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Rigor crítico y análisis político

Dichas connotaciones no entrañan que los autores del artículo actúen como simples agentes intelectuales de tales grupos empresariales: no es necesario calificar como subordinación lo que es afinidad intelectual.
¿Resulta desencaminado argumentar que el enfoque de Daniel Haering, Lisardo Bolaños y Eduardo Fernández desemboca en un juego de manos en los que se intentan disfrazar los intereses de sectores poderosos de la sociedad guatemalteca? Esto no es envenenar la fuente; es simplemente ubicar los textos en su contexto, y para decirlo en términos cercanos a Quentin Skinner (y en los de J. L. Austin) ver qué es lo que se hace cuando se escribe –esto es, comprender la fuerza ilocucionaria de los textos políticos.
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Rigor crítico y análisis político

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Hace algunas semanas, los profesores Daniel Haering, Lisardo Bolaños y Eduardo Fernández dieron a conocer en la revista Contrapoder un artículo que lleva como título “Guatebolas como ciencia política”. Dicha pieza denunciaba la falta de rigor que, a juicio de los autores, se despliega en el análisis político que se practica en nuestro país, especialmente en los medios de comunicación escrita.

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El artículo aseveraba que dichos análisis exhiben una falta de rigor asociada con la falta de vinculación de estos con visiones científicas actualizadas. Estos análisis políticos fallidos, empantanados en falencias como el manejo de “economicismos ingenuos” y “pesimismos irreflexivos”, llevan a una situación que obstruye “el conocimiento de la realidad donde vivimos.”

Dicho artículo, en mi opinión, adolece de un conjunto de carencias que entran en tensión con la preocupación con el rigor que el texto intenta promover. Para comenzar, el título del artículo no parece muy afortunado; ningún analista con un nivel moderado de competencia profesional va a pretender algo así como que las “bolas” puedan configurar algún género de conocimiento riguroso, mucho menos científico. El analista político serio y competente hace uso de diversas instancias de información para poder configurar hipótesis sobre la articulación de actores sociales que, en un escenario determinado, buscan defender sus intereses o perspectivas. Con las excepciones de siempre, es evidente que los analistas políticos saben que su actividad dista mucho de ser una dispersión de “bolas’.

Además, y hasta donde me alcanza, no siempre el análisis político expuesto en los diversos círculos analíticos asume una sujeción estricta a una serie de criterios científicos. Dudo mucho, por ejemplo, que El Peladero tenga alguna pretensión científica que trascienda su objetivo inmediato de denuncia. En general, considero que muchos de los analistas de nuestra realidad política no usarían los mismos argumentos, datos y criterios de análisis en un artículo destinado a ser publicado en una revista científica.

Por otro lado, es de notar la ilegitimidad de acudir a una entrevista hecha a Edelberto Torres-Rivas para iniciar la crítica —aspecto ya reconocido por Bolaños, Fernández y Haering. Soy del parecer de que tal recurso está lejos de ser inocuo. Comparto con el colega Álvaro Velásquez la sospecha de que tal estrategia pretende decir "¡sí así está lo más visible cómo estará lo por debajo!”. Dentro del contexto político actual dicho recurso adquiere connotaciones políticas dignas de señalar. Dichas connotaciones, desde luego, no entrañan que los autores del artículo actúen como simples agentes intelectuales de tales grupos empresariales: no es necesario calificar como subordinación lo que es afinidad intelectual.

Desde luego, comparto con Bolaños, Fernández y Haering la necesidad de elevar el rigor en el análisis político en nuestro país. Nada puede ayudar tanto al progreso del rigor analítico que usar con plena conciencia los respectivos métodos de investigación y evaluación. Precisamente, es en términos de este acuerdo subyacente que hago algunas observaciones críticas a los planteamientos ofrecidos por estos autores en el artículo mencionado.

Ciencia social y análisis político

Cuando se pone de relieve el poco nivel científico del análisis político en Guatemala emerge una serie de cuestiones para las cuales no existen soluciones simples, especialmente en el ámbito de la ciencia social. Con todo, estos temas deben ser tratados, siquiera someramente, si se quiere ir más allá de simples descalificaciones ideológicas.

