costó más de US$5 millones.

Aunque pertenece a otro departamento, El Rosario es una aldea que se encuentra a menos de dos kilómetros de Calderas. Allí vive Mercedes Gómez, una mujer de no más de 40 años. Dos semanas antes de la redada, su hijo Dany, menor de edad, había llegado a Iowa a reunirse con ella, después de un año separados. El día que los agentes de migración tomaron el lugar. Ella se encontraba trabajando y fue detenida. Cuando las autoridades le preguntaron si tenía hijos menores  ella sintió miedo. ¿Lo maltratarían? ¿Lo expulsarían? ¿Qué le iba a pasar a su hijo recién llegado? ¿Qué sería de él? ¿Qué sería de ella?

Mercedes Gómez respondió que no. Y esa fue la decisión que más consecuencias negativas le acarrearía.

Cuando la deportaron, Dany, ahora de 21 años, quedó bajo la custodia del Estado. Aprendió el idioma y permaneció en Postville hasta mayo del año pasado. Lo sorprendieron conduciendo sin licencia y lo reunieron de nuevo con su madre, deportado por una falta menor.

Cuando lo devolvieron a Guatemala, a Dany le ocurrió lo que a su madre: dejó un hijo atrás, en suelo extranjero. Un hijo que había tenido con una estadounidense de origen mexicano.

***

Son las 10:00 de la mañana. Un grupo de cuatro hombres trabaja en el empedrado de la entrada principal de San José Calderas. El resto de calles, incluidos los accesos y salvo algunos tramos adoquinados, son de terracería.

Los hombres buscan las piedras del tamaño adecuado en los terrenos a la orilla del camino y las aseguran al suelo con mezcla. Son empleados de la municipalidad de San Andrés Itzapa. Dos de ellos también estuvieron en Postville: Ovidio González regresó a Guatemala antes de la redada y Florencio Hernández vivió el encierro de cinco meses junto a Arnulfo Hernández y Nicolás González.

Florencio Hernández y Ovidio González están preocupados. Florencio tiene tres meses de laborar aquí. Es su primer empleo formal desde que regresó. Dos de sus siete hijos tuvieron que abandonar los estudios cuando cursaban el nivel básico. “Es muy difícil que vuelvan a estudiar, por la edad y porque ahora quieren trabajar”, explica el padre, que aún confía en que los dos hijos menores tengan una mejor oportunidad cuando terminen la primaria.

La redada de Postville para ellos fue la tragedia de Postville, para Calderas la redada fue la tragedia de Postville, para la economía local fue la Gran Depresión.

Casi dos centenares de emigrados perdieron su empleo, Calderas dejó de recibir buena parte de las remesas, los familiares dejaron de tener dinero, y los comerciantes y los trabajadores vieron reducidos sus ingresos, porque quién puede vender y a quién van a contratar, si no hay dinero. Las remesas daban vida a eso que los economistas llaman creación indirecta de empleos. La municipalidad no sabe cuánto dinero menos, pero menos dinero.

Antes de la redada, de la tragedia, de la Gran Depresión, se oían en Calderas rumores de que se paroximaba un futuro resplandeciente: se planeaba construir una agencia bancaria, recuerda Florencio. A una comunidad de 1,657 habitantes, que hasta entonces había vivido de una pequeña producción agrícola y pecuaria, entraban cada quince días entre Q100 mil y Q200 mil, según sus cálculos.

Pero ésos eran otros tiempos.

Hoy Calderas ya no bulle como antes. La tienda más grande del pueblo –posiblemente un recuerdo de la época de bonanza–muestra ahora espacios vacíos en los estantes que ordena Leonardo Tajtaj. Verlo organizando los productos podría dar la idea de que corrió con mejor suerte que el resto, hasta que aclara que sólo es un empleado, que pasó más de tres años buscando trabajo, que tiene tres hijos y que la paga está muy lejos de parecerse a la que, él también, recibía en la procesadora de carne.

La situación es similar en El Rosario. José Toj, un lugareño, explica que cuando muchos de sus vecinos se encontraban en Estados Unidos era fácil conseguir cualquier trabajo manual, pero que después de las deportaciones, las oportunidades se redujeron drásticamente.

Cuando los grupos de deportados regresaron a Guatemala la oficina del Procurador de Derechos Humanos (PDH) y el Consejo Nacional del Migrante de Guatemala (Conamigua) entraron en contacto con ellos.Su objetivo era darles alternativas económicas para que el golpe en sus comunidades no fuera tan fuerte después de perder su principal fuente de ingresos.

Conamigua asesoró a los retornados sobre las posibilidades económicas al regresar a su país y cómo alcanzarlas. Para ello, les recomendó establecer una asociación que buscara proyectos productivos en Calderas y, de ser posible, aprovecharan la capacitación adquirida en la procesadora de carne. Según Ubaldo Villatoro, asesor de Conamigua, una de las ideas de la asociación es que se vayan integrando como miembros más y más vecinos.

