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Elites: el Gobierno que no se ve

El mundo asiste a la expansión nunca antes vista de los intereses e influencia política de las grandes transnacionales sobre instituciones multilaterales.
Los think tanks globales, sus referentes nacionales, las organizaciones de Responsabilidad Social Empresarial, y las cúpulas empresariales son un conjunto central. En este ámbito entra el poderoso flujo de recursos que se acopian en las grandes coaliciones globales y nacionales de filantropía que manejan ya más recursos que toda la cooperación mundial al desarrollo originada en recursos públicos.
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Elites: el Gobierno que no se ve

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Historia completa Temas clave

A finales de febrero, el politólogo Fernando Valdez, especializado en el estudio de las elites económicas guatemaltecas, publicó El gobierno de las elites globales: Cómo se organiza el consentimiento. La experiencia del triángulo norte, un libro clave, a juicio Benedicte Bull, otra especialista en el área, para comprender a las elites centroamericanas, cómo funcionan en red entre sí y con el resto del mundo, y cómo construyen una institucionalidad destinada a que los ciudadanos acepten una estructura de mando y control: a que consientan, no a que consensúen. Este ensayo fue el que Valdez leyó durante la presentación del volumen.

Redes-lateral

El capitalismo de hoy y los emprendedores

Cuando vemos todo lo que nos rodea, material o inmaterial, creado por el ser humano, no podemos dejar de admirar la inventiva desplegada a lo largo de miles de años. Es la historia de la humanidad. Por la inventiva, por el trabajo, por el emprendimiento, la humanidad ha sobrevivido y se ha adaptado.

Ese fenómeno forma parte de la impetuosa gesta de la humanidad, una gesta que incluye –¿pudo ser de otra manera?– también una historia de guerras, saqueos e iniquidades. Pero no es sólo la historia de ellos, los empresarios como sujetos. Es la historia de todos los que concurren primariamente en los procesos productivos y crean juntos la riqueza: trabajadores y empleadores, y la historia y circunstancias que los rodea.

En El burgués. Introducción a la historia espiritual del hombre económico moderno, Werner Sombart narró las riquezas que acumularon los “empresarios guerreros,” aquellos especialmente dispuestos a empresas violentas a gran escala, como la piratería, y a los que distingue de los que pacíficamente se dedicaban al comercio. Dijo de los primeros que “lo que sabemos de su manera de hacer negocios lleva todo el sello de empresas violentas, basadas en la idea de que también el éxito económico ha de conseguirse con la espada.”

Ignoro, como todo el mundo, si el capitalismo tal como lo conocemos hoy (intrínsecamente concentrador, productor de iniquidades a escala global, de tendencia irresponsable ante el medio ambiente, y proclive a cosificar todo, pero también, a la vez, detonador de la revolución científica, tecnológica e informática que vivimos), desaparecerá de la faz de la tierra.

Lo que es posible documentar es que lo que se conoce como “emprendedurismo” (así se llama desde el siglo pasado a la iniciativa de los individuos) es algo constatable en todas las culturas, como la existencia de los mercados, al menos desde la Edad de Piedra.

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En Guatemala entre los emprendedores notabilísmos que podemos citar se encuentra Carlos Paiz Ayala, sin riqueza heredada, devenido huérfano muy tempranamente, y en sus inicios vendedor de piezas de cuero al detalle. En medio de la feroz batalla que supone la globalización para las empresas no globales, la empresa de la familia Paiz fue comprada por Walmart a inicios de la década del 2000 cuando era ya un negocio regional. Almacenes Paiz surgió en 1952 como una pequeña tienda con el financiamiento de empleados y clientes, y se convirtió en pionera en el país por sus avanzadas políticas redistributivas: reparto de utilidades a los trabajadores, fondo de retiro, planes de préstamo para vivienda entre otras prestaciones. Esa historia quedó en el pasado.