Para comenzar, debe reflexionarse sobre el problema de la autoridad que suele adjudicarse al término “ciencia”, especialmente en el campo social, el cual no está unificado por ningún paradigma en el sentido de Thomas Kuhn. En alguna ocasión, el filósofo norteamericano John R. Searle, al presentar su reconocido trabajo reflexivo sobre la mente y el cerebro, notaba que el término “ciencia” se usaba como un término honorífico con el cual se corría el peligro de descartar ejercicios intelectuales que, como la crítica literaria, también generan un conocimiento valioso. Desde luego, Searle, al cual se le puede reprochar cualquier cosa menos falta de rigor, consideraba que había no obstante aspectos que podían distinguir el ejercicio científico, como el afán sistemático. Ahora bien, dicho afán sistemático no se agota en la posibilidad de enfoques metodológicos capaces de ser probados a través de estudios empíricos. Considero, en este sentido, que el rigor de un enfoque de análisis político puede ser evaluado a partir de los principios que cohesionan sus productos discursivos; en esta dimensión, pueden evaluarse aspectos como la coherencia, la exhaustividad, y desde luego, cierto nivel de adecuación con una realidad humana siempre inagotable.

Resulta, pues, que ciencia y conocimiento no son categorías coextensivas; no sólo son diferentes sino que no cubren las mismas expresiones discursivas. Pueden, en ocasiones, hasta entrar en conflicto como cuando consideramos que una investigación empírica con pretensiones exorbitantes cumple una función encubridora, esto es, ideológica en el sentido negativo. Este punto nos lleva al problema de la verdad, ámbito reflexivo en donde resulta claro que no toda verdad humana puede plantearse científicamente, más aun si la ciencia se concibe de manera muy restringida.

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¿Se puede negar que el conocimiento al que se aspira en la ciencia política se basa en un acceso reflexivo a la praxis humana que trasciende una visión reductiva de la ciencia? El rigor metodológico, aunque puede servirse de los hechos, puede plantearse al nivel de los principios que articulan un campo disciplinario. Así, para acceder al sentido pleno de los estudios comparativos y los datos empíricos se deben asumir una serie de presupuestos filosóficos y metodológicos cuya plausibilidad debe ser sometida a escrutinio. Por ejemplo, cuando se plantea la necesidad de superar el poco rigor del análisis político en Guatemala, podemos preguntar: ¿qué ideas acerca del ser humano, la interacción social y política asumen los planteamientos de Bolaños, Haering y Fernández? ¿Son capaces dichas ideas de arrojar una luz suficiente sobre la realidad vital del ser humano?

Los mencionados analistas debieran dejar en claro los compromisos epistemológicos a los cuales se vinculan, y desde luego, argumentar a favor de ellos. De otro modo, sus alegatos respecto al “pesimismo reflexivo” y a la pobre “ética discursiva” del análisis político se quedan en el aire.

Pluralidad e intereses en la ciencia política

Queda claro, pues, que la ciencia, especialmente la social, no puede servir como criterio rígido de verdad en el ámbito del análisis político, porque conocimiento y ciencia no son equivalentes. Ahora bien, la vinculación entre ciencia y análisis político debe matizarse a partir de la ponderación de otro factor: la pluralidad de los enfoques que se da en el ámbito de la investigación social.

Desde luego, dicha pluralidad epistemológica puede evaluarse de maneras disímiles; debido a su extensión, el análisis de esta problemática no se aborda en este trabajo. Lo cual no impide que me permita presentar un aspecto, que a mi modo de ver, puede englobar dicha pluralidad. Me refiero a la multiplicidad de factores que enmarcan la vida humana. Puede decirse que la vida social es siempre accesible desde diferentes ángulos, todos los cuales emergen de la atención a las distintas dimensiones de la siempre inagotable vida humana.

Dicha pluralidad, sin embargo, no puede desvincularse del ámbito total de la praxis humana. Como toda pluralidad, las diferencias epistemológicas suponen conflictos entre diversas visiones del mundo. Así, por las características estructurales de su objeto de estudio, la ciencia social tiendde a expresar conflictos sociales; después de todo, la ciencia social es un producto social y, como tal, está expuesta a los mismos factores que intenta estudiar. En este sentido, si el análisis político exhibe intereses, queda claro que es válido preguntarse por las constelaciones de intereses que hacen su aparición en cada análisis político.

