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La política más allá del mundo online

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Como parte de los procesos de formación y debate promovidos por #JusticiaYa, el diputado chileno Giorgio Jackson participó el pasado 7 de diciembre, en el conversatorio “Del movimiento estudiantil chileno al Congreso” organizado por ese colectivo. En esta entrevista el congresista de 29 años, hace un repaso de su tránsito del activismo al Congreso de su país, y de las demandas gremiales de los estudiantes universitarios a cuestionar las bases de un sistema económico y social que consideran injusto.

La tecnología te permite llegar a muy bajo costo al menos a una capa, que sí, reconocemos es una capa más urbana, más joven, con mayores estudios, pero que es una base orgánica intelectual que te permite formar y pasar de lo online a lo offline.

“Cuando no resultan las cosas no es problema de otros, es nuestro problema”. “Si no lograste los votos (del diputado) no le eches la culpa solo al empedrado, fuiste tú el que no lo logró, esto requiere de un grupo, de gente comprometida, de presión, de hacerle saber a tu representante que no se va a reelegir si no cumple sus compromisos”. Quien dice esto sin complacencia a la galería es un diputado, un diputado joven y foráneo, Kenneth Giorgio Jackson Drago, congresista chileno por el partido Revolución Democrática, una agrupación producto de la decantación de organizaciones que participaron en la movilización estudiantil de Chile en 2011, en rechazo al sistema de privatización de la educación superior.

La entrevista transcurre en un hotel de la zona 10 de la Ciudad de Guatemala, y será interrumpida sucesivamente por una corte de estudiantes de diversificado que se toman la fotografía de su graduación con un dron, y el ruido de una cascada artificial en el patio del hotel. Jackson viste una camisa blanca y unos jeans azul oscuro, viene de una jornada que incluye un encuentro estudiantes de las universidades San Carlos y Rafael Landívar, de otra batería de entrevistas y continuará con un conversatorio convocado por #JusticiaYa sobre su experiencia del activismo a la lucha partidaria. Lleva 24 horas en el país y le restan otra jornada similar.

Ingeniero civil industrial con mención en tecnologías de la información, por la Pontificia Universidad Católica de Chile. El recorrido de Jackson, del dirigente estudiantil de flequillo y barba rala en 2011, al congresista de cabeza afeitada y barba hípster de ahora, es la de un proceso más amplio de cuestionamiento del modelo económico chileno; ver la educación no sólo como un bien de consumo sino como un derecho ciudadano, es la primera fase, sintonizar con otras demandas y pasar a la formación y trabajo partidario el siguiente paso.

¿Qué cómo era el Chile de los 90? Visto a la distancia, Jackson tendría 10 años para el 97, era el país de una primera generación nacida en democracia. Una nación que había dejado atrás una dictadura por decisión popular (un plebiscito), y no desde una lucha armada, enfatiza el congresista, pero que de igual forma tenía un Presidente electo democráticamente y como comandante en jefe de las fuerzas armadas, al exdictador Augusto Pinochet, quien siguió al frente del Ejército hasta 1998.

“Era un Chile que vivía sumido en la superficialidad del crecimiento económico, que en los 90 se desligó la lucha social y toda la organización social; del quehacer político. Ese protagonismo fue tomado por los políticos profesionales, y allí se genera una división, una separación de la clase política de la sociedad chilena”, dice Jackson.

La chispa la encendieron los pingüinos, recuerda. Los estudiantes chilenos de secundaria (pantalón gris, zapatos negros, camisa blanca, corbata negra y chaqueta azul) “chicos vestidos como viejos”, dirá Jackson, que salieron a las calles a protestar por un sistema educativo que no se moviera exclusivamente por el lucro, y le recordaron a la élite política que algo estaba pasando debajo de su radar: insatisfacción, una generación crecida en democracia, pero todavía bajo un régimen educativo heredado de la dictadura.

En 2006 estas demandas se consolidan en las jornadas de manifestaciones que paralizan a Chile.

¿Qué pasa con esta generación?

Rompe el miedo a poder reclamar políticas y eso no lo llega a saber hasta mucho tiempo después, y por otro lado, es una generación que no tolera el modelo que se sostiene. Por un lado tenemos la posibilidad de no haber sufrido el último tramo de la dictadura, de salir, y por otro lado de identificar, sin complacencia, en la generación que nos precede las contradicciones que nos entregaron.

¿La identificación de las élites políticas, ya sea dentro de los partidos o en las puertas giratorias del sector público al privado y viceversa, es parte de esto?

Exacto, nosotros no llegamos a hacer este diagnóstico tan acertado hasta años después, pero el tránsito de la lucha estudiantil fue clave. Al principio era una demanda gremial, como mejorar la demanda de los estudiantes y poco a poco fue mutando a una demanda por la distribución del poder, la educación como una forma también de distribución de clases en el mundo del trabajo, pero también como una forma de distribución del poder en la sociedad y en su destino.

