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Los migrantes en el limbo

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Solo unos pocos lograron dormir en una cama, o en el suelo de los albergues locales. El resto pasó la noche en las calles.
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Los migrantes en el limbo

Tiempo aproximado de lectura: 7 mins
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/ Foto: Simone Dalmasso
Historia completa Temas clave

La caravana de migrantes, ayer viernes 19 de octubre, esperaba atravesar su segunda frontera. La gente iba emocionada. Después de un intenso forcejeo en la aduana de Guatemala, y dos puertas de hierro vencidas a la fuerza, el grupo ingresó al puente que atraviesa el río Suchiate. Casi lo habían logrado, pero casi al final del puente el paso se cerró. Luego, un limbo. Miles siguen sobre el puente, esperando.

—¡México, México! — la gente gritaba, a las 12 del mediodía, como pidiendo la salida de Guatemala y el acceso al norte. —¡México, México! — y empujaban las rejas amarillas que evitaban el ingreso. Empezaban a crujir.

Frente a los portones había dos vehículos militares blindados; dos puntos verde olivo, dos animalones inertes dentro del mar de gente, que los rodeaba, los tocaba, los mecía, escalaba. Los militares dentro intentaban guardar la compostura.

—¡México, México! —

Atrás, cerca de las oficinas de la SAT, la gente se lamentaba cómo el frente de la caravana, iracunda, empujaba con furia las puertas. “Tan estúpidos, la cosa es entrar despacio”, decía una señora, con su hija en brazos.

—¡México, México! —

Las rejas se quejaban, pandeaban, empezaban a ceder.

—¡México, México! —

La gente celebraba. “Ya falta poco”, decían. “¡Vamos, hermanos!” decían. “No hombre, así no es, ¿qué van a decir en las noticias?” decían.

—¡México, México! —

El candado de la puerta lateral no soportó la presión. Se quebró. Y la puerta frontal, en total complicidad, cedió segundos después. Los migrantes doblaron una puerta y rompieron el seguro de otra. Los migrantes celebraron; las sonrisas no cabían en sus rostros bronceados, sudorosos. Los migrantes salieron de Guatemala, parcialmente. 

Simone Dalmasso

Al que madruga

Jueves diluvio. Viernes sequía. El 19 de octubre Tecún Umán, a un kilómetro de tierras mexicanas, amaneció con hasta tres mil hondureños y hondureñas en las calles, todavía húmedas de la lluvia anterior.

La mayoría llegó el jueves. Mientras otros alcanzaron esta pequeña ciudad en el departamento de San Marcos temprano en la mañana, a bordo de buses o en la palangana de picops. Solo unos pocos lograron dormir en una cama, o en el suelo de los albergues locales — en Tecún Umán, la noche del 18, solo había dos habilitados, la Casa del Migrante, en la Avenida 0, y la iglesia a un costado del parque central —. El resto pasó la noche en las calles, en el parque y escondiéndose de la llovizna, evitando los charcos.

La orden era: reunirse en el parque a las 7 y cruzar a las 12 de la tarde. Pero la gente no durmió. Desde las cuatro de la mañana empezó el movimiento. “La gente no se callaba, no se quedaba quieta”, ríe Mayra Orellana, de 52 años y que viaja con su hija Heidy, de 19 y nieto Jeyden de 6 meses.

En la mañana, cuando el sol empezaba a calentar, la gente preparaba sus bultos, recogía la ropa mojada que habían colgado en los árboles, esperaban a un lado de Elektra, donde podían retirar dinero enviado por familiares y buscaban maneras de transformar sus pocos quetzales en pesos.

—Mirá, tal vez te dan algo en un banco—, un niño lustrador le dijo a un colega, mostrándole dos billetes de 1 lempira, con el rostro del cacique lenca al frente.

Simone Dalmasso

Para las 7 de la mañana, el parque estaba lleno. Representantes del Alto Comisionado  de las Naciones Unidas para los refugiados (UNHCR), vestidos de azul, entregaron hojas con los detalles para obtener protección como refugiado en México. “Cuando huyes de tu país por violencia, persecución, guerra o discriminación tienes derecho a pedir protección en México”, decía el texto. Algunos otros se reunían a ver las noticias en tiendas, o a leer periódicos para enterarse de cómo les iba a las y los hondureños que habían cruzado un día antes.

