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Dos Erres: El largo camino a la justicia (I)
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Dos Erres: El largo camino a la justicia (I)

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En los días especiales, la maestra Lesbia Tesucún sacaba su cámara fotográfica y retrataba a los niños, imágenes que hoy se encuentran en la oficina de la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos de Guatemala (Famdegua) como recuerdo de una generación que representaba el porvenir de Dos Erres y a la cual le arrancaron la vida a golpes.
Eran aproximadamente veinte. Uno de ellos, con el rostro cubierto con un pañuelo negro, se separó del pelotón, lo agarró del hombro y le advirtió: “Que se salga la familia Martínez lo antes posible porque toda esta gente va a ser quemada”.
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Tiempo aproximado de lectura: 35 mins

En 1979, Juan Pablo Arévalo excavó un pozo en su parcela, sin saber que estaba cavando su propia tumba. Su hijo Saúl, de 54 años, se quita los lentes, se los coloca detrás de la cabeza y señala con el dedo índice el lugar donde se encontraba el pozo Arévalo donde su padre, para la desilusión de todos los vecinos, nunca halló agua. Quince años más tarde, en 1994, un equipo de antropólogos forenses argentinos extraería de ese pozo, una por una, las osamentas de 162 habitantes del parcelamiento, entre ellas, las de Juan Pablo Arévalo y dos de sus hijos.

I

Hoy, el parcelamiento de Dos Erres, en Las Cruces, Petén, donde ocurrió una de las masacres más atroces del conflicto armado interno, es una llanura inmensa, bordeada con alambre de púas, donde pasta apaciblemente un hato de reses. Han desaparecido las enormes milpas, los campos de frijol, de piña y de maní y donde antes comenzaba la vereda para ingresar al terreno hay un portón metálico despintado con las palabras “Finca Los Conacastes. Propiedad Privada”.

El pozo donde que...

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