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01: El almuerzo preparado por Irlanda Rosales / Andrea Godìnez

Qué caro es ser pobre: El alto precio de comprar al día en una tienda de barrio

Entre 2000 y 2014 la pobreza urbana creció más de 20 puntos. Eso significa que se devaluó la calidad de vida en las ciudades para la gente sin recursos.
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Qué caro es ser pobre: El alto precio de comprar al día en una tienda de barrio

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En la parte más baja de la pirámide social urbana, las familias adquieren los productos alimenticios en cada tiempo de comida, en las tiendas de barrio. La historia de tres familias de bajos ingresos evidencia cómo, si el sueldo alcanzara para comprar en formatos más grandes, podrían ahorrarse dinero. Pero la realidad es que no pueden. El análisis de sus compras ilustra lo caro que resulta no tener lo suficiente.

Redes-lateral

Doce vecinos suben y bajan a diario 124 gradas. Las tienen perfectamente contadas. Al fondo de su colonia, en la zona 6 de Ciudad de Guatemala, después de las gradas, una puerta de lámina da paso a otras gradas. En un empinado suelo está el terreno donde esos vecinos tienen una parcela. Son seis casas, tres familias, pero las otras tres las rentan por períodos cortos a personas que se van porque no tienen cómo pagar. Los 12 viven en el fondo de un frondoso barranco, al borde de un río de aguas negras que nunca fue un río normal.

Las mujeres hacen la compra. Se saben de memoria los precios de los productos de su canasta básica. No hacen compra semanal, ni siquiera diaria; compran para cada tiempo de comida. La suya es una vida al momento, porque ninguna familia gana más del salario mínimo. En cada casa hay dos hijos, a los que alimentan comprando en las tiendas del barrio.

Salvo algún lujo muy puntual —un lujo es una Banana Split— todo lo compran en un radio de tres cuadras, justo arriba de las 124 escaleras. A un costado de la transversal 21 avenida de Zona 6, queda la pequeña colonia San Juan de Dios, donde viven las tres familias. En carro, el barrio queda a seis minutos de la Academia de la Policía. Pero las vecinas que representan el costo de no pasar del salario mínimo se mueven en camioneta, tuc-tuc o a pie. La sede policial les queda apartada.

Un callejón peatonal es la única forma de acceder al terreno de estas familias. Tan abajo, tan cerca del río sucio, ya no hay calles. Es un camino estrecho, en el que sobresalen vigas a medio construir, con los hierros de fuera. La zona 6 está considerada como una «zona roja», por la presencia de pandillas, pero las puertas de muchas viviendas están abiertas. Los vecinos se conocen.

Andrea Godinez

Arriba del callejón, una pequeña avenida llena de baches. Edificios de tres alturas. Tiendas pequeñas, de las que venden bolsas de chucherías y gaseosas. Una iglesia evangélica a la que acuden algunos de los residentes de la zona. Al pasar por una tienda que hace esquina, una mujer saluda a una vecina y le recuerda que, si va a dar un paseo por la colonia, que no vaya a la izquierda; que allí mejor no. La vecina asiente. No aclaran por qué, sólo que es inseguro. La dueña de una tiendita donde la vecina suele comprar su gaseosa queda atenta al carro de las reporteras. Son los pequeños gestos de la inseguridad. En su cotidianeidad, ellas saben cómo gestionarla, pero queda condicionada por las visitas de extraños.

Las compras de las vecinas están limitadas al barrio donde viven. A la tortillería, a las tiendas, a la cremería y a los puestos de verduras y frutas instalados sobre la 21 avenida. No más de tres minutos a pie. El supermercado no está dentro de sus opciones de compra porque no pueden permitírselo. Y también porque agarrar una camioneta les condiciona el presupuesto: el más cercano les queda a casi tres kilómetros y el siguiente, a 4.5 kilómetros. Lo mismo sucede con el mercado más próximo. El de La Parroquia, del otro lado de la transitada calle Martí, está a casi cuatro kilómetros de sus casas.

