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Una antropóloga sale a todo correr del Panamerican
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Una antropóloga sale a todo correr del Panamerican

La antropóloga chilena Beatriz Manz, declaró en el juicio que se sigue contra los generales José Efraín Ríos Montt y José Mauricio Rodríguez Sánchez. Fotografías de Sandra Sebastián
Manz documentó los desplazamientos humanos en parte de la región ixil.
La profesional trabaja en la universidad estatal de Nueva York, Estados Unidos.
La antropóloga explicó que vino por primera vez al país en 1973, cuando realizó un trabajo de tesis de doctorado.
Asistentes ixiles escuchan la declaración de Marz en la Sala de Vistas de la Corte Suprema de Justicia.
Según Manz la campaña contrainsurgente, que se llevó a cabo en Guatemala, era más desarrollada en la región ixil.
El libro que escribió Manz sobre sus investigaciones: Paraiso de Cenizas.
La antropóloga incluyó en su libro fotografías, de su autoría, de la región ixil.
Joven patrullero, Fotografías de Beatriz Manz.
Soldados.
Soldados.
Las precarias condiciones en las que vivían los habitantes de las aldeas modelo se reflejan en los ojos enfermos del niño.
Aldea modelo.
Pobladores ixiles.
Patrulleros.
Aldea Modelo.
Soldado.
Patrulleros.
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La antropóloga Beatriz Manz estuvo en Guatemala en el año de 1983. Se movió en el departamento de Quiché y parte de la costa del Pacífico. Tenía una intención académica: la de descubrir por qué miles de guatemaltecos de diversas zonas se habían refugiado en México. Lo que encontró fue un Estado represor, un ejército luchando contra la subversión, y una población civil diezmada, huyendo de su propio país. Esto fue parte de su testimonio en el juicio que se lleva en contra de los generales José Efraín Ríos Montt y Mauricio Rodríguez Sánchez.

En 1982, en la selva lacandona de Quintana Roo, México, miles de refugiados guatemaltecos que huían de la guerra tenían un recuerdo en común: la quema de sus casas, la llegada de soldados a sus comunidades, el asesinato de sus familiares, sus cosechas destruidas y la decisión, aun firme, de escapar. “En la selva sólo hablaban de eso. Hablaban y se desahogaban. Lo volvían a repetir. Era lo mismo en cada uno de ellos. Masacres, hambre, trapos en la boca de los bebés para que no lloraran, los animales muertos. Todo eso lo dejaban atrás mientras huían”. Eso es lo que recuerda la doctora en antropología Beatriz Manz, originaria de Chile, pero radicada en Estados Unidos como profesora en Berkeley, cuando se le pregunta sobre por qué llegó a Guatemala en 1983.

De su interacción con los refugiados guatemaltecos ella dice que detectó un patrón, una circunstancia que se repetía en los testimonios de los entrevistados. “Allí llegaron más 800 en un día, al final eran más de 46 mil. Imagina que hablabas con uno y con otro y era lo mismo. Fue en ese momento cuando me dije: ‘barrieron, los soldados barrieron con todo’. Desde el Ixcán para adelante. Era el patrón: arrasar con las comunidades”. Manz resolvió entonces que para entender ese fenómeno de desplazamientos masivos tenía que viajar, llegar a la raíz del problema, a Guatemala, y entonces tener alguna respuesta ante lo que sucedía.

En ese momento, hacía diez años que no regresaba a Guatemala. En 1973 había hecho sus estudios de posgrado en Santa Cruz del Quiché, estudiando las distintas etnias alrededor de esa región. Ese mismo interés fue el que durante una década la mantuvo ocupada, y luego la llevó a México, a la selva lacandona, al lugar en el que se refugiaban muchos de sus conocidos guatemaltecos desde hace varios años. “Después de hablar con ellos, sentí la obligación de regresar a Guatemala”, dice. Y al llegar a Guatemala, un año más tarde, unos días antes de ir al departamento de Quiché, lo primero que tuvo en mente fue sólo una cosa: “quería ver a ese gobernante que decía pertenecer a una religión a la que ningún otro presidente había pertenecido. Era el primero que no era católico. Me enteré de que en Guatemala la iglesia evangélica estaba convirtiendo a mucha gente. Quería ver eso. Y quería ver al presidente pentecostal que representaba ese fenómeno”.

Por eso, buscando al jefe de Estado de facto, José Efraín Ríos Montt, un día de marzo de 1983, Beatriz Manz entró a la iglesia el Verbo. “Lo que me impactó”, exclama Manz, “fue que todo los fieles eran de clase media y eran ladinos. Para mí fue muy interesante presenciar que toda esa gente se estuviera convirtiendo. Sobre todo porque estas iglesias –pentecostales- jugaban un papel completamente reaccionario en los Estados Unidos”.