Calma. Las y los niños jugaban con normalidad. La gente parecía confiada, relajada, emocionada incluso. Decían que pronto estarían en Ciudad Hidalgo. Se sentían dentro.

Carlos Orellana de 23 años y originario de Trinidad, Santa Barbara, afirmó que quería buscar trabajo como soldador. “Sé hacer muchas cosas”, enfatizó, “cultivo, albañilería, pero lo que más me gusta es la soldadura”. Carlos salió de su casa con nada más que la ropa que lleva puesta —un par de jeans, una playera y tenis blancos— y 200 Lempiras.

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Algunos empezaban a preocuparse por la siguiente frontera.

“Estados Unidos se debe recordar de lo que dice en sus billetes: In God we trust, en Dios confiamos”, señaló Omar Caballeros, de 48 años. “Y si realmente confían en Dios, no pueden menospreciar al prójimo”. La meta de Omar es trabajar y “Es cierto entonces lo que dijo Carlos, que la vida siempre ha sido así en Honduras”, a pesar que su vida inició en 1995, Omar le da razón.

Ilusionados, los dos empezaron a hablar de el norte, de los paisajes, los salarios, las oportunidades de trabajo.

Simone Dalmasso

Para Omar esta es la novena vez que sale de Honduras. Cuenta que desde que tenía 19 años, en 1970, ha viajado constantemente hacia Estados Unidos, indocumentado. Ha trabajado en ferreterías, como conserje, en hoteles. “Siempre iba un año, solo eso necesitaba, un año para trabajar, ahorrar y sacar a mis hijos adelante”, señaló y hace énfasis en que sus cinco hijos han recibido educación. “Por eso solo me falta mi casita”.

La gente atrás, en el parque, empezaba a inundar la calle, otros pasaban al baño, al Pollo Campero. Unos más apuraban el desayuno, querían estar al frente de la caravana y pasar primero a México.

“Y, ¿dónde ha estado?” le preguntó Carlos, su voz de repente aguda y llena de ilusión.

“Los Ángeles, Miami, Maryland, Washington; siempre me gustaba ir a un nuevo lugar”, señaló. Pero luego también los dos hablaron de las faltas de oportunidad en Honduras y de la pobreza que los empuja a salir de su país. Esta novena vez, por ejemplo, Omar salió de San Pedro Sula con su hija de 17 años, la penúltima, Sandra. “Yo salgo con ella porque estamos amenazados por las maras”, señaló.

Simone Dalmasso

Omar contó de los incidentes, de los encontronazos, de las amenazas y de la violencia en su barrio, en San Pedro Sula. Omar habla con tanta pasión que su rostro se llena de sangre, se toma las canas, bracea y manotea como queriendo espantar zancudos. “Tengo miedo”, admite y sus ojos se llenan de lágrimas. Y Carlos, a un lado, contagiado por su historia, responde con un llanto silencioso. “Y la verdad, Estados Unidos no es la respuesta. A mí no me importa Estados Unidos. Me gusta, pero no es la respuesta. Podríamos recibir asilo en Guatemala, en México, en Canadá. La respuesta es obtener un trabajo y en Honduras no se puede. Lo único que queremos es salir de ese infierno en el que vivíamos en San Pedro”.

Carlos asintió mientras se secaba el rostro. “Ni el hijueputa de Trump nos va a parar. Dios nos fortalece”.

¡México, México!

La convocatoria era a las 12. Pero la caravana, formada desde media mañana en el parque central, empezó a avanzar hacia el cruce aduanero una hora antes. A pesar del cielo cerrado, el sol pesaba. La gente cantaba el himno () por un bloque, un bloque de nieve cruzado (…) y ondeaban las banderas.

La gente comenzó a despedirse de Guatemala, le agradecía por la solidaridad. A pesar del sueño perdido, de las ampollas y el cansancio, la gente sonreía, esperanzada. Iban, creían.