Las tres familias intuyen que, si pudieran comprar de otra forma, en formatos o cantidades más grandes, como las que venden en los supermercados, les saldría más barato. Pero su intuición ilustra una realidad social: no pueden comprar de otra forma porque no tienen con qué pagarlo.

El único criterio que distingue la pobreza urbana y la rural es la localización, pero las manifestaciones de pobreza son distintas. Dos de las tres familias entrevistadas proceden originalmente de municipios de departamentos del interior.

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Tradicionalmente, la gente del campo, acostumbrada a la economía de subsistencia, se desplazaba a Ciudad de Guatemala porque había variedad de empleos y las empresas solían pagar, al menos, el salario mínimo. Pero pasaron dos cosas entre 2000 y 2014 —fecha de la última Encuesta de Condiciones de Vida—. La pobreza urbana en todo el país creció más de 20 puntos. También aumentó la rural. Y la brecha existente entre ambos tipos se redujo en ese mismo periodo: pasó de 2.7 puntos de diferencia, a 1.8. Eso significa que se devaluó la calidad de vida en las ciudades para la gente sin recursos.

Para medir el nivel de pobreza de las familias de la zona 6, aplicamos la teoría de la canasta básica: calculamos el dinero que les queda, después de los gastos fijos, para comprar alimentos y luego comparamos el resultado mensual con el valor de la canasta básica alimentaria del mismo mes analizado. En noviembre de 2018, la canasta alcanzaba los 3,597.15 quetzales. En los tres casos estudiados, las familias tenían menos de esa cantidad para comprar alimentos. Eso las define como familias pobres.

Durante una semana de noviembre de 2018, seguimos a cada una de estas familias para conocer sus hábitos de alimentación y la forma y lugar en que compran su comida. Se alimentan a base de carne y sobre todo pollo. Del centenar de artículos que compraron a lo largo de siete días en las tiendas de su barrio, 70 les habrían salido más baratas si hubieran podido adquirir presentaciones más grandes en el supermercado. Solo algunas verduras les resultan más baratas al comprarlas por unidad en la tienda de la esquina.

Tres mujeres representan lo caro que sale ser pobre en Ciudad de Guatemala.

Adaptarse al medio para sobrevivir

—Feliz cumpleaños.

—¡Graciaaaas!, me encanta cumplir años. Amo mi edad, amo todo de mi vida. Mi mamá siempre dice que soy muy aniñada, que no tengo formalidad.

Súper emocionada, Mariela Lancerios deja de doblar ropa al preguntarle por su fecha de cumpleaños. Esta mujer menuda de ojos risueños cumplió 37 años en noviembre. Su madre, Irlanda Rosales, de 55, la observa callada sentada en el arriate de sus plantas, en el estrecho patio que comparten. También es risueña y muy platicadora, pero frunce el ceño: «Es como una niña».

Andrea Godinez

Madre e hija viven en casas de concreto separadas. En la misma parcela. Pero el hijo mayor de Mariela, de 18, duerme en el segundo nivel de la casa de su abuela. Separadas, pero comparten el baño y compran juntas algunas medicinas. Separadas, pero Irlanda paga el agua y la luz, cocina la comida de sus nietos —que paga su hija— y Mariela compra siempre la cena de los cuatro. Cada una tiene su presupuesto, no juntan sus salarios, pero la frontera económica entre estas dos madres solteras es difusa. Sus gastos se cruzan a diario.

Solo los tres días a la semana que Irlanda trabaja como empleada doméstica, no les prepara el almuerzo a sus nietos. Mariela, que trabaja de camarera en un hotel de zona 10 al que llega en tuc-tuc y Transmetro, hoy hizo un gasto fuerte: casi 900 quetzales. Gana el salario mínimo (2,942 quetzales al mes). Es martes, normalmente Mariela estaría trabajando, —descansa los domingos—, pero le cambiaron el turno.

Aprovechó el día para salir con su hijo pequeño, de 15 años, a pagar por anticipado la inscripción anual del colegio —que este año subió a 700 quetzales mensuales—, dar un paseo por la céntrica Sexta Avenida, comprarse una Banana Split, una Pepsi, cuatro brócolis, una libra de longanizas y dos platos de arroz chino para llevar. Dice, riéndose como dibujo animado, que cree que le sobraron cinco quetzales.