Manz explica que tuvo noticias de cómo estas iglesias visitaban la región que tanto había estudiado. Dice que los aviones del presidente trasladaban a pastores evangélicos del Club 700 hasta el departamento de Quiché. “Era un movimiento de transformación interesante de analizar. De repente las aldeas que tenían un profundo sincretismo católico, o que eran parte de la teología de la liberación, quedaron arrasadas. Cada lugar cambiaba radicalmente y la poca gente que quedaba se convertía en miembros de la iglesia evangélica. Por ello quería ver antes a ese presidente evangélico”. Y sí lo vio. Según recuerda entre el público, atento, sonriente,  Efraín Ríos Montt escuchaba la prédica.

Una vez que emprendió su camino a Santa Cruz el Quiché, al norte de este departamento, le llamó poderosamente la atención que el ejército mezclara a todo tipo de indígenas sin un estudio previo de su cultura y los trasladara en masa a un tipo de aldea a las que Manz nombró “premodelo”. Según ella los reunían para ser la base social de la contrainsurgencia. Recuerda que en estas aldeas se hablaba mam, chuj, pocomchí, quiché, ixil. Que además, había tres templos evangélicos y en algunos casos una iglesia católica en estas aldeas. “¿Qué te dice eso”, pregunta Manz. “Pues es una intención de causar conflicto, de dividir a la población campesina. Lo único que comentaban es que era mejor así, que de lo contrario se parecerían a Nicaragua, y Nicaragua para ellos, para la gente de las aldeas, era un lugar en el que no te dejaban pensar, que tenías que vestirte de verde todo el día y todos iguales, que el gobierno te quitaba la comida, la cosecha, y hasta las mujeres. Ese era el comunismo para ellos”.

Pero Manz notó sobre todo miedo. Un miedo que no dejaba hablar a la gente. En Quiché nadie decía de qué huían, en contraste con todos aquellos a los que ella misma logró entrevistar en la selva lacandona, en México, que describían las matanzas, el hambre, las poblaciones arrasadas. “Yo entendí ese silencio. Nadie podía arriesgarse a que el ejército los considerara como parte del enemigo. Y era la forma de salvarse la vida”.

La impresión que ella tuvo ya no fue meramente antropológica. Era una situación distinta. Algo –como dice– más complejo de explicar: “El ejército quería algo rápido. No sé muy bien qué. Se notaba que habían creado un cerco militar alrededor de toda el área”.

-¿La gente de estas comunidades también hablaba de la guerrilla, del Ejército Guerrillero de los Pobres?

-Más bien de ellos había una queja. Que no les dieron armas para poder pelear y defenderse.

“El enemigo interno”

Pocos meses después de su estadía en el área ixil, Beatriz Manz recuerda que entre el contenido de la revista militar, la publicación que contenía ensayos acordes a la doctrina del ejército, venía un artículo firmado por el capitán de navío y escritor Juan Fernando Cifuentes. El título de la publicación jamás se ha borrado de la memoria de la antropóloga: Una apreciación de asuntos civiles para la región ixil. Cifuentes catalogaba allí a los indígenas ixiles como enemigo interno, completamente cooptados ideológicamente por la subversión, y por lo tanto, irrecuperables.

Es ese mismo artículo que la fiscalía del Ministerio Público ha añadido a los elementos de prueba en el juicio que se lleva a cabo en contra de José Efraín Ríos Montt y José Mauricio Rodríguez Sánchez, acusados de genocidio y delitos contra deberes de la humanidad en el área ixil durante los años de su gobierno, entre 1982 y 1983.

“Yo lo entrevisté. Yo entrevisté al capitán Cifuentes”, exclama Manz. “Me pareció que su artículo escondía gran parte de lo que me había traído a Guatemala. Esa percepción del ejército sobre la población. Esa población que huyó hasta México”. Lo primero que Cifuentes le contó a Beatriz Manz fue que antes de Ríos Montt había mucha corrupción, y que con la población civil ya casi no tenían nada qué hacer. Cifuentes murió en el 2006. En el ámbito literario nunca logró trascender.