Gobernanza global y democracia internacional

Hoy, el poderío financiero de las empresas globales y fondos de inversión es tal, que llegan a manejar recursos muy superiores a los que poseen países enteros. Apple “vale más” en la bolsa de valores que todo el PIB de Suecia; o Nike, más que el de Paraguay; la Ford más que el de Marruecos, la General Motors más que el PIB de Nueva Zelanda; o Walmart, más que el PIB de uno de los países más desarrollados e igualitarios del mundo: Noruega. Con más de 2 millones de empleados, 245 millones de clientes a la semana, y ventas por US 473 billones, representa más de un tercio de la población económicamente activa de un país como Guatemala; más del 63% de Honduras y más el 75% de El Salvador.

Hoy vivimos otro capitalismo. Es el que se mueve para construir la gobernanza global. Uno en el que existen poderosos obstáculos para que pueda florecer el emprendimiento privado a gran escala. A la concentración de la riqueza nunca antes vista (el 1% controlando el 50%), que obstaculiza la expansión de las micro, medianas y pequeñas empresas, se agrega la proliferación de carteles, monopolios, evasión fiscal a gran escala, y toda suerte de recursos no competitivos e ilegales, propios del “capitalismo de amiguetes” que practican muchísimas trasnacionales y no pocos bancos globales.

El mundo asiste a la expansión nunca antes vista de los intereses e influencia política de las grandes transnacionales sobre instituciones multilaterales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico –OCDE–, Naciones Unidas, el Banco Africano para el Desarrollo, o estructuras militares globales como el Tratado del Atlántico Norte, –OTAN–, pero también sobre países altamente desarrollados. Lo novedoso está en la conjunción de los dos fenómenos: la concentración de la riqueza y el control progresivo de las instituciones internacionales.

 

Cuando hablamos del “gobierno de las elites globales” no hablamos de conspiraciones ni estructuras secretas. El tema de los poderes “mundiales” de las elites globales ha sido materia de innumerables estudios que les atribuyen en algunos casos, literalmente, el “gobierno del planeta” a un puñado de empresas. Nada de eso se puede probar empíricamente.

Unos ejemplos: el Bilderberg Group, la Comisión Trilateral, el Club de Roma, el G–7, el FMI, el Banco Mundial, o a escala continental la American Society/Council of the Americas –COA–, o el Instituto para la Finanzas Internacionales, basado en Washington e integrado por 500 de los más grandes bancos, financieras, aseguradoras, fondos soberanos y corporaciones multinacionales que articulan y controlan gran parte de las finanzas del mundo.

Lo que observamos, en realidad, son instancias multilaterales, intergubernamentales, cuya cúspide son Naciones Unidas en el mundo o la Unión Europea en Europa, que, regidas por el derecho público internacional, viven un relativo pero evidente desplazamiento por empresas globales y sus entornos de expertos, y por el derecho privado internacional que las enmarca. Ese desplazamiento, sin embargo, nunca podrá ser total por razones de complementariedad funcional.

Desde los años setenta del siglo pasado, Susan Strange, creadora del concepto Capitalismo de Casino, explicaba cómo las fuerzas del mercado global abrían un peligrosa zanja entre el poder territorial de los estados–nación y las débiles fuerzas de la cooperación intergubernamental, dejando “carta blanca” a la actuación de aquel con todas sus consecuencias sobre las relaciones internacionales y el desarrollo.

Decía además, que las “fuerzas globalizadoras estaban desarrollando espacios donde el impulso rector de la gobernanza ya no provenía de las autoridades públicas, puesto que los Estados habían cedido espacios de competencia política en la esfera internacional a los actores privados”.

Laura Albareda completa la idea: “La gobernanza privada transnacional surge cuando diferentes actores privados cooperan en espacios transnacionales para establecer regulaciones y estándares que son aceptados como legítimos por los agentes que no están implicados en su definición.