Deja calentándose en la estufa de gas un plato de arroz para ella y su hijo, se sienta en la cama de su habitación y muestra un cuaderno en el que apunta lo que compra cada día. Y las deudas que tiene con Irlanda y con otras personas. Su letra es cuidada, escribe sin prisa. Cuando regresa del trabajo, cada noche, compra la cena familiar y el desayuno de sus hijos. «Compraría a la semana, sale más económico, pero compro a diario y solo voy completando con algo más, no me toca qué tirar», explica esta mujer a la que le gusta muchísimo que le llamen Ingrid Mariela, Marielos o Mariela, indistintamente.

Andrea Godinez

Irlanda compra garrafones de agua. Su hija usa y bebe agua del chorro. Lo habitual es que cenen juntas y que los productos que ella compra para sus hijos los cocine su madre. Si la abuela trabaja, los nietos reciben instrucciones para calentar el almuerzo. A veces, le deja el dinero a Irlanda para que también compre el almuerzo de los dos adolescentes. Una semana antes, no pudo dejar el dinero. Trajo unas carnitas, que iban a ser el almuerzo del día siguiente, pero no tenían para cenar. Y eso cenaron. La adaptación al medio es un trapecio para sobrevivir.

Irlanda nunca ha conocido a nadie con su mismo nombre. Compró su terreno de 264 metros cuadrados en 2005. Luego, vendió un pedazo de su propiedad a una de las familias que hoy son sus vecinas. Ahora vive en uno más pequeño, en el que alquila una casa a su hija por 400 quetzales mensuales. También renta otra casa, pero es raro que tenga inquilinos permanentes. Los impagos son frecuentes. Esta mujer ancha de rostro cuadrado y dientecitos, primero vivía en una galera. Pero con el salario que tuvo, primero en una fábrica y luego en una casa en la que limpiaba cinco días por semana, logró hacer una casa de concreto. La única entre las casas de lámina de sus vecinas.

Cada mañana, con 10 quetzales, compra seis huevos y tortillas para el desayuno. «A veces traigo vuelto a veces, no». A veces sobran huevos para el día siguiente. Hoy había quedado con su hija en que iba a comprar pollo ahumado, pero no encontró. Compra filetes de pollo en una tienda, y un pedazo de queso duro en otra donde trabaja una de sus dos vecinas.

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Irlanda Rosales se mueve en el escaso espacio entre su estufa y la mesa del comedor. Dispone de unos 40 quetzales diarios para cualquier gasto. Entre las tres casas donde trabaja limpiando en la zona 2, cobra mil quetzales al mes. Para que salgan las cuentas, pone dos libras de frijol o los huevos para la familia completa. «Pero si una semana no tengo, le digo que no tengo y ella [Mariela] lo pone», explica mientras hierve unos güicoyes para el almuerzo. «Ella compra sus tortillas y yo las mías», distingue.

Corta papas mientras habla y ofrece la Coca Cola que luego repartirá con sus nietos. Lo normal es que compre pollo o cerdo. «Todavía podemos comer carnita [de res] a veces. Un día, fíjese lo que me pasó: hice una libra de carne e iba a dejar para la cena y para el desayuno, pero me la comí toda», dice riéndose mientras se le empiezan a quemar las papas fritas, «pero casi no pasa, uno no se puede dar esos lujos».

Si el presupuesto alcanza, hay pollo frito

La refrigeradora está vacía. Está descompuesta. La vaga luz que entra por la puerta ilumina el electrodoméstico. La casa, oscura, porque Brenda Canté no enciende la luz en el día para ahorrar. Es sábado, con sus dos hijas acaba de almorzar unas dobladas compradas en un puesto. Su marido, vigilante de seguridad, está de turno. Saca una botella de Pepsi y la pone sobre la mesa del comedor, que domina la cocina-comedor-sala de su casa de lámina.