En este contexto, la autorreflexión de las ciencias sociales es un paso ineludible para alcanzar una visión rigurosa del mundo político. Esta tarea previa hace posible alcanzar cierto nivel de objetividad en la reflexión social y política. En efecto, al analizar el ámbito humano, más allá de los hechos empíricos, se hace evidente que el sujeto es capaz de articular su acción a partir de instancias no empíricas —e. g., la emancipación— que arrojan luz sobre la realidad humana. Desde mi perspectiva, tales instancias críticas, aunque puedan ser capturadas por la noción de “intereses generalizables” (Jürgen Habermas), trascienden en realidad la esfera del interés, para alcanzar motivaciones como la de obligación ética. Después de todo, ¿no supone la preocupación con el rigor un compromiso con la verdad? ¿No asume la aspiración por el conocimiento riguroso un compromiso con la denuncia de los intereses que bloquean las dimensiones valorativas de la praxis humana?

Situados en una perspectiva empírica, en la cual los valores tal vez se reducen a preferencias, cabe preguntarse cómo se ubica el artículo en cuestión dentro del juego de intereses que se plantea en nuestro país. Puestos en esta perspectiva, ¿resulta desencaminado argumentar que el enfoque de Daniel Haering, Lisardo Bolaños y Eduardo Fernández desemboca en un juego de manos en los que se intentan disfrazar los intereses de sectores poderosos de la sociedad guatemalteca? Esto no es envenenar la fuente; es simplemente ubicar los textos en su contexto, y para decirlo en términos cercanos a Quentin Skinner (y en los de J. L. Austin) ver qué es lo que se hace cuando se escribe –esto es, comprender la fuerza ilocucionaria de los textos políticos. Para responder a estas objeciones, se necesita algo más que acudir al inventario tradicional de las falacias; se precisa, como se ve, un ejercicio reflexivo que saque a la luz los compromisos epistemológicos del artículo en cuestión.

Lo expuesto no debe llevar a pensar que se debe dejar de lado el instrumental que han creado los enfoques empíricos desarrollados por ciertas vertientes de la ciencia social. El instrumental estadístico, por ejemplo, suele proporcionar elementos significativos para la comprensión de las tendencias sociales; el análisis comparativo aborta generalizaciones apresuradas. Uno no necesita compartir el modelo de desarrollo humano detrás de los reportes del PNUD, para notar que estos ofrecen un acceso invaluable, fundamentado y objetivo, a la realidad social. Pero esta atención no puede tampoco ignorar que los datos estadísticos pueden acomodarse a presupuestos cuestionables: un conjunto de datos económicos puede fundamentar tesis relativas a las tendencias en el mercado, pero esto no quiere decir que no haya objeciones racionales, informadas metodológicamente, respecto a las figuras actuales que informan la actividad económica. Hace algún tiempo, la colega Karin Slowing, recordando a Darel Huff, demostraba con ejemplos concretos como “como una cifra, un indicador, una gráfica pueden legitimar una verdad a medias, distorsionar un hecho o hacer que otro cualquiera parezca una verdad contundente e indiscutible”.

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En virtud de lo dicho hasta aquí soy de la opinión que los prejuicios cientificistas de los autores mencionados llevan a una evaluación inadecuada de ciertos términos que han ganado fuerza en el análisis político guatemalteco contemporáneo. El concepto de poderes ocultos, por ejemplo, no es un concepto mágico como Bolaños, Fernández y Haering quisieran creer. El concepto de poderes ocultos no refiere a entidades desconocidas, a juzgar por lo que se ve a diario; los grupos que se vinculan a dichos términos actúan de manera diferente a los lobbys o grupos de presión. En una sociedad agujereada por la corrupción existe una multiplicidad de grupos que se aprovechan de la manera más ignominiosa de la debilidad de las instituciones. Estoy seguro que muchos lectores coincidirán conmigo en que ciertos sectores empresariales de nuestro país saben cómo desviar, a veces de las maneras más violentas, los procesos políticos para que estas se adecúen a sus intereses. Es muy ingenuo pensar que esos grupos van a realizar sus acciones sin un intento (aunque sea cínico) de ocultarse.