En el 2001, Kofi Annan, entonces secretario general de Naciones Unidas, presentó el más importante instrumento estratégico de “gobernanza global público–privada”: el Pacto Mundial de Naciones Unidas para propiciar alianzas en materia de responsabilidad social corporativa entre gobiernos y la comunidad internacional. Siete años después, en el 2008, Klaus Schwab, empresario, presidente ejecutivo y fundador del Foro Económico Mundial, considerado el más importante foro promotor de la cultura de acuerdos público–privados, publicó en Foreign Affairs un artículo donde afirma que las empresas deben coordinar su actuación para mejorar sus resultados a través del partenariado y la colaboración con los gobiernos y la sociedad civil global, según recuerda Albareda. Ese mismo año el Foro Económico Mundial presentó en su asamblea los documentos conceptuales que dan el marco para que ambos mundos, el de Naciones Unidas, y las mil trasnacionales que gobiernan el Foro, trabajaran complementariamente.

Así lo hacen en varios ámbitos, dos de ellos, de alcance estratégico: el calentamiento global y las desigualdades económicas.

Hegemonía, consenso, consentimiento y las elites globales

La forma en que operan las elites globales a través de mecanismos como el Foro Económico Mundial y toda la filosofía de Ciudadanía Corportiva (que documentamos en detalle para el caso del Triángulo Norte) son los fenómenos que nos llevaron a aplicar el término consentimiento. Grossberg dice que “la hegemonía se refiere a la construcción del consentimiento y no, o no tanto, del consenso”; y que “la hegemonía se trata menos de la construcción de un sentido de unidad, y más, en cambio de aceptar una estructura de mando y control.”

En el consentimiento, los intelectuales y las instituciones privadas –pero también las públicas– desempeñan un papel central en el mediano y largo plazo. En los consensos son sobre todo las elites políticas y líderes gremiales los mayores protagonistas, actuando sobre las coyunturas.

El consenso está “inscrito en el área del acuerdo social”. Alude a la integración y al conflicto social. El consentimiento opera como la aceptación tácita o expresa, activa o no, y va dándose sutilmente, penetrando en los valores de sujetos y colectivos de los diversos grupos sociales mediane la televisión, la radio, las escuelas, las iglesias, y contemporáneamente las redes sociales.

Pero también mediante el derecho y los contratos, donde las partes –se supone– concurren libremente y, como iguales, “consienten” unos hechos.

Desde el punto de vista de la ciencia política la fórmula del poder es:

Sin consentimiento: A ejerce poder sobre B, cuando A afecta a B de manera contraria a los intereses de B.”

Con consentimiento: B acepta autónomamente las razones de A, de suerte que uno se inclina a decir que no es A, sino las razones de A, o la aceptación de estas por B, la causa de que B cambie de rumbo.

Eso es persuasión, creación de consentimiento, suponiendo que las decisiones se toman en condiciones de autonomía.

El caso del Foro Económico Mundial es extraordinario: mil de las mayores empresas del mundo “enredadas” con 200 universidades, una sofisticada red de líderes políticos y militares, crecientemente conectados a su vez con miembros de la elite en sus países, que son generalmente además, miembros de grupos regionales influyentes, han logrado que instancias mundiales como la Organización de Naciones Unidas, justamente el lugar concebido para construir consensos globales, vaya siendo relegada en algunos de sus ámbitos. En el Foro Económico Mundial se libraron en el pasado negociaciones sobre una de las tantas crisis entre Israel y Palestina; o ante los frecuentes fracasos de las discusiones del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT).

Las decisiones del Foro no son vinculantes. Esto poco importa para los efectos prácticos, como las evidencias lo demuestran y la propia ONU lo sabe. El mismo fundador y líder indiscutible del Foro desde su fundación, Klaus Schwab, lo ha dicho con total claridad en la entrevista que dio el pasado mes de septiembre a Neil Parmar, del The Wal Street Journal:

WSJ: A través de los años, el Foro ha tomado crédito de haber resuelto algunas de las disputas entre naciones como Alemania del Este y Alemania de Oeste, Corea del Norte y Corea del Sur, y Grecia y Turquía. Se ven algunas tensiones renovadas al día de hoy. ¿En qué se enfocan para acordar los tratados de paz?

