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Mi habitación era una rama

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“… nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos…”, escribió Virginia Woolf, en 1929, en “Una habitación propia”, el ensayo en el que plantea la necesidad de que las mujeres tengan un espacio propio para crear, para hacer que se escuche su voz. En esta serie, Plaza Pública reanuda la pregunta: ¿Cómo construyen su habitación propia las mujeres guatemaltecas? Aquí responde Magalí Rey Rosa, ambientalista y columnista.

Recé mucho para convertirme en niño y poder usar sombrero, botas, cartuchera y pistolas. Los niños podían hacer, sin problemas, muchas cosas que a mí me interesaban. En mi película infantil destacan tres héroes: Tarzán,  Robin Hood y Winnetou... El primero creció cuidado por monos, el segundo era un ladrón que vivía en los bosques, el tercero un peludo con trenzas hasta la cintura. Al buscar heroínas, la primera que apareció fue Juana de Arco, pero no me sentía muy entusiasmada ante la perspectiva de morir quemada. Las otras eran santas que se pasaban todo el día rezando... ¡Tampoco! A pesar de todo el empeño que puse en mis ruegos por cambiar de sexo, siguiendo las instrucciones que aseguraban que "todo aquello que deseéis de corazón os será concedido", no fui capaz de conseguir el milagro. Por eso, también, se empezó a resquebrajar una fe que -tal vez- hubiera sido inquebrantable.

De pequeña era tímida; el miedo me paralizaba cada día al subir a la camioneta del colegio, en la que viajaba con la nariz pegada a la ventana para que nadie me hablara. Mi primera "habitación propia" fue la rama de un árbol, transformada en refugio secreto acondicionado con unas tablas donde podía sentarme con comodidad a leer y a soñar. Mi compañía era un frasco de vidrio en cuyo interior yo introducía algodón húmedo y semillas de frijol que luego vería crecer.

Sandra Sebastián

Tuve una niñez privilegiada. Hija de una pareja madura, soy la mayor de cuatro hermanos —tres mujeres y un hombre —. Crecimos a las orillas de la ciudad, cerca de un fantástico barranco, en un callejón sin salida donde vivían también los cinco hermanos de mi mamá y sus familias. Flanqueado al norte por un cerrito donde el abuelo materno sembró café, ceibas, palo blancos y matilisguates, el callejón y aquella "montaña" fueron los escenarios de nuestras primeras aventuras; el refugio mágico y seguro donde podíamos explorar y descubrir. Allí está aún el árbol donde puse una señal, por si venían los extraterrestres, para que supieran que éramos "amigos".  Fue en esa rama donde experimenté por primera vez el placer de la lectura. Se alimentó mi vena aventurera,  venció a la timidez, y apareció una pasión que me dio una fuerza que en la primera infancia no era evidente. Mi avidez por la lectura llegó a extremos medio enfermizos, hasta que llegó la adolescencia y se alborotaron las hormonas.

Fui madre a los 17 años, niña-madre. Tuve cinco hijos en total. Soy una típica mujer guatemalteca en ese sentido. Con dos matrimonios, dos divorcios y muchos amores. En ese sentido, no tan típica. Siempre he estado rodeada de amor: de mi familia, de mis amistades, de mis amores. Amo intensamente. Y más allá de mis relaciones humanas, amo este lugar.

Desde el planeta diminuto pero tan enorme que apenas conozco y por el que siento fascinación, hasta este territorio que hoy llamamos Guatemala, que conozco bastante bien desde que lo empezamos a recorrer desde muy pequeños, de cuya energía estoy perdidamente enamorada.

Pero ni todo el amor me salvó de los estragos de la violencia que se desató durante el conflicto armado; casi nadie se salvó en Guatemala. Yo estaba feliz, en mi burbujita, aprendiendo a ser mamá tras apenas unos meses de experiencia, jugando casita, cuando entré de golpe en contacto con una realidad espantosa que hasta entonces ignoraba. Poco a poco, el terror llegó hasta mi vida.

Las noticias que publicaban los diarios no retrataban con fidelidad lo que sucedía. Mi primera sacudida, cercana y dolorosa, fue la quema de la Embajada de  España, donde murió Eduardo Cáceres Lehnhoff, el abogado de derechas que me habló sobre el sentido del honor en la palabra de un indígena, el padrino que me atiborró con seres de la mitología griega, el que me recitaba un poema que decía "Los caballos eran fuertes, los caballos eran ágiles, sus pescuezos eran finos y sus ancas relucientes y sus cascos musicales…" mientras caminábamos a la orilla del mar. El jurista que disertaba sobre la justicia y me recomendó no estudiar abogacía. Su muerte me provocó una indignación profunda, que me hizo ver hacia afuera de mi pequeño mundo, que me obligó a abrir los ojos a lo que sucedía en el país.

