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Me adoptaron

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En 2015 ingresamos papelería y en octubre de 2016 conocimos a nuestra hija. Hoy, nueve meses después, ya tengo canas. Y son de felicidad.

Muchas personas se quejan del Consejo Nacional de Adopciones diciendo que este tarda mucho en realizar los procesos, pero los retrasos realmente radican en las expectativas de querer ser mamá o papá. El primer punto es que las parejas se ven con un bebé en brazos, pero no ven la posibilidad de darle amor a un niño o a una niña mayor de siete años, incluso a un adolescente. La realidad de los mayores de siete años es muy difícil, lo que conlleva que ellos se encuentren en casas hogar públicas o privadas incluso hasta los 18 años, edad en la que ya no les dan atención y quedan desprotegidos.

Como sociedad, les reclamamos a las familias y al Estado el que haya muchos adolescentes cometiendo actos ilícitos, pero a estos les negamos educación sexual y, a los que no tienen familias, la posibilidad de tener una. La adopción va más allá de una mera cuestión de asistencialismo. Encaja perfectamente en el amor al prójimo y en la posibilidad de dignificar la vida de nuestra especie. Sin embargo, el tabú social de que no es la propia sangre frena muchas veces a las personas a considerar la adopción.

Pero también se dan situaciones dentro del mismo Estado que pueden desanimarnos, como la que viví yo en el IGSS, contra el cual interpuse un amparo por negarle el posparto y el pago del salario a mi esposa. Gané el juicio en un juzgado de previsión social, pero ya llevo cuatro meses en espera de la resolución de la Corte de Constitucionalidad por la apelación presentada por el IGSS.

A mi hija la adoptamos cuando ella tenía ocho años. Hoy tiene nueve. Es una niña con una historia de vida que la ha llevado a madurar y, sobre todo, a desarrollar su instinto de supervivencia. Tiene algunos recuerdos no gratos de casas públicas donde vivió sus primeros años, así como recuerdos muy buenos y alegres de esas mismas casas y de la última que habitó. Desde que vive con nosotros (desde hace nueve meses) ha crecido 12 centímetros, su nutrición ha mejorado y su estabilidad emocional es perfecta. Hemos encontrado apoyo en muchas personas que no conocíamos, desde empleados del colegio hasta profesionales que desinteresadamente nos dan consejos y guían nuestras tareas de papá y mamá adoptivos.

Yo he descubierto en mí la posibilidad de balancear el amor con la orientación, aunque a veces llegó a la desesperación, pero la historia de vida de ella me trae a tierra y me permite tener un tipo de razonamiento distinto para cada acción. He visto en mi esposa un esfuerzo por tratar de llenar el vacío de amor maternal de la niña y de volverse un referente para ella en su proyección de mujer con metas profesionales, así como en su comprensión del desarrollo de nuestra hija como preadolescente.

Nueve meses después, las profesionales del Consejo Nacional de Adopciones visitaron nuestra casa para charlar con nuestra hija y ver cómo se sentía. Mediante un método de juego e interacción lograron entablar la charla indicada, saber cómo se siente ella y evaluar si realmente todo va bien. Yo estaba nervioso en la sala de la casa. Me preguntaba si realmente he sido el papá que ella necesita, si realmente he logrado llenar ese vacío de figura paterna y si he logrado darles el rumbo correcto a sus procesos de formación y orientación de vida. Mi mayor alegría fue cuando ella, después de la entrevista con las profesionales, se acercó a mí y me dijo: «Papi, te adopté».

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