KS: El ambiente es un poco distinto de, por ejemplo, la década de los ochentas y de los noventas. En esas épocas, usualmente se tenía que lidiar con una situación que estaba conformada por dos grupos, o dos personas, y era posible construir puentes –como cuando el antiguo líder palestino Yasser Arafat y el ex presidente israelí Shimon Peres vinieron por primera vez a Davos en 1994. Se vivió la famosa escena en la que subieron, codo a codo, juntos al escenario...

Lo que ha cambiado es que hacemos estas reuniones en una forma más discreta, y las hacemos en una forma en la que se pueda integrar a todas las partes interesadas. Por ejemplo, este año en Davos tuvimos una reunión sobre Siria, tratando de preparar a las partes en silencio, sin publicitarlo, para la Segunda Conferencia de Paz de Ginebra, la cual desafortunadamente no tuvo éxito.

WSJ: ¿Considera que están teniendo éxito en ciertas regiones en términos de ayudar a resolver las discusiones?

KS: Nos gustaría ser mucho más exitosos. Al día de hoy la situación es muy compleja, y estamos operando en un mundo que se ha vuelto mucho más fragmentado, mucho más egoísta, mucho más populista, mucho más nacionalista, así que es más difícil operar. Pero inmediatamente agregaría que una organización como el Foro es mucho más necesaria, porque otras organizaciones globales multilaterales o la ONU son gobernadas por cuerpos que representan intereses nacionales, así que la toma de decisiones es basada en ‘¿cómo puedo sacar el mejor partido para mi país?’. En cambio, en el Foro podemos darnos el lujo de decir que nuestro marco de trabajo, nuestro principio guía, es (decidir) ‘lo que es mejor para el mundo’.

Más claro imposible. Ese es el gran marco que nos ubica en la idea del gobierno de las elites.

 

Pero la globalización como la entendemos incluye necesariamente lo local. Por ello usamos el concepto de la glocalización, que supone una perspectiva dialéctica. Dice Ronald Robertson, que lo acuñó:

“he tratado de ir más allá de la inclinación a tomar la idea de globalización como opuesta a la de localización…he mantenido que la globalización –la compresión del mundo en el más amplio sentido– ha implicado y sigue implicando de manera creciente la creación e incorporación de la localidad, procesos que, a su vez, configuran ampliamente la comprensión del mundo como un todo.”

Sólo como investigación cultural “glocal”, dice, “resulta empíricamente posible” la investigación de asuntos como “la industria, la técnica, la desigualdad, y la política”, y deviene en necesaria la sociología de la globalización.

El éxito de la organización del consentimiento supone una institucionalidad global, con sus discrepancias y contradicciones: no es una operación lineal. En el libro describimos la institucionalidad público–privada para la organización del consentimiento en el Triángulo Norte y sus conexiones glocales.

En ese mecanismo institucionalizado los think tanks globales, sus referentes nacionales, las organizaciones de Responsabilidad Social Empresarial, y las cúpulas empresariales son un conjunto central. En este ámbito entra el poderoso flujo de recursos que se acopian en las grandes coaliciones globales y nacionales de filantropía que manejan ya más recursos que toda la cooperación mundial al desarrollo originada en recursos públicos.

AID, Triángulo Norte, Fedepricap y la agenda progresista pendiente

En el libro se examina la estrategia regional de la estadounidense Agencia Internacional para el Desarrollo –AID– en las últimas décadas. Incluía influir en las organizaciones y cúpulas de Centroamérica y dar asesoría para crear centros de pensamiento. AID es un jugador mundial con múltiples conexiones con think tanks globales, con transnacionales diversas, con instituciones multilaterales y con grupos de trabajo del Foro Económico Mundial.