«No me gusta la calle, prefiero estar aquí con mis hijas», dice Brenda, de 33 años, frente ancha y pelo liso apretado en una cola. Sus hijas, la escuchan calladas, a través de las cortinas que funcionan como paredes de los dos cuartos. Muy seria, dice que no usa apellido de casada. Y se ríe. Una sonrisa que no queda retratada porque no quiere ser fotografiada.

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Sentada en su mesa, cuenta que, por 1,800 quetzales, hace ocho años compró este lote. Siempre vivió en la misma colonia, donde está toda su familia. Su terreno tiene dos casas. La otra, que queda enfrente es de su hermana Alicia, la compró a su vecina Irlanda. Cuando puede la alquila. La última vez, a una familia. Pero se fueron. No podían pagar porque la mujer iba a dar a luz un tercer bebé.

No apunta los gastos. «Sólo miro el gasto diario». Brenda calcula el salario mínimo que cobra su pareja, para cada tiempo de comida. Cada día compra un rollo de papel higiénico, porque no le alcanza para un paquete grande y porque su hija pequeña lo agarra para jugar. Lo mismo hace con el café y los panes dulces para la cena.

De fondo, suena Dejaría todo, de Chayanne, aquella balada noventera. La música la puso su hija. Brenda trabaja arriba, justo a la vuelta de las 124 escaleras que la llevan a su casa. Despacha en la tienda donde Irlanda compra el queso duro, la más barata de la colonia para ese producto. Por su empleo cobra 1,800 quetzales, el mismo dinero con el que compró su terreno, casi la mitad del salario mínimo. Dice que la ventaja es que no gasta en pasaje. Los sábados, su jornada acaba al mediodía. “A veces no tengo ganas de despacharme ya a mí misma, cuando cierro, voy a otra tienda a comprar”, dice.

Andrea Godinez

Entre semana, Brenda le da 20 quetzales a su hija mayor para que compre su almuerzo y el de su hermana. Ella hace lo mismo. Y, cuando tiene que trabajar, su marido, que tiene turnos de 24 horas en Anacafé, la principal asociación cafetalera de Guatemala, también se lo compra. La familia gasta recurrentemente en almuerzos preparados. «Si una lo sabe organizar, sí alcanza», dice confiada. Si todos comen almuerzos comprados el mismo día, gastarían 50 quetzales, casi lo que gana Brenda por un día completo de trabajo.

Con lo que le queda, sobre todo compra pollo y cerdo para su familia. Cada semana prepara frijoles, que ahora mantiene en la refrigeradora de su hermana. Los fines de semana trata de consentir a sus hijas, dice. Por eso, es común que les compre dobladas o tamales para el desayuno. Y si el presupuesto alcanza, pollo preparado o pollo frito de algún restaurante de comida rápida para el almuerzo.

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Sábados como hoy, su hija mayor va en la mañana al colegio a estudiar los básicos. Por seguridad, le da dinero para que el tuc-tuc la deje a la puerta del centro educativo y para su refacción. De regreso, camina con sus compañeros de clase. Ahora, en su cuarto, su hija se echa crema para peinar en su larga melena negra. Compra diario un sobre de un quetzal para su cabello.

Mientras se peina sentada en su cama, está absorta en el celular, que es de su mamá. «No me gusta que esté todo el tiempo en el teléfono», dice Brenda. Pero la familia no tiene dinero para comprar una computadora. Gasta cinco quetzales diarios de internet para que la adolescente haga la tarea. Su hija, dice, se queja mucho de la vista por tener que estudiar con el teléfono.

Q57 al día para que coman cuatro

Alicia Canté no tiene dinero para cenar. A las dos de la tarde le toca esperar a que su marido regrese de trabajar para que le dé dinero. Lo normal es que tenga 40 quetzales diarios para gastos. Y 25 quetzales para pasar el fin de semana. Hoy, sábado, ya no tiene más. «Ya solo estoy esperando a que él venga para traer gasto», dice.

Esta mujer de fleco muy ondulado y ojos chinos vive en una casa de lámina al final de las gradas, junto al frondoso barranco que lleva al río de aguas negras. La luz amarilla de la tarde hace que la mesa de su cocina parezca un bodegón. Se sienta en un sofá cubierto con una tela y saca de su refrigeradora jugo Tampico de naranja. El brillante piso de cemento alisado fue una de las pocas obras que hizo en su casa. Ya no le alcanza para arreglos.