Tecnificar su agricultura, criar ganado y establecer una granja de gallinas ponedoras fueron las primeras ilusiones, pero no pasó de eso, de ilusiones. En noviembre de 2011, el primer presidente de la asociación, Marco Tulio Guerra, regresó a Estados Unidos a trabajar en la misma planta -que cambió de dueños después de que los anteriores resultaran condenados. En su lugar quedó Nicolás González, quien tuvo que volver a empezar los trámites legales porque originalmente aparecían a nombre de su predecesor.

El proyecto se diseñó en conjunto con los migrantes y la Interamerican Foundation. Esta entidad aportaría US$20 mil mientras que los migrantes contribuirían con US$10 mil, según Miguel Ugalde, entonces encargado del Servicio Jesuita de Migraciones en la Universidad Rafael Landívar, que colaboró con Q750 para establecer la asociación.

Los planes continúan en la mente de algunos de ellos después de cinco años, pero han avanzado muy poco. Mientras tanto, la calidad de los vínculos entre los miembros de la asociación se deteriora.

Nicolás González siente que la mayoría de los 11 integrantes están desinteresados, mientras que Florencio Hernández acusa a Nicolás González de no tocar las puertas necesarias para conseguir los recursos de los proyectos. Según el presidente, la opinión que Florencio Hernández tiene de él coincide con la de la mayoría de los miembros, pero argumenta que ni siquiera le llega el dinero para pagar el pasaje de su aldea a la capital para reunirse con la gente de Conamigua y que solicitar ayuda para los viáticos implica despertar la desconfianza de sus vecinos.

Nicolás González continúa desempleado y sobrevive con pequeños trabajos que algunos conocidos le solicitan, como arreglar una motosierra defectuosa, pero esto no representa un ingreso fijo. Por eso consulta constantemente la posibilidad de volver a Estados Unidos –como hizo Marco Tulio Guerra– con su actual esposa, Everlida. Santa, la madre de Óscar Romeo, murió seis semanas después de que lo deportaran, debido a complicaciones por la diabetes.

Sabe que hay muchos riesgos y que ser secuestrado podría representar más pérdidas económicas para su familia debido a las extorsiones, o significar su muerte. Sin embargo, la necesidad crece y vaticina que en Guatemala será muy difícil contar con ingresos como los que tenía, de casi US$90 dólares en un día, cuando logró que su familia comprara un terreno y construyera una casa.

Pero el deterioro de las relaciones no sólo se evidencia en la pequeña asociación que no logra asociarse del todo. En El Rosario, Mercedes Gómez no puede evitar los reproches hacia quienes obtuvieron la visa U debido a su valor como testigos, a pesar de que no sufrieron nada de lo que a ella le tocó pasar sin siquiera una remota posibilidad de retorno, ni para ella ni para su hijo.

***

Este 10 de mayo se celebró en Iowa una marcha conmemorativa con la participación de organizaciones civiles e individuos, estadounidenses y migrantes, en la que también participó el director de AbUSados. “Una caminata por la Justicia” fue el nombre de la actividad que recorrió las calles de Cedar Rapids, a unos 120 kilómetros de Postville. Su propósito era apelar a la conciencia de las autoridades y habitantes para que lo ocurrido hace cinco años no se repita y demandar una pronta reforma migratoria.

Al mismo tiempo –mientras Florencio Hernández y Ovidio González reparaban el camino, Leonardo Tajtaj ordenaba la tienda más grande de Calderas, Mercedes Gómez atendía una mucho más pequeña en El Rosario y Nicolás González evaluaba volver a cruzar el desierto–, las deportaciones continuaban sin descanso y lo siguen haciendo.

Sólo en este mes que aún no concluye, Estados Unidos ha repatriado a 3,948 guatemaltecos.

La suma en lo que va de 2013 es de 18,851.

Texto
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Antes de la redada, de la tragedia, de la Gran Depresión, se oían en Calderas rumores de que se acercaba un futuro resplandeciente: se planeaba construir una agencia bancaria.
La deportación de los pobladores de Calderas y El Rosario impactó en la economía de las aldeas. Fotografías de Sandra Sebastián
Nicolás González era uno de los 290 guatemaltecos detenidos en la redada más grande de la historia estadounidense.
En fotografías y en la memoria de Nicolás González, la vida en los Estados Unidos.
De Calderas a Estados Unidos, y viceversa.
Florencio Hernández vivió el encierro de cinco meses.
Florencio Hernández trabaja en el empedrado de la carretera. Consiguió un puesto en la Municipalidad, pero antes pasó un tiempo desempleado.
Florencio lleva tres meses de tener un trabajo.
Leonardo Tajtaj es uno más de los guatemaltecos deportados. Es empleado de una tienda del pueblo.
Dany era menor de edad cuando ocurrió la redada que lo separó de su madre. Fue deportado después.
Mercedes Gómez cuando fue deportada negó que tenía un hijo por temor a que este fuera maltratado.