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Dos Erres: El largo camino a la justicia (I)

En los días especiales, la maestra Lesbia Tesucún sacaba su cámara fotográfica y retrataba a los niños, imágenes que hoy se encuentran en la oficina de la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos de Guatemala (Famdegua) como recuerdo de una generación que representaba el porvenir de Dos Erres y a la cual le arrancaron la vida a golpes.
Eran aproximadamente veinte. Uno de ellos, con el rostro cubierto con un pañuelo negro, se separó del pelotón, lo agarró del hombro y le advirtió: “Que se salga la familia Martínez lo antes posible porque toda esta gente va a ser quemada”.
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Dos Erres: El largo camino a la justicia (I)

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En 1979, Juan Pablo Arévalo excavó un pozo en su parcela, sin saber que estaba cavando su propia tumba. Su hijo Saúl, de 54 años, se quita los lentes, se los coloca detrás de la cabeza y señala con el dedo índice el lugar donde se encontraba el pozo Arévalo donde su padre, para la desilusión de todos los vecinos, nunca halló agua. Quince años más tarde, en 1994, un equipo de antropólogos forenses argentinos extraería de ese pozo, una por una, las osamentas de 162 habitantes del parcelamiento, entre ellas, las de Juan Pablo Arévalo y dos de sus hijos.

Redes-lateral

I

Hoy, el parcelamiento de Dos Erres, en Las Cruces, Petén, donde ocurrió una de las masacres más atroces del conflicto armado interno, es una llanura inmensa, bordeada con alambre de púas, donde pasta apaciblemente un hato de reses. Han desaparecido las enormes milpas, los campos de frijol, de piña y de maní y donde antes comenzaba la vereda para ingresar al terreno hay un portón metálico despintado con las palabras “Finca Los Conacastes. Propiedad Privada”.

El pozo donde quedó sepultado Juan Pablo Arévalo junto con sus familiares, vecinos y amigos, ya no existe. En su lugar hay dos crucecitas blancas, colocadas discretamente para no atraer la mirada de la familia Mendoza, ahora dueña del lugar, y señalada, desde hace años, como uno de los mayores carteles del narcotráfico en Guatemala.

Pero ni los cambios que ha sufrido el lugar, ni el paso de los años han logrado desdibujar el mapa mental que Saúl conserva del parcelamiento, y señala con precisión dónde se encontraban las dos iglesias, una católica y otra evangélica, la escuela, su casa y la de sus vecinos.

El segundo apellido de Federico Aquino Ruano junto con el primer apellido de su primo, Marco Reyes, fueron las “erres” que le dieron su nombre a la comunidad.

Si hoy en día Dos Erres es un lugar remoto -al que se arriba después de un viaje de casi tres horas en microbús de Flores, capital departamental de Petén, a Las Cruces, más otro trayecto de casi una hora en pickup por un abrupto camino de terracería- a inicios de los años 70, era, como se dice popularmente en Guatemala, el lugar “donde el diablo dejó tirado el caite”, una espesa y calurosa selva tropical donde los primeros pobladores tuvieron que abrirse paso con machete en mano.

A finales de 2011, Las Cruces se convirtió en el municipio 334 de Guatemala, pero en aquellos años era parte del municipio de La Libertad, por el cual pasan dos grandes carreteras que van del centro de Petén a la frontera oeste con México. Lo normal era que las nuevas poblaciones se establecieran a ambas orillas de la carretera. Pero Dos Erres, en el corazón de la selva y alejado de las carreteras, era la excepción.

Juan Pablo Arévalo y Federico Aquino Ruano, o Don Lico, como lo llamaban sus vecinos, habían vivido juntos en La Máquina, en Retalhuleu. Don Federico fue el patriarca de la tierra prometida que él y sus paisanos creyeron haber encontrado en Dos Erres, donde, desde 1966, la agencia gubernamental Fomento y Desarrollo de Petén (FYDEP), había comenzado a llevar migrantes de los departamentos del oriente y sur del país. Con la fundación de aldeas y cooperativas campesinas, el gobierno pretendía comenzar a colonizar el Petén, que era, y sigue siendo, uno de los departamentos más alejados y olvidados por el Estado de Guatemala.

Pero además de la colonización ordenada, la noticia de que en Petén había grandes extensiones sin cultivar, había llegado a oídos de muchos campesinos pobres, quienes llegaron, como los vaqueros del oeste de las películas norteamericanas, a clavar una estaca en la tierra para convertirla en su propiedad.

Fue así como llegaron Federico Aquino Ruano y Marco Reyes, quienes se convirtieron en los “encargados” de Dos Erres, como se refería la gente a los colonizadores a quienes el FYDEP había encomendado la tarea de parcelar un terreno. Para ello habían adoptado el método de dividir los terrenos, numerarlas de manera sucesiva y sortearlas entre las familias que llegaban, de manera que nadie pudiera alegar que se habían distribuido en base a favoritismos personales.

Los terrenos se medían a ojo y no se utilizaba un registro de medidas. En ese proceso desordenado de colonización en el Petén, cada líder comunitario tenía su propia manera de distribuir las tierras.En otras parcelas,simplemente llegaba la gente y agarraba su pedazo, motivo por el cual la distribución de las parcelas se conocía como “las agarradas”. En el caso de Dos Erres se rifaban las tierras.