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Desde que dejó su trabajo hace unos meses, depende económicamente de su marido, albañil, para que su familia coma. Le da 400 quetzales semanales para que Alicia los administre, 57 quetzales al día para que coman cuatro personas. «Antes no me daba, porque yo cubría los gastos». Antes era cuando estaba empleada en la tienda donde ahora trabaja su hermana Brenda. Ganaba 1,500 quetzales, pero pidió un aumento y se lo negaron. Hoy subsiste haciendo tamales. Si le va bien, logra alrededor de 150 quetzales a la semana. «Sí me está costando bastante, por los niños», dice Canté.

Su hijo, de 12 y estudiante de sexto, pasa rápido, saluda, y sube por las gradas para jugar con el nieto menor de doña Irlanda. Su hija, de 17 y estudiante de básicos los fines de semana, no está ahora. Alicia, de 35, dudó si salir hoy a vender tamales. Al final esta mujer, que sólo pudo estudiar hasta sexto de primaria, se quedó en casa. «Me ha costado bastante conseguir trabajo porque el sexto no vale nada», dice resignada porque aún le debe dinero a Irlanda Rosales por la compra de su lote.

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Ya desempleada, durante unos meses de 2018, tuvo que cuidar y alimentar a una sobrina de tres años, hija de su hermano. Este se acababa de separar y estaba en casa de la mamá. Alicia aceptó encargarse de la niña. Su familia es originaria de San Antonio La Paz, El Progreso. Allí se crió Alicia con sus hermanos. Pero el papá —dice sin dar explicaciones— no lograba conservar los empleos y se mudaron a Ciudad de Guatemala hace años.

«Antes ahorraba unos 15 quetzales semanales, ahora nada, ni para sacar a mis hijos a comer algo», dice apagando su frecuente sonrisa. A veces, hace algo especial de almuerzo los fines de semana. Pero su refrigeradora hoy sólo tiene la bebida de naranja, sus frijoles de la semana y los de su hermana.

Andrea Godinez

Alicia se convirtió en experta en racionamiento. Compra dos almuerzos preparados y los divide entre tres. Su esposo almuerza diario fuera de casa y gasta 15 quetzales. Recurrentemente compra sopas instantáneas individuales y huevos. El resultado es un plato de agua, fideos y huevo, pero abundante. No le da el presupuesto para garrafones, bebe y cocina con agua del chorro.

En el marco de la puerta de lámina, cuelga un pequeño espejo. La casa es muy oscura, le sirve de punto de luz. Afuera, junto a la ropa tendida, dos gallinas buscan, silenciosas, comida. Alicia Canté parece preocupada, pero no lo dice. Hoy va a ir a la iglesia evangélica con sus hijos. Dios la reconforta mientras la incertidumbre de no tener condiciona el siguiente tiempo de comida.

Metodología

Plaza Pública dio seguimiento durante una semana de noviembre a tres familias residentes en un mismo terreno de una colonia de la zona 6. Se recolectó la lista de compras de productos alimenticios en los lugares de compra usual de las familias. Luego se seleccionaron los productos que podían comprarse en el supermercado, se excluyeron productos como tortillas, pan dulce, paches o los alimentos preparados, por tratarse de productos no comparables porque se compran frescos o recién hechos.

En el supermercado se buscaron los mismos productos, preferentemente de la misma marca, en la presentación más grande disponible. Se calculó el precio unitario (según la unidad de medida) de cada producto en la tienda y en el supermercado. Esto permitió saber cuánto dinero pudieron haber ahorrado si consumieran la misma cantidad comprada en la tienda, pero al precio de la versión más grande del supermercado.

En el proceso, también fueron consultadas dos fuentes expertas en medición de pobreza del Instituto de Investigaciones Socio Económicas de la Universidad Rafael Landívar: Ruth Piedrasanta y Samuel Zapil.

 

Ximena Villagrán colaboró en el análisis de datos para este reportaje

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