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Un caco en la Sexta
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Un caco en la Sexta

¿Importaba quién era él? Mañana no saldría en las noticias ni su nombre figuraría en las estadísticas policiales ni tendría 24 horas para ser escuchado ante un juzgado.
“Es que había un caco allá abajo”, le respondía el otro mientras le daba un beso y se limpiaba en el pantalón la última mancha de sangre que tenía en la punta de su zapato.
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Su nombre es lo de menos. O la fecha. Lo importante es el apelativo que lo sentencia. El suyo es “caco”. Y aquella patada en el estómago, la quinta o la séptima en una ronda interminable, le hizo apurar una arcada y vomitar sangre sobre el pavimento. Él, caco; él, malo; tan malo que los buenos, que eran más, que eran como una docena, corrieron a castigarlo.

Tenía el miedo dibujado en el rostro, los ojos saltados, la boca abierta y torcida hacia la izquierda. Si se le pudiera congelar justo cuando daba la última zancada sobre la 6ª avenida, en la zona 1, habría quedado con los pies en el aire, la cintura quebrándose hacia el lado izquierdo, la brazada imperfecta del que corre lo más rápido que puede, del que corre para salvar su vida, porque sobre él cayó la sentencia de culpabilidad con tan solo un grito.

-¡Éste es caco!

El Juez era alto y gordo. Medía un poco más 1.80 metros de altura y vestía una camiseta blanca manchada de grasa y una camisa a cuadros azules y rojos remangada a manera de chaqueta. “¡Es caco!”, gritó media cuadra abajo, sobre la 6ª avenida, y su dedo apuntó hacia aquel joven enjuto, de pelo liso y ligeramente largo que corría como si lo llevara el diablo.

“¡Es caco!” había dicho el juez, y más de una docena de los buenos que caminaban por la 6ª avenida saltaron. Era aquel hombre con uniforme de un banco y peinado hacia atrás con vaselina; era aquel de bigote poblado al mejor estilo charro y mochila negra a la espalda; aquella pareja de obreros de la construcción con rastros de cemento blanco en las manos; el hombre de traje impecable… Más de una docena de buenos ciudadanos que sin preguntar nada, absolutamente nada...

¿Importaba quién era él? Mañana no saldría en las noticias ni su nombre figuraría en las estadísticas policiales ni tendría 24 horas para ser escuchado ante un juzgado. Ahora será todo muy rápido, la reacción, el dedo que señala, el grito que condena, los buenos que corren: la sentencia a puteadas, a patadas, a placer. Ese es el punto en el que no hay vuelta atrás. Desde ese momento, él será el “caco” durante segundos. Será el saco de carne. Será, pero ahora sólo corría. Lo venían siguiendo muchos, la sangre inyectada en los ojos, la sangre en los colmillos. Y por eso cruzó sobre la 11ª calle, en ruta de huida hacia la 5ª avenida.

Y hubiera logrado alcanzar la otra orilla de no haber sido por aquel taxista. Aquel taxista que le tiró el vehículo encima. “Si lo venían siguiendo fue porque algo malo habría hecho”, justificará después. “Algo malo habría hecho”. Justo eso pensó el taxista cuando hizo girar su carro a la izquierda, frenó en seco y lo golpeó en la entrepierna. Él, el caco, dio media vuelta y cayó de bruces sobre el pavimento mojado, tendido entre el taxi y un sedán amarillo parqueado al lado de la banqueta. 

Lo que siguió fue una lluvia de insultos, de patada y unas ganas de matarlo. Ahí, sobre la 11ª calle, entre la 6ª y 5ª avenida, había llegado la hora de que los justos ejecutaran su castigo ejemplar, de que vertieran sobre él todas las patadas de la sociedad: era la expiación, la liberación. Y él era el caco.