Cuando Juan Pablo Arévalo escuchó hablar de la nueva comunidad de Dos Erres, no dudó en empacar sus pertenencias y llevarse a su familia a Las Cruces, que en aquel entonces era una aldea de 20 casas, con una escuelita con paredes de guano y una cancha de fútbol. Allí dejó a su esposa mientras emprendía la ardua tarea de ir limpiando su nueva parcela en Dos Erres, hasta que cinco años más tarde, logró construir un rancho.

Así solían hacer la mayoría de los colonizadores: dejaban a sus familias en Las Cruces, y poco a poco iban migrando de forma parcial a los nuevos caseríos y aldeas como Josefinos, Palestina y Dos Erres.

“En Dos Erres las parcelas medían dos o tres caballerías y albergaban a tres o cuatro familias mientras que en Retalhuleu no teníamos ni un pedacito de tierra”, explica Saúl.

Talar la selva sin motosierras ni vehículos era una hazaña de titanes. Con machete en mano se iban abriendo paso bajo el sol abrasador, espantando de vez en cuando a los zancudos que portaban enfermedades como el dengue, la malaria o el paludismo.

Primero tenían que dormir a la intemperie, sobre unos costales y luego comenzaban a erigir champas que se convertían en ranchos con piso de tierra, techo de paja y paredes de caña amarradas con travesaños de madera. Por dentro, los campesinos cubrían las paredes de cartón o nylon para resguardarse de los elementos. Afuera, en el patio, colocaban el comal para hacer las tortillas.

Los sobrevivientes de la masacre recuerdan a Don Federico Aquino Ruano como un hombre delgado y de baja estatura, a quien le gustaba fumar. Tenía una voz fuerte pero era un hombre tranquilo que trataba de solucionar los problemas de buena manera.

Al iniciar la década de los 80, habían llegado familias de Santa Rosa, Jutiapa, Retalhuleu y otros departamentos del oriente y de la costa sur. Dos Erres tenía un total de 745 habitantes y donde antes había selva, ahora había una abundancia de maíz, frijol, piña y maní y se criaban vacas, cerdos y gallinas. La cosecha era larga –duraba de septiembre a junio– y Saúl recuerda que su padre lograba cosechar unos 1,500 quintales anuales de maíz, que transportaba en su carreta hasta Las Cruces, donde llegaban los comerciantes en sus camiones.

Una señal de la creciente prosperidad del parcelamiento era que algunos campesinos habían comenzado a contratar manos extras que llegaban a “semanear” y trabajaban en la tapisca y otras labores.

El parcelamiento no tenía luz ni alcantarillado, ni puesto de salud y durante los primeros años tampoco había tenido agua, lo cual obligaba a los pobladores a ir caminando hasta Las Cruces para abastecerse. Pero eso cambió en 1978 cuando Don Federico construyó el pozo Ruano, el cual no tardó en convertirse en el punto de reunión de los vecinos, quienes llegaban desde temprano en la mañana para llenar sus cántaros de plástico.

Un año después, con la esperanza de encontrar una segunda fuente de agua, el padre de Saúl había comenzado a cavar otro pozo de 21 metros, pero jamás encontró agua.

II

Con cara de susto y fatiga por el largo viaje que había hecho desde Flores, Lesbia Tesucún parecía una muchachita que se había perdido en el monte y no la primera maestra que el Ministerio de Educación le asignaba a Dos Erres.

Llegó en junio de 1980, montada en el tractor de Don Gamaliel, un agricultor del parcelamiento, acompañada de su madre, quien estaba preocupada por la suerte que podía correr su hija en aquel lugar tan lejano, y cargando una pequeña maleta con una hamaca, un poco de ropa y unos libros. Tenía 18 años, acababa de graduarse y era la primera vez que dejaba la casa de sus padres.

En el camino, presa del pánico, las lágrimas resbalaban por su carita redonda mientras se aferraba al asiento con todas sus fuerzas, aterrada por la posibilidad de caerse cada vez que el tractor se hundía en un enorme bache.

“Don Lalo, aquí le traigo a la maestra”, dijo Don Gamaliel, cuando llegó a la casa de Estanislao Galicia. “Qué bueno que vino. No pensé que nos fueran a mandar una maestra”, respondió el pastor, quien tomó la maleta de la muchacha y la condujo hasta la habitación donde dormiría.

Dos Erres había conseguido una maestra pero no tenía escuela, un problema fácil de resolver. Al día siguiente, Don Lalo, llamó a los vecinos y los puso a trabajar. Mientras que unos cortaban leña, otros fueron a traer láminas para el techo y en menos de cinco días habían construido una galera rudimentaria con piso de tierra y troncos que fungían como asientos para los treinta niños, de diferentes edades que llegaron puntualmente a las 7 de la mañana, a recibir su primera clase.

Los alumnos de Dos Erres tenían pocos recursos, jamás habían asistido a la escuela, algunos tenían que caminar una hora para llegar a clases, y había una sola aula para todos, a pesar de que tenían diferentes edades. Pero eran estudiosos y al finalizar el año, la mayoría había aprendido a leer y escribir.

Lesbia pronto se integró a la comunidad que la había recibido con los brazos abiertos y en sus ratos libres se entretenía jugando con los niños de Don Lalo y Doña Fina.

En los días especiales, como el Día de la Independencia o el Día de la Madre, sacaba su cámara fotográfica y retrataba a los niños, imágenes que hoy se encuentran en la oficina de la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos de Guatemala (Famdegua) como recuerdo de una generación que representaba el porvenir de Dos Erres y a la cual le arrancaron la vida a golpes. Una generación truncada que fue arrojada a las profundidades de un pozo.