El golpe más contundente fue el secuestro de mi mamá, el año siguiente. Durante los seis meses que duró su cautiverio tuve tiempo para intentar entender. Por suerte, mi mamá volvió bien; y creo que —aunque fue una experiencia extremadamente dolorosa— el cautiverio la transformó en una persona más sabia; lo que no quita el daño que le hicieron, sobre todo a ella, pero también a muchos miembros de la familia. Años más tarde ella me diría que lo peor de esa experiencia fue no poder dejar de pensar en nosotros, no ver un rostro humano ni un rayo de sol durante tanto tiempo. Varias veces me repitió que lo que la mantuvo cuerda fue haber podido practicar yoga en el minúsculo rectángulo donde la retenían. Esa es una de las enseñanzas por las que recuerdo a mi mamá todos los días, y que le agradezco a diario. En la práctica del yoga se afincó nuestra cordura, algo escasa en mi caso.

Mi educación primaria y secundaria es del colegio Monte María, de donde no me gradué, por un embarazo precoz. No tengo educación universitaria, pero pude conseguir algo parecido de manera autodidacta. He tomado cursos universitarios y seminarios en varios temas: ecología, literatura, filosofía, lingüística y partería. He leído cuanto libro interesante he podido. También en mi proceso formativo he tenido mucha suerte, pues siempre encontré buenas mentoras, maestros y guías, que me dieron herramientas para orientar las pasiones que absorberían los siguientes años de mi vida.

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Después de un primer divorcio, de la quema de la embajada y del secuestro de mi mamá, empezó a fermentarse en mí un sentimiento inquietante contra la injusticia. Me preguntaba qué podía hacer para darle un sentido más completo a mi vida cuando la vida me trajo un velero del Norte, que guio mi vista hacia la situación de esa naturaleza de la que  yo me proclamaba tan enamorada. Allí comenzó la que sería la más larga y apasionante batalla en que he participado. Desde 1983 he tenido el privilegio de dedicarme a la defensa de la naturaleza.

Cuando yo empecé mi misión —yo pensaba entonces que iba a detener la destrucción del planeta completo—  ni siquiera se usaba la palabra ecología. Hace 35 años, la problemática ecológica no se entendía como ahora. Entonces era aún más difícil hablar sobre la destrucción de la naturaleza como algo importante, que debía tomarse en serio. Entonces hablábamos de conservación y de extinción. Muy poca gente tenía conciencia de que la destrucción del equilibrio natural  tenía una dimensión planetaria, y de sus implicaciones para la humanidad. Un amigo, cuando yo trataba de convencerle sobre la importancia de la ecología para que donara dinero a la causa, me dijo: "Ay mijita, cuando empezaste a hablar, temí que te hubieras unido a uno de esos grupos religiosos que reclutan a jovencitas babosas”. Nunca había escuchado un discurso "conservacionista". Por supuesto no me dio un solo centavo de los miles que yo esperaba recolectar.

Entonces te decían "no seás apocalíptica, no hay que exagerar". Hoy casi todo el mundo sabe que tenemos serios problemas ambientales, pero gracias a la propaganda de empresas poderosas terminamos  siendo etiquetados como  "ecohistéricos” y “ecoterroristas".

Sandra Sebastián

Para mí, la destrucción de la naturaleza se convirtió en una de las manifestaciones más perversas de la violencia humana. De conservacionista furiosa, pasé a entender que la destrucción del mundo natural atenta contra el bienestar de todas las criaturas, que es un crimen que lastima severamente a todos los seres humanos, y muy brutalmente a los más empobrecidos. Así me fui convirtiendo en activista ecológica. Hoy, considero un signo inequívoco de la imbecilidad humana  destruir nuestra mejor y única opción para tener una buena vida. (Imbécil, según el Drae, es escaso de razón).  He visto cómo se queman los bosques y las selvas; cómo se contaminan los ríos, los lagos y los mares; siento una tremenda indignación, que se convierte en fuego en mis entrañas. No creo que haya gran mérito en mi decisión de defender la naturaleza, me asfixiaría sentir que no puedo hacer algo al respecto.