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De sus reuniones con estudiantes de las universidades San Carlos y Rafael Landívar, Jackson destaca que aunque los contextos sociales de Guatemala y Chile sean muy distintos, en los temas primarios por los cuales se activó su participación, como la denuncia de la corrupción, hay una sintonía con la que se siente identificado. “Hay un tono, una frecuencia de onda que nos hizo sintonizar muy rápido. Entender la política no como un medio para intereses particulares, o de un grupo, si no para el bien común, y sentir que la política puede ser ese medio, al igual que nosotros los políticos y no sentirnos como los protagonistas individualmente, o los dueños o iluminados en un proceso cuya base debe ser el pueblo, toda la sociedad. Allí sentí que había identificación”, dice Jackson.

Superar la apatía, la desconfianza generalizada a la participación política es un paso que no se puede dar desde el desconocimiento, afirma el Congresista. “Lo primero que tenemos que superar en distintos niveles, y en eso me incluyo, es la ignorancia: a medida que uno va superando eso, y los prejuicios, es capaz de entender que no solo es justo sino más necesario que nunca el organizarse”.

Poniendo en práctica uno de los principios de comunicación de su formación, la pedagogía popular, Jackson va desgranando su concepción de los detonantes de la participación ciudadana.

 “Voy a poner el ejemplo más nítido de porque si superamos la ignorancia nos vemos obligados a tener que colaborar y entendernos políticamente, y este es el fenómeno del cambio climático. En esto las tareas son a nivel global, ni siquiera estoy hablando de los Estados nación. Cuando uno supera la ignorancia se da cuenta que esto no es teoría, que es evidencia, eso pasa a distintos planos. Por ejemplo, si uno ve más allá los códigos de computación, del uso de los Smartphone y las redes que controlan corporaciones como Facebook, te das cuenta de que hay un poder por fuera de los Estados nación que puede generar espacios de dominación incluso mayor de lo que hacen los estados, te hace coordinarte políticamente y decidir cómo hacer frente a eso”.

En un nivel más cercano a la experiencia cotidiana, Jackson mira en el activismo contra la corrupción un punto de partida para otros procesos de reflexión y acción. “Que toda la gente se rompa el lomo trabajando para que unos pocos a través de una movida trucha generen una riqueza totalmente injustificada, por los casos de corrupción, hace que la gente tenga que conversar sobre el bien común, y esto ya es hacer política”.

“Pensar que la política es solamente el acto derivado de la corrupción, de la mala representación, de la desfachatez de algunos representa el éxito de quienes quieren que la gente no participe. Mientras menos participamos, mientras menos nos involucramos más le dejamos la cancha a los mismos que lo hacen de una manera que no nos gusta. Es como una espiral sin salida, donde incluso le entregas más poder a los poco militantes de agrupaciones o la población cooptada por el clientelismo para que reelijan a los mismos. Entonces la pregunta es simple, si querés que la cosa cambie, no sirve quedarte quieto, o pegar una puteada al político de turno.

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Este proceso de involucramiento ciudadano, sin embargo, se complejiza cuando los procesos y demandas son menos evidentes, o incluso están asumidos por los ciudadanos como normales. “Cuando la capa es un poquito más profunda, cuando ya no es solo la persona que representa lo absurdo, sino es el sistema y sus relaciones de poder las que nos limitan, es que nos hacemos los desentendidos”, reflexiona Jackson.

Falta pedagogía popular, mostrar que la contradicción sigue allí, tanto en Chile como Guatemala, y en general en todos los países donde hay estructuras de corrupción que no acaban con la renuncia de un Presidente.

Para agrupaciones como Revolución Democrática ha sido importante el uso de las nuevas tecnologías de la comunicación, pero la crítica recurrente de la izquierda conservadora es que eso deriva solo en un activismo virtual o en una izquierda rosa. ¿Compartes esta crítica?

Yo tomo la crítica como válida, sé que no basta con el activismo digital o salir a una manifestación, a los cuadros políticos es fundamental formarlos, por eso hacemos escuelas de formación política, por eso mismo vamos a disputar espacios. Nuestros propios militantes están inmersos en la lucha estudiantil, lucha sindical, ambiental y fomentamos que haya más participación en los temas de agenda nacional. La tecnología te permite llegar a muy bajo costo al menos a una capa, que sí, reconocemos es una capa más urbana, más joven, con mayores estudios, pero que es una base orgánica intelectual que te permite formar y pasar de lo online a lo offline.

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Las redes sociales nos permite bajar el costo de comunicación, comunicar y recibir comunicación tiene el mismo costo, algo que producimos de manera ingeniosa lo podemos reproducir por canales digitales de manera prácticamente ilimitada, de manera que hemos puesto el foco en el contenido, lo cual ha llevado a una masividad importante.