III

Dos Erres era un lugar tranquilo, casi idílico, pero la sombra de la guerra acechaba como un ave de mal agüero. Cuando los habitantes de Dos Erres iban a Las Cruces para vender sus productos y abastecerse de víveres, los soldados, en los puestos de registro, les exigían sus documentos y todo aquel que no se identificara corría el riesgo de ser desaparecido.

Si alguien sacaba más de un tonel de agua del pozo los soldados le preguntaban por qué necesitaba tal cantidad de agua y a quién iba a dársela, infiriendo que el líquido estaba siendo suministrado a los grupos subversivos, y a las vendedoras que iban a Las Cruces les registraban hasta las tortillas.

Además, en el parcelamiento ningún mayor de 15 años se libraba de caminar durante tres horas hasta Las Cruces, donde a regañadientes, agarraba el fusil y se integraba a la Patrulla de Autodefensa Civil (PAC), fuerzas paramilitares creadas en 1982 por el gobierno de facto de Efraín Ríos Montt, para apoyar al Ejército en el combate a la guerrilla.

Los hombres detestaban esta tarea. Además de que parecía inútil e innecesaria, ya que nadie había visto guerrilleros en Las Cruces, mucho menos en Dos Erres. Cumplir con extenuantes turnos de 12 horas -de las seis de la mañana hasta las seis de la tarde- los obligaba a dejar desprotegido su hogar. Pero ni siquiera los ancianos que caminaban encorvados y padecían de sordera se libraban. Todos tenían que patrullar, aunque se encontraran postrados en la cama con fiebre, ya que quien desobedecía se exponía a ser señalado como un simpatizante de la guerrilla.

Y eso era lo peor que le podía pasar a alguien. Significaba ser interceptado en el camino por una mano invisible y desaparecer sin dejar rastro alguno.

En ese clima de terror y paranoia, una forma común de poner fin a las rencillas con un vecino era susurrar al oído del subteniente Carlos Antonio Carías, jefe del destacamento, que tal o cual persona era simpatizante de la guerrilla. Sin mayores averiguaciones, esa persona jamás volvía a ser vista.

Ricardo Martínez González era uno de esos hombres que se veía obligado a patrullar y que sabía muy bien que al Ejército no se le contradecía.

Un día, en el camino a Las Cruces, fue interceptado por unos soldados, uno de los cuales caminaba descalzo. Le cortaron el paso y le exigieron que les trajera de inmediato un par de botas de talla 40 o de lo contrario su familia sufriría las consecuencias.

El joven se fue corriendo al mercado, llegó sin aliento al puesto de calzado y le explicó al vendedor lo que le habían exigido. Sin dinero para pagar las botas tuvo que pedir fiado y se dio a la tarea de buscar a los soldados, temiendo lo que podía acaecerle a sus hijos si no cumplía a tiempo con el mandado. Preguntando aquí y allá, logró ubicar nuevamente a los soldados y les entregó las botas. No le dieron ni las gracias, mucho menos el dinero para pagarlas.

Ricardo llevaba diez años viviendo en el parcelamiento cuando tuvo que recoger apresuradamente sus pertenencias y abandonar sus tierras para nunca volver. Una madrugada de noviembre, en 1982, se encontraba junto al único pozo del parcela miento que contenía agua, jalando la cuerda para subir el cubo de agua, cuando vislumbró entre la maleza un grupo de soldados que se avecinaba.

Eran aproximadamente veinte. Uno de ellos, con el rostro cubierto con un pañuelo negro, se separó del pelotón, lo agarró del hombro y le advirtió: “Que se salga la familia Martínez lo antes posible porque toda esta gente va a ser quemada”. Ricardo debía salir cuanto antes con su esposa e hijos sin decirle nada a nadie si no quería correr la misma suerte que sus desafortunados vecinos.

Por la voz, Ricardo identificó que ese militar con el rostro encubierto era Faustino Castillo. Los padres de Ricardo le habían prestado dinero y él les devolvía el favor salvándole la vida a su hijo.

Pero Ricardo no quiso irse sin antes avisarle a su compadre Félix de la catástrofe que se avecinaba. Pero Don Félix decidió quedarse. Igual que sus vecinos, había escuchado que en abril los soldados habían sembrado terror en Josefinos, una aldea cercana a Las Cruces, prendiendo fuego a los ranchos y asesinando a 57 personas a golpes y disparos. Pero Félix y sus vecinos pensaban que no existía motivo alguno por el cual pudieran correr peligro las vidas de gente trabajadora sin ningún vínculo con la guerrilla. Creyeron, erróneamente, que el que nada debe nada teme.

IV

A empujones y con las manos amarradas, llevaban por delante al infeliz que habían elegido para mostrarles el camino a Dos Erres. Iban a limpiar el camino y a exterminar a todo ser viviente que encontraran a su paso en esa aldea “roja”. Por algo la operación ordenada por el teniente kaibil Roberto Aníbal Rivera Martínez se llamaba “La Chapeadora”, que significa, “la que limpia la tierra con el machete”.

A la vanguardia, como siempre, iba el grupo de asalto – “los rematadores” – los más feroces y violentos, quienes gozaban de la confianza especial del teniente Rivera Martínez.