Las dimensiones normativas de la vida humana

No se puede comprender la praxis humana, científicamente o no, sin tomar en cuenta la capacidad de proyecto de la vida humana, la incesante tarea de los sectores oprimidos por realizar valores que respondan al valor de su dignidad negada. Los seres humanos necesitan razones para actuar; y es cierto que dichas motivaciones son a menudo ofrecidas por discursos hegemónicos que, expresando las perspectivas de una clase o grupo dominante, prometen satisfacer tales aspiraciones. Pero la experiencia histórica desarticula las hegemonías. Hoy en día, menos y menos personas creen en las bondades del “libre mercado”; y ya no somos tan escasos aquellos que creemos en la “tragedia del mercado” —para usar la expresión de Burt H. Weston y David Bollier.

Por esta razón las ciencias sociales críticas, esto es, aquellas que someten a escrutinio la sociedad en nombre de ideales de emancipación, son más que nunca necesarias. Es simple: la hegemonía (neo)liberal está llevando a una situación en la cual el colapso de la humanidad no es nada remoto. Y es que no se puede aceptar, para dar un ejemplo, que la preocupación con el medio ambiente sea la expresión de un “pesimismo irreflexivo”. Desde luego, no me consta si esta posición es sostenida por los autores examinados, lo cual no obsta para que dicha expresión sea usada, ahora sí irreflexivamente, por esas élites económicas empeñadas en hacer avanzar sus agendas económicas extractivas.

Esto me lleva a otro desacuerdo con Bolaños, Fernández y Haering: considero que ellos no muestran la “ética discursiva” por cuya ausencia le reprochan a los analistas políticos guatemaltecos. Parece poco ético enfrascarse en ejercicios argumentativos descalificadores sin considerar detenidamente los enfoques contrarios; desde luego hay que considerar las ideas de Anthony Downs y Robert Dahl, pero sin dejar de evaluar al menos algunas de las ideas formuladas por pensadores como Karl Marx, Antonio Gramsci, Theodor W Adorno, Hans Jonas, Franz Hinkelammert, Boaventura de Sousa Santos, Michel Foucault y Zygmunt Bauman, sólo para mencionar autores que han puesto de relieve las estrategias político-discursivas de la cultura capitalista contemporánea.

A la luz de enfoques críticos, no podemos contentarnos con operaciones metodológicas aplicadas a hechos sociales cuando estos pueden constituirse a partir de un congelamiento de las consecuencias sociales de los discursos hegemónicos. Excluir la dimensión reflexiva del ser humano, su capacidad de aspirar a un mundo emancipado, es una muestra verdaderamente lamentable de falta de ética discursiva. La ideología, entendida como encubrimiento, puede verse en la necesidad de sujetarse a los hechos y mantenerse dentro de ellos. ¿Cómo recuperar a partir de tales planteamientos reductivos el escenario de grupos empresariales que consideran que sus intereses deben ser satisfechos a costa de la posibilidad de una vida digna para nuestra sociedad?

El valor del rigor crítico

Desde luego, se pueden discutir mis observaciones; pero al margen de su plausibilidad no se puede sostener que la introducción de enfoques estrictamente empíricos en el análisis político garantiza el rigor respectivo. Por lo mismo, no comparto para nada el entusiasmo, en mi opinión bastante superficial, por crear una nueva generación de politólogos que “de la mano de buenas herramientas teórico-conceptuales y con capacidad para obtener datos empíricos logren explicar qué ocurre en nuestro país”. Si algo necesita nuestro país es analistas políticos comprometidos con un rigor crítico que tome en cuenta las dimensiones valorativas de la vida humana. No se puede valorar positivamente el rigor que se obtiene a costa de una devaluación del pensamiento crítico; tal idea equivale a aspirar al rigor mortis de la reflexividad humana. ¿Es este un pesimismo irreflexivo? Quizás no, para alguien que como yo, cree con Theodor W. Adorno que el “conocimiento no tiene otra luz iluminadora del mundo que la que arroja la idea de la redención: todo lo demás se agota en reconstrucciones y se reduce a mera técnica.”

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