Intentó levantarse y sintió la primera patada en las costillas. “¿Noquemuyhombrecitoooooo?”. Patada. Patada. Y escupió un poco de sangre sobre el pavimento. Patada. Patada. Patada. “¡Quememosaesteishtodemierda!”. Patada. Patada. Patada. Y apenas se pudo cubrir el rostro. Patada. Patada. Patada. ¡Cacohijodeputalevantate!”. Patada. Y su rostro se contrajo, y llegó una segunda arcada y vomitó de nuevo. Patada. Patada. “¡Güirocabrónaquílacagaste!”. Patada. Patada. Y le sangraba la boca, la nariz, la ceja izquierda. Patada. Patada. Patada. Patada. Patada.

El Juez fumaba a lo lejos. Observaba desde la misma esquina donde gritó por última vez que aquel joven con los ojos en blanco era caco. No volvió a decir nada, no se movió ni un paso. ¿Para qué hacerlo si tiene una horda de justicieros haciendo su trabajo, cobrando su venganza, pateando a su enemigo? Entre dientes, lanzó una bocanada de humo hacia arriba y una cortina blanca y gris cubrió su rostro por segundos. Cuando se disipó, descubrió una gran sonrisa en su rostro.

-¡Damechancedepegarleaestecacodemierda! -gritó uno, el que llegó el último. Se apoyó sobre los capós de los carros, levantó su cuerpo con la fuerzas de sus brazos y dejó caer el tacón de su bota sobre la cara del cacohijueputa. Él, el culpable, ya ni se movía. Él, el justiciero, limpió su suela de vómito y sangre; puteó al ishtocabrón por ensuciarla; y luego escupió al güirodemierda por ser eso, por ser una “mierda para Guatemala”. Él, el culpable, el hijueputa, el cabrón, el mierda, apenas respiraba.

-¡Yaessuficiente! -gritó un policía.

La gente rompió el círculo. Bastón en mano, con aires de argumento infalible, el agente lanzó un golpe al “supuesto culpable”.

-Para que vean, muchá, que nosotros no estamos con los delincuentes.

Más insultos. El taxista recriminó que la gente no le hubiera permitido bajarse del carro. “¡Si yo se lo detuve!”, se quejó. El más pilas aprovechó el desorden para una última patada, y un murmullo colectivo justificó todo: “Dicen que venía asaltando en la 6ª”, “venía armado”, “hay que demostrar que no nos gustan los cacos”, “la policía no hace nada”…

Y ellos, los que arrojaron en el cuerpo del caco toda la rabia acumulada de una avenida, de una ciudad, los que demostraron su inconformidad y sus ganas de vivir en paz, los que por fin hicieron justicia, los buenos, seguían quejándose de que este es un país en el que se protege a los delincuentes, y que por eso estamos como estamos.

El Juez, con su risa y su cigarro, ya no oyó nada de eso. Ni tampoco la novia del que le dio la última patada, que recién se encontraba con su pareja y le preguntaba por qué llegaba tarde a su cita. “Es que había un caco allá abajo”, le respondía el otro mientras le daba un beso y se limpiaba en el pantalón la última mancha de sangre que tenía en la punta de su zapato. Luego la abrazó por la cintura: “Ya te contaré", le dijo antes de perderse caminando por la 6ª avenida, "pero tranquila, no pasó nada”. 

El agente gritó de nuevo, calmando a todo el mundo antes de tomar al caco por los brazos, arrastrarlo al picop y arrojarlo a la palangana.

-¡Vaya, señores, aquí no pasó nada!

Ese era su trabajo. Y lo desempeñaba con un sorbo de amargura, con el tono del incomprendido, del que se lamentaba de que a ellos, los policías, les toca hacer el trabajo sucio, el levantar a “esa mierda”, y siempre quedar como los malos, como los que no hacen nada, como los que no evitan los crímenes. Lo dijo en voz alta, para que lo escucharan quienes todavía rodeaban el picop.

-¡Vaya, señores, aquí no pasó nada! -repitió de nuevo, y se largó de allí, y no hizo más preguntas.

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