La orden que había recibido la Patrulla Especial Kaibil de 19 soldados más los 40 kaibiles de refuerzo, era entrar a Dos Erres bajo fuego enemigo. Esa gente se había negado a patrullar y en los puestos de registro habían interceptado carretones cargados con costales marcadas con las letras FAR, las siglas de las Fuerzas Armadas Rebeldes, y algo que los soldados tal vez ignoraban, las iniciales de Federico Aquino Ruano. Eso solo podía significar una cosa: esa gente apoyaba a la guerrilla y estaba escondiendo los 21 fusiles que las FAR les habían robado en octubre, durante la emboscada de San Diego.

Pero allí no se escuchó ni un disparo. Eran las tres de la madrugada y sólo el chirrido de los insectos nocturnos perforaba el silencio hasta que los 40 soldados kaibiles botaron las puertas y sacaron, a punta de fusil, a los campesinos aterrorizados.

Habían volteado camas y armarios pero los fusiles que tenían órdenes de recuperar no aparecían por ningún lado.

Una hora más tarde, habían registrado todos los ranchos y los hombres habían sido llevados a la escuela para ser interrogados mientras que las mujeres habían sido conducidas a la iglesia evangélica Asamblea de Dios.

El teniente Rivera Martínez ordenó al especialista Obdulio Sandoval, al subinstructor Alfonso Vicente Bulux, al cocinero Favio Pinzón, y a otros dos soldados, entre ellos uno que tenía un lunar en el pómulo izquierdo, que fueran a registrar las viviendas para asegurarse de que no quedara nadie.

V

María Juliana Hernández Morán sentía un profundo desasosiego mientras preparaba el desayuno. El día anterior, sus hijos Salomé Armando, de 11 años, y Ramiro, de 23, habían ido a Las Cruces, montados en una mula, para comprar medicina y víveres. No habían regresado y unos días antes habían escuchado una ráfaga de disparos.

Estaba absorta en esos pensamientos cuando la puerta de la casa se vino abajo estrepitosamente. Uniformes de color verde oliva, botas negras, la punta de un fusil Galil que le apuntaba a la sien.

“¡Hijos de la gran puta, les vamos a volar la tapa de los sesos!”, les gritaron. Los soldados que portaban plaquetas militares y pañuelos rojos en el brazo, con los cuales trataban de hacerse pasar por guerrilleros, bajo la lógica de que si la gente les daba de comer, obtendrían la prueba irrefutable de que eran enemigos de la patria que debían ser exterminados.

El cocinero Pinzón se quedó junto a la puerta y los otros cuatro entraron. Cuando una de las dos nueras de María Juliana comenzó a gritar, uno de los soldados le puso la punta del fusil en la boca para que se callara.

Tiraron al suelo la leche, la crema y las tortillas, sacaron la ropa de los armarios, y exigieron, con gritos e improperios que les entregaran las armas. “¡Ustedes son los que les dan comida a los que andan en la montaña!”, insistieron los soldados.

Golpeándola con el fusil, un soldado condujo a María Juliana al patio, le sumergió la cabeza en un cubo de agua y estuvo a punto de ahogarla.

Antes de irse, los soldados devoraron, como lobos hambrientos, la comida que no habían pisoteado y le pidieron a María Juliana agua para lavarse la cara. “Gracias señora”, le dijo uno de ellos con una sonrisa maligna. “Más tarde vamos a regresar y les vamos a dar agüita”.

Sandra Otilia, la hija menor de María Juliana, miró a los ojos al soldado del lunar en el pómulo izquierdo y le imploró: “Por favor, le encargo, si mira a mi hermano, se llama Ramiro….”, pero no le alcanzó la voz para terminar la frase.

A pesar de las vejaciones que sufrieron durante casi cuatro horas, la joven aún no había comprendido que aquellos soldados habían llegado para exterminarlos. Su padre, Meritón Gómez, siempre le había inculcado el respeto por el uniforme verde oliva de los militares y le decía que el Ejército era un honor porque cuidaba a todos los guatemaltecos.

VI

Convencidos de que tarde o temprano la gente hablaría, los kaibiles iban sacando a los hombres de la escuela, uno por uno, y a golpes les habían exigido que entregaran las armas. Pero fue inútil. A pesar de que los torturaron, colocándoles una soga al cuello y jalándola hasta que estuvieran a punto de asfixiarse, insistieron en que no las tenían.

A César Franco Ibáñez le habían ordenado que vigilara la puerta de la iglesia para asegurarse de que nadie se escapara y desde ahí vio llegar al teniente Adán Rosales Batres, de quien decían que tenía la costumbre de violar a las mujeres. Mujeres de todas las edades lloraban y pedían clemencia pero las sacaron de la iglesia jalándolas del cabello y las arrastraron entre la maleza, donde se abalanzaron sobre ellas como bestias salvajes, arrancando cabello, destrozando úteros infantiles, inyectando un esperma lleno de odio.

Como a las diez de la mañana, las obligaron a prepararles caldo de gallina y frijoles y antes de las doce se sentaron a almorzar. Mientras comían, César escuchó que entre los soldados se decía que ahora tocaba “vacunar a la gente”, lo cual le pareció sumamente extraño ya que a ellos no eran una patrulla de asuntos civiles.

Cuando terminaron de comer se disipó el misterio y comprendió lo que significaba “vacunar” en el léxico de aquellos seres engendrados por los campos de entrenamiento El Infierno y La Pólvora, donde les habían inculcado el lema “si avanzo sígueme, si me detengo aprémiame, si me detengo mátame”.