A menudo llevar hasta el ciudadano discusiones muy abstractas, como los procesos de reforma del Estado, de su sistema electoral, de su justicia, de su Constitución, parece una tarea muy difícil…

Claro, eso también es de pedagogía, es como lo que hace Pictoline, que en el fondo es conectar un problema que te parece abstracto con lo que te pasa en el día a día, si logras conectar de manera simple un problema muy cotidiano con una reforma muy abstracta y logras explicarlo, la gente se activa. Si te faltan dos votos, como les pasó ahora en su reforma constitucional, ve quienes te faltaron, de qué distritos, comunícate con ellos, has trabajo de campo, que los presionen, que no los reelijan por decisiones así; pero si no lo logras, no le eches la culpa al empedrado, fuiste tú el que no lo lograste, pero esto requiere de un grupo de gente comprometida.

¿Cómo procesan en Revolución Ciudadana la crítica de ser “populismo de izquierda”?

Latinoamérica es una de las regiones donde más se ha practicado con errores y aciertos el populismo, desde Perón en Argentina, y toda la teoría que le puso al populismo Ernesto Laclau; hay que diferenciar la demagogia del populismo. Nosotros no hemos definido nuestro actuar desde el populismo, y se nos trata de asemejar a otros procesos, se trata de confundir lo que es popular de lo que es demagógico, hay una confusión y hay un intento de deslegitimación de las causas populares, como en nuestro caso al abogar, por ejemplo, por pasar del sistema de pensiones privado a uno solidario.

El mismo término Revolución Democrática parece paradójico.

Es un oxímoron, pero creemos que es necesario. Alguien dirá: revolución y democracia no pueden ir juntos, pero nosotros creemos que Chile requiere cambios revolucionarios, refundacionales en materia política, económica y social, y requiere que esos cambios no sea a través de la fuerza, si no del convencimiento democrático de las mayorías. Y en Chile tenemos una experiencia que en su contexto fue muy revolucionaria, la Unidad Popular (el gobierno de Salvador Allende) en un contexto donde las revoluciones se daban por las armas, se dio la vía chilena, la democracia, obviamente luego fue un proceso frustrado y hubo desaciertos, truncado por un golpe cívico militar.

Por formación eres ingeniero, la tradición en Latinoamérica es que la clase política viene del Derecho, ¿En que cambia tu formación la forma de abordar la política?

El problema de la política es multidisciplinario, creo que todas las disciplinas aportan. Lamentablemente estuvo muy cooptada por los dueños del código, que fueron los abogados durante todo este tiempo, los códigos de la imprenta, ahora que nos movemos en entornos digitales los dueños de esos códigos son los hackers, los audiovisualistas que logran conectar con las emociones. Esto es un código de la política hoy más que nunca, son otras formas de representación del problema político, que debe ser abordado desde la multiplicidad, pero que no monopoliza el quehacer político en las escuelas de derecho, ciencias políticas, creo que está mucho más repartido y mientras más este repartido menos miope serán las soluciones políticas que se propongan.

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Una imagen reciente del Congreso de la República de Guatemala parece traer a colación esta reflexión. Mientras la reforma Constitucional de la Justicia guatemalteca se votaba en el Legislativo el pasado 28 de noviembre, que incluía reformas en la conformación de las cortes y el reconocimiento del pluralismo jurídico, solo autoridades indígenas y activistas de movimientos ciudadanos y organizaciones sociales presionaban a los diputados. En las afueras una ONG vinculada a un excongresista y otro pequeño grupo con una demanda de vivienda.

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¿Ves realmente interés, en tu contacto con dirigentes estudiantiles y otros, de dar el paso a la experiencia política?

Veo que quieren seguir formándose de experiencias hermanas, primas del continente, y tienen la curiosidad por lo que estamos haciendo, nada puede ser un calco y copia. Pero creo que hay interés por dar ese paso, algo muy lógico ir de la demanda específica actual, donde hay una injusticia en este caso la corrupción. Creo que es muy notorio, muy evidente que la corrupción no es la enfermedad, es solo un síntoma. Lo que vi hoy es que tienen más que diagnosticado que no basta con curar este síntoma, que sigue estando, si no que la enfermedad es más estructural y requieren de una organización con la que todavía no cuentan, pero lo bueno es que tiene hambre, quieren encontrarlo, construirlo y eso es bien estimulante.

Este es el problema de estas sociedades neoliberales que nos quitan la ciudadanía para dejarnos como meros consumidores. Eso somos, un número que consume, ya sea en el sector privado o en los servicios sociales, no somos entendidos como ciudadanos, cuando voy a un sector a hablar de política lo que me dicen muchas veces es: “¿Bueno, pero qué me das? ¿Qué me ofreces?”. Yo le digo: “bueno te quiero dar dignidad, no traigo ni una torta, ni un regalo, solo te traigo dignidad”. Y en algunos engancha, hay un germen familiar, histórico que hace a la gente poner los pies en la tierra, pero en general cuesta. No los culpo, pero son de alguna forma también responsables del clientelismo. Hasta ahora hemos perdido esa batalla, pero lo de 2011 en Chile, el 2015 en Guatemala, hace pensar de que hay tierra fértil para poder sembrar.

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Ahora que nos movemos en entornos digitales los dueños de esos códigos son los hackers, los audiovisualistas que logran conectar con las emociones.