El núcleo de la estrategia de la AID para los años ochenta era conseguir que estas organizaciones fueran reconocidas por la sociedad y técnicamente capaces de dirigir los cambios:

1- que contribuyeran a desarrollar conocimientos y destrezas para apuntalar las exportaciones no tradicionales,

2- que rompieran los obstáculos para la economía de mercado,

3- que formularan política pública, legislación y los acuerdos gubernamentales necesarios,

4- que después, encabezaran su objetivo cúspide: la promoción de proyectos de país –las macro reglas de largo plazo– que enmarcaran unos contenidos y unos procedimientos impermeables a la llegada al gobierno de fuerzas políticas incluso del ámbito de las izquierdas.

Y 5- que lograran cambiar su imagen elitista, excesivamente politizada y defensora de un único sector, y se volvieran aptas para articulaciones sociales diversas con las cuales construir hegemonía cultural.

Pero los resultados 25 años después hablan por sí mismos.

Esta es la red del poder glocal en el TN, que resume una realidad muchísimo más compleja.

La red incluye cuarenta y cinco instituciones. Las conexiones y sus móviles, parte del objeto de nuestro estudio, explican su presencia en la estructura. En el proceso de investigación encontramos una multitud centros de pensamiento, de trasnacionales, de organizaciones de Responsabilidad Social Empresarial, que no hemos incluido. Aparecen las que encontramos con más conexiones con el Triángulo Norte y guardan relación más directa –aunque esto no siempre es fácil de hacer evidente–, con el objetivo de identificar relaciones de grupos económicos regionalizados y centros de pensamiento nacionales y regionales, con las estructuras del poder global. Tanto del capital y sus redes globales de filantropía como de think tanks globales. Todo ello, resume nuestra idea del gobierno de las elites globales y cómo se organiza el consentimiento.

Corolario

En 1990, reunidos en Honduras la Federación de Entidades Privadas de Centroamérica, Panamá y República Dominicana (Fedepricap) suscribió el más avanzado de sus comunicados cuando afirmó que

“El reto de la modernización y de la transformación productiva se apuntala en estrategias de mayor apertura externa y de mayor participación de los sectores privados; se inscribe dentro de una concepción integral del desarrollo de nuestros pueblos que deberá además incluir:

A. Un ataque frontal a las situaciones de pobreza extrema. B. La incorporación creciente de los avances científicos y tecnológicos a los procesos productivos. C. Un manejo racional de los recursos naturales que conserve los ecosistemas y preserve la biodiversidad. D. Políticas educativas decididas de formación de los recursos humanos de acuerdo con las nuevas necesidades del desarrollo económico. E. Estrategias educativas y culturales que fortalezcan y consoliden los mejores elementos de la identidad nacional y de la región como un todo en el marco de una búsqueda continua de eficiencia y de afianzamiento de los valores democráticos y humanistas”.

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Resulta cada vez vez más claro que un requisito ético del desarrollo y de las nuevas definiciones de eficiencia es la creación de amplios mecanismos de participación de los distintos sectores que componen la sociedad, en una verdadera incorporación de la sociedad civil a la toma de las decisiones públicas.

Y concluían: la participación es un vehículo de realización individual y de grupos y una realización de la democracia; es también un prerrequisito de la flexibilidad y la capacidad de adaptación a las situaciones y los mercados cambiantes, así como un instrumento formidable para generar y difundir la convicción de un destino común.

“La convicción en un destino común”. No se pudo. A pesar de los avances en la organización del consentimiento, a su favor, las elites son socialmente cuestionadas porque el deterioro social generalizado rodea la apabullante opulencia: 1025 personas controlan en 75% del PIB en CA.

Es evidente. El mundo necesita rescatar, o mejor todavía, rehacer sus instituciones políticas globales con liderazgos legítimos, independientes. Bienvenidos los emprendedores, bienvenida la cooperación público–privada, pero cada cosa en su lugar. Por la salud “literal” del planeta, por la salud de la democracia y el desarrollo, la gobernanza privada no puede ni debe sustituir a las instituciones internacionales que a toda costa deben continuar regidas por el derecho público internacional.

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