Ellos, los kaibiles, habían tenido que cruzar, nadando, un río lleno de cocodrilos, comerse todo lo que se mueve, ya sea hormigas, serpientes o el perro que habían adiestrado como mascota y habían visto morir a los débiles, aquellos que no pasaron la prueba de fuego y jamás salieron del infierno.

“Vacunar” para la patrulla kaibil significaba que un grupo de subinstructores se encargaría de traer a un grupo de gente y arrancarle a cada hombre, mujer, niño y anciano un jirón de tela de su vestimenta con la cual se le vendarían los ojos. Luego, los entregarían a otro grupo de soldados ubicados junto al pozo, quienes alzarían en el aire la pesada almágana que habían hallado entre los cántaros de agua y la dejarían caer sobre su cráneo. Los gemidos que aún emanaban del pozo serían apagados para siempre con una ráfaga de balas y la explosión de una granada de fragmentación.

Junto al pozo estaba el teniente Rivera Martínez y la mayoría de los subinstructores, entre ellos, Reyes CollinGualip, Manuel Pop Sun, Daniel Martínez Hernández, apodado por la patrulla como “el Burro”, y uno que tenía un lunar en el pómulo izquierdo.

VII

Escondido entre las raíces de un árbol, Salomé Armando, de 11 años, no podía dejar de pensar en su hermano Ramiro. Contuvo la respiración cuando escuchó que se acercaban los soldados. Cuando se acercaron más, se dio cuenta de que uno de ellos iba montado en el caballo de Ramiro y llevaba puesto su sombrero. “¡Ya terminamos con estos hijos de la gran puta!”, gritó uno de ellos, y en ese momento lo invadió la certeza de que jamás volvería a ver a su hermano.

Después de comprar los víveres y medicinas en Las Cruces, se encontraron a Don Ramiro Aldana en el camino a Dos Erres. Don Ramiro frecuentemente le compraba cosechas al papá de los muchachos y en esta ocasión les había encargado que fueran a casa de su tío Félix a traerle dos chompipes.

Habían recorrido el largo trecho de diez kilómetros para llegar a Dos Erres despreocupadamente, sin sospechar que encontrarían al tío Félix con el semblante desencajado, mientras los soldados sacaban sus pertenencias de armarios y gavetas y las tiraban al suelo.

Al verlos llegar, los soldados los habían obligado a desmontar y se los llevaron a la escuela, donde Salomé Armando se había sentado junto a Ramiro en uno de los troncos que los alumnos utilizaban como bancas.

Pero uno de los soldados lo había agarrado y le había gritado que ahí no querían niños y a empujones lo habían conducido a la iglesia, donde habían reunido a las mujeres y a los niños pequeños.

Allí encontró a su tía Evangelina, llorando. Las mujeres, aterradas, se arrodillaban frente al púlpito y le rogaban a Dios que las salvaran. El soldado con un pañuelo rojo en el cuello y un lunar en el pómulo izquierdo subió al púlpito y comenzó a gritar “¡Canten, canten!”, entre risotadas.

Los soldados las golpeaban y las iban sacando en pequeños grupos, para conducirlas al monte. Ellas se resistían y gritaban: “¡Si nos van a matar, mátennos aquí porque no somos perros para que nos maten en el monte!”.

A Salomé Armando lo sacaron con un grupo de mujeres y caminaba al frente del grupo, cerca del soldado que los conducía. Una mujer se rehusaba a caminar y el soldado volteó y la agarró del cabello, un movimiento que duró apenas unos segundos, y que el niño aprovechó para correr como nunca antes había corrido en su vida y tirarse bajo el árbol.

Pasaron horas y horas antes de que pudiera salir de su escondite. Durmió en una parcela y luego se encaminó a casa. Cuando ingresó a la parcela escuchó pasos fuertes y supo de inmediato que los soldados acababan de entrar a su casa. ¿Habían matado a sus padres? Decidió que si ese era el caso se entregaría a los soldados para que también lo mataran.

El niño llegó con la mirada absorta, los ojos rojos y los brazos y piernas cubiertos de picaduras de zancudo. Su madre cayó al suelo cuando dijo que habían matado a Ramiro. Perseguidos por la certeza de que los soldados regresarían para aniquilarlos también a ellos, salieron huyendo entre la maleza sin más pertenencias que la ropa que llevaban puesta.

VIII

En el rincón de la misma iglesia de la cual había escapado Salomé Armando había cuatro niños que se abrazaban llorando. Ramiro Cristales, el mayor, tenía cinco años. El sol aún no había despuntado cuando los soldados derribaron la puerta de su casa a patadas, sacaron de sus camas a sus papás y a sus seis hermanos, y amarraron a los varones del cuello, como si fueran animales. Detrás de ellos caminaba su mamá, quien portaba en brazos a su hermana más pequeña, de nueve meses.

A su papá y hermanos se los habían llevado en dirección a la escuela, mientras que a él le tocó irse con su mamá y hermanas a la iglesia. Un soldado entró, de repente, y les gritó: “¡Si saben orar, oren porque de esta nadie los va a salvar!”.

Los soldados iban sacando a las mujeres en pequeños grupos, empezando por las más jóvenes.
Cuando llegó el turno de su madre, el pequeño se aferró a su pierna pero una enorme bota negra lo alejó de un puntapié. La puerta se cerró y jamás la volvió a ver.