Tengo una voz, que trato de usar para salvar humanos, animales y plantas que no pueden defenderse de un sistema legal, económico y social que les considera dispensables. He hablado, he utilizado recursos legales, he hecho campañas, he participado en múltiples acciones directas, escribo una columna semanal desde 1996. Y he logrado, relativamente, muy poco.

…Los 34 años que llevo haciendo este trabajo delatan lo vieja que soy.

Demasiadas batallas perdidas y pocas pero inolvidables victorias, por las que no cambiaría un solo día de lucha. La declaratoria de la Sierra de las Minas como área protegida fue la primera y la más inolvidable para mí; y  luego la suspensión de la licencia de la Forestal Simpson para hacer uso industrial del Parque Nacional Río Dulce, la suspensión del contrato petrolero 1-92 a la Basic, en el Parque Nacional Laguna del Tigre la liberación de dos delfines al océano Atlántico, la suspensión del contrato petrolero en el Lago de Izabal a la CPA y otras que, quizás, se me olvidan.

Recuerdo claramente algunas de las derrotas más amargas, como la renovación del contrato para la explotación petrolera en Laguna del Tigre, la conversión de importantes líderes comunitarios que defendían sus territorios, en voceros y defensores de las compañías a las que se estaban enfrentando sus comunidades. La traición de amistades a quienes quise, y consideré imprescindibles. Hay tantas más que quisiera olvidar...

De la Fundación Defensores de la Naturaleza —que fundamos con Thor Janson, primer guía en mi proceso formativo como conservacionista— salí cuando sentí que, debido a la forma como ejercían su poder los miembros de la junta directiva,  se había convertido en una organización machista y patriarcal. Del colectivo Madreselva, que fundamos con varias compañeras y amigos —y donde me convertí en activista ecológica gracias a las enseñanzas de increíbles mentoras ecuatorianas— renuncié también, varios años más tarde. El machismo, en expresiones distintas, fue un elemento común en ambas  decisiones.

Defensores se convirtió en la organización centroamericana líder en el cuidado de áreas protegidas. Madreselva fue la primera organización ecologista en Guatemala que puso los temas ambientales en la arena política.

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Más tarde arrancamos con la tercera organización, la Escuela de Pensamiento Ecologista Savia, desde donde construimos mapas de la realidad ecológica de Guatemala, que muy poca gente conoce porque nos hartamos de andar buscando financiamiento para poder hacer nuestro trabajo. Actualmente Savia está en una etapa virtual mientras yo me preparo para entrar en un descanso sabático de larga duración. Como sucede con las relaciones amorosas: son muy buenas, al principio; algunas terminan para siempre, otras dejan huellas indelebles... De las tres organizaciones en cuyos nacimientos participé, solo mantengo conexión con Savia.

A propósito de nacimientos, no podría escribir sobre mí misma sin mencionar una experiencia fundamental en mi vida,  que fue dar a luz cinco hijos (cuatro chicas y un varón) a los que adoro, y de quienes he aprendido mucho. Tener a mis hijos de casi todas las maneras posibles —dos partos "normales" en hospital, una cesárea innecesaria y luego dos nacimientos en casa sin supervisión profesional—  me ayudó a comprender que el parto es uno de esos momentos de gran poder femenino, y aprendí la importancia de parir bien, para la madre y para el recién nacido. Si no hubiera dedicado mi energía a defender la naturaleza, tal vez hubiera sido comadrona.

Me veo, más vieja, hablando o escribiendo sobre ese tema.

Los hombres siempre fueron seres importantes en mi vida. La máxima sensación de protección que conozco vino de mi papá, mi primer amor. Mi primer y mejor amigo fue mi hermano. Mi primer maestro fue mi tío. El machismo no me ofendió demasiado cuando era chica. Hasta que salí a otros mundos, sufrí las primeras bromas machistas y me entró pánico. Aprendí a detestar los abusos de los hermanos de mis amigas; en silencio al principio, pero no por mucho tiempo. Quise ser hombre para alcanzar privilegios que eran sólo para ellos. Aprendí a montar una bicicleta como ellos, fui a barranquear como patojo y traté de patear pelotas, pero terminé de portera por patear las que no debía.

Sandra Sebastián

Les fui perdiendo el miedo, me enamoré, me casé, me divorcié, me volví a enamorar, me volví a divorciar y me seguí enamorando... y hoy sigo enamorada.

Las heroínas que fui descubriendo me ayudaron a darme cuenta de que no era necesaria la transformación, que yo podía dar batallas dignas, que podía ser fuerte y ser mujer al mismo tiempo.