“Casi fue demasiado tarde, pero lo logramos a tiempo. Logramos lo que había que hacer”, le confesó Cifuentes. Pero después de algunas preguntas sobre masacres, aldeas arrasadas y desplazamientos, el capitán Cifuentes empezó a sospechar de Manz. “¿Usted quién es? ¿Usted quién es exactamente?”, espetó en tono prepotente y amenazador. Lo siguiente que esboza la antropóloga es una escena en la que ella sale corriendo del hotel Panamerican de la zona 1, se sube al auto de un amigo, y no regresa sino hasta días más tarde por su equipaje. “Lo tenía confesando conmigo”, indica.

“El hecho de que un artículo como el de Cifuentes se publique era porque todos en el ejército estaban de acuerdo y tenían esa doctrina. La CIA, tras esos documentos, también se preocupó. Fue cuando ellos también dijeron ‘aquí no les va a importar quién es quién y van a morir inocentes’. Hasta cierto punto a ellos no le importaba nada. Estados Unidos decía maten pero más o menos”, relata Manz.

Salir ilesa de un destacamento

Un poco antes de abandonar Quiché, Beatriz Manz fue capturada por el ejército de Guatemala. Soldados vestidos de civil la llevaron al destacamento de Santa Cruz del Quiché. “Eran de la G2”, dice Manz. El interrogatorio duró varias horas. La antropóloga, ante cada pregunta, hacía o respondía cosas que no tenían sentido. Fingía demencia. Les preguntaba la hora para saber si ya había cerrado el mercado de Chichicastenango, por ejemplo. “Seguramente nada encajaba con el manual de ABC que tenían para descubrir si era subversiva”. Desde luego Manz dice que no lo era.

Recuerda que la tenían capturada cuando oyó mucha algarabía. Al destacamento había llegado el Coronel Mata. Todo el mundo lo saludaba, le hacía reverencias. Era un tipo más bien ladino, alto, recuerda Manz. Antes que demostrar terror o respeto por su presencia, Manz le dijo que le alegraba verlo finalmente porque ella había estado perdiendo su tiempo esperándolo y le extendió la mano a modo de saludo. “Yo empecé a hacer las preguntas y repetía que si no querían que uno no viniera a Guatemala, ni para estudiar ni nada, que avisaran”. Horas más tarde la dejaron en libertad.

Cualquier extranjero, luego de una experiencia como esta, se hubiera marchado del país. Quizá buscado una ruta rápida en dirección de la capital, llegar al aeropuerto y nunca regresar. Pero Beatriz Manz no lo hizo así. “Regresé a los dos días al destacamento. Quería hablar con el coronel Mata. Hacerle preguntas. Quiénes eran esos dos tipos. Quería explicaciones. Pero el coronel solo decía ‘me disculpo, me disculpo’”. Una semana más tarde, concluida su investigación, el propio coronel Mata se ofreció para llevarla de vuelta a la capital. Volvería a Guatemala para continuar su investigación cuatro años más tarde, de nuevo al área de Nebaj, Chajul y Cotzal. La acompañaría su amiga, también antropóloga, Myrna Mack, que tiempo después sería asesinada por un escuadrón de la muerte de las fuerzas armadas de Guatemala. “Ella era la gran antropóloga. Y aun así me acompañó en mi investigación”, dice.

Hoy, cuando recién ha regresado a Guatemala, esta vez para rendir testimonio en el juicio en contra de Mauricio Rodríguez y Efraín Ríos Montt, Manz dice que todo le parece como volver a aquel destacamento en el que estuvo capturada. Es decir, “un privilegio para hacer una reflexión. Es lo más importante que puede hacer un académico. No se trata de hacer libros para otros académicos. Sino de dar a conocer algo para mejorar la sociedad. Aun no me siento desahogada porque me queda tanto que decir. Cómo le dices a alguien que ha sufrido tanto que tú, que puedes ayudar, tienes miedo. No”.

Es por ello que Manz ha luchado por hablar. Como la vez que declaró ante el congreso de Estados Unidos, durante la transición de Carter a Reagan y pidió que no se brindará más apoyo al ejército de Guatemala en 1982. También en sus artículos que ha publicado en el New York Times sobre derechos humanos, sobre la muerte de Mirna Mack en 1990, sobre otros amigos asesinados, y más que todo, dice, sobre Guatemala. “Hablar por los que no han podido hablar”.

Dice que los aviones del presidente trasladaban a pastores evangélicos del Club 700 hasta el departamento de Quiché. “Era un movimiento de transformación interesante de analizar. De repente las aldeas que tenían un profundo sincretismo católico, o que eran parte de la teología de la liberación, quedaron arrasadas.
-¿La gente de estas comunidades también hablaba de la guerrilla, del Ejército Guerrillero de los Pobres? -Más bien de ellos había una queja. Que no les dieron armas para poder pelear y defenderse.
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