El niño se escondió bajo una banca y lloró y lloró hasta quedarse dormido. Cuando despertó, la iglesia estaba vacía.

VIX

A las seis de la tarde la masacre había terminado y Juan Pablo Arévalo y sus vecinos yacían en el pozo que con sus propias manos habían cavado, cubiertos con una capa de tierra fresca.

Como ahí no cabían más cadáveres los campesinos que iban llegando al parcelamiento fueron ajusticiados en La Aguada y Los Salazares, los nombres por los cuales se conocían los humedales que en invierno se convertían en lagunetas de agua estancada, donde se lavaba la ropa y se le daba de beber a los animales.

La consigna era que nadie debía salir de Dos Erres, aunque César Franco Ibáñez escuchó decir que un niño se les había escapado.

Al día siguiente, los kaibiles salieron de Dos Erres, llevándose a dos adolescentes, de unos 14 años, y a dos niños de 3 y 5 años que no respondieron cuando les preguntaron cómo se llamaban. No habían sido elegidos al azar para escapar del terror que llegó a las Dos Erres el 7 de diciembre de 1982. Hijos de campesinos de oriente, ambos eran de tez blanca y ojos claros, y eso, en un país profundamente racista que desprecia la piel cobriza del indígena, los salvó.

Siendo tan pequeños era posible que no se acordaran de sus padres, cuyos cadáveres yacían en el fondo del pozo, y que fueran aceptados por las familias de los dos tenientes a quienes serían entregados en adopción.

Esa noche, en el campamento, las muchachas fueron repetidamente violadas por los soldados.
Temprano en la mañana, el soldado que llevaba el pañuelo rojo amarrado al cuello y tenía un lunar en el pómulo izquierdo, agarró a una de las muchachas y le disparó delante de la tropa. “Así se mata a una persona”, dijo, con tono fanfarrón, como si estuviera exhibiendo una proeza. La otra joven también fue ejecutada y sus cuerpos quedaron tirados entre la maleza.

Unos días después, cuando ya habían salido de Dos Erres e iban camino a Santo Domingo para abastecerse de comida, señalando al guía con un gesto burlón, el teniente Ramírez Ramos dijo que tenía hambre y que se le antojaba comer carne. Dos kaibiles sujetaron al hombre mientras un tercero sacó su cuchillo y se lo hundió en el costado. En la selva reverberó un penetrante alarido que no parecía humano, pero el kaibil no se inmutó y con la misma destreza de un carnicero que destaza a un cerdo, le arrancó un pedazo de costilla.

Cuando le presentó a Ramírez Ramos el amasijo de carne sangrienta, el teniente soltó una carcajada y le dijo que era una broma. El kaibil, ligeramente desconcertado, señaló al hombre, que yacía en el suelo, inconsciente, y le preguntó qué debía hacer con él. Ramírez Ramos le respondió, con el tono de quien responde algo tan evidente que salta a la vista, que lo matara.

X

Escuchó una ráfaga de disparos y vio un cuerpo ensangrentado tendido en el suelo. Al acercarse, se dio cuenta de que la explosión le había arrancado las canillas. Con esa imagen todavía fresca en la mente,Petronila López Méndez se había despertado de una pesadilla la madrugada del 4 de diciembre, tres días antes de la masacre.

Tres días después, su esposo, Marcelino Granados Juárez, se fue, como todas las semanas, a trabajar como jornalero a las Dos Erres, acompañado de sus hijos Cecilio, de 14 años, y Abel, de cinco.

Marcelino se sentía como si tuviera arena en los ojos. Había tenido que patrullar el día anterior y no había dormido.

A pesar de que cada semana lo veía partir, ese día, en particular, se sentía inquieta, tal vez porque en su mente aún veía la inquietante imagen del cadáver mutilado, tendido en el suelo, que ella había soñado.

A las seis de la tarde, Petronila vio pasar a dos niños por la calle y les ofreció una moneda a cambio de que fueran a la casa de Don Ventura, el empleador de su esposo, para constatar si ya había llegado. Horas después, los niños regresaron pero no traían las palabras que Petronila deseaba oír. “Dice Don Ventura que no hay nada, como que llegó alguien a hacer averías”, fue el mensaje inquietante que le trajeron del parcelamiento.

Esa noche, Petronila no pudo dormir. La mañana siguiente salió temprano al destacamento militar y preguntó por el subteniente Carías. El soldado que vigilaba la entrada le respondió que aún no se había levantado.

Petronila esperó varias horas hasta que finalmente Carías salió. “Usted sabe lo que está pasando en Dos Erres”, dijo, entonando sus palabras como afirmación no como pregunta.

-¿Por qué me dice que yo sé?─le respondió Carías

-Porque está tan tranquilo─replicó la mujer.

-¿No ha escuchado que hay un grupo de guerrilleros por ahí?

-Si hubiera un grupo de guerrilleros no estaría tan tranquilo─insistió Petronila, aferrándose a la certeza de que tarde o temprano el subteniente tendría que soltar la verdad.

Carías se quedó callado, buscando en su mente alguna forma de distraer la atención de la mujer, pero antes de que pudiera decir nada, ella se le adelantó y preguntó: “¿Qué voy a hacer si no vienen mi esposo y mis hijos?”.

-Tené paciencia. Vení en la tarde y te doy respuesta ─le respondió. Al menos así se libraría de ella por unas horas.

Petronila regresó en la tarde y se quedó esperando bajo un sol abrasador hasta que vio llegar un jeep, del cual bajó Carías, acompañado de dos hombres con uniforme militar y boina roja.