Nunca me había considerado feminista... Recuerdo mi extrañeza inicial ante la noción de Diosa, que me presentó Margarita Azurdia, genial maestra e inolvidable compañera de extenuantes jornadas de ejercicio con Jane Fonda. Eso fue en el siglo pasado. Pero fue ese razonamiento radical, opuesto a mi formación católica, el que me hizo entender que nosotras tenemos derecho de identificarnos con una representación femenina de la divinidad. De esa semilla divina germinó mi capacidad de comprender la importancia de enfrentar el machismo y el patriarcado. Agradezco a las feministas las batallas peleadas y celebro sus  importantes victorias. Hoy suscribo alegremente la definición de feminista como alguien que considera merecedoras de los mismos derechos a todas las personas -sin distinción alguna de sexo.

¡Ay, el machismo! Tengo una colección de frases inolvidables, y comparto estas tres:  "¿Por qué mejor no se va a la cocina a preparar algo de comer para los biólogos? Usted no estudió biología, y es mujer" (biólogo del Cecon cuando yo trataba de convecerles, en 1986,  de la importancia de la Sierra de las Minas,  que ellos, los científicos, ignoraban...).

"Ahora si vamos a poder contratar a un hombre que sepa lo que hay que  hacer"  (miembro de la junta directiva de Defensores de la Naturaleza cuando conseguí la primera gran donación que permitiría remunerar el trabajo de dirección, que yo hice de manera voluntaria en la organización que fundé y conduje hasta ese momento).

"Nos jodieron, nos mandaron a una mujer... ¿y usted cree que le van a hacer caso aquí, a una mujer? (un cuasi sacerdote italiano en San Marcos, cuando fui a dar la primera charla sobre minería a Sipacapa).

El machismo es una tara no exclusiva de Guatemala, pero aquí todavía se percibe como normal en muchos espacios. Hay otra gran tara: el racismo. Para mi suerte, algunos de los libros que me dio mi mamá cuando niña, tenían a un indio norteamericano como héroe y gracias a él empezó mi fascinación por los hombres de pelo largo, dotados de un misterioso talento para leer las huellas de las criaturas de la Tierra y de las estrellas. Me enamoré de los indios; primero fueron los pieles rojas, luego todas las tribus indígenas de la Tierra. Gran descubrimiento fueron los aborígenes australianos, por quienes conocí el valor de las canciones, del silencio y la telepatía.

Por culpa del racismo, descubrí de último a los indígenas de mi propia tierra. Algo tarde, pero con más capacidad para apreciar sus conocimientos, me topé con personajes como doña Magdalena, don Rigoberto, doña Margarita, Marino y Adelita. De su mano creció mi admiración y mi anhelo por conocer mejor a los herederos de esta tierra que quiero tanto. Hoy quisiera poder decir tranquilamente que soy amiga de mujeres tan geniales como Andrea y Lucía Ixchiú, Irma Alicia Velázquez, Otilia Lux y Francisca Gómez Grijalva; pero me sentiría como una farsante, pues aunque las admiro y me encantan, en realidad, las conozco poco. 

Siempre me interesó escribir. Pero para escribir bien, hay que tener mucho tiempo y yo he usado el mío en otras cositas. Tener un hermano que escribe tan bien tal vez debería inhibirme, pero —si me da tiempo el tiempo— todavía pienso usar algo de lo que me quede para aprender a escribir.

También me hubiera gustado ser saltimbanqui, exploradora, buza, rescatadora de animales, bailadora de tango; me hace feliz tocar tambores, tirar con arco y flechas, volar. Pero ya no pienso dedicarme a eso. Se me puede quebrar algo. Soy feliz cuando puedo leer un buen libro, caminar en la naturaleza, bailar, cantar, reírme a carcajadas, provocar una sonrisa, hacer feliz a alguien más; y eso me gustaría  hacer por el resto de mi vida.

 

*Este ensayo fue escrito un mes antes de que Prensa Libre decidiera cancelar la columna de Magalí Rey Rosa aduciendo reducción del espacio de opinión.

De esa semilla divina germinó mi capacidad de comprender la importancia de enfrentar el machismo y el patriarcado. Agradezco a las feministas las batallas peleadas y celebro sus importantes victorias.
Tuve cinco hijos en total. Soy una típica mujer guatemalteca en ese sentido. Con dos matrimonios, dos divorcios y muchos amores. En ese sentido, no tan típica.
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