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Las niñas de Guatemala no son un poema de amor
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Las niñas de Guatemala no son un poema de amor

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Las encerraron con candado, murieron calcinadas. Antes, mucho antes, las abusaron, las vulneraron, las criminalizaron. Ser niñas en Guatemala, en Centroamérica, es en gran medida eso, una estela violenta de poquísimos años.

En el hogar seguro Virgen de la Asunción de Guatemala murieron calcinadas 21 niñas, reportaron las noticias. No fueron 21, fueron 37, siguieron reportando. Y serán más, seguramente. Calcinadas o intoxicadas por el humo de un incendio que se suscitó para protestar por el abuso, las niñas de Guatemala, como las llaman en redes sociales, mostraron su identidad de víctima cuando era demasiado tarde. Antes, las instituciones del Estado las hicieron a un lado, vulneradas y vulnerables. Y hasta entonces, no eran niñas, eran menores, una palabra un poco más aséptica que un algodón de enfermería. ¿Cuándo comenzaron a ser niñas estas niñas de Guatemala?

La pregunta no es ingenua y me apena decir que es incómoda. Porque en Guatemala, como en El Salvador, la niñez pasa por la clase. La idea de niñez y esa praxis a la que solo los adultos pueden darle sentido tiene un sentido únicamente de clase. No nos sorprende, claro, porque estamos acostumbrados a estampas de niños trabajadores en redes sociales, ahí, los clasemedieros orgullosos de su clasemedianía se enorgullecen también de la miseria. Lo mismo sucede con la pobreza y la opresión. Lo que me sorprende es que no nos horrorice, lo que me sorprende es la normalización que indica que la desigualdad sigue presente en la Centroamérica de las posguerras y le da sentido a expresiones de nacionalismos torpes y débiles.

A Guatemala le encantan los símbolos. Veo a guatemaltecos orgullosísimos de casi todo, del quetzal, ave en peligro de extinción; de la quetzalteca, aguardiente; de la semana santa, con su repertorio de antiguo régimen; de las luchas armadas, y sus respectivas victorias y fracasos. No hay distinciones, me parece, entre un admirador de Jacobo Arbenz y uno de la quetzalteca, y si es de jamaica, mejor. Pero me parece que sobre todas las cosas, la exaltación es por el  martirio. Como historiadora, conozco el periodo de la década 1940 y 1950 y no puedo creer que las reformas constitucionales de Arévalo queden opacadas por la desnudez de Arbenz. Pero ese es tema de otro artículo.

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Volvamos al martirio. Las redes sociales han llamado Niñas de Guatemala para usar ese título de un poema de José Martí que luego se volvió lugar común. Los grupos de feministas o de ciudadanos indignados y entristecidos han logrado dar un poco la vuelta de tuerca a este lugar común para emancipar –ya en muerte– a las niñas de Guatemala, en concepto y en experiencia. Me duele y me golpea el ejercicio y lo asumo incluso como título de este texto. Pero me parece necesario apuntar algunas cosas con respecto al símbolo, Guatemala y la clase.

La niña de Guatemala del poema de José Martí era burguesa, aristocrática liberal, diríamos. Murió de amor, escribió el poeta. La niña de Guatemala era una de las hijas de Miguel García Granados y murió, leí en los apuntes biográficos de Jorge García Granados, de pulmonía. Martí escribió un poema romántico como debía ser, donde la niña de Guatemala era símbolo porque pertenecía a las élites que en su honor desplegaban la coreografía y la escenografía de estado recién fundado. Murió de amor, de amor burgués, digamos. El amor, un artículo de lujo como el azúcar para aquellas naciones recién fundadas, y aún hoy para estas naciones incendiadas. Las niñas calcinadas en el hogar Virgen de la Asunción no tenían ni siquiera condición de niñas, ni de nación. Eran pobres, criminalizadas.

Simone Dalmasso/Plaza Pública

Uno de los elementos importantes para estudiar y recobrar la memoria de las víctimas es reconocer su condición política. Y su condición política no es partidaria, como cortamente se considera en Centroamérica. La condición política de estas niñas es precisamente su condición de pesadilla. Todo el dolor que sufrieron antes y después de entrar al hogar del Estado y la forma en que el Estado las ha tipificado.

Lloramos por las niñas porque conocemos la niñez y la ternura. Ellas no, ni el Estado ni la sociedad ni la familia se lo permitió. Lloramos porque tenemos rabia, dolor y seguramente culpa. Pero no podemos sublimar una condición de niña como víctima sin aceptar el aparato cultural que la construyó y las destruyó y, aún más, nuestra posición dentro de ese aparataje.

El mismo  8 de marzo, Simone Dalmasso publicó en Plaza Pública un fotorreportaje sobre las mujeres criminalizadas por el Estado, recogidas en el Álbum fotográfico de delincuentes. Más que criminales, eran víctimas. Me horrorizó. Era una actualización, digamos, de las leyes de vagancia decimonónicas extendidas hasta buena parte del siglo xx en las que los Estados liberales de Centroamérica encontraban camino al orden y el progreso a través de la anulación de la otredad, ya fueran las mujeres, ya fueran los hombres pobres, ya fueran las mujeres o los hombres indígenas.

Las niñas y los niños encerrados en estos hogares seguros del Estado son reducto de eso. En la estratigrafía del Estado son sedimento presente de aquellos seres que se salen del control de la ley y desde su marginalidad lo ponen en riesgo, riesgo de civilidad. En el siglo XIX, en el XX y en el XXI, las niñas, las adolescentes, las mujeres siguen siendo encerradas para tener control sobre sus cuerpos, sus únicas autonomías en sociedades androcéntricas y misóginas como las centroamericanas.

Pero como siempre en el tiempo, hay niñas que gozan plenamente su condición de niñas. Para ellas, categoría y estado. Su desgracia o su suerte son privadas, y aunque rozaran la categoría de salvaje en algún comportamiento –ya sabe, desde el positivismo– siempre estarían cubiertas por familias o linajes que median representaciones. Para las pobres, no hay condición de niña que valga. El Estado convierte sus experiencias en cosa pública, irrumpe la exposición de lo privado como lo público. Lo ignominioso. Aquí es cuando la tragedia comienza a prenderse.

La condición de mujer y violencia, mujer y locura, mujer y sexualidad –vejada generalmente, pocas veces gozada– es continuidad del control y el confinamiento en sociedades como la guatemalteca, pero también la salvadoreña con sus 17 mujeres en prisión por aborto espontáneo, o la nicaragüense, donde la interrupción del embarazo es también criminalizada y su criminalización ocurre también a través de la distinción de clase. Los destinos infelices y los confinamientos de las niñas y las mujeres son sujetos de clase y esto en el año 2017 es bastante infeliz de aceptar, sobre todo porque pensábamos que tras la caída de la cortina de hierro la Guerra fría dejó de ser experiencia y pasó a ser categoría de análisis.

Hay historiadores que dicen que no debemos mirar con ojos del presente las huellas del pasado. Esas huellas que recuperamos en el archivo y que analizamos con criticidad, o al menos intentamos. Walter Benjamin apuntó que "articular históricamente el pasado no significa conocerlo ‘tal como verdaderamente fue‘. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro". No creo en el recuerdo como fuente de la historia, porque la romantiza. Sin embargo, creo, fervientemente, en ese instante de peligro. Ese instante de peligro que relumbra hoy, claro, como el fuego en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción.

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