-Debo saber la verdad. Con sus pantalones de hombre, dígame la verdad ─insistió Petronila. Y en ese momento, el laberinto de mentiras que Carías había construido para confundirla, se vino abajo. Con los ojos humedecidos le puso la mano en el hombro y le dijo: “Me has traspasado la conciencia. Llegó una comisión maldita, vino una parte del Quiché y otra de La Pólvora”.

-Quiero recoger a mis hijos aunque estén muertos ─dijo Petronila. Carías guardó silencio.

Unas horas después, llegó Salomé Armando Gómez, un niño de 11 años que solía jugar con Cecilio.
-A Chilito lo mataron ─le dijo el niño. Tenía la cara llena de arañazos y picaduras.

XI

“Doña Esperanza, ¿sabe lo que está pasando en Dos Erres? Un gran grupo de gente armada llegó y está matando a la gente”. María Esperanza Arreaga escuchó con incredulidad las palabras de su vecina.

Dos de sus hermanos vivían en Dos Erres y habían invitado a sus hijas, Elida y Ana, de 5 y 6 años, a quedarse con ellos el domingo 7 de diciembre para festejar el cumpleaños de uno de sus primos.

Su ansiedad fue en aumento cuando pasó el lunes y no regresaban. Su esposo, Catalino González, trató de tranquilizarla, asegurándole que se trataba de un rumor pero ella sentía en la piel la certeza de que algo terrible les había sucedido a sus dos niñas.

El martes, agarró de la mano a su hijo Joaquín, de nueve años, y se fue caminando a Dos Erres. En la entrada al parcelamiento encontró un grupo de personas que lloraban y se lamentaban porque no sabían qué había pasado con sus familiares. Algunos decían que el Ejército había exterminado a la aldea, mientras que otros decían que Dos Erres había sido atacada por guerrilleros.

Un helicóptero sobrevolaba el lugar haciendo un ruido parecido al hervor de una olla de tamales.
Entre el grupo, María Esperanza encontró su hermano Felipe, quien tenía siete hijos que se habían quedado en Dos Erres.

Felipe le cortó el paso y le dijo que él entraría al parcelamiento para averiguar qué sucedía. “Dejáme que vaya a ver. Si Dios quiere que regrese, regreso, si no quiere no regreso, pero vos regresáte a tu casa,” le dijo.

“Yo también voy a ir”, dijo René Salazar, un joven de menos de veinte años. Felipe sacudió la cabeza. “No René, estas son cosas de hombres”,ero el muchacho estaba decidido e insistió: “No, Don Lipe, yo voy”.

Felipe, su compadre Juan Falla y el joven René Salazar emprendieron su camino. María Esperanza hubiera querido quedarse a esperarlos, pero el niño había comenzado a llorar y le repetía “vámonos para la casa”, así que no tuvo otro remedio más que volver a Las Cruces con su angustia a cuestas.

Mientras caminaba de regreso a casa vio salir del monte a una pareja con la ropa enlodada y llena de espinas. “No digan nada al destacamento porque al que saben que tenía familia en Dos Erres lo matan”, le advirtieron.

Pero el subteniente Carías siempre les había dicho que se avocaran a él en caso de cualquier problema que pudiera surgir. ¿Y a quién más podían recurrir? María Esperanza regresó a Las Cruces y se dirigió al destacamento.

-¿Sabe lo que está sucediendo en Dos Erres? La gente dice que es la guerrilla ─ le preguntó.

-¿Tienes familia en Dos Erres? ─le preguntó Carías.

-Sí, mis dos niñitas y mis hermanos con sus familias.

A pesar de que Carías tenía sólo 23 años y podría haber sido su hijo, le puso la mano en la espalda con un ademán paternalista, como si estuviera hablando con una niña. “Mirámija, no me hables de guerrilla porque si la guerrilla estuviera ahí no me estarías viendo con los brazos cruzados. Ahí es una limpieza lo que se está haciendo. El que salga limpio va a salir y el que salga manchado, no. Si tus hermanos no están manchados, van a salir. Venite mañana. Voy a ver qué información te tengo”, le dijo.

María Esperanza se quedó pensativa y después de unos segundos le contestó que ningún familiar suyo había quebrantado nunca a ley, pero que estaba preocupada por sus niñas, ya que a estas alturas llevarían varios días sin comer.

“No tengas pena. A los niños les están dando agua y miel”, le aseguró el subteniente y María Esperanza no tuvo más remedio que creerle.

Carías tal vez pensó que con esas palabras se la había quitado de encima, pero al día siguiente ahí estaba nuevamente la mujer en la entrada al destacamento, esperando a que saliera.

“¿Qué quiere? Él está ocupado,” le espetó bruscamente el soldado de turno que vigilaba la puerta. Pero María Esperanza tenía la certeza de que una cosa terrible había sucedido y no se iría sin ver al teniente.

Cuando Carías finalmente salió le dijo, con tono indignado: “Esa maldita gente no sé qué hizo con ellos, si se los llevaron al monte o qué hicieron”.

El subteniente Carías ahora trataba de echarle la culpa a la guerrilla cuando un día antes había negado categóricamente esa posibilidad. María Esperanza regresó a la casa de sus suegros y les contó lo que había pasado. El anciano, con el rostro consternado, se fue a sentar bajo un árbol de mangos sin pronunciar una sola palabra.