“¡Sí se puede! ¡Sí se puede!” cantaban mientras avanzaban sobre la avenida. “Inmigrantes, no somos criminales”, cantaban también. “Somos trabajadores, somos internacionales”.

Simone Dalmasso

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11:10 ya estaban frente a la aduana, resguardada por unos veinte agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) que evitaban que el grupo se acercara más.

“Estamos aquí únicamente para preservar y mantener la seguridad de la gente”, señaló Edu Adriano, jefe de la PNC de Tecún Umán. Adicional, estaba presente la Brigada de Operaciones para Montaña de San Marcos (BOMP) que, si bien patrulla el área a diario, duplicaron su presencia por la ocasión. En total había también más de veinte montañeses.

A las 11:23 cayó la primera amenaza: “Si ellos no nos dejan pasar en media hora, nos vamos por el río”, gritó un muchacho.

Tres minutos después, sin negociaciones y de repente, la línea de la PNC se hizo a un lado y la gente corrió hacia las rejas. Se empujaban unos a otros. El calor era intenso. Padres vaciaban botellas de agua sobre sus hijos, para refrescarlos. Los niños sacaban la lengua, buscando hidratarse. No había espacio para nadie más. El aire se tornó denso y pesado. La gente forcejeaba. Pronto las madres y sus hijos e hijas avanzaron al frente, como planeado. Por ahí apareció un niño, dentro de su carruaje, surfeando la multitud. Una madre, al frente, con el rostro a centímetros de tocar el metal, apretujaba tan fuerte las muñecas de sus hijos que sus dedos perdían sangre y se tornaban blancos.

—¡Érica! ¿Dónde estás, Érica? — un padre, de la manos de sus otros dos niños gritaba, en medio de la multitud. —¡Érica! ¡Aquí estoy, amor! — su voz atrapada en el llanto y la desesperanza. —¡Érica! ¿Dónde estás? —.

Una madre, igual de desesperada que el padre de Érica, buscaba también a su hija, Joselyn, mientras un helicóptero del ejército mexicano revoloteaba el área.  

Simone Dalmasso

Cuando el sol estaba en su punto más alto, la gente empezó a trepar las rejas y a saltar al otro lado, al limbo entre Guatemala y México. Mientras, del otro lado del puente, hasta 300 agentes de la Policía Federal de México (PF), vestidos como listos para un bombardeo, montaban guardia. Llevaban, además, escudos, extintores; algunos incluso tenían listos lanzagranadas y, según el jefe del escuadrón, tenían disponible una lacrimógena por cada federal. El silencio puente arriba era siniestro, ominoso, sepulcral.

—¡México, México— la gente empezó a cantar de nuevo, confiados, pidiendo un nuevo país al que enfrentar.

La gente se empujaba hacia las rejas. Las madres apretaban los brazos de sus hijos, para no perderlos. A falta de espacio algunos trepaban sobre los vehículos blindados. La gente gritaba por la emoción, por el dolor, por rabia. El helicóptero veía desde lejos, burlón, a la turba. La gente se colgaba de las puertas, las halaba y empujaba. El hierro acolochado empezaba a rizarse aún más. Parecían hechas de papel.

A las 12:02 rompen la puerta lateral. A las 12:03 la frontal. Y la gente vitorea.

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—¡Gracias, Guatemala! — se despedían mientras caminaban, sonriendo, pidiéndole fotos a los periodistas, saludando a los camarógrafos y felices de casi, casi tocar suelo mexicano.

Ya los estaban esperando los federales. La caravana poco sabía que quedaría en el limbo y menos aún, del bombazo que les esperaba. Las amenazas de lacrimógenas se cumplieron. La gente corrió, se cubrió la boca con lo que pudo, pero no retrocedió. Se quedaron en el puente. La noche cayó y los migrantes no dieron marcha atrás. Terminó el día en la incertidumbre. Algunos aseguraban que el gobierno mexicano les daría asilo, otros temían lo peor, ser deportados. Tendrían que pasar una noche en el limbo.

Simone Dalmasso

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