El jueves por la mañana, María Esperanza regresó a Dos Erres, acompañada de su esposo Catalino, decidida a entrar a toda costa y conocer, de una vez por todas, la verdad. En el camino encontró a un grupo de gente que también iba en busca de sus familiares y que caminaban detrás del subteniente Carías, quien, ante la insistencia de la gente, había accedido a entrar en el parcelamiento para constatar lo que había sucedido.

Allí no había ni un alma y solo se escuchaba el ladrido de los perros que merodeaban por los patios. Entró a la casa de su hermano y encontró la ropa esparcida por el suelo y los armarios abiertos de par en par. Se agachó y miró bajo la cama con la vana esperanza de encontrar a las dos niñas acurrucadas, pero sólo encontró dos diminutos pares de zapatos con las calcetitas adentro. Sacó los zapatos, los abrazó contra su pecho y rompió en llanto.

Catalino se dirigió a la casa de su hermano. En la pared, junto a la puerta, alguien había escrito las palabras “me fui a la montaña a trabajar” con lodo. Fragmentos de los documentos personales de la familia habían sido esparcidos por todo el patio.

Mientras, el teniente Carías y sus hombres subían a los carretones todos los bienes que encontraban a su paso: bicicletas, cerdos, botes de miel, las guitarras de la iglesia.

Le dijo a Catalino que se llevara lo que quisiera de la casa de su hermano antes de que le prendiera fuego a todas las viviendas, pero él respondió que había venido a buscar a sus hijas y hermanos, no a llevarse sus pertenencias. Días después, vio al caballo de su hermano en el destacamento militar de Las Cruces.

XII

Entre el grupo que ingresó al parcelamiento se encontraba Saúl Arévalo. Encontró a Federico Aquino Ruano en su parcela, colgando de un árbol, con el rostro cubierto por un enjambre de moscas. A unos metros encontró las botas de su padre, las recogió y se las llevó.

Cuando llegó al pozo, vio que lo habían llenado de tierra y que en la orilla había prendas de mujer desgarradas y ensangrentadas. Para comprobar que la tierra estaba fresca, arrancó una estaca de guarumo y la clavó en el pozo, hundiéndola con facilidad.

Luego se arrodilló junto al pozo y lloró en silencio, ahogando las ganas de gritar “¡Malditos!” y escarbar con las manos esa tierra movediza hasta encontrar el cuerpo de su padre.

Unas semanas después, mientras la familia Gómez Hernández, que había huido luego de que los soldados registraran su casa y los amenazaran con regresar y “darles agua”, acampaba a la intemperie después de haber tenido que huir de las Dos Erres, sintieron una ráfaga de viento que movía las ramas y vieron aterrizar un helicóptero.

Contuvieron el aliento, temiendo que fueran soldados. Pero no, eran unos hombres altos y canches, que hablaban un idioma extranjero.

Catalino González también se topó con ellos y cuando le preguntaron qué había sucedido en Dos Erres, les contó, con la voz entrecortada, que sus dos hijas habían ido a un cumpleaños y no habían regresado. De ellas sólo habían quedado dos pares de zapatitos con sus calcetas.

Nunca supo cómo el subteniente Carías llegó a enterarse de que había hablado con esos hombres extranjeros. Tal vez lo estaba espiando, ese gran ojo que todo lo ve o tal vez lo escuchó ese finísimo oído que se escondía detrás de cada árbol, para luego ir corriendo a delatar a todo aquel que se atrevía a denunciar. Lo cierto es que Carías lo supo y no tardó en advertirle que si volvía a hablar, desaparecería de la faz de la tierra, así como habían desaparecido sus hijas. Con lágrimas en los ojos, Catalino quemó las fotos de sus hijas y hermanos.

Petronila López Méndez, quien había soñado con un cadáver mutilado tres días antes de la masacre, había quedado viuda con su hijo David, de un año y siete meses y Alicia, una joven de 16. El padre del bebé que Alicia llevaba en su vientre también había ido a trabajar a Dos Erres y nunca regresó.

Para sostener a la familia, Petronila no tuvo más remedio que salir a trabajar al campo como hacían los hombres y mientras sembraba maíz en la Cuarta Agarrada, una finca a nueve kilómetros de Las Cruces, sentía la presencia del gran ojo que todo lo ve, el mismo que vio a Catalino mientras hablaba con aquellos hombres canches que habían llegado en helicóptero. Durante años, jamás repitió lo que el subteniente Carías le había confesado.

Así vivieron durante muchos años los sobrevivientes de Dos Erres y sus familiares: con un buitre de silencio que les roía las entrañas, como escribió el poeta guatemalteco Otto René Castillo. Aprendieron a callar para poder vivir.
 

Lee también el resto de esta crónica 2ª parte y 3ª parte

*“Dos Erres: vivir para ser testigos del horror” es una crónica literaria que se alimenta de extensas entrevistas con los sobrevivientes de la masacre, activistas de derechos humanos que han acompañado el caso, psicólogos y peritos, visitas de campo al lugar de los hechos, la cobertura diaria del juicio de Pedro Pimentel Ríos, las declaraciones rendidas ante el tribunal por las víctimas y los soldados kaibiles que declararon como testigos protegidos, además de fuentes documentales como peritajes históricos y militares y cables desclasificados de la CIA que actualmente se encuentran en el National Security Archive. Los diálogos se reproducen tal y como fueron narrados por las personas que protagonizaron los